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por Jorge Torres Roggero

El cura Brochero y su tiempo.jpg1-. Santos Guayama

En 1863, Sarmiento manda asesinar al Chacho Peñaloza. Todas las fuerzas de la  Nación se habían concentrado en La Rioja y los extensos llanos fueron arrasados. Sólo ruinas humeantes y cadáveres destrozados y dispersos. Peñaloza, vencido,  se detiene bajo un algarrobo. Pide a su escolta que se dispersen. Mira con tristeza a esos heroicos llaneros, gauchos del curato de Minas, gauchos del curato de Pocho que rumbean hacia las abruptas serranías de Córdoba. Reprimida a sangre y fuego la resistencia popular, las últimas montoneras vagaban dispersas por los inmensos llanos. La justicia y la clase dirigente los usaban o los perseguían según conviniera o no a sus intereses. En épocas de Brochero, el más famoso jefe de estos contingentes fue un mestizo huarpe: Santos Guayama.

Entre San Luis, San Juan, La Rioja y el Oeste de Córdoba median unas vastas regiones ahora casi desérticas pero que en el XIX estaban cubiertas de montes nativos, de churcales,  polvorientos guadales, casi sin una sed de agua. Sólo baquianos o rastreadores como la Juana Chapanay y las errantes montoneras conocían sus secretos. Ellos eran letrados en el arte de sobrevivir. Las llamaban travesías. Sarmiento las inmortalizó en el Facundo cuando incluyó como inicio de  una biografía el primer cuento perfecto de nuestra literatura. Es aquel que culmina con esta confesión del hasta ese momento desconocido narrador y protagonista: “Entonces supe qué era tener miedo”, decía el general don Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso”. Sabemos que Sarmiento armó lo mejor de Facundo con los relatos orales que circulaban entre el pueblo en medio de las guerras civiles y los saqueos, pero dichos alrededor del fogón, en los momentos de estar juntos. Juan Alfonso Carrizo recopiló en el Cancionero Popular de La Rioja un romance sobre la muerte de Facundo en que cada estrofa se corresponde casi textualmente con cada párrafo del relato sarmientino. Siguiendo esa tradición, rescato este cuento popular para asediar la figura de Santos Guayama.

Ocurrió en la travesía Los Matagusanos. Los viajeros juraban haber visto pasar al montonero Santos Guayama escoltado por el “Marucho”. Así llamaban al muchacho que solía encabezar las arrias montado en la mula o la yegua madrina. Hasta rejuraban que habían oído el cencerro. ¿Si Sarmiento invocó a la sombra terrible de Facundo, por qué no sentir la aparición de Santos en esas soledades llenas de fantasmas y espectros?

Según cuentan, el implacable caudillo había asaltado una tropa cargada de valiosas mercaderías, había sacrificado a todos los troperos pero cuando llegó al “marucho”, el muchacho le pidió que antes le dejara rezar la Salve. Mientras el niño recitaba la oración como un conjuro contra la muerte, el gaucho fue cambiando de talante. Guayama se había descubierto e inclinaba, contrito, la cabeza.

La interpretación popular asegura que el montonero  había recordado de golpe a su madre cristiana cuando le enseñaba esa oración. Cuando el “marucho” concluyó la súplica, lo levantó, lo hizo montar de nuevo sobre la madrina, lo acompañó hasta las cercanías de un poblado y lo dejó libre. Según se supo, el Marucho murió pocos años después. Pero cuando asesinaron a Guayama, al frente del cortejo,  se oía sonar un cencerro que lo acompañó hasta la tumba.

2.- El Santo y el Montonero

Esta extraña entrada es el camino que nos traza la cultura popular para ingresar al famoso episodio de Santos Guayama y el Cura Brochero. Sólo podremos comprenderlo en su magnitud si sabemos de dónde vienen, qué misteriosos caminos los hermanan.

Santos Guayama, mestizo huarpe como Martina Chapanay, fue un famoso cuatrero que asolaba los ganados de San Juan, Mendoza, La Rioja y San Luis. Fantástico jinete, rastreador infalible, baquiano de todos los andurriales del desierto y la sierra, manejaba como nadie las armas del gaucho que eran, a la vez, su instrumento de trabajo. Perseguido por la justicia se internaba en los cerros o en el refugio seguro de los pantanos de Huanacache. El pueblo estuvo siempre de su parte. Por eso lo  protegía, como a todos  los buscados sin fundamento por la justicia.

Convertido en caudillo, los paisanos lo ayudaban a burlar sus enemigos. También autoridades y personajes ilustrados lo amparaban. Intervino en la guerra que Mitre y Sarmiento llevaron contra las montoneras. Acompañó a Felipe Varela.

La patria vieja agonizaba. Santos Guayama, en 1872, se apostó con sus gauchos en Uspallata y comenzó sus exacciones contra viajeros y comerciantes de Cuyo. No faltó un gobernador que festejó por haberlo tomado prisionero en Santa Clara y por haberlo ajusticiado,  ni faltó la prensa celebratoria, pero todo había sido una ruinosa equivocación.    Y fue hacia 1876 que Brochero y Guayama se encontraron y merecieron el noble título de amigo. En 1894 el cura le escribe al inspector de escuelas Cipriano Báez Mesa respondiéndole algunas preguntas que le ha formulado sobre del montonero. En esa carta nos fundamos.

Brochero declara haber andado en diligencias por “su buen amigo Santos Guayama”. Conocedor de su “gran fama”, cuenta que aprovechó una ida a los llanos de La Rioja para tener una conversación con el gaucho. Desde Chepes, pidió a unos amigos íntimos del gaucho que se lo “campiaran” y le mandó una carta en que lo invitaba a tener una conferencia “toda en beneficio suyo”, en “el punto que él eligiese” y hasta en el desierto mismo. El amigo, a su vez, le garantizaba  la sinceridad del cura y le pedía que aceptase sin trepidar “cuanto yo le decía” “porque Dios lo venía buscando por mi intermedio”.

El contesto de Guayama, “que hecho pedazos conservo aún”, carta sin fecha ni lugar, le decía que elegía el sábado próximo para la entrevista, a doce leguas de Chepes, casi entrando a San Juan. Brochero acudió a la cita, esperó todo el día y recién a las once de la noche llegó un enviado del caudillo avisándole que no había venido porque el caballo de tiro que traía para entrar al poblado se les escapó y se había vuelto con la tropilla. Era un pretexto como después le confesó Guayama. Quería espiar quiénes lo acompañaban.

 Al día siguiente, domingo, el amigo llanista llegó con el señor Guayama: “Y después del saludo, presentación y estrategias de estilo, le hice la siguiente propuesta: 1° Que yo pagaría a Don Patricio Llanos, vecino de Pozo Cercado (La Rioja), la deuda de 700$ que con él tenía y cualquier otra que tuviese. 2° Que le sacaría indulto del Gobierno Nacional. Y 3° que le haría dar una ocupación militar en Buenos Aires o en otra Provincia con tal que no fueran ninguna de las cuatro mencionadas (San Juan, San Luis, Mendoza, La Rioja)”. Aquí conviene aclarar que era habitual en épocas de reacomodamiento institucional que antiguos  caudillos alzados y aun matreros fueran indultados y pasaran a prestar servicios al Estado. Piénsese en Baigorrita, el coronel Baigorria, que dio nombre a un pueblo.

¿Qué pidió el cura a cambio?: “Y que por su parte únicamente se comprometiese a entrar a Ejercicios en la Casa del Tránsito con 300 de sus amigos, dándoles yo todo lo que necesitasen hasta volver a sus casas”.

Dos cosas se pueden observar. Por un lado, la absoluta fe del cura en la gracia de Dios y en el método de los Ejercicios para dar un viraje en la vida individual y social; por el otro, la suma pobreza de los llanistas que el cura ofrece aliviar hasta que vuelvan a sus casas.

Recuerda entonces Brochero que ya desde la época en que “abría los cimientos del Colegio y la Casa de Ejercicios decía a mis feligreses en mis pláticas y en mis conversaciones: “Traeré a Guayama con todos sus amigos a esta Casa”. Los feligreses, a su vez, le decían: “Si tal lo hace, le ayudaremos con plata, vacas y cuanto tengamos y lo recibiremos con arcos triunfales”.

Se advierte también la fe de los feligreses. No tienen la actitud de ciertos sectores medios actuales o de la monja que no quiere chinitas en el colegio. Están dispuestos a dar lo que no tienen para que los grupos marginados por la injusticia y la pobreza pudieran ser incluidos en la comunidad. El cura, por su parte, tenía bien presente a todos los que le habían prometido ayudar con los gastos. Unos eran finados; otros, vivían diseminados en sus aisladas estancias.

¿Qué respondió Guayama? En primer lugar, que la única deuda que tenía era con el Sr. Llanos; en segundo lugar, que aceptaba las generosas propuestas pero era escéptico sobre el indulto. Él ya lo había intentado por medio de poderosos personajes pero nada había conseguido. “En cuanto a la ocupación militar, se permitía rehusarla, porque estaba ya cansado con  18 años de andar con armas, y que aun ese trabuco que llevaba a la cintura le molestaba como una penosa necesidad para defender su vida.”

3.- Amistad criolla, burocracia civilizada

El cura se pone manos a la obra. Se fue a Pozo Cercado, a 35 kilómetros de Chepes y 95 del punto de conferencia, a lo de Señor Llanos y le dijo: “Mi amigo: de lo perdido algo recogido es gran negocio. Le haré a Ud. siete funerales por los  700$ que le debe S. Guayama, y Usted me dará el recibo de haberle él pagado satisfactoriamente. Convino en ello el Sr. Llanos, y con esto me fui a Catuna (a 70 kilómetros de Pozo Cercado) a verme con el señor Tránsito Tello, hombre acaudalado y amigo de Guayama”.  Es de advertir las tremendas distancias que desanda Brochero para incluir a los montoneros sin que nadie los persiguiera y sin que ellos tuvieran que recurrir al robo y al saqueo. Por otro lado, la red cultural que hace que en los llanos todos fueran amigos de Guayama y la profunda lealtad que implicaba la palabra amigo, como aquel a quien se le tiene confianza. “Decir amigo, amigo, amigo, es decir confidente” (Bertucelli, 1986).

Misterio  de la amistad. Obsérvese el inmenso capital simbólico del discurso secreto de los “gérmenes de Verbo” de que ya hemos hablado y de sus múltiples manifestaciones en la vida de la comunidad. ¿Acaso el libro de Job (6.14-15) no es un himno a los avatares de la amistad?: “Al amigo que sufre se le ama/ aunque olvide el temor del Todopoderoso”. Más aún, la amistad es superior a las relaciones de parentesco: “pero mis hermanos me traicionaron como un torrente/ como un arroyo cuando se queda sin agua”.

Era el señor Tello un hombre acaudalado y amigo de Guayama. Brochero le refiere su conferencia con el caudillo y la contestación que obtuvo. Entonces le dijo: “Quiero que a su amigo le dé una de sus estancias con 200 vacas, para que viva y trabaje en ella así que salga de los Ejercicios, adonde irá inmediatamente que yo le saque el indulto. La contestación del Señor Tello fue franca diciéndome: “con mucho gusto, y será la mejor de las que poseo”.

Tras estas diligencias, “y bien contento”, Brochero regresó a su curato y ahí no más pasó a Córdoba. Su gestión se dirigió al Doctor Castellano (luego obispo) y al canónigo Juan Martín Yaniz, su condiscípulo y compañero de ordenación, para que lo ayudaran a conquistar a Guayama. Les pidió que se hicieran cargo de los funerales y se haría cargo del pago de los músicos y derechos de velas. Aceptaron con la mejor voluntad. Hicieron los funerales y le extendieron los correspondientes recibos “los que presenté al Señor Patricio Llanos, quien me dio el de haberle pagado Guayama a satisfacción los 700$”. ¿Qué prestamista “civilizado” aceptaría que le paguen una vieja deuda con siete funerales”?

En los tiempos de Peñaloza, Guayama había tomado preso a Llanos y este, muerto de miedo, le había prestado la suma a modo de rescate. Lo curioso es saber qué hizo Guayama con esa suma y con el prisionero. El relato de Brochero no deja lugar a dudas sobre la singularidad de las relaciones sociales en la convulsionada Argentina criolla: “Guayama me dijo que este valor (en cóndores de oro) los distribuyó a sus soldados en presencia del mismo Señor Llanos, poniéndolo inmediatamente en libertad.”

Pero faltaba lo más difícil: el indulto. Acudió en primer lugar al senador nacional Víctor Lucero, otro de sus condiscípulos pidiéndole que le preparara el terreno con Avellaneda que era el presidente: “Hizo Lucero más de lo que yo le pedía, y el resultado fue negativo”. Se valió entonces de su condiscípulo y amigo Miguel Juárez Celman que era Ministro de Gobierno de Córdoba y concuñado del ministro de guerra, General Roca. Hizo la diligencia telegráfica y el general respondió que ordenaría a los fiscales de las cuatro provincias arriba citadas para que no pusiesen acusación alguna contra Guayama, ni lo molestasen en ningún sentido.

“Con ese telegrama me fui a los llanos, prosigue Brochero,  hice “campiar” a mi amigo Santos para enseñarle ese documento.” Le mandó a decir que lo esperaba en Ñoqueve, casa de Angel Tello. Santos vino, vio el telegrama y consideró que no era suficiente porque no venía firmado por el Presidente y por el Senado.

Manda entonces una carta al “querido amigo Juárez Celman” con la contestación de Guayama para que solicitara nuevamente al General Roca lo que exigía el montonero. Miguel le contesta que debía hacer una solicitud formal y mandarla. Entre Córdoba y Ñoqueve había trescientos kilómetros por eso pidió a un amigo que abriera la carta de Juárez antes de llevarla a Traslasierra y que, si había alguna dificultad, buscara el medio de salvarla en Córdoba. Así lo hizo. Comprendió que ni el cura ni Guayama podrían guardar “la forma militar” en su escrito. Entonces le pidió a Juárez Celman que la hiciera de modo que Guayama sólo tuviese que firmarla. Luego de firmarla, Guayama hizo sacar copia de la solicitud y “con esta copia andaba entrando en las poblaciones”.

4.- Escribir la ley con la punta de la espada

Cierta vez que Brochero fue a San Juan por un pedido al obispo, saludó de paso a Guayama y le dijo que “no hacía bien en entrarse en los pueblos sin haberle obtenido el indulto”. El gaucho le respondió que enseñaba aquella copia a las autoridades orilleras (suburbanas), les decía que ya estaba indultado y así lo dejaban entrar y salir.

Así fue que, “en una de esas idas a San Juan, lo hizo a llamar a su casa un Señor Lloveras (…) con el pretexto de darle un dinero para que le comprase un ganado. Fue él con toda sencillez y sin armas, y allí vino o estaba apostada la partida que lo tomó”. Fue una mañana de 1878. El capitán Mateo Cano al mando de quince soldados rodeó la manzana, penetró a la casa de Lloveras e intimó la entrega del “bandolero”. Simuló protestas el dueño de casa ante la violación de domicilio y Guayama fue encerrado en el cuartel de San Clemente. Le levantaron sumario pero el sumario desapareció al poco tiempo. Parece que había declaraciones comprometedoras para personas de “hondo arraigo” en San Juan.

Guayama le hace un chasque a Brochero. Echó tres días entre San Juan y el Tránsito. Le pedía que fuera para salvarle la vida. Brochero contestó que creía inútil su ida a San Juan porque no conocía ni tenía influencia sobre el gobernador Gómez. Que lo que  él pudiera hacer, lo harían el obispo Achával, el Vicario Laspiur y un querido condiscípulo, Doctor Juan Crisóstomo Albarracín, a quienes les escribía pidiéndoles que se empeñaran enérgicamente con el Gobernador para que no dejasen que le quitaran la vida: “Y para que él viese la energía con me empeñaba con las personas referidas, le mandé abiertas las cartas para dichos señores, y que él las hiciera entregar después de leerlas, y que yo inmediatamente me iría a Córdoba a hacer telegramas a Buenos Aires en donde esperaba poder salvarle la vida”.

Antes de irse a Córdoba,  mandó un telegrama a la mujer del presidente para: “que pidiese a su esposo que influyera con las autoridades de San Juan que no le quitasen la vida a Guayama, sin perjuicio de aplicarle la pena que merecían sus fechorías.”

Todo fue inútil y, a lo mejor, insuficiente: “La Señora de Avellaneda no me contestó hasta hoy, y a los cinco días vi en un diario –con profundo dolor de mi alma – que Guayama había sido muerto en la cárcel pública. Y varios sanjuaninos me dijeron que había sido fusilado allí. Lo mismo me confirmó el Doctor Oros que fue el abogado de Guayama”.

La pregunta es: ¿Por qué Brochero no viajó de inmediato a San Juan? ¿No quiso exponerse? ¿Juzgó que eran más eficaces sus gestiones a través de sus amigos con altos cargos eclesiásticos en San Juan y con el recurso de tocar el corazón del presidente a través de su mujer? Por los intersticios se cuelan enigmas de difícil respuesta. En la carta de Brochero se puede leer una denuncia sobre el fusilamiento de Guayama. En efecto, la versión oficial sostiene que a los dos meses de estar preso, Guayama promovió una sublevación sofocada con nutrido tiroteo y muertos. Cuando se interrogó al Gobernador Gómez en virtud de qué ley había procedido, respondió lacónicamente: “Hay leyes que es preciso escribirlas con la punta de la espada”.

Era la mentalidad de la clase dominante de San Juan. Su  mentor, Domingo Faustino Sarmiento, fue quien ordenó escarnecer a la Victoria Romero,  mujer del Chacho Peñaloza. El himno que los escolares cantan en loor del gran maestro celebra su lucha “con la espada, con la pluma y la palabra”. Gómez lo resumió con un oxímoron borgiano: “escribir la ley con la punta de la espada”.

5.- Lealtad popular, miedo “civilizado”

El cura narró con ingenuidad sus esfuerzos por Guayama: “He ahí lo que hice por este amigo, y he ahí el cómo y el dónde acabó su vida”. Siente frustrados sus esfuerzos por moralizar a Guayama y sus amigos.

Al final, Brochero se queda del lado de acá: no logra entender del todo a esos “semibárbaros y salvajes”, pero se siente amigo de ellos y sabe valorar su amistad: “No debo concluir sin declararle que Guayama habíame dado ya pruebas de sincera lealtad. Y entre otras me había recomendado a sus amigos que –aunque semibárbaros y salvajes – se mostraban conmigo atentos, complacientes y comedidos hasta la exageración, llegando varios de ellos a darme limosnas para mis obras, sin que yo las pidiera, y acompañarme en todo el trayecto en el mencionado viaje a San Juan.” Había salido con un solo amigo de Guayama y llegó a San Juan con cinco. La amistad era respetada en los llanos y travesías.

Brochero podía cruzar seguro y la “amistad firme y sincera” de Guayama lo protegía donde quiera que fuera. Cierta vez llegó a hacer noche en un paraje llamado Los Papagayos. No bien se aseguraron quién era, le abrieron la casa y le hicieron notar que se sentían honrados con su presencia. Era un parador en que vendían a precio de oro el maíz, la alfalfa y demás provisiones, pero al cura se la procuraron gratis y abundante: “una suculenta cena para nosotros y nuestras bestias”. Allí se enteró que Guayama le había dejado el encargo de convidar a todos los laguneros para que fueran a los Ejercicios.

Es una carta preciosa, pero llena de indicios de que Brochero  ha dudado mucho en el momento de seleccionar qué contar, cómo contarlo, cómo construir su participación en semejante tragedia. Lo consigna con claridad, y nos traslada sus dudas, en la fórmula de despedida: “Sin más, lo saluda su Cura, que no tiene tiempo para quitar los borrones que lleva ésta”.

Mejor así. Al no disciplinar su memoria, construyó una historia de amistad, de lealtad y un testimonio del miedo secreto del “civilizado” que también acomete a los más santos propósitos. El miedo del civilizado, ¿enturbia a veces nuestra fe y nuestra mirada hacia los hermanos marginados, excluidos, explotados, injustamente tratados por una justicia y una policía que mira la realidad con el ojo del amo? Acá en América, hasta a los santos les pasa. Y los intelectuales, ¿a qué le llamamos lucidez si tenemos miedo de pensar?

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

7 de ene. de 20

Fuentes:

Bertucelli, Sebastián, 1986, Proyecto Brochero. Control de tuberculosis, Córdoba, Dirección de Familia. Gobierno de la Pcia. de Córdoba. Versa sobre el trabajo en redes y la fabulosa “Minga de la Tuberculosis”.

Brochero, José Gabriel del Rosario, 1999, El cura Brochero. Cartas y sermones, Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía a cargo de la Lic. Liliana de Denaro y del Pbro. Dr. Carlos I. Heredia.

Estrada, Marcos, 1962, Martina Chapanay. Realidad y mito, Buenos Aires, Imprenta Varese

Sarmiento, Domingo Faustino, 1962, Facundo, Eudeba, Buenos Aires

Por Jorge Torres Roggero

foto02491.- Un Santo Populista

Como ya dediqué un libro a las largas disputas sobre el impredecible populismo, me limitaré a justificar el título de estas líneas con algunas expresiones del Papa Francisco. En otras palabras, para dar cuenta de la vida de un sacerdote, nada mejor que una gramática (una lógica) católica.

Preguntado el Papa sobre los peligros del populismo (El País, 21/01/2017), comienza con una aclaración: “…es una palabra equívoca porque en América Latina tiene otro significado. Allí significa el protagonismo de los pueblos, por ejemplo, se organizan entre ellos…”

En otro segmento de la larga entrevista denuncia que “Latinoamérica está sufriendo los efectos de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero y, entonces, se cae en una política de exclusión muy grande (…) Latinoamérica está sufriendo un fuerte embate de un liberalismo económico muy fuerte”.

Adviértase ese redundante pero enfático “fuerte”; y añadamos la denuncia sobre los entregadores de la patria. Los llama directamente “cipayos”.

Postula Francisco: “El “cipayo” es aquel que vende la patria a la potencia extranjera que le puede dar más beneficio. Y en nuestra historia argentina, por ejemplo, siempre hay algún político “cipayo”.

Con esto basta, por ahora, para caracterizar a un santo populista: se entregó en cuerpo y alma al servicio de los pobres y excluidos; trabajó como uno más respetando las formas organizativas del pueblo y practicó “la minga” como un modo de trabajo comunitario. Por último, se enfrentó al cipayismo desenfrenado de sus “amigos” Juárez Celman y Ramón J. Cárcano, grandes privatizadores, y entregados al monopolio de los ferrocarriles británicos. Luchaba sin descanso por un ferrocarril nacional que rompiera la red de hierro con que los ferrocarriles extranjeros habían blindado el acceso a los puertos.

2.- Brochero y los pobres

El Cura bregó sin cesar para que el agua del río, bien destinado por la Providencia al bienestar común, alcanzara para todos. Los terratenientes realizaban tomas arriba, disminuían la provisión de agua y atentaban contra la seguridad pues los más pobres quedaban expuestos al “empuje de las crecientes”. No había escasez de agua: faltaba equidad, y el cumplimiento de la ley. Por eso Brochero organizó a los pueblos, gestionó y enfrentó a los poderosos con las razones del Evangelio.

Otro trabajo que emprendió el cura de San Alberto es la reconstrucción de capillas. Muchas databan del S.XVIII y eran ranchos inmundos. Preocupado siempre por “el común”, consideraba que los templos eran un lugar de reunión en los solitarios parajes en que los pobladores vivían aislados. En torno a ellos florecieron poblaciones, revivió el culto y la fiesta volvió a ser un bien de todos.

Para construir una capilla organizaba una asamblea sin exclusiones, sin acepción de personas y armaba una comisión. No confiaba demasiado en los “sabios e influyentes” del pago. Por eso para la capilla de Ambul eligió “tres perdidos, ignorantes y sin influjo”. Demostraba así que el templo no era obra suya, ni de los tres que formaban la comisión, sino “obra de Dios”, que “se valió de los hombres más rudos e ignorantes y aun ladrones como era San Mateo, para que se viera que en esa vuelta de costumbres del género humano había andado el dedo de Dios”. (Acevedo, 72).

Otra aspiración de los pueblos del Oeste era contar con una ruta directa a la ciudad de Córdoba. En 1883, Brochero puso todo su entusiasmo en la construcción del camino soñado. Para lograr el objetivo, invitó al gobernador Juárez Celman, su condiscípulo. Lo aguardó con los caballos ensillados. Juntos, emprendieron el viaje por el fragoso camino de herradura entre precipicios y quebradas. Juárez sufrió en carne propia lo que era cruzar la Sierra Grande.

Al regreso, el gobernador ordenó arreglar la ruta serrana de la Loma Pelada. Siguiendo la antigua ruta criolla, se procuró que el camino tuviera tres metros de ancho. Según la tradición, Brochero y su amigo Guillermo Molina demostraron el éxito de la apertura haciendo pasar por el camino un carrito ante el asombro general (Barrionuevo Imposti, 599).

También intervino en la construcción del camino que cruzó la Sierra Grande pasando por San Roque, Tanti y La Cieneguita. Fue el inicio de una red de “caminos de ruedas” que unían las poblaciones del Valle. El Beato José Gabriel quería que los caminos fueran para todos. Por eso, cuando daba instrucciones para hacer llevadero el cruce de las Sierras Grandes por las mujeres de la ciudad, dejaba bien en claro: “hasta las sirvientas tienen que ir en coche hasta Tanti”, antes de iniciar la travesía a lomo de mula.

Cuando inició la construcción de la Casa de Ejercicios, su trabajo era siempre un codo con codo. Se fatigaba a la par de los humildes jornaleros de los hornos de ladrillo y arrastraba troncos a la cincha de su mula. Cierta vez, la mula se espantó, el Cura rodó por el pedregal y se quebró una pierna. Pero prosiguió trabajando con la pierna entablillada. Arremangaba su vieja, desteñida sotana, y abría la marcha con una pila de ladrillos al hombro. Lo seguía todo el pueblo. Jóvenes y niños, mujeres y hombres avanzaban con religiosa unción. Cargaban sus ofrendas: bienes, cuerpos, trabajo, devoción. Era un acto litúrgico, era una procesión.. Y, era la vieja “minga” criolla. Por eso, según el cura, “Dios bendijo la obra”.

Brochero fue, además, un incansable impulsor de la educación. Construyó el Colegio del Tránsito con enseñanza gratis para las niñas. Promovía la enseñanza gratuita para varones y niñas en un lugar en que sólo el veinte por ciento podía pagarla. Y para los niños más pobres, los útiles sin cargo.

Aunque era licenciado en filosofía, no entraba en discusiones políticas, tampoco acusaba, con voz engolada, de masones a los que no aceptaban las prácticas sociales que imponían el derecho canónico y las disposiciones dogmáticas. Como Jesús, comía con los pecadores y fatigaba los caminos agrestes anunciando a los afligidos y explotados que había llegado el tiempo de vivir. Cabalgaba leguas y leguas por sierras y llanos sólo para llevar consuelo y confesión a algún leproso yacente en humilde tapera. Con callos sangrantes y dolorosos en las nalgas, no aflojaba, caminaba firme en su fe, revestido de una invencible esperanza.

3.- Brochero y los presos

A comienzos del S. XX, si bien se había inaugurado la nueva cárcel en Córdoba, persistía la creencia de que a los presos había que tratarlos con rigor. Constantemente eran sometidos a castigos y humillaciones. Fue entonces cuando el canónigo Brochero comenzó a frecuentar la cárcel para visitar y llevar consuelo a los presos.

El 22 de diciembre de 1900 el santo se dirige a sus “queridos hijos espirituales los presos de la Penitenciaría”. Les desea que el año nuevo “los encuentre con salud, con paciencia y con esperanza de conseguir alguna gracia”. Pero el pedido de “gracias”, se empantanó por obra de los leguleyos. Como decía Brochero, “el carro se encajó hasta las mazas”. Les avisa que “muchas personas de valer de Córdoba” resisten la solicitud. Ustedes recen, les recomienda, “para que se les rebajen dos años en sus condenas y se les pongan término a los que no la tengan”. Calcula que a lo mejor pueda salir de la cárcel una docena de penados: “¡Una docena de presos que pueden ser agraciados en el 1° de enero es lo que asusta y escandaliza a ciertas personas de la sociedad de Córdoba, y no se escandalizan que más de diez docenas de presos no se les ha concluido el sumario entre tres meses que manda la ley!”

A comienzos de 1901 inicia una campaña periodística. En “Los Principios”, escribe una dura y erudita crítica al fiscal Dr. César que no sólo se opone a conceder la gracia, sino que argumenta extensamente para negarle jurisdicción al Gobernador.

Ante tal dictamen, Brochero decide exponer sus argumentos. Para que no digan que “habla porque sí” recurre a las “pruebas con el librito en la mano al cual tantas veces invocan y al que tantas veces le quieren hacer decir, como en otras ocasiones que no diga”. Obsérvese: el cura, como los viejos caudillos federales, se refiere a la constitución provincial llamándola “librito”. Brochero le exige al fiscal que se ponga en contacto con la realidad y lo acusa de no “haber dado nunca un paseíto por las comisarías”. Además, considera una falacia el dictamen sobre las atribuciones del gobernador. Postula que quien puede conmutar la pena de muerte, con más razón puede suavizar las condenas haciéndolas cumplir en comisarías donde los presos “no se vean obligados a soportar las mortificaciones y tiranías que sufren en la Penitenciaría”. ¿Acaso los jueces al condenarlos tenían la intención de “hacerlos pasar suplicios infernales?” Recuerda que la Constitución Provincial “exige que las cárceles de la provincia sean seguras, sanas y limpias y que no podrá tomarse medida alguna que a pretexto de precaución conduzca a mortificar a los presos”. Refuta uno a uno los argumentos del fiscal al que presenta como prejuicioso, pero, además como desinformado y cobarde.

Sobre todo, aboga para que los jueces “asistan con más regularidad a sus despachos”, en otros términos, que trabajen. Es necesario que los sumarios no duerman eternamente. No puede ser que, como en muchos casos, el sobreseimiento llega cuando el encausado ha sufrido más de un año de prisión “y lo largan con el consuelo de que su causa no ha afectado su buen nombre.”

Se presenta a sí mismo como alguien que expone “con sencillez” sus opiniones. No tiene el propósito de ofender a nadie. Sólo desea  el imperio de la verdad. Lo único que lo impulsa es “la conmiseración que despiertan esos seres desgraciados que viven hacinados en la Cárcel de Detenidos y en la Penitenciaría”.

Como en la cárcel se había producido un conato de evasión y una sublevación, Brochero fue acusado de promover el tumulto con sus pláticas y Ejercicios en la cárcel. “Ese es el resultado de sus pláticas”, le dicen. El cura responde: “La intentona de evasión, si la ha habido, no puede resultar de unas pláticas y unas leyendas (lecturas) qué sólo tienen por objeto instruir a los ignorantes, o recordar a los instruidos, los deberes que tienen para con Dios, para consigo mismos y para con sus prójimos.

Según Brochero, en sus pláticas les enseñaba tácticas para que en sus declaraciones a los jueces sigan estrategias que les hagan más tenues las penas. Recuerda a los penados que “nadie estaba obligado a acusarse a sí mismo”. Para convencerlos de que no intenten la evasión les explica que la nación estaba “enjambrada de hilos telegráficos” y les iba a ser muy difícil escapar.

Brochero encaraba, también, acciones concretas de ayuda a los presos. Juntaba y entregaba ropa “a los penados más pobres de la penitenciaría”.

En resumen, el canónigo Brochero, lejos de los privilegios de su cargo, se ocupa de predicar a los presos, son queridos por él, son defendidos de las injusticias, son educados para el uso de sus derechos y por lo tanto de su libertad y son socorridos en sus necesidades.

4.-Brochero entre las niñas y las chinitas

Hacia octubre de 1880, una carta de Brochero revela ciertos desencuentros con David Luque y la Madre Catalina, fundadora de las Esclavas que atienden el Colegio de Niñas construido por el cura y el pueblo en una maravillosa minga. Brochero les reprocha la aplicación de pedagogías reñidas con la justicia y con el respeto hacia las alumnas, tanto en los castigos como en los premios. A pesar  de lo convenido, han aumentado las cuotas; ya no se ocupan de la ropa del cura; han prohibido el uso del refectorio a los trabajadores que completan las obras. David Luque prohíbe a Brochero confesar a las religiosas. La carta concluye con un anuncio: le comunica a la Provinciala que ha renunciado a la parroquia. Ahora  la Madre Catalina y   Don David podrán vivir tranquilos.

La Madre Catalina, por su parte, le escribe a la Rectora para contarle que las cartas del Señor Cura “son terribles”. Pero la consuela saber que con las mismas cartas ha venido la renuncia al curato: “voy hacer pedir y pediré yo misma de un modo especial, para que se la admitan y Ustedes se vean libres de esta cruz”. La fundadora les ordena que recen la novena de Nuestro Amo pidiendo para que el cura se vaya. Turbio modo de rezar: “…pidiéndole esto, pero sin que nadie sepa, pidiendo por una necesidad”.

En realidad, la discusión de fondo era entre dos visiones del mundo: una educación abierta a todos o sólo para algunos elegidos. Las hermanas consideraban que el internado era para las chicas de la clase alta. En 1888 la Hna. María de los Dolores escribía a la Madre Catalina: “ha traído varias chinitillas declaradas, que el abuelo de una de ellas  ha venido a visitarla de chiripá de jergo y usutas; pero como Ud. sabe, mi Madre, que al Sr. Cura no se le puede contradecir, por eso se las ha admitido[….] pero sí le he dicho- de buen modo- que vea de no traerme chinitas, porque las familias decentes se han de acobardar de entrar a sus hijas al Colegio sabiendo que están juntas con las chinitas.(Brochero,1999)

Rectora y Fundadora representan una religión recostada en las clases altas, aplican la división en castas impuestas en la ciudad de Córdoba por el grupo dominante y reproducen el papel de la jerarquía eclesiástica como domesticadora de las aspiraciones populares. El abuelo de chiripá era una reliquia de las campañas federales en que el cura se había criado. Era una reliquia y una continuidad secreta e invisibilizada de la democracia federal de los caudillos. Fue discriminado por su forma de vestir y, como resultado, su nieta se convirtió en una mala junta para las niñas. Los males sobrevienen por “juntar niñas con chinitas”. Queda así aclarado en algo por qué había que rezar para que el Señor Cura se fuera de una vez y dejara de ser una cruz para las Esclavas.

 5.- Brochero y las jubilaciones

El 9 de agosto de 1901 se inicia una serie de cartas a Zoraida Viera y de algunos escritos periodísticos que relatan el esfuerzo del cura Brochero para lograr lo que hoy se llama jubilación (entonces solo una pensión), para sus amigas de Traslasierra. Le cuenta que ha conseguido una sanción favorable en la Cámara de Diputados pero que había resistencia en el senado. Aunque no existía sistema jubilatorio, Diputados, teniendo en cuenta los veinticinco años de docencia de Zoraida Viera y Pastora Olmos, había otorgado una pensión de 50 pesos. Desde el diario católico “Los Principios” se publican diatribas contra la medida. Basta considerar los títulos de los artículos del 7 y 10 de agosto y sus contundentes paratextos reveladores del contenido: “El sistema de pensiones. Una sanción inconsulta” y “Economías y derroches. Aberraciones”. Brochero se suscribe al periódico “La conciencia pública”. Quiere que se publique un suelto que desmienta las acusaciones de que Zoraida no necesita la pensión porque es rica: “en que (se) diga que come algo bien (Usted y Don Erasmo) porque trabaja su marido día y noche.”

La “grita” de la prensa es grande. Se vio obligado a gastar cien pesos para publicar una solicitada de Don Justo P. Chávez en que aboga por la pensión. Asimismo, para acallar el bochinche de los periódicos: “Yo autoricé –bajo mi honradez como hombre y como clérigo- para que desmientan que Usted es rica, como andaban mintiendo en las dos cámaras.”

Relata sus “topadas” con los senadores que aducen que han entrado en un período de economías para negar la pensión. Es curioso el argumento de los católicos que niegan la jubilación: no debe aceptarse la jubilación porque el marido tiene medios para mantenerla.

“La conciencia pública” (13-08-1901), después de algunas idas y vueltas, publica, por fin, una nota de Brochero titulada “Solicitada. El asunto jubilación”. Sostiene en ella:

“1°.-Hay dos empleadas que sirven a la Provincia hace más de un cuarto de siglo. 2° Que la sirven bien. Que no han abandonado sus puestos ni en los años en que la Provincia no tuvo con qué pagarle sus haberes. Que nunca han dado lugar para una sola queja. Que todos los informes oficiales y particulares les son favorables en el largo período de veintiséis años. Que han gastado los mejores días de su vida consagradas al servicio del Fisco, con un sueldo escaso, pagado tarde algunas veces y pagado mal otras. Que no pueden continuar la tarea por enfermedad adquirida en el cargo que desempeñan. Que quieren retirarse con goce de sueldo como justa recompensa a sus desvelos y fatigas, y que presentan solicitudes en este sentido”.

En resumen, las autoridades inmediatas superiores informan favorablemente. Las solicitudes pasan de oficina en oficina. Todos los informes resultan favorables. Nadie desconoce la justicia de la petición: “El poder público se apresura a premiar la honradez, la asiduidad, los méritos indiscutibles de las dos solicitudes”. En Diputados se discuten los petitorios y triunfa la justicia: “pagan en tal forma un tributo al patriotismo de los buenos ciudadanos”.

Falta el Senado. Pero este Honorable Cuerpo se ha empeñado en hacer economías. Piensa que la aprobación de la jubilación es un atentado a su propósito de economizar “hasta en los centavos”.

El cura desafía a los senadores para que le digan en qué peligra la renta que “hoy el gobierno maneja con tanta honradez”. El aserto suena a ironía. En efecto, San José Gabriel, a la vez que apela a la conciencia honrada de los senadores, denuncia los gastos superfluos: “Economizad en todo (que hacéis bien) en puestos inútiles, en viajes de recreo, en obras innecesarias, en subvenciones lujosas, pero vosotros que sois los representantes del Estado, tenéis obligación de responder a los servidores del mismo, de no abandonarlos cuando están enfermos por servirlo bien, y cuando, como en el caso que nos ocupa, tienen necesidad de ese acto de justicia.”

Se nota que Brochero ha leído “La conciencia pública” del dieciséis de agosto un artículo titulado “¡Oh, el presupuesto!”. En él se denunciaba que los senadores se habían aumentado el sueldo. La nota decía: “por economía bien entendida los padres de la patria debieron ser los primeros en renunciar a esos emolumentos que no significan otra cosa que una burla sangrienta al Estado, y al pueblo que representan”.

Ese mismo día, a las ocho de la noche, Brochero escribe a Zoraida para “darle una mala noticia sobre su asunto en Senado”. El Gobernador no lo aprueba y el Senado les hará el vacío: simplemente no se reunirá los dos días de la semana a fin de que llegue el receso de las Cámaras y sólo se podrán tratar los proyectos del Gobernador.

Brochero se anticipaba en muchos años a los fundamentos de la Ley 11829 (1922) en que su amigo Hipólito Yrigoyen postulaba: “Todo hombre que hubiera trabajado durante treinta años en labores útiles y honestas, tiene derecho a participar de la riqueza social, que no puede ser menor al salario mínimo que en el momento en que la ley entre en vigencia”.

San José Gabriel pedía para sus maestras cincuenta pesos: un sueldo de portero. Los poderosos ojos del amor al prójimo estaban profetizando desde el corazón mismo del pueblo el advenimiento de los derechos sociales en nuestra patria. Pero los católicos de Córdoba no tenían ojos para ver, ni oídos para oir.

6.- Brochero y el “liberalismo sin freno”

La lucha de Brochero para sacar a sus paisanos del atraso y “la pobreza franciscana” mediante del ramal ferroviario Villa Dolores-Soto, fue abortada por los mismos que se decían amigos. En cartas del año 1906, san José Gabriel pone el dedo en la llaga del problema que aqueja no sólo a su pago, sino a la patria toda.

Hacia 1890, el diario “La prensa” acuñó el término “oligarquía” para designar el dominio de la nación por un grupo cada vez más cerrado que se entrega por consenso “a los grandes intereses económicos de los terratenientes y de las empresas extranjeras preferentemente inglesas”. Y es en la enajenación de los ferrocarriles construidos por los argentinos que se manifiesta del modo más nefasto el predominio de esta minoría voraz y antipatriota.

San José Gabriel advierte que sus gestiones naufragan en las manos negras de los monopolios que con los fletes ahogan el progreso y el florecimiento industrial de las regiones. En efecto, poniendo fletes baratos desde el puerto hacia el interior y caros desde las provincias a los puertos, se mutilaba toda posibilidad de crear industrias y “alentar a la vez en los habitantes de su recorrido el anhelo al trabajo, desmayado actualmente por falta de esos transportes rápidos y baratos”.

Los funcionarios y legisladores, dice, deberían procurar obligadamente con las nuevas construcciones “el abaratamiento de los transportes para provecho de Córdoba y sus industrias, para evitar con ellas el monopolio siempre perjudicial de las otras empresas (…) que poco a poco van absorbiendo todos los transportes y imponiendo tarifas tan subidas que casi no pueden resistirlas ni las industrias ni el comercio y que-con el tiempo- llegarán a arruinarlo por completo” (Brochero, 1999).

Arturo Cabrera Domínguez memora: “…no hay que olvidar una circunstancia decisiva: el ferrocarril estaba en poder de los ingleses. Y ellos solamente aceptaban líneas que convenían a sus planes (…) El Dr. Juárez Celman hubiera podido conseguir el ramal del Congreso, pero había una resistencia imposible de vencer: los intereses del capital británico. (…) Sí, el sueño dorado de Brochero fue el ferrocarril de Mina Clavero a Soto, pero eso no era negocio para los ingleses. Esto me lo dijo, con una gran discreción, Ramón Cárcano”. (Guevara: 1997).

Brochero en su modo de vida, en sus golpes oratorios, en su entrega total a los más pobres y marginados, descubre desde adentro las redes que organizan la comunidad criolla desde siempre y pone en actividad la creatividad intrínseca del pueblo. También el tren era una minga, porque los serranos se comprometían por escrito a donar al Estado treinta metros a cada lado de la vía para abaratar el costo.  Algo muy distinto al estanciero Cárcano que compró a precio vil las tierras expropiadas a los centenarios paisanos criollos. Cinco kilómetros a cada lado de la vía recibieron las compañías inglesas. Por eso se alejó de su amigo Brochero y decretó como inviable el ramal. Desde entonces sería probritánico como lo confesaría su hijo Miguel Ángel: “Los ingleses tuvieron confianza en los destinos del país […] se asociaron con los nativos, con tal buen resultado en sus negocios, que cuando decían River Plate creían referirse a sus propias posesiones” (Cárcano, 1986). Había elegido ser parte marginal de la nobleza británica cuando aceptó comprar a precio vil las tierras expropiadas a los viejos criollos para hacer el ferrocarril británico. ¡Lindo modo de descubrir que el destino de todo argentino es ser estanciero!(Cfr. Cárcano, Mis primeros 80 años)

Pablo VI, muchos años después, nos deja una clara enseñanza. En la Populorum Progressio, aclara:

1.- “La renta disponible no es cosa que queda abandonada al libre capricho de los hombres”. Por lo tanto, “las especulaciones egoístas deben ser eliminadas”; 2.-  Tampoco “se podría admitir que ciudadanos, provistos de rentas abundantes, provenientes de los recursos y actividad nacional, los transfieran en parte considerable al extranjero, por puro provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello infligirían a la propia patria” (24); 3.- El “liberalismo sin freno” que considera “al provecho como motor del progreso económico, al mercado como ley suprema de la economía y a la propiedad privada de los medios de producción como derecho absoluto, sin límites ni obligaciones”, conduce a la “dictadura internacional del dinero”(26); 4.- “…El derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común” (…) Si se llegare a un conflicto “ entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias”, toca a los poderes públicos “procurar una solución con la activa participación de las personas y los grupos”(23).

En nuestros tiempos tumultuosos, ¿alguien escuchó alguna plática que, ante hechos concretos de la realidad, aplique estas enseñanzas a la fuga de capitales, al poder de los monopolios que expolian con sobreprecios al pueblo o difunden mentiras como las que escribían los opositores al ferrocarril de Brochero en los diarios porteños de comienzos del siglo XX?

Ahora bien, lo que no es asumido, no es redimido. Brochero cargó sobre sí mismo el discurso negativo de los dirigentes sobre el propio pueblo.  Esto decía el hijo de Cárcano sobre Brochero que los recibió en su casa para unas vacaciones: “Fíjese: Miguel Ángel no lo quería. Pensaba que era muy sucio. En cierta ocasión, Cárcano llevó sus hijos (…) a la casa del cura. Después Miguel Ángel me comentó que el lugar era una mugre, que resultaba insoportable el olor. Yo no le discutí. Era cierto.” (Guevara; 1997; Torres Roggero, 2012).

Su labor apostólica se adelanta al pensamiento de muchos antropólogos, filósofos y escritores que tratan de descubrir en lo más desvalido y hediento de América una configuración auténtica de nuestro propio modo de ser. Esta contribución a la cultura resulta así una añadidura en su empeño por el des-ocultamiento del Reino de Dios en cada uno de nosotros como vivientes de una comunidad. En la minga, se revalorizaba el trabajo y al trabajador: “…el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus y funde los corazones: al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos” (PP, 24).

Presencia profética, anticipo de la fiesta final de la Minga de Dios cuyo luminoso misterio será revelado en su día a la asamblea-santa (1Pe:2,9-10; 2Pe:3,9-10).

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba.

Bibliografía mínima

Escritos de San José G. Brochero

Conferencia Episcopal Argentina, 1999, El Cura Brochero. Cartas y Sermones. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía de Lic. Liliana de Denaro y Pbro. Dr. Carlos I. Heredia, Buenos Aires.

Biografía

Acevedo, D.J. (recopilador), 1928, El Cura Brochero. 50 años después de su obra en San Alberto, Córdoba, A. Biffignandi

Aznar, Antonio, 1951, El Cura Brochero, Buenos Aires, Paulinas

Baronetto, Luis Miguel, 2001, Brochero x Brochero, Buenos Aires, Ediciones Lohlé-Lumen

Díaz Cornejo, Sor María Nora, 2005, José Gabriel Brochero. Un santo para nuestro tiempo, Buenos Aires, San Pablo

Torres Roggero, Jorge, 2012, El Cura Brochero y su Tiempo. Cultura popular. Santidad. Política, Córdoba, Babel Editorial; 2014, Un santo populista, Córdoba, Babel Editorial; 2013, Quince días con Cura Brochero. En el corazón del pueblo. Buenos Aires, Ciudad Nueva.

Bibliografía complementaria

Barrionuevo Imposti, Víctor, 1953, t. I, Historia del Valle de Traslasierra, Córdoba, Dirección General de Plublicidad de la Universidad Nacional de Córdoba

Bialet-Massé, Juan, 1968, El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Prólogo y notas de Luis A. Despontin, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

Cárcano, Miguel Ángel, 1986, Sáenz Peña. La revolución por los comicios, Buenos Aires, Hyspamérica

Guevara, Osvaldo, 1997, Diálogos memoriosos con Arturo Cabrera Domínguez, Villa Dolores, Junta Municipal de Historia.