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(Las siguientes consideraciones giran en torno las “Jornadas de literatura (creación y conocimiento) desde la cultura popular” que organizan desde hace 20 años las cátedras de Literatura Argentina I y II e Historia del Pensamiento Latinoamericano de la Escuela de Letras, Facultad de Filosofía y Humanidades, U.N.C. También intentan ser un homenaje a Julio Cortázar.)

                        “¡Qué risa, todos lloraban!”

Cortázar

Estoy releyendo el capítulo “Verano en las colinas” de La Vuelta al día en ochenta mundos, tomo I. julio_cortazar2Es el momento en que Teodoro W. Adorno salta aviesamente sobre las rodillas de Cortázar. No sin algunos arañazos, comienza a jugar con el escritor e interrumpe el  recuerdo de ciertas coincidencias argentinas que se han infiltrado en plena creación de un episodio novelesco. La digresión versa sobre la carencia de naturalidad y humor de los argentinos  cuando se disponen a escribir sus memorias. Publican textos que son tímidos productos de la autocensura. En general, piensa, son “memorias vicarias”. Bajo la sonriente vigilancia de los críticos, no se deschavan, se esconden, “constituyen domicilio legal en sus novelas”.

Teodoro W. Adorno ha interferido en la escritura de Cortázar y también en mi lectura. Por las hendijas de invisibles huellas comienzan a reescribirse en mi cuerpo ciertas memorias sobre las “I Jornadas de literatura (creación y conocimiento) desde la cultura popular”.

Cuando se realizaron esas primeras jornadas, dedicadas a memorar a Eduardo Gutiérrez y las proyecciones de su obra en la cultura popular, nos habíamos propuesto “producir con lo que tenemos y desde lo que somos”. Reunimos a profesores, a estu­diantes, a maestros, a simples lectores y nos pusimos a discutir las treinta y siete ponencias presentadas.

En las segundas jornadas, nos dedicamos a averiguar sobre los maestros rurales escritores y le rendimos homenaje a Polo Godoy Rojo. El puntano llegó asegurando que él no era nadie para hablar en una universidad y concluyó vertiendo su sabidu­ría a un auditorio silencioso y famélico de verdades encarnadas. Se presentaron cua­renta ponencias y la discusión fue fructífera en tanto se creó un ámbito donde todos decían y todos escuchaban, donde se borraba la separación docente-alumno porque todos participaban en una búsqueda, todos se animaban a tantear fuera de los méto­dos, es decir, de los caminos ya trajinados por otros. Se trataba, según la enseñanza del maestro L. J. Prieto[1], de experimentar alguna vez que el saber no se constituye con citas por bien organizadas que estén, ni con la bibliografía de moda por más actualizada que luzca. Es jugarse en el intento de pensar desde los textos, de enredarse y desenredarse sin cesar en la urdimbre simultá­nea e indivisible de la lengua; de atar y desatar los nudos de la tra­ma hilachenta y viva con que la escritura se construye y des-constru­ye a la vez, enhe­brada en la lanzadera de lo contingen­te: ¿cómo capturar la imagen  móvil de la reali­dad, del remolino incesante del acto creador?

Las terceras jornadas  del encuentro docente estudiantil ocurrieron  los días 28 y 29 de septiembre de l995 y estuvieron dedicadas a tres recordaciones insólitas: (a) los l50 años de la aparición de Facundo, (b) los cincuenta años del l7 de octubre y (c) los veinticinco años de la muerte de Leopoldo Marechal. Queríamos retozar (como diría Sarmiento) en lo informe, en lo revulsivo; saltar alegremente de la civilización a la barbarie, de la alpargata al libro, de lo sublime a lo ridículo como un simple modo de ser.

¿Cómo no mezclar a ese Sarmiento que escribía con carbón en los baños de Zonda su consigna civilizatoria con aquellos cabecitas negras que, tam­bién con carbón, escribían esperanzas de redención en tapias “rosadas”, que efundían “luz íntima”, en las que un día Borges encontró la ternura y conjeturó la eternidad?[2]

Ya Sarmiento nos incitaba a arrojar el andador académico cuando en El Mercurio[3] del 3 de junio de l842 nos proponía cierto modo de vivir en la historia por la manera de escri­bir:

          

“Adquirid ideas de donde quiera que vengan, nutrid vuestro espíritu con las      manifestaciones  de los grandes luminares de la época; y cuando sintáis que vuestro pensamiento a su vez  se despier­ta, echad  miradas observadoras sobre vues­tra patria,­ sobre el pueblo, las costumbres, las instituciones, las necesida­des actua­les, y ense­guida escri­bid con  amor, con cora­zón, lo que os alcance, lo que os antoje, que eso será bueno en el fondo­,  aunque la forma sea inco­rrec­ta; será apa­sionado aunque a veces sea inexac­to; agrada­rá al lector­ , aun­que rabie Garci­laso; no se parecerá a lo de nadie; pero bueno o malo será vuestro, nadie os lo dispu­ta­rá. En­tonces habrá prosa, habrá poesía, habrá defectos, ha­brá bellezas. La crítica  vendrá a su tiempo y los defectos desapa­rece­rán”

La cuestión es descubrir que el libro que cotidiana­mente sacralizamos lleva implícita una contra-escritura invi­sible que hace  que su escritura sea existencialmente “con corazón”, o por lo contrario, una mera reificación del discurso. En la cosa escrita se fijó tradicionalmente la uniformización del sentido. Nuestra tarea consiste en dejar que hable el único sujeto cultural auténtico, el pueblo, que en lo profundo, habla (gestiona) desde un logos no escrito, desde sus raíces. El 17 de octubre fue así inscripto en la conciencia de los argentinos venideros como “un grito de corazón”. Desde entonces, se lo puede denostar, pero no se puede estar sin él, como, según S. Taborda, sucede con Sarmiento. Del solo estar y del solo hablar surgirán, en consecuencia, las preguntas que formulamos a quienes  modelizan lo que el habla no puede concretar, es decir, los escritores. Animarnos a caminar con el pueblo, co­do con codo, puede ser una buena práctica creadora y un buen método de investigación que se inicia de una manera absurda: desapren­diendo.

Hasta dónde nos hemos animado, en total libertad de tonos y tonadas, es lo que se intenta mostrar en nuestras jornadas. Por supues­to, se nos ocurre que lo mejor no está en los textos presentados, sino en el discurrir de las comisiones, en el libre transmitir de los plenarios.

Y aquí retorno a La vuelta al día en ochenta mundos. Podría hablar con Cortazar del extrañamiento del que escribe (curiosa coincidencia con los formalistas rusos), de la escritura por dislocación, de la excentricidad, de la falta de humor de los escritores argentinos, de cierta genealogía del humor en nuestra literatura. Pero solo me detendré a recordar por qué el gato negro, que ahora jugaba en sus rodillas, se llamaba Teodoro W. Adorno. Si bien no dejaba de ser un homenaje indirecto al pensador alemán, era  más bien el resultado de ciertas prolijas glosas de tres personajes de una novela que estaba escribiendo. En el pasaje, que al fin suprimió, tres argentinos residentes en París, “nada serios ni importantes, discutían el problema  de los suplementos dominicales de los diarios porteños”.

Resulta que en el material literario que les mandaban desde el Río de la Plata publicaban algunos sociólogos que abundaban en citas del célebre Adorno, “cuyo vistoso apellido parecían querer aprovechar literalmente cosa de que sus ensayos les quedaran padre”. Casi todos los artículos aparecían constelados de citas de Adorno, también de Wittgenstein. ¿Cómo bautizar al gato negro? ¿Tractatus o Teodoro? Parece ser que el gato, que arañó las rodillas de Cortázar, se sintió menos deprimido de llamarse Teodoro.

Ahora bien, según uno de los personajes, veinte años atrás habría tenido que llamarse Rainer María, más tarde Albert o Williams y, posteriormente, Saint-John Perse o Dylan. De tal modo, agitando viejos periódicos, el personaje estaba en condiciones de probar que los sociólogos colaboradores de esas columnas “debían ser en fondo el mismo sociólogo, y que lo único que iban cambiando a lo largo de los años eran las citas, es decir que lo importante era estar a la moda en esa materia y evitar-so-pena-de-descrédito toda mención de autores ya usados en el decenio anterior” (p.23). No importaban entonces las firmas al pie de los artículos ya que lo único interesante era descubrir cada tantos centímetros la cita de Adorno. Aunque ya empezaban a vislumbrar que pronto le tocaría el turno a Lévi-Strauss.

Cortázar, en realidad, está tomando con humor la advertencia que nos hiciera L.J.Prieto. Sucede que ciertos académicos no pueden escribir ni una reseña sin la consabida referencia a lo que solemnemente se denomina la “crítica actual”. Existen así las viudas de ciertas corrientes o autores ultímisimos a los que se cita venga o no venga al caso y, sin los cuales, un trabajo crítico carece de valor académico. Se suelen olvidar que  muchos de  los más actuales teóricos de los centros hegemónicos del poder mental  lo único y lo mejor que hacen es reactualizar (volver a poner en acto) algún pensador clásico de su propia tradición literaria o de la ya redundante lógica  de la cultura dominante. Esos mentores, por otra parte, sumidos hoy por hoy en una apremiante desorientación, es poco lo que nos pueden aportar, salvo algunos retazos de decadencia. Ha llegado la hora de hacernos cargo, de tomar nuestra realidad, nuestros dichos y nuestros hechos como objeto de estudio. Tantear el estado latente de la realidad. Sin miedo, sin considerar que  para ingresar a un texto hay que ponerse traje y corbata. Es que también a los críticos, en el momento de sentarnos a escribir, nos pasa lo que Cortázar atribuía a nuestros escritores:

 

“¿Por qué diablos hay entre nuestra vida y nuestra literatura una especie de “muro de la vergüenza”? En el momento de ponerse a trabajar en un cuento o en una novela­, el escri­tor típico se calza el cuello duro y se sube a lo más alto del ropero. A cuántos conocí que si hubieran escrito como pensaban, inventaban o hablaban en las mesas de café o en las charlas después de un concier­to o en un match de box,  ha­brían conseguido esa admiración  cuya ausen­cia  siguen atri­buyendo  a las razones deploradas con lágri­mas y folletos por las  sociedades de escritores.” (p.56)[4]

Y cierro con el insólito epígrafe. Cortázar se los cuenta y Uds. saquen sus conclusiones: “Entre las frases que más amé premonitoriamente en la infancia, figura la de un condiscípulo: “¡Qué risa, todos lloraban!”. Se refiere a que los argentinos nos sentimos obligados a “escribir en serio”, “a ser serios”, a sentarnos  “ante la máquina de escribir con los zapatos lustrados y una sepulcral noción de la gravedad-del-instante”.

Tengan en cuenta esto los que hablan de un “país serio”, de estudios serios, y quienes se sientan a escuchar una lectura de poemas o una ponencia con una seriedad “entendida como valor previo a toda literatura”. Esa presuposición  puede resultar, según Cortázar, “infinitamente cómica”. Como la seriedad de los velorios. Es mejor, piensa, mirar o escribir “por falencia, por descolocación”, porque la realidad es “flexible y porosa”: “escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto,  piedras preciosas”. Dicho de un modo más directo, Cortázar propone que tanto el escritor como el lector vivan, escriban y lean amenazados “por esa lateralidad, por ese paralaje verdadero, por ese estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día más de vida sin conflictos” (p.35).

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, U.N.C.


Bibliografía y notas:

[1] PRIETO, Luis Jorge, 1993, “Más allá del amor por las palabras”. Entrevista de Beatriz Molinari: En La Voz del Interior, 4D, 15/04/1993.

[2] Cfr. Sarmiento, Domingo Faustino, 1962, Facundo, Buenos Aires, Editorial Sur. Sarmiento pintó con carbón  en una sala de los baños de Zonda: “On ne tue point les idées”. Atribuye erróneamente la frase a Fortoul y la traduce criollamente: “A los hombres se les degüella; a las ideas no”; Cfr. Et. , Borges, Jorge Luis, l953, Historia de la eternidad, BuenosAires, Emecé: “Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado”, p. 39. Sabido es que los primeros peronistas, de muy precarios recursos, escribían sus consignas en las paredes con car­bón y tiza. Entre sus famosos estribillos había uno que de­cía:”Con tiza y con carbón/lo queremos a Perón”.

[3] Sarmiento,D.F., 1909, Obras Completas, Tomo I, Artículos Críticos y Literarios, Belin Hnos., París.

[4] Cortázar, Julio, 2009, La vuelta al día en ochenta mun­dos, Tomo I, Buenos Aires, Editorial S.XXI.

1.-

200px-Eduardo_GutiérrezEn junio de 1884, la compañía Hermanos Carlo representó la pantomima “Juan Moreira”. José Podestá (Pepino 88), que encarnaba al trágico gaucho, confiesa en Medio siglo de farándula que el autor, Eduardo Gutiérrez, jamás quiso presenciar la  teatralización de su novela famosa.

Fray Mocho, por su parte, asegura “que no demostró nunca interés ni aprecio por sus propias obras que publicaba en folletones y que luego reunían en libro los editores. Su horror ante las  galeras de imprenta era tal, que nunca corrigió las pruebas de lo que escribía”. Se limitaba a colocar en los comienzos de cada folletín: “Pruebas no corregidas por el autor”.

También dijo, cierta vez, a sus compañeros de redacción en el diario: “Mi mayor dicha es olvidar todo lo que escribo”. Y ante Miguel Cané, flor y nata del dandysmo porteño del 80,  que le reprochaba por no haberle enviado sus libros a Viena, “poniéndose rojo como una amapola, e inclinándose, le dijo al oído: Eso no es para usted. Prométame no leerlo nunca“. (Gutiérrez: 1973).

¿Qué misterio,  o “botón de plumas” (y tomo la frase hernandiana en su sentido  de “enigma” difícil de resolver, tal como lo interpretaron León Benarós y Fermín Chávez) esconde nuestra literatura? Porque también Hernández se avergonzaba ante los literatos y pedía disculpas por haber escrito su pobre Martín Fierro. Fue así como, hasta El Payador  de Leopoldo Lugones, nuestra obra magna no fue considerada “literaria” y por lo tanto yacía arrojada en las afueras del canon por la generalidad de los críticos y por la burocracia pedagógica.

Sin embargo, ¿qué designio del mismo pueblo convirtió al dandy Eduardo Gutiérrez, hermano de Ricardo, médico y poeta, fundador del Hospital de Niños, y de José María, eminente político, crítico y periodista, en rapsoda de la chusma?

En 1879 se publicó la segunda parte de Martín Fierro; en 1880, Juan Moreira. Lo menos que podemos decir de ellos es que, en un país despoblado y apenas alfabetizado, vendieron muchos más ejemplares que algunos de nuestros best sellers contemporáneos. Otro dato para tener en cuenta: en 1892 arribó al mundo de las letras con el poema “¿?”, publicado en “La Nación”, un profeta de la chusma, Almafuerte.

A estos escritores populares,  unas veces en forma vergonzante y otras, solapada, los críticos académicos, armados con los instrumentos que provee “la ciencia” literaria  y condicionados por su público lector (“los cultos”), los suelen afrontar por lo menos con desconcierto. Lo mismo pasó hasta no hace mucho con el monumental, y uso a propósito este connotador, Facundo de Sarmiento. Todavía prosiguen, escondidas en terminologías de difícil comprensión para el lector medio, pero traducción literal de palabras cotidianas del mundo de “allá”, las discusiones sobre su condición genérica. Porque, ¿adónde, en qué disco duro interior, congelar esa tremenda interrogación a la “sombra terrible” que posee el secreto de nuestras “conmociones”?

Resulta que para fatigar esa zona profunda de nuestra realidad, la razón teórica impuesta desde afuera y desde arriba gracias a un mimetismo autodenigrante se desorienta porque, como dice Martín Fierro, no sabe para qué lado “se dueblan los pastos” y según hemos anotado en otro lugar, queda fuera del “círculo de ideas” sarmientino, con lo cual se desorienta y se pierde en el “desierto” de su propia esterilidad. Eso fue lo que anotó el genio cordobés de Saúl Taborda cuando intuyó la fuerza creadora de lo “facúndico” y basó en vivencias propias una filosofía del genio nativo y su pedagogía consecuente. Porque lo “facúndico” es seminalidad, florecimiento secreto del pueblo-nación en el corazón de los humildes, o sea los más apegados a la tierra (humus).

Para la barbarie ilustrada, para los “leídos”, la escritura suele convertirse en un cepo aislante de la realidad. Los escritores de la chusma, sin embargo, son los que dejan pasar con más intensidad por los resquicios de la letra escrita la concreción y la furia del habla y, con ella, la carnadura viva de la historia, los mitos  como discurso de lo real y no solamente del recorte de  lo pensado. Las palabras que dictan las razones de los pobres devienen campanas de palo,  sonancia lejana sin re-sonancia,  para el oído de los doctos y poderosos. Pero su proferición es pura intención  en la lectura de-letreada en voz alta del “no leído”. Por eso, al referirnos a Gutiérrez, hablamos de rapsoda, porque toda lectura que implique una oralidad oculta con su consecuente posibilidad de comunidad, de “corro de pulpería”, es canto. Es decir, amplificación parlante.

Eduardo Gutiérrez, rapsoda de la chusma, autor de Juan Moreira, Juan Cuello, Pastor Luna, Hormiga Negra, Santos juan-moreira-eduardo-gutierrez-1939-tapa-dura-gauchos-facon_MLA-F-2900752229_072012Vega, El Chacho, El Rastreador y tantos otros nombres cargados de sonancia geotextual, instauraba ya en el título los posibles del canto. En efecto, esos nombres  son nudos de afecto en que la palabra teje y desteje una trama confusa, una totalidad abierta y una llamita de esperanza en el corazón de los letrados en peripecias y castigos: “es un telar de desdichas/ cada gaucho que usté vé”. Está claro que telar significa, en el verso hernandiano, una historia oficialmente callada pero perviviente.

La asendereada vida de Gutiérrez se homologa a la marginalidad de sus textos. Tocaba con maestría el armonium y la guitarra, estuvo sólo seis meses en el Colegio Nacional y un año en el Junior. Hablaba inglés, francés, italiano y portugués; barruntaba el alemán y el vasco; y, a fuerza de ser ídolo de la colonia italiana, aprendió varios dialectos. Sin embargo no era un leedor ni un erudito. Según su hermano Carlos, sólo había leído el Quijote.

Durante diez años, ocho meses y once días, fue militar de los del desierto. En las campañas contra el indio, sin carpas, pasando las noches al raso y durmiento sobre la escarcha, aprendió a compartir igual suerte e idéntico destino con el milico gaucho. Quien hubiere leído Croquis y siluetas militares (que junto a la Excursión… de Mansilla y La guerra al malón del Comandante Prado configuran la triada seminal de un desarrollo autónomo de nuestro discurso literario) sabrá por qué murió de tuberculosis pulmonar un dos de agosto de 1889, a los treinta y siete años de edad.

En su casa de Flores (convertida luego en casa de citas) donde escribía con lápiz folletines que corregía en el tranvía de caballos, su letra pequeña y clara cronicaba, mediante la prosopopeya, modo de traducción del gauchesco a la lengua de los recién venidos, las peripecias del pueblo que, sumido en las oscuridades del miasma (según lo intuía Almafuerte) palpitaba en esas historias la palabra nueva que, como siempre, los humildes “leerían” antes que nadie: la de Hipólito Yrigoyen.

 

Sarmiento 

“La ciudad de Babylonia/ aquella confusa patria/

encanto de mis sentidos/laberinto de mi alma”

Fray Luis de Tejeda

 “No temáis, pues, la confusión de razas y de lenguas. De la Babel, del caos, saldrá algún día brillante y nítida la nacionalidad sudamericana. El suelo prohija a los hombres, los arrastra, los asimila y hace suyos”.

Juan Bautista Alberdi

 

1.- Babel

El símbolo convoca, en la libertad de sus significantes latentes, la promiscuidad; y, según Hartman ( Derrida/Hartman: 372), “una metáfora promiscua es mejor que una literalidad sin cara”. Basado en Derrida, postula que la persistencia del mito de Babel, sobreviviente de catástrofes culturales y traducciones múltiples, “nos avisa acerca de que no se trata de una figura cualquiera”.

Alguna vez, Borges meditó melancólicamente acerca de nuestras imposibilidades (1932:11) y el artificio argumental estaba montado a partir  de nuestra multiplicidad étnica y nuestra inadecuación lingüística. Es la versión artificiosa y clasista de un chiste vulgar: “Los argentinos descienden de los barcos”.

Preferimos pensar a  la Babel-Patria como un desorden o mezcla portadores de aperturas y posibles. Un rumor sordo sube desde las entrañas mismas de lo innominado en nosotros como balbuceo incesante de lo informe y heteróclito. Pensamos, por ejemplo, en Juan Bautista Alberdi y en Domingo Faustino Sarmiento. Ambos testimonian acerca de la necesidad de vencer el miedo e imaginan que la patria, como sede de contradicciones, se manifiesta como un poder fagocitador. Según Scalabrini Ortiz, somos un pueblo multígeno. Con eso quería decir que llevamos en nuestras entrañas la humanidad entera y estamos abiertos a la solidaridad con todo lo humano. Nuestra genealogía y nuestro destino es la humanidad.

1.- Para nosotros y todos los hombres del mundo

En enero de 1927, Ricardo Rojas firmó la noticia preliminar de Condición del extranjero en América (1928: 9-16) de Domingo Faustino Sarmiento. El volumen recopila  artículos periodísticos del sanjuanino fechados entre el 10/11/1855 y el 02/06/1888, a meses de su muerte. Trata en ellos sobre los desafíos y problemas que plantea la inmigración.

Sostiene Rojas que el enfoque sarmientino apunta a “problemas concretos de la vida cotidiana” y a la pregunta de cómo crear una patria y no una  “factoría sin destino histórico”. A Sarmiento lo preocupaba un hecho puntual. Los extranjeros residentes en Buenos Aires, llevados por la nostalgia, el orgullo de origen, la ayuda mutua, se “agrupaban en comunidades extraterritoriales”.

Según Rojas, el problema emergente no era una cuestión biológica sino política. Los agentes diplomáticos ejercían presión sobre el gobierno argentino:  un cónsul inglés pretendía que las valijas postales traídas en barcos británicos se abrieran en su sede  consular. No faltó el cónsul extranjero dispuesto a  intervenir como autoridad judicial en un juicio sucesorio de un connacional fallecido en Argentina y con bienes en el país: “Padres europeos defendían la nacionalidad de origen de sus hijos para sustraerlos del servicio militar argentino y muchos patrocinaban la fundación de escuelas extraterritoriales en las que no se enseñaba ni el idioma ni la historia de nuestro país”.

Tal el panorama detectado por Ricardo Rojas en los textos sarmientinos que vituperan tales pretensiones y polemizan con ingleses, alemanes, suizos, franceses, españoles y, sobre todo, italianos. Ingresemos en un fragmento de esta ríspida textualidad.

En los inicios del gobierno de Juárez Celman (1886), el diputado Antonio Cambaceres auspició un proyecto de ley solicitado por varios extranjeros. Propugnaba una reforma de la ley de ciudadanía para que se concedieran derechos políticos a los residentes extranjeros sin que ellos lo solicitaran. Sarmiento combatió la iniciativa:

“El deseaba que los extranjeros participaran de nuestra vida pública, pero voluntariamente, por opción individual y por íntima asimilación a la vida nacional (…) No aceptaba ni la ciudadanía “automática” que data de aquella solicitud, ni la doble ciudadanía, como no aceptaba el jus sanguinis ni la poliglotía babélica, ni el mercantilismo cosmopolita que ya empezaba a triunfar en el país, con detrimento de la moral privada y pública” (Rojas:1928, 13).

Todos estos signos se codifican como síntomas de una nueva caída en la semiosis de una tradición que nos marca con el sello de la confusión y su amenaza consecuente de dispersión: Babel. Sarmiento, impelido por una cotidaneidad aparentemente minada por la insignificancia, anota sus reflexiones a partir de hechos mínimos. Una viajera norteamericana, por ejemplo, se sorprende de “encontrar un país de todo el mundo menos de sí mismo”. Escandalizada, advierte cómo hasta en las escuelas se observa esta diversificación. Buenos Aires es  “una torre de Babel donde se hablan todas las lenguas sin confundirse los trabajadores”. Aunque según algunos este testimonio es apócrifo, expresaba el sentir de la minoría gobernante que se consideraba la única en condiciones de gobernar por ser los descendientes de los auténticos “hijos del país”.

El efecto de lectura parece corroborar que hay un mosaico de naciones pero no una nueva entidad etnológica. Sarmiento recurre, en primer termino, a la instancia genesíaca de la nación. Recuerda para eso el Estatuto de 1815 que, bajo el título “Cada ciudadano es miembro de la soberanía del pueblo”, concedía  a todo extranjero mayor de veinticinco años, que haya residido cuatro años en el país, “que se haya hecho propietario de algún fundo (valor cuatro mil pesos) o que ejerza arte u oficio útil al país”, el derecho de gozar “ de sufragio activo en las Asambleas o comicios  con tal que sepa leer y escribir”. Pasados diez años de residencia podía ser elegido para los empleos menos para los de gobierno. Por último, para gozar de ambos sufragios (elegir y ser elegido) debía renunciar antes a toda otra ciudadanía.[1]

Este rescate de una tradición legal enunciada como una práctica inicial de la nación procura combatir la manipulación electoral. Para ello considera necesario que los extranjeros recién llegados sean antes habitantes. Cae , así, inevitablemente, en la relación del hombre con el suelo, con la tierra. Recurre, entonces, al nuevo testamentum futuri: la Constitución Nacional.

La argumentación se desliza, en primer lugar, a una figura retórica: la analogía. El Preámbulo de la Constitución, como la opertura de una ópera, contiene el tono y la nota dominante de la composición y provee, por lo tanto, instrumentos para interpretar el sentido de la “nacionalización y derechos individuales” de los inmigrantes. Es en el preámbulo donde se define el objeto (la unión nacional) y el modo de configurarlo. El objetivo  principal es, sin duda,  el de “asegurar los beneficios de la libertad” presente y futura a todos “los habitantes del suelo argentino”.

Sarmiento (“questo vechio uomo despotico y scético”, según lo ha etiquetado la prensa italiana) se siente obligado a exponer sus consideraciones puesto que debe guardarse de “los que vengan, y vienen viniendo y vendrán”. Para él, la última frase del preámbulo ahorra discusiones inútiles[2]: los beneficios de la libertad están asegurados para “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

En consecuencia, la cuestión se resuelve por el derecho interno: el suelo que vienen a habitar todos los hombres del mundo, es argentino. Queda, por lo tanto, fuera de discusión “de quién es la tierra”. El extranjero que “no pensa altro che amassare fortuna” está inhabilitado para exigir, como una franquicia asegurada, el “tomar parte en la vida política”. Al que no hace otra cosa que amasar fortuna, no le hace falta habitar el país. Los “armadores de buques, los capitanes de alta mar, los banqueros que “hacen empréstitos”, sólo se ocupan del lucro. Ellos no habitan el país, más aún, pueden darse el lujo de no habitar ninguno. Frente a ellos, piensa Sarmiento, hay  millones de peones, labriegos y artesanos que no se preocupan por obtener riquezas sino que  sólo procuran  proveer  sus necesidades y las de su familia. Habitar un país no es lo mismo que hallarse o estar de paso.

“ No fueron, pues, llamados a habitar el suelo los aventureros a caza de fortuna. Hábito. Es el vestido de cierta forma, para indicar cierta profesión de ideas, deberes, etc., ocupación, etc. Hábito, habitual, habituarse. Estas palabras fijan completamente el sentido de habitar, de venir a habitar un país, es tomar sus hábitos, hacer lo que alli es habitual, legal, políticamente hablando, y es necesario para habitar un país habituarse a él, dejar sus viejos hábitos, desahabituarse de anteriores y exóticas ideas. ¡Y cosa misteriosa y grande del derecho! En una cosa esencial  permite la Constitución no conformarse el extranjero a los hábitos de pensar de los otros habitantes, y es adorar a Dios según su conciencia, es decir, según lo acostumbraba en el país de donde viene” (1928: 406).

Ciertos derechos constitucionales  no pueden ser  usados por aquellos extranjeros que “con pretexto u ocasión de habitarlo sólo buscan la ganancia. Los banqueros que  dan a usura su dinero al país, no se toman el trabajo de conocernos. Mucho menos de habitar el país. “Su país es nuestro bolsillo”.(1928:407).

Los inmigrantes, por lo tanto, son llamados a ser integrantes de nuestra organización social. La Constitución dedica un artículo entero a promover la inmigración y los protege con una declaración de garantías. El Estado no puede limitar con impuestos  la entrada de extranjeros. Pero es necesario que ese extranjero no sea un transeúnte. La Constitución establece que tengan por objeto “labrar la tierra, mejorar las industrias y enseñar ciencias y artes”.

El que circula por el país, el transeúnte, ya está protegido por el derecho de gentes   (entrar, salir, comerciar, etc.), pero el inmigrante es un elemento constitutivo de la nación y su función es habitar el país. El criollo, piensa Sarmiento, va desapareciendo; el hacendado, el comerciante “van quedando en el mismo grado de inferioridad”. Entonces la pregunta es: ¿ el gobierno pasará a quienes tengan el poder del número, de la riqueza?

Sarmiento recurre a su viejo sistema cuando se impone la pintura de un cuadro de situación, de un escenario con sus actores in fieri. Convoca a sus lectores al puerto para que contemplen el desembarco de lo más atrasado de Europa: son campesinos o “gente ligera de las ciudades”.  Alucinados, “como si miraran al sol”, se sienten avergonzados con su único y aldeano traje dominguero frente a los parientes ya  afincados aquí que los reciben vestidos de “última elegancia”. El movimiento de Buenos Aires los sobrecoge, sus edificios y plazas los pasman. Argentina es la modernidad en marcha. Es cierto que ellos dejaron en Europa palacios, catedrales, templos, torres, cúpulas, pero son un legado inútil de la Edad Media. Al no haberse adaptado a las necesidades presentes, son “enormes y bellas inutilidades”.

En esta patria, sostiene Sarmiento, la independencia “rompió materialmente” vallas físicas y morales. El mundo moderno se derramó por estas regiones apartadas y ahora  nos “engloba” en el movimiento general. Por lo tanto, los que nos transforma no es la materialidad de la inmigración, sino la aplicación del bienestar que todas las ciencias y las artes nos procuran:

“Fulton, Morson (sic), Edison, no son emigrantes que sepa, y, sin embargo, caminamos con sus botas de siete leguas, hablamos para ser oídos o leídos a mil leguas, y oímos moverse los gases en el centro de la tierra. Mañana oiremos a la Patti sin movernos de casa” (1928: 307; el subrayado  es nuestro).

Todo ello sucede porque América es mejor conductor de civilización que  Europa: “aún para sus propios inventos”.

“El labriego español, irlandés o francés viene a Santa Fe a saber lo que es maquinaria agrícola y a aprender a manejarla, porque en su país y en su comarca deja todavía el rudo implemento primitivo”.

El progreso humano, según esta visión, se derrama íntegro sobre nosotros; en Europa, en cambio es logro parcial de una nación. Aquí se suma, se acumula. Esas masas europeas no nos aportan ni siquiera educación política y , por lo tanto, no nos ayudan a constituirnos como pueblos libres. Predominan por el número, pero son de opiniones acomodaticias. Sólo contribuyen para que seamos despojados de las libertades conquistadas a fuerza de luchar contra los tiranos.

Por eso hace un llamado para que los patriotas argentinos dejen de “chuparse el dedo” si no quieren quedarse “sin patria en su propia casa”. ¿ Esperan, acaso, ver que “unos dos millones de descamisados” se repartan la patria  porque se les otorgó ciudadanía no solicitada? En el artículo titulado “Prevenciones e insinuaciones de Peusser y Crespo” (EL DIARIO, enero 5 de 1888) Sarmiento escarnece a los promotores de la ley destinada a conceder la ciudadanía sin solicitarla. Es un texto marcado por fuertes rasgos antisemitas. Llevado por su preocupación cívica (el proyecto iba a ser aprobado sobre tablas y sin debate) e imbuido de los prejuicios de época, Sarmiento, al advertir los nombres hebreos de los solicitantes que se han constituido en Comisión Provisoria (Joachim Crespo, Jacob Peusser) desencadena sus iras sobre los judíos. En realidad, siempre  en el campo de la confusión, atribuye a los laboriosos inmigrantes judíos, el nefasto papel de la banca europea en el sometimiento del país al capital financiero desde sus inicios:

“…nos declaramos desde ahora en huelga, para perseguir a la raza semítica, que con Cohen, Rostchild, Baring y todos los sindicatos judíos de Londres y París, nos dejan sin blanca; y los judíos Joachim y Jacob, que pretenden  dejarnos sin patria, declarando a la nuestra, artículo de ropa vieja negociable y materia de industria. ¡Fuera la raza semítica!” (1928: 437).

He aquí que Buenos Aires es la nueva Babilonia y Sarmiento, fascinado por el brillo y el progreso de la ciudad, deja circular por sus textos periodísticos ( Cfr. “El mito babilónico”, en EL DIARIO, setiembre 9 de 1887) una franja de ambigüedad en que el discurso se desliza entre la seducción y el miedo.

Recordemos que Alberdi incitaba a no temer la “confusión de razas”, pero ese lugar de su enciclopedia empieza a ser invadido por multitud de indeseables: la resaca de Europa, el fantasma de los continentes “bárbaros” (Asia, Africa) y la amenaza perviviente del salvaje de la pampa.

Sarmiento padece, también, el asedio de las contradicciones. Impelido a representar sus utopías, acosado por la mutiplicidad de lenguas que lo circunda, imagina a Buenos Aires como una Babel en eterna construcción e invadida por lo tumultuoso y heterogéneo. ¿Cómo traducir, entonces, la confusión para hacer inteligible el mundo del futuro?

En su afán de  valorar una totalidad que se presenta como contradictoria y abierta, llega a la conclusión de que debe ser cerrada a la fuerza. Recurre, entonces, al mito sobreviviente de Babel pero amputándolo de la parte de su poder simbólico que reclama lo oscuro y lo claro, la promiscuidad.

La Torre de Babel, sostiene, sobrevive a Babilonia. Las excavaciones modernas sólo han logrado rescatar de la ciudad imperial sus jardines colgantes. Para él, la confusión de lenguas es una “leyenda absurda e inverosímil”, sólo acepta los aportes de la ciencia positiva, lo que “hoy” se sabe, es decir, que en los flancos lisos de los peñascos se conservan inscripciones trilingües. Eso probaría la persistencia en el Estado de “varias lenguas y de diversos pueblos”. Tal comprobación científica no es una “vana quimera”.

Ahora bien,  las llanuras de América, de acuerdo a esta concepción, reproducen la estructura de la confusión. Coteja, entonces, el desenvolvimiento de Buenos Aires enclavada en  las campañas pastoras que describiera en Facundo con la evolución de los pastores de ganado que habitaron entre los ríos Tigris y Eufrates. Babilonia, lugar de cruces de rutas, se fue poblando rápidamente con “hombres de todo linaje”:

“Pero tanto se dilataba la ciudad prodigiosa, tantas eran las lenguas que en ella se hablaban, tantos los ritos de las diversas religiones profesadas por pueblos de diverso origen, raza y civilización (…) que al fin debieron pensar en poner orden en aquel mundo caótico en que todos tenían parte y en que nada se asemejaba.

¿Será este el origen de la confusión de lenguas que nos llega como causa del desastre final de aquella ciudad que llena con su nombre el vacío de los tiempos antehistóricos, y con el festín de Baltasar la catástrofe en que terminó el babilónico ensayo de una civilización de muchas lenguas que sólo sirven para no entenderse entre sí los artífices de tanta grandeza?” (1928: 287-288)

Sarmiento se funda en la autoridad de las excavaciones. Cae, sin embargo, en la confusión cuando perfila una cronología: concibe como coetáneos los tiempos “antehistóricos” y el “ensayo de una civilización”. Resulta de todos modos interesante su estrategia lectora. En efecto, al rastrear el origen del mito en el documento, lo extrapola de su simbolismo milenario y lo reduce para dar así cuenta de su preocupación básica en ese momento. En consecuencia, Babel será figura de Buenos Aires que está en pleno ensayo de “una civilización de muchas lenguas que sólo sirven para no entenderse entre ellas”.

Buenos Aires admira, asombra. Sus bancos mueven más caudal “que cualquiera otro en el mundo”. Con escasísimas reminiscencias de “haber sido sudamericana”, su población es blanca, su arquitectura grandiosa y el movimiento de tranvías, ferrocarriles y vapores excede al de las ciudades y puertos de “esta parte”.

Deslizándose a la cuenca semántica de un mito vernáculo, equipara Buenos Aires a “el Dorado”. Será por eso que es una ciudad sin ciudadanos, un mero espacio en vías de transfiguración aunque  con “el tufo a South América que se escapa todavía del subsuelo, o sube a la atmósfera por las chimeneas de las administraciones públicas, como los hálitos nauseabundos de la bodega de buques viejos” (1928:289).

Al hedor (tufo)  de la América mestiza que tanto denostó, se agregan en ese momento “los hálitos nauseabundos” que desembarcan de la tercera clase de los trasatlánaticos. Intuye que la antigua “barbarie” soterrada y la arribante resaca de Europa sedimentan un sustrato peligroso: algún día será la materia informe del “subsuelo de la patria sublevado”  del 17 de octubre de 1945 (Scalabrini Ortiz: 1948).

Ese secreto e indefinible temor lo inclina a pensar que Buenos Aires no progresa y solamente se transforma. Se muestra incapaz de “transfigurarse”, de entrar en las “depuraciones del espíritu” a causa del contrapeso de los de abajo: los que emergen de las profundidades de la historia y el suelo, los que son vomitados por las bodegas de los barcos.

Acosado por ese miedo secreto, Sarmiento se implica en la promiscuidad del mito y profiere una profecía que más bien semeja una conjetura de confusa sintaxis:

“Así creciendo y aumentándose, tendremos, si no tenemos ya a la Torre de Babel, en construcción en América, por artífices de todas las lenguas, que no se confundieron al construirla, sino que siéndolo y persistiendo en conservar la de su origen, no  pudieron entenderse entre sí, y la grande esperanza del mundo futuro contra un nuevo cataclismo y diluvio del pasado, porque no se hace patria sin patriotismo por cemento, ni ciudad sin ciudadanos, que es el alma y la gloria de las naciones, se disipara al soplo de los acontecimientos vulgares, una seca prolongada, una guerra extranjera o intestina” (1928: 292).

Una construcción de no-habitantes , empeñados en no traducirse a la nueva lengua, a las nuevas instituciones, medita, será incapaz de aguantar ciertos acontecimientos vulgares: una larga sequía, una guerra interior o exterior. El “vecchio” Sarmiento puesto a buscar razones, recala así en los aconteceres familiares  de la Argentina criolla de sus peleas y destierros: las luchas con la naturaleza imbricadas con las luchas por el poder en maridaje extraño y confuso.

Camino inverso al del fraile Tejeda, nieto de india, hijo de mestiza, que arrepentido de sus malocas contra los indios, sus arrebatos de amo y sus promiscuos amores, sentía el hechizo de Babilonia (Córdoba del Tucumán), su confusa patria, y fatigaba su laberinto con la secreta esperanza de una Sion bajada del cielo. De tal modo, avatares de la carne y el deseo, Babel era el pasaje hacia una transfiguración, o en lenguaje de Sarmiento, hacia “una depuración del espíritu”.

[1] Esta legislación fue padecida por un prócer bolivariano: el cordobés Deán Funes. No faltaron destacados historiadores que lo acusaron de traidor a la patria.(Vedia y Mitre: 1954, 594 ss.)

[2] Tiene cierta importancia su estrategia discursiva. Recurre a un relato oral: el cuento de los gansos. El narrador se ocupa de crear un climax. Los gansos van desfilando de a uno por un puente estrecho. De golpe, calla. Alguien, intrigado, reclama: “Y ¿cómo sigue el cuento?. El narrador responde con aire de magisterio: “Aguarden Ustedes que acaben de pasar los gansos” (1928, 404). No hace falta esperar a que pasen los gansos, dice Sarmiento. La Constitución nos ahorra ese fastidio con la última frase del preámbulo.

Bibliografía:

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                                   , 1957, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, Buenos Aires, Sopena

                                  , 1974, Grandes y pequeños hombres del Plata, Buenos Aires, Plus Ultra

Alberdi, Juan Bautista/ Sarmiento, Domingo Faustino (prólogo de Lucila Paglai), 2005, La gran polémica nacional (Cartas quillotanas. Las ciento y una), Buenos Aires, Leviatán

Borges, Jorge Luis, 1932, Discusión, Buenos Aires, Gleizer Editor

Derrida, Jacques et al., 1990, Teoría literaria y deconstrucción, Madrid, Arco/Libros S.A.

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Ramos Mejía,  José María, 1956, Las multitudes argentinas, Buenos Aires, Editorial Tor

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1973 (1948). Tierra sin nada, tierra de profetas, Buenos Aires, Plus Ultra

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Tejeda, Luis de, 1980, Libro de varios tratados y noticias, Córdoba, Municipalidad de Córdoba

Torres Roggero, Jorge, 2002, Elogio del Pensamiento Plebeyo, Córdoba, Silabario

VEDIA Y MITRE, Mariano de, 1954, El Deán Funes, Bs.As., Ed. Kraf