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por Jorge Torres Roggero

DOGMA DE OBEDIENCIA.jpeg1.- Los intelectuales

Como una muestra de apoyo a la Reforma Universitaria, Lugones publica en el BOLETIN DE LA FACULTAD DE DERECHO Y CIENCIAS SOCIALES un artículo titulado “La historia del dogma”. Arturo Capdevila, director de la revista, sostiene que la obra ofrecida representa la “altura culminante” del pensamiento político lugoniano y la exhibe como una primicia que honra al BOLETIN. Se trata de la Parte II del libro El dogma de obediencia y advierte que “bien pudo titularse Las nuevas bases”. Anticipa que  en números sucesivos se editarán la tercera y cuarta parte pero no la primera y quinta. De acuerdo con su criterio, el carácter revolucionario de las mismas comprometería la índole puramente científica de la publicación[i] . Estas líneas aspiran a  que sean leídas con atención por quienes todavía insisten en considerar a Leopoldo Lugones y a Ricardo Rojas como portaestandartes un nacionalismo conservador y oligárquico para la época del Centenario. Repetir lo que “se dice” por más prestigioso que sea el emisor, lleva a estampar opiniones “iletradas”, es decir, sin la atenta lectura de los textos del momento. Recomiendo, en ese sentido, un texto muy breve de Lugones: “Programa de acción de una democracia argentina revolucionaria”. Lo escribió en 1919 y lo publicó Enrique Barros en La Vanguardia del 21/07/31. Lugones es un exponente dramático de las contradicciones en el seno del pueblo.

“La historia del dogma” tiene por objeto prevenir acerca de la falsificación de la historia y, a la vez, trazar el posible perfil de un orden social nuevo. Cuestiona, en consecuencia, la sinonimia enciclopedista que homologa, en la historia de Roma, república a libertad e imperio a tiranía. Refuta la “ficción interpretativa”, el “efecto literario” del discurso histórico, el fraude en la transcripción del texto antiguo para convertirlo en “un característico, si bien admirable, pasticcio del Renacimiento”. Postula que, bajo la forma de “una composición histórica”, se nos presentan “ficciones de la más audaz fantasía”. Al ocuparse de la literatura romana de la época imperial, Lugones considera que los intelectuales de la capital, partidarios de la oligarquía patricia, conforman la oposición a un tipo de organización social cuya discursividad define y describe como netamente plebeya. Al canon letrado, por ejemplo, opone un arte popular discorde y censurado al que llama “canción democrática”. Según esta visión, el pueblo romano prodigaba epigramas alegres y procaces a los generales victoriosos durante el desfile triunfal: “Aunque la ceremonia del triunfo era solemnísima, y las tales canciones injuriosas con frecuencia, nadie pensó en prohibirlas. Las leyes eran, sin embargo,        extremadamente severas contra la injuria y la calumnia; pero la libertad popular        estaba sobre ellas, hasta en sus excesos” (p.49).

Sustenta, por lo tanto, que la concepción del Imperio como un despotismo, el famoso cesarismo, nace de la crítica de algunos escritores reaccionarios de la capital que, sin embargo, gozaban de todas las libertades. Las diatribas de Tácito y Suetonio, de Cátulo y Juvenal circulaban libremente y la popularidad de los libelos era índice de que gran cantidad de gente sabía leer y escribir. La concepción reaccionaria de esta literatura, reforzada luego por los escritores cristianos[ii] (padres de la iglesia), se generaliza por fin,  durante la Edad Media, mediante la interpolación y falsificación fraudulenta de los monjes.

Lugones, entre otros, apela al caso de Tácito. Apasionado aristócrata, vilipendió al Imperio no obstante los favores que, de acuerdo con su propio testimonio, le habían dispensado los emperadores”.(78) Es más, el historiador declara que los tiempos de Nerva y de Trajano (cuando escribió sus Historias y sus Anales) fueron de esas “raras y felices épocas en que está permitido pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa” (lib. XLVIII,tít. XIX,18). Fundamentándose en dos libros de P. Hochart[iii]  sobre la autenticidad de Anales e Historias, postula que gran parte de los célebres fragmentos de Tácito resultan una superchería editorial del humanista italiano Poggio Bracciolini. No satisfecho con esto, examina una suma de interpolaciones y falsificaciones en los textos de Dion Casio y Lampridio.

Pero Lugones no se detiene en el Renacimiento, sino que extiende su vituperio a la lectura de la historia romana canonizada por el iluminismo. En efecto Voltaire, Montesquieu, adoptan como ideal político a la república romana cuya configuración aristocrática, oligárquica y explotadora de la plebe urbana y rural denuncia. Clasifica las corrientes de estudios históricos sobre el Imperio en tres líneas principales: enciclopedista (Gibbon); cesarista o alemana (Mommsen) y neo-cristiana o reaccionaria (Wallon, de Broglie y Ozanam). Rescata, sin embargo, una serie histórica alternativa o de la latinidad. Maquiavelo, “padre de la filosofía de la historia”; Vico, “la más alta encarnación del genio de la historia”; Ferrero que sistematiza la interpretación directa de hechos y documentos; Napoleón III autor de una Historia de Julio César y, por último, corresponde a “Augusto Conte la verdadera definición de que el Imperio en vez de constituir un despotismo retrógrado, fue un grande éxito democrático”[iv].  Vivimos la segunda década del S.XX, reflexiona Lugones, y todavía no se ha alcanzado el nivel pagano en cuanto a bienestar y justicia social.

La estrategia argumentativa de Lugones apela a una singular organización del campo de lectura para liberar y darle voz a los sentidos latentes que emergen en los textos de autores antiguos y modernos adversos al Imperio. En pleno desarrollo de la Revolución Rusa (“reforma social que está ahora efectuándose”, la denomina), se esfuerza por probar el siguiente aserto:” He dicho que el Imperio fue obra de la plebe cuyas aspiraciones de justicia satisfizo, y que tuvo por eficaz apoyo la popularidad provinciana. Ambos fenómenos eran reacciones contra los privilegios de los patricios”

Discute una historia escrita por ricos y privilegiados que exhibe al Imperio como tiranía cuando, en realidad, representó “la victoria democrática completa”. Al abolir los privilegios de los patricios se afirmaban derechos civiles como la igualdad de sexos y la igualdad política. Se abolían el “despotismo paterno y marital” y la propiedad patricia quedaba sujeta al impuesto.

Las alusiones y homologías Roma/Argentina se van acentuando a medida que avanza el análisis del amplísimo campo social propuesto como objeto de estudio. Lugones muestra cómo se descentralizó el poder, cómo las provincias tuvieron autonomía; y cómo, por fin, la capital concentró la oposición a ese Imperio. Pese a las acusaciones de “corrupción”, el período de lo emperadores significó un evidente “progreso moral y material”. El bienestar del pueblo guarda, desde su punto de vista, una íntima relación con la cuestión fundamental de la libertad: “La libertad no es un resultado político, sino un gran estado de conciencia, cuyo         fundamento lo constituye la noción de equidad. Cuando un pueblo llega a ese estado, es libre, y su política resultará libre también” (p.61).

Inicia así, desde el seno mismo de la Reforma Universitaria, la discusión acerca de   las formas decadentes de la democracia liberal de origen anglosajón en nuestro país como único resultado posible de la política. Se interroga acerca de cuál es la respuesta de la tradición latina como estado de conciencia a la necesidad de despliegue del propio modo de ser y de un mayor protagonismo de la “plebe” o pueblo en la “evolución libertadora”.

No es el objeto de estas líneas el examen y exposición minuciosos de la “Historia del dogma”. Sólo nos incita a señalar la capacidad de Lugones para renovar las prácticas de lectura; para ensayar modos operativos aplicables al momento que vivía y para proponer, por analogía, un programa para la Patria, como llamaba a la Argentina. Denuncia, por lo tanto, el latifundio, el militarismo y la explotación del hombre por hombre con sus consecuencias de atraso, desorden y crueldad. En otras palabras, proclamaba la sentencia que él consideraba “libertaria” de Marco Aurelio: “Mi patria, como Antonino, es Roma; como hombre, el mundo”.

2.- La reforma educativa

Lugones postula que el Imperio, al que ha equiparado a una “dictadura del proletariado”, es el gestor de la primera reforma educativa conocida. En efecto, “la enseñanza secundaria y profesional bajo el mismo promovió el concepto de docencia libre y de promoción sin examen. Ya desde entonces puede considerarse instituido el nombramiento de catedráticos por oposición. Las asociaciones de            estudiantes […] estaban reconocidas y protegidas especialmente. Eran abundantes las becas y muchos particulares instituíanlas por cuenta propia, fundando también escuelas primarias, asilos, gimnasios y dotaciones alimenticias”.

La instrucción pública era considerada “función de estado” y los altos estudios merecieron el mayor cuidado en esas verdaderas universidades que recibían “los nombres de museos (por las musas), ateneos y academias”: “Reinaba en ellos libertad amplísima, y de sus aulas salieron no pocos escritores contrarios al régimen imperial”. Este “estado de conciencia antigua”, fue reivindicado también, en esa misma época, por Deodoro Roca y Saúl Taborda. Debemos recordar, por otra parte, que en el mismo número del BOLETIN de la Facultad de Derecho en que Lugones cuestiona el discurso histórico, propone una era de reforma social y vindica al Imperio como un gobierno popular enfrentado a una oligarquía republicana apropiada del “logos” modelizador, Arturo Orgaz publica (p.113) un artículo titulado “La reforma agraria en Rusia”.

3.- La plebe provinciana

En alusión a la Revolución Rusa, Lugones sostiene que, cuando el cristianismo triunfó en Europa, “el mundo pagano cuya unificación había obtenido Roma, hallábase muy adelantado en el mismo sentido de la reforma social que está ahora efectuándose” (p.3)

La inmensa mayoría del pueblo romano (plebe urbana y rural) “exigió un día el cumplimiento de sus aspiraciones comunistas, la abolición definitiva del privilegio, y la aplicación igualitaria de la justicia social: la democracia integral, en una palabra” (p.5).

El despotismo predominó en el Imperio mientras se desempeñaron los miembros de la familia Julia Claudia, de origen aristocrático. Pero las fuerzas democráticas eran muy poderosas. Así, gracias a la creciente influencia provinciana, “los emperadores fueron siendo de más humilde extracción social”. Por lo tanto, “la tendencia igualitaria y laica, inherente al espíritu grecolatino, se impuso con progresivo remonte”(p.6) De tal modo, el Imperio armonizó la “acción y reacción de elementos contradictorios.”

La animadversión patricia o aristocrática hacia al nuevo régimen se fundamentó en el impuesto y el arriendo de la vasta tierra pública que reportaba considerable rendimiento. Lugones sostiene que, por su origen popular, el Imperio fue siempre “adverso a la apropiación privada de la tierra, pues la aspiración dominante de aquella democracia fue, como lo veremos, el comunismo agrario” (26). Por lo tanto pertenecía al Imperio y el emperador, que era ante todo el tribuno del pueblo, estaba a cargo del territorio conquistado por este último, es decir, “casi todo el de las provincias”.

El Imperio consumó la revolución agraria de Tiberio Graco mediante una expropiación indemnizada de las tierras públicas comunes usurpadas por los aristócratas. Una consecuencia de esta medida fue la reducción del servicio militar porque considera que: “el militarismo y la propiedad privada son fenómenos correlativos”. Se impuso el impuesto a la renta y “el acaparamiento de artículos de primera necesidad, por medio de ligas comerciales que denominamos trusts, fue penado en el imperio. Llegó a ser un delito tan grave, que podían denunciarlo hasta los esclavos contra sus dueños, y su penalidad llegó a veces hasta la confiscación y el destierro”(27)

Lugones exalta la imposición del impuesto a la herencia (29). Recordemos que siempre fue una consigna de su época socialista y tema frecuente en el periódico La Montaña[v]. El impuesto se extendió a la manumisión de esclavos que eran parte importante[vi]  en las herencias. La paz romana del imperio redujo el militarismo sin atrofiar la eficacia defensiva como lo prueban trescientos años de victoriosa seguridad y progreso de la justicia social[vii].

El Imperio, según Lugones, “había nacido por voluntad de la plebe, para realizar sus seculares y hasta entonces ilusorias aspiraciones a la justicia y a la paz. Así era, ante todo, protector de los oprimidos, doquier estuviesen y quienquiera fuese el opresor. Con ello quedaba abolido ante la ley todo privilegio de clase, y empezaba desde luego la realización humana de la justicia, fundada en la igualdad” (p.34).

Para asegurar al pueblo el bienestar se emprenden grandes obras. Pero, además, se instituyen servicios gratuitos, para que al bienestar se añadiera el encanto de la vida. En consecuencia, así como la asistencia, instrucción e higiene del pueblo eran un servicio del estado, también lo fue la diversión. Tal era la función de los circos, plazas, lagos, hipódromos, teatros, templos, palacios públicos (basílicas), jardines y grandes espectáculos. Refuta, sin más, la expresión “pan y circo” de Juvenal y su larga herencia peyorativa todavía vigente. El “pan romano” era una cuestión de estado: “El estado se ocupó de distribuir el trigo y también la carme, el aceite, el vino y la sal. Al volverse recurso público, los repartos dejaron de ser recursos políticos, máquina de corrupción, para transformarlos en derecho permanente. Se construyeron inmensos mercados y graneros, donde se distribuía gratuitamente y se vendía la ropa a precio de costo. El granero público de Galba tenía cinco kilómetros. No había menos de veinte en la capital y numerosos en las provincias”.(cfr. pp.23-25).

Como la semana romana era un novenario, además de los cuarenta y cinco días novendiales[viii], hubo entre cuarenta y ocho a cincuenta fiestas públicas fijas por año, y de seis a diez ocasionales, de índole conmemorativa, o sea un centenar de días festivos sobre los trescientos sesenta y cinco del período anual. (35/36)

Se aseguró el bienestar a la clase trabajadora mediante salarios mínimos y precios máximos. En la época de Diocleciano se intentó llegar al salario mínimo, “mediante una laboriosísima combinación con el precio máximo de los consumos”. Se reconocía el derecho a sindicarse: “Los gremios asociados constituían una poderosa fuerza democrática; y por esto, entre los actos reaccionarios de la dictadura de Sila, figuró su abolición” (36)

En consecuencia, el Imperio fue obra de la plebe cuyas aspiraciones de justicia satisfizo con el eficaz apoyo de la popularidad provinciana. La plebe y las provincias, reaccionando contra los privilegios del patriciado, depusieron la república y, con esta, a la nobleza: “El Imperio representó, pues, la victoria democrática completa: la “dictadura del proletariado”, como diríamos ahora”(52). El pueblo, como principal artífice de la formación y grandeza de la nación con su trabajo y su sangre, estaba seguro de que le correspondían, en grado máximo, todos los derechos y privilegios inherentes a esa obra. Esta noción de igualdad sostiene Lugones, transformaba el concepto de propiedad “en un sentido francamente comunista: dueño de la tierra es aquel que la ha adquirido con su esfuerzo y la conserva del mismo modo” (52). Una atenta mirada al “Temario del comunalismo federalista” de Saúl Taborda exige una perentoria contextualización con este texto de Lugones y seguramente es esa la razón por la que Arturo Capdevila no se anima a publicar aquellos capítulos del Dogma de obediencia a los que atribuye “carácter revolucionario” ajeno a la índole científica del Boletín… [ix].

Durante el gobierno de los Antoninos, que eran provincianos, adviene la edad de oro de la vida municipal y Caracalla completa la igualdad entre Italia y las provincias. La organización del Imperio se basaba en las comunas urbanas. Las ciudades gozaban de autonomía. De tal modo, nacionalidad y ciudadanía resultaban sinónimas.  Dice Lugones: “unidad de la patria en la plenitud de la justicia” (p.54). Sólo Roma y Alejandría perdieron su autonomía y dependían directamente del emperador.

Los potentados del mundo poblaron la ciudad y la convirtieron en lugar de disipación mundana. Las mayorías, por su parte, vivieron una vida mediana y pobre, que por ser normal, no llamaba la atención: “El comentario malévolo de los aristócratas caídos, púsose a motejar de corrupción aquellos placeres que no podían disfrutar; pues en todos los tiempos el pecado impotente encuentra su virtud en el infortunio” (58).

El Imperio era popular entre la plebe. César se decía hijo de dioses, pero Diocleciano era hijo de libertos y Vespasiano, que provenía de la clase media pobre, reconoció a todos los provincianos el derecho a ser senadores. El patriciado y su clientela se burlaban de aquellos toscos legisladores (59). Demostraron así su ineptitud para comprender la realidad. Su arrogante atraso fue una muestra más de la impotencia pueril de todas las oligarquías en retirada[x].

De acuerdo con esta lectura, fueron las provincias las que prepararon el imperio romano y abolieron el militarismo. Todos hemos estudiado la versión de los historiadores, que Lugones titula reaccionarios, contra la guardia pretoriana. Se la acusa de disponer del Imperio “hasta el extremo de adjudicarlo en remate público”.

Sin embargo, postula Lugones, hasta el siglo III de nuestra era el uniforme militar, de uso en cuarteles y campamentos, estaba proscrito en la calle, no sólo para el recinto de Roma, sino para toda Italia:  “Los soldados de la guardia imperial, y el emperador mismo, andaban vestidos de paisanos en tiempo de paz. Cuando el emperador volvía de la guerra, dejaba el uniforme al entrar a Roma” (60),

Lobodón Garra abre una posibilidad de conocer la “parte revolucionaria” de este documento lugoniano que, recordemos, Capdevila no se animó a publicar completo. Surge de una versión que, Enrique Barros, uno de los principales líderes de la Reforma Universitaria, publicó en el diario Socialista Independiente (21/07/1921). La proclama lugoniana se titulaba “Democracia Argentina Revolucionaria” (D.A.R.) y propiciaba, entre otras cosas, la “disolución del ejército, arresto y concentración de todos los oficiales en servicio activo desde el grado de mayor inclusive, en los campamentos y presidios que se determinará”. La misma suerte debían correr armada y policía. Reconocía el derecho de los asalariados de apropiarse de las empresas para seguir trabajándolas, la confiscación de toda propiedad rural que no estuviera directamente explotada por su poseedor y excediera las doscientas hectáreas, la nacionalización de servicios públicos y bancos extranjeros, la disolución y expulsión de las comunidades religiosas y el amor libre.[xi]

4.- Condición de la mujer

El imperio aseguró a la mujer el derecho de ser libre e igual que el hombre (39): Marco Aurelio autorizó que los hijos fueran herederos de la madre; Claudio permitió a la madre ser heredera directamente de sus hijos; Cómodo estableció por herederos preferidos a todos los hijos de la madre fallecida sin testar fueran o no de su matrimonio. Alejandro Severo abolió el derecho paterno de vida y muerte sobre sus hijos: “Quedó suprimida correlativamente la facultad del padre para matar a la hija sorprendida en adulterio, y para deshacer a voluntad su matrimonio si todavía era menor y no estaba sometida al régimen de la manus que a su vez establecía el despotismo marital”.  Como resultado: “la hija pudo obligar a su padre a que la dotara y la casara” con quien ella había elegido. Caracalla castigó el aborto con destierro, y asimiló al infanticidio el abandono y la exposición. Diocleciano aseguró asilo maternal y alimentación de los niños pobres con la prohibición de enajenar los hijos ni aún a título de préstamo.

El Imperio protegió a la hija y a la madre, que según la tradición patricia, estaban   sometidas al absolutismo paterno y marital. Hasta entonces, el concepto de matrimonio era, en realidad, un aspecto de la propiedad privada. El hombre se apropiaba de la esposa con exclusión de todo afecto y humanidad a favor de la poseída. Por eso Lugones considera: “que fue siempre la propiedad privada una fuente de maldad y opresión”. La manus mariti establecía la comunidad de bienes a disposición absoluta del marido y la minoridad perpetua de la esposa. Él se guardaba el derecho de repudiar o divorciarse a discreción y por cuenta propia. (p.41)

Durante el Imperio se transfirió a un tribunal doméstico la facultad de juzgar el adulterio. Esto hacía presumir una mayor lenidad de las sentencias. Se instituyó el concubinato monogámico en que la legislación imperial reconocía como unión legítima la de los libertos, las adúlteras (antes no podían volver a casarse) y las cortesanas retiradas de la prostitución (p.42).

El régimen matrimonial de la manus mariti y el usus   o posesión de la mujer en manos del marido[xii] se transformó al reconocer a la esposa el derecho de divorciarse. Los maridos dejaron de traficar con la fortuna de sus esposas. La mujer administraba su patrimonio. Hubo senado de matronas. Lugones propone otra visión de Heliogábalo y su madre que, precisa, era muy virtuosa[xiii].

Dice Lugones: “Cuando el marido acusaba de infiel a su esposa, el juez debía indagar de oficio si aquel no lo era a su vez, para castigarlo con pena igual en caso afirmativo. La equidad de esta disposición se comenta por sí sola”.

Cabe señalar que, a lo largo de la exposición, despliega con rigurosa coherencia el método de recurrir a ciertos autores que llama conservadores y reaccionarios para intentar una lectura tendiente a desamordazar los sentidos ocultos en el texto. Para problematizar la convención acerca de la corrupción de la mujer romana durante el imperio, Lugones propone como ejemplo de lectura reaccionaria a Clarisa Bader (Femme Romaine), que llega a instalar la siguiente desmesura:” Heliogábalo y Aureliano llegaron a favorecer la más ridículas de las causas: la emancipación femenina”. La fuente de tales asertos suele ser Juvenal. Uno de los defectos que Juvenal reprocha a las mujeres es, entre otros, su versación jurídica. Lugones lee, en la misma sátira en que se la moteja de pedante, un elogio latente a la mujer romana instruida: “Peor es, aún, aquella que desde el comienzo del banquete emprende el elogio del cantar de Eneas, justifica a Dido dándose muerte, hace de nuestros poetas un paralelo largamente comentado y pone en la balanza a Homero y a Virgilio” (Sátira VI, Las Mujeres). A veces la protesta del poeta se dirige contra “la erudita que se ha formado un estilo particular, redondea un silogismo con destreza, y nada ignora de nuestra historia”. Lugones infiere, que tras la exageración propia del género satírico, termina por reconocer los sólidos conocimientos y la libertad de espíritu de las mujeres. En ese sentido, da por cierta la existencia de “una cultura femenina superior a la actual”. En cuanto a la vida mundana de la capital, asegura que Juvenal no menciona sino mujeres de alta sociedad en la que también había ejemplos de virtud: “El escándalo de la mundana o de la dama conocida, provocaba, como es natural, los comentarios del salón, del periódico y del poeta festivo, que así lo inmortalizó en sus epigramas. Porque había en Roma completa libertad de palabra hablada y escrita, lo que es decir difundida publicidad. Así las sesiones secretas del Senado      habían concluido desde que se fundó el Imperio” (46/47).

 Orgías y prodigalidades fantásticas, discurre Lugones, fueron como en todas las épocas desórdenes de unos cuantos ricos que ambicionaban hacerse notar por su singularidad[xiv]. Sin embargo, reflexiona, a pesar de ser tan fácil el divorcio, la matrona fincó siempre su honra en el decoroso título de uni nupta. Dicha sentencia, figuraba hasta en los epitafios. (p.49)

5.- Conclusión

Esperamos haber cumplido, seguramente a medias, el objetivo de presentar ante ustedes un texto extraño y casi desconocido de Lugones. Lo pensó como un aporte a la Reforma Universitaria y lleva la marca impresionante, común en muchos autores de la época, de la Revolución Rusa. Enrique Dickman, en Recuerdos de un militante socialista sostiene que, por un tiempo, Lugones se mostró partidario de Lenín y Trotsky. Un análisis más complejo de sus posturas sobre religión, matrimonio, amor libre, propiedad privada, militarismo lo avecinan al tipo de argumentación usada por los anarquistas de fuerte influencia entre los reformistas. Para Saúl Taborda, por ejemplo, sólo dos pensadores se salvan del juicio final de las edades: Platón y Kropotkin[xv]. El modelo de maestro y la poética de la historia que eligen los jóvenes reformistas es efectivamente el ideal clásico. Recordemos que en el Manifiesto, tras desechar el magisterio irrisorio de los que tiranizan, insensibilizan, senilizan y burocratizan la cátedra (Deodoro Roca[xvi]), postulan que “en adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien”[xvii].

Lugones opone al culto de la República Romana, modelo de la república liberal y oligárquica, una vindicación del Imperio como construcción política de la plebe y anticipación de una “dictadura del proletariado”. Previniendo la crítica que lo pudiera asociar a una especie de “plebocracia” (S. Taborda), ensalza la actitud del pueblo ante las tiranías. En efecto, Calígula, Nerón, Cómodo, Heliogábalo, Vitelio, murieron todos de muerte violenta. Pero sus períodos de gobierno alcanzaron en total a treinta y cinco años, sobre los trescientos cincuenta que duró el Imperio.  Es que la democracia latina, según Lugones, tenía por objeto; “asegurar el bienestar para el mayor número y la justicia para todos”. Y eso se logra con “la posesión efectiva de la patria” (71). Una duda, sin embargo, nos aqueja. En un párrafo fugaz, Lugones caracteriza al Imperio como una “democracia militar”: ¿estaba anticipando inconscientemente su posterior anuncio de “La Hora de la Espada”?

Por fin, si bien nos vemos obligados a  eludir su “intermezzo virgiliano”  en el que Lugones traduce , por primera vez, fragmentos de la Geórgica III[xviii] , nos resistimos a omitir este epígrafe que, traducido de la Geórgica II, resume el coraje incesante de las búsquedas lugonianas: “Feliz el que discierne la causa de las cosas,/ Hollando al vano miedo y al destino implacable,/ y al avaro Aqueronte con su ruido espantable”.[xix]

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

[i] Obra inconclusa: El dogma de obediencia. Se publicaron: “Historia del dogma”, en Boletín de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, año I, número 1, Universidad Nacional de Córdoba, junio 1921, p. 1-112; “Constitución del dogma”, en el número 3, dic.1921 (p.3-93), y el “Discurso preliminar” en Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, tomo VI, número 20, julio-agosto de 127 (p.609-624). En el texto que revisamos se “ofrece, por primera vez, la traducción lugoniana de las Geórgicas (III, 49-68; 176-178; 401-404). Recién en 2011 la Biblioteca Nacional, en la Colección Los Raros edita el texto completo del El dogma de obediencia con introducción de María Pía López.

[ii] Tertuliano, sostiene, en su Apologético defendió a sus correligionarios con violencia feroz y satírica. En 1921, hubiera sido considerado anarquista. Los cristianos, como estos, estaban fuera de la ley, pero nadie castigó a Tertuliano por desacato y subversión.

[iii] De l’Authenticité des Annales et des Histoires de Tacite y Nouvelles Considérations (p.78). Lugones no ofrece referencias de la numerosa bibliografía. A veces sólo consigna número de página, tomo o capítulo. Una tarea pendiente es, sin dudas, inventariar y confirmar toda esa información.

[iv] Revisa, además, una prolífica y actualizada bibliografía cuyo trabajo de ordenación queda vacante.

[v] Cfr. LA MONTAÑA. PERIODICO SOCIALISTA REVOLUCIONARIO, 1897, redactado por José INGENIEROS y Leopoldo LUGONES. ( En: 1998, Edición total de cada una de las entregas de LA MONTAÑA por Universidad Nacional de Quilmes).

[vi] Véanse los testamentos de nuestra época colonial que, ajustados al derecho romano de la época republicana, ponían especial énfasis en los esclavos e indios encomendados.

[vii] Lugones lo atribuye a la influencia estoica. Recuerda la sentencia de Séneca: “el hombre es sagrado para el hombre” que, a su vez, confluye en Hipólito Yrigoyen: “los pueblos son sagrados para los pueblos”.

[viii] Tal el origen de las novenas católicas que culminan con las fiestas patronales.

[ix] Cfr. TABORDA, Saúl, “Temario del comunalismo federalista”, en: FACUNDO, CRÍTICA Y POLÉMICA, número 7, Córdoba, diciembre de 1939 (Ret. de tapa y contratapa). Entre otras propuestas consignaba que en la “economía comunalista” “la tierra pública no es susceptible de apropiación privada” y es “lícito declarar la caducidad de la propiedad privada de aquella tierra que se considere de utilidad pública”. El texto de Taborda concluye: “El Comunalismo Federalista declara: Que considera necesario el reconocimiento legal de la República Rusa de los Soviets. Que prestará su apoyo al frente único contra el fascismo y la reacción imperialista”.

[x] Cabe anotar que César introdujo los primeros senadores galos. La Argentina, en la década de 1940, conoció ese sarcasmo no sólo en cuentos de Cortázar, Borges y Murena sino también en periódicos políticos y páginas culturales.

[xi] Cfr. GARRA, Lobodón (Liborio Justo), 1977, Literatura Argentina y expresión americana, Buenos Aires, Editorial Rescate, p.37-38. Garra, citando a Enrique Dickman, sostiene que, por un tiempo, Lugones se mostró partidario de Lenín y Trotsky. (cfr. Dickman, Enrique, 1949, Recuerdos de un militante socialista, Buenos Aires

[xii] Origen, según Lugones, de la fórmula “pedir la mano”.

[xiii] Resulta interesante recordar que Fray Francisco de Paula Castañeda imaginó en el Buenos Aires de 1822 una hilarante Asamblea General Constituyente de quinientas matronas. Estas deciden permitir que el fraile entre al recinto, pero sin voz ni voto y sólo porque es viejo, puesto que todo viejo tiene privilegio de hombre enfermo. En efecto, argumentan, “senectus ipsa est morbus”. Cfr. CASTAÑEDA, Francisco de Paula, 2001, Doña María Retazos, Bs.As., Taurus, p.344-345. Facsimilar del número 73 del Despertador Teofilantrópico Místico-Político, Buenos Aires, viernes 13 de setiembre de 1822.

[xiv] Podríamos asimilar esta situación a lo que en la actualidad llamamos “farándula”

[xv] Cfr. TABORDA, Saúl, 1918, Reflexiones sobre el ideal político de América, Córdoba, p. 7

[xvi] ROCA, Deodoro, “La nueva generación argentina”, 1918 (en: DEL MAZO, Gabriel, 1941, La reforma universitaria, Ensayos críticos, 3 tomos, La Plata, Ed. Centro de Estudiantes, t.I, p.8)

[xvii] “La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América” (en: G. del Mazo, cit., p.1 y ss.)

[xviii]  Traduce los versos 49-68;176-178 y 401-404. “Al describir la vaca típica en las Geórgicas, Virgilio se olvidó de la ubre. (…) Aconseja que no se ordeñe las vacas y así el queso de sus referencias es más bien un requesón de cabrío” (p.103-104).

[xix] Virgilio, Geórgica II, 490/92. En nota de la dirección se consigna: “Pídenos también que advirtamos que todas las versiones en lengua extraña muerta o viva, son originales suyas”.

(Fragmento del libro Poética de la Reforma Universataria  de Jorge Torres Roggero, Córdoba, Editorial Babel, 2009)

 

Las palabras “milenio”, “milenarismo”, “fin de ciclo”, “juicio final” circulan agobiadas por múltiples y divergentes  connotaciones. En la serie semántica así creada nada ni nadie nos veda atravesar con puntillosa levedad desde el terror a la parodia.

En todas las etapas de la humanidad, desde las más remotas edades hasta las ultimísimas  posmodernidades, se ha transitado por el camino de las utopías, de los mundos posibles , de las realidades desastrosas y las transrrealidades precitas o plenas de beatitudes. Recordarlas sería objeto de un tratado infinito, de un biblioteca de Babilonia.

Algunos responden a estos malestares en que la razón parece zozobrar, con la ironía y la burla. En 1809, la secta de Los Malos Consejeros, fundada por el Dr. Ehrmann en Francfort, repartía  diplomas escritos en latín  entre sus miembros, en que acentuaba una vieja espera mítica: un dios nuevo no puede ser otro que el genio del mal. Cuentan los historiadores que el mismo Goethe se dejó atrapar.

 Poco después, hubo en Viena una secta llamada Ludlam’s cave. Los miembros masculinos se hacían llamar  bodies (cuerpos) y las mujeres, shadows (sombras). En sus pruebas  de iniciación daban por sobreentendido que ningún cuerpo podía prescindir de su sombra. Cuando fueron aprehendidos, con una humildad poco común, los jefes de la organización sostuvieron que el examen de iniciación sólo tenía por objeto demostrar la estupidez del candidato. A mayor estupidez, mayor jerarquía[1].

Nuestro Borges cuenta la historia de Melanchton. Tomado  de  Swedenborg, el relato versa sobre la vida y los escritos de un teólogo empeñado en demostrar que se puede ganar el cielo sólo con la fe, prescindiendo de la caridad. Ignoraba que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo.  Seguía escribiendo, pero como persistía en la negación de la caridad, todo se afantasmaba y era rodeado por discípulos sin cara o que parecían muertos. Cuando determinó escribir un elogio de la caridad, las páginas de hoy aparecían borradas mañana. Era engañado con “simulacros de esplendor y serenidad”.

Quizás la fábula borgeana ilustre sobre los “monstruos de la razón” en las edades racionalistas en que reinan el extravío y la información. Las palabras que el hombre emplea dejan de significar la realidad que vive. Solamente valen los significados que pueda escoger por sí mismo ; sólo es sensible a las relaciones internas que  las palabras descubren entre ellas y que remiten la atención de una a otra. Si estas relaciones son incompletas y deformadas, dan una visión “alucinada” de “lo real”. Llevadas al límite, predican la investigación científica como reflejo de un mundo parcelado, sin significado exterior a las palabras mismas, “sin afuera”. Desde este punto de vista, un mundo sin hombre (en su origen o en su final) no tendría sentido. Sería llevado como Melanchton por los “hombres sin cara” hacia los médanos, sería “como un sirviente de los demonios”.

Habitantes de un Cono Sur en cuyo geo-tiempo no deja de engendrar el futuro ni de parir la historia (como profesaban nuestros fundadores saintsimonianos y los profetas  positivistas fundadores del  Brasil moderno, como antes lo habían preanunciado los amautas y el Padre Lacunza o como fabulan las novelas futuristas y los teóricos del pensamiento “urdido”), vale recordar algunos movimientos milenaristas y su relación con la revolución independentista.

Desde llegada de los españoles, no faltaron en nuestras tierras quienes se proclamaron cristos y comenzaron a predicar la redención de los oprimidos por el conquistador.

En el canto XX de Argentina y Conquista del Río de la Plata de Martín del Barco Centenera se cuenta cómo “un indio llamado Oberá se intitulaba hijo de Dios y a un hijo suyo, Papa, y a otro emperador” y cómo fue reprimido por Juan de Garay. Sabemos que entre los clérigos de la conquista había algunos, discípulos de Joaquín di Fiore, que a salvo de la inquisición metropolitana y entusiasmados con el “hombre natural”, predicaban el advenimiento de una nueva edad, la del Espíritu Santo, en que los opresores (reyes, nobles, alta jerarquía eclasiástica) serían llevados a juicio y castigo y en que los humildes serían enaltecidos. Centenera echa la culpa a Martín Gonzálvez, “clérigo idiota”, falto de “musas”, por haber adoctrinado a Oberá “misterios altos, bellos,/ que al indio no se sufre tratar de ellos.” Gracias a estos sermones, el Paraguay estuvo mucho tiempo cercado  por “aqueste indio levantado”.

Oberá, cuyo nombre significa resplandor, se proclama hijo de Dios “y concebido de virgen y que virgen lo ha parido”. El arcediano, acusado de ladrón, amancebamiento y otros pecados nada veniales, confiesa que le tiembla la mano cuando escribe esta historia porque  se ve obligado a  contar con precisión lo que decía aquel “que más que diablo en todo parecía”: “los indios comenzaron a seguillo/ por todas las comarcas do venía,/ atrajo mucha gente, así, de guerra/ con que daños hacía por la tierra”. Fue Oberá predicando “la tierra adentro” y , a su paso, no había indio que no siguiera su voz. Tras el “impío pregón” abandonan los “repartimientos” ( encomiendas donde eran explotados):  “la tierra se va toda levantando,/ no acude ya al servicio que solía,/ que libertad a todos prometía”.

Todo milenarismo predica la libertad. La libertad significa negarse al trabajo forzado a que está condenado el oprimido y supone un mundo en que imperan la solidaridad y la fiesta. Según los explotadores, este nuevo tipo de organización trae el hambre y la escasez. ¿ No resuena en nosotros el discurso fallido de los “profetas del odio” de antes y ahora en las jeremíadas de Centenera? ¿No es esta quejosa octava del Siglo XVI el protoentimema de las predicciones que escuchamos todos los días en boca de analistas políticos y económicos cuando pontifican ( pontífices de puentes rotos) por televisión sobre la necesidad de “ahorrar sobre el hambre del pueblo”?: “Mandóles que cantasen y bailasen/ de suerte que otra cosa no hacían,/ y como los pobretos ya dejasen/ de sembrar y coger como solían,/ y sólo en los cantares se ocupasen, / en los bailes de hambre se morían,/ cantándoles loores y alabanzas/ del Oberá maldito y sus pujanzas”.

Por cierto, la siembra y la cosecha “que solían” no eran del indio, sino del encomendero. Se implanta así la idea de que los pueblos deben cumplir las disposiciones del amo porque sólo la explotación garantiza su subsistencia. Pero los pueblos, en los grandes movimientos populares, no sólo se rebelan por una demanda, sino que su lucha es una lucha por el poder. Y su discurso no es el del trabajo forzado, sino el de la solidaridad que se define como fiesta: canto, baile, risa. El mundo cambia, se transforma, todo es un rito de transmutación.        

Lo sagrado irrumpe de otro modo y el nombre de las personas y las cosas cambian porque, en la nueva situación de discurso, son portadores de un nuevo sentido: “Aqueste es el que viene baptizando/ y los nombres a todos trasmutando”. Hasta los mestizos se convierten en seguidores de Oberá, “aquel maldito indio y endiablado”.

Son los mismos mestizos, “gente contenta, alegre, placentera”, que se levantan contra Garay en Santa Fe ya que “solos poseer quieren la tierra/ pues solos la ganaron en la guerra”.  El explotador exhorta y llama con sus viejos códigos, pero la realidad no le responde porque olvidó los viejos nombres. Entonces, por supuesto, el único remedio es la represión y la venganza, la traición y la tortura. Centenera cuenta con alivio la derrota de todas las sublevaciones. Describe la tortura de un mestizo despedazado en el rollo. Sin embargo, queda impresionado por la valentía y la belleza de aquel criollo de buen natural pero malas compañías: “era, cierto, valiente y esforzado/ y bello sin ventura este criollo”.  Oberá, por su parte, a diferencia de los mestizos santafesinos, se hizo guerrillero: “suele traer muchos flecheros/ y sale muchas veces de su tierra,/ por saber ya son arcabuceros/ en los bosques y montes bien se encierra”.

La liberación implica la implantación de “otra lengua”, la toma de la palabra. En el caso de Oberá esa  lengua nueva era el descubrimiento del poder de la lengua propia, el guaraní. Recordemos que una de las preocupaciones de todo imperio es imponer su propio idioma. El consquistador confisca desde el lenguaje del amor hasta el lenguaje tecnológico. Centenera rememora uno de  los cantares más celebrados: “Obera, obera, obera paytapa, yandebe, yandebe, yandebe, hiye, hiye, hiye” (“Resplandor, resplandor del padre, también Dios a nosotros; holgúemonos, holguémonos, holguémonos”[2]).

En 1820, un caudillo federal comienza su exilio de treinta años en un lejano y selvático paraje, San Isidro Labrador de Curuguaty. Allí se había refugiado con su tropa de indios, negros, mestizos y gauchos, el protector de “los pueblos libres”, don José Gervasio Artigas. La praxis revolucionaria le había enseñado a compartir con los indios la visión fraternal de una  comunidad de iguales: “Un sentimiento selvático de libertad y un sentimiento fraterno de la relación humana” escribe Carlos Maggi. La tropa multicultural de Artigas peleaba por un lugar en un  mundo (fugazmente alcanzado en 1815)  en que la diversidad hermanaba a los hombres. Su bandera federal, cruzada por la franja colorada, era “la bandera de los pueblos libres”.

En 1950, las Fuerzas Armadas del Uruguay resuelven hacer una peregrinación patriótica y llegar, a pie, por la selva, a Curuguaty, portando un pequeño busto de Artigas. El oficial Olivencia cuenta: “Allí supieron que Artigas era aún recordado con veneración por los indios cuyos bisabuelos en vida del prócer le habían llamado “Overava Karaí”, el Señor que resplandece”. La ortografía guaraní a lo mejor incorrecta del militar, no nos priva de pensar en Obera, en Artigas, en el resplandor desconocido. Los milenarios, siempre anuncian la libertad de los pueblos[3].

Los milenaristas, en nuestra tradición cultural, provienen frecuentemente del orbe letrado. Sus escritos, generalmente exégesis de textos sagrados, suelen ser considerados peligrosos o heréticos tanto por la institución civil como eclesiástica. En todos los casos son saltos al vacío que la imaginación da por encima de las convenciones de la racionalidad hegemónica.

            En nuestro siglo SXVII, vivió en Córdoba del Tucumán  Antonio de León Pinelo. Su nombre es conocido en la ciudad, no por sus escritos, sino porque designa una  calle.  Durante mucho tiempo se lo consideró cordobés nativo. Lo cierto es que nació en Lisboa. Era hijo del Lic. Diego López de Lisboa, cristiano nuevo, que administró con rectitud los bienes temporales de las monjas cordobesas y, ya viudo, se ordenó de sacerdote en Lima y llegó a ser consejero del arzobispo. Sus méritos, sin embargo,  no lo privaron de la persecución de la Inquisición por su condición de judío. Si bien sus hermanos nacieron en Córdoba, Antonio llegó a los dieciocho años y se educó en Perú. Recorrió y amó a Ibérica, como él llamaba a América. Ya en España, fue abogado de la Real Audiencia de los Reyes, Procurador General del Río de la Plata, Cronista de Indias y Oidor de Sevilla.

            Lo recordamos aquí como autor de El Paraíso en el Nuevo Mundo, comentario apologético, historia natural y peregrina de las Yndias Occidentales, Yslas y Tierra Firme del Mar Océano.  Su amor al nuevo continente lo impulsó a identificar a Sudamérica con el Paraíso Terrenal de Adán y Eva. Topos de  una tradición cultural que sobrevive los milenios, el Paraíso es considerado escenario de la más alta felicidad humana. León Pinelo sostiene su tesis a lo largo de los cinco libros de El Paraíso. Más aún, dibuja  un mapa invertido de Sudamérica. Nuestro continente ( Continens Paradisi) se convierte de este modo en  el norte u objeto principal de los deseos y derroteros del hombre. Desde el círculo central del Jardín de Edén, locus voluptatis, sede del arbor vitae  y del arbor boni et mali, manan los cuatro ríos del Génesis . Uno de ellos es el Fluvius Argentinus o Río de la Plata. En su cuenca, emerge una fuente desde lo más profundo de la tierra: “fons ascendens e terra penetransque tres interiores partes terrae”.

            Defendida con perseverante rigor lógico, a pesar del ocultamiento de que fue objeto por el orgullo positivista, esta tesis poética sigue alimentando el corazón, la inteligencia y la reprimida imaginación secreta de nuestros pueblos.

            Ya en el S.XVIII, en los últimos meses de 1786, circuló por Buenos Aires un manuscrito anónimo que hablaba de la segunda venida, en gloria y majestad, del Mesías. Era una exégesis del Apocalipsis que postulaba la venida de Jesucristo mil años antes del fin del mundo; que el Anticristo no sería un individuo sino un cuerpo moral o sistema; que a la llegada de Jesucristo no estarían resucitados todos los hombres y, sobre todo, que como en la primera venida, el Mesías no sería reconocido por el sacerdocio.

            El escrito fue refutado por Dalmasio Vélez[4]. Este cordobés, valiéndose de algunos libros, había aprendido a leer y a escribir solo. Llegó a poseer el latín y había profundizado el estudio de las Sagradas Escrituras.

            El denunciante del folleto anónimo ignoraba quién era el autor del planfleto; se decía que había venido de Italia, que era obra de un jesuita; que el cura Ortega de la catedral lo propagaba con entusiasmo.

            Para no perturbar la tranquilidad pública, el fiscal prohibió la circulación tanto del folleto como de la refutación. El papel anónimo había llegado a cierto individuo de Buenos Aires que se carteaba con el ex-jesuita y respondía a algunas dudas que éste le había planteado. Lo cierto es que anduvo en manos de varios curas y hasta de las monjas catalinas que habían sido discípulas de los jesuitas[5].

            Se trataba de versiones incompletas, a veces tergiversadas, de un libro al que hemos aludido con frecuencia en nuestros trabajos: La Venida del Mesías en Gloria y Magestad del Padre Manuel Lacunza. El jesuita chileno, tras la expulsión de su orden, fue a parar a Imola, Italia.

            Alejado de toda sociedad, se recluyó en un arrabal, cerca de la muralla de la ciudad. Vivía en una humilde casa de dos habitaciones. Durante veinte años sobrellevó este retiro solitario. Se servía a sí mismo y  nadie transponía la entrada de sus habitaciones. Pasaba toda noche observando los astros puesto que era aficionado a la astronomía y lo apasionaban las matemáticas. Se acostaba al amanecer y se levantaba cerca de  las diez de la mañana. Rezaba misa, salía a comprar alimentos, los traía, se encerraba y los preparaba él mismo. Por la tarde, daba un paseo y de regreso, estudiaba, meditaba y escribía hasta la madrugada. Tal era su régimen invariable.

            La mañana del 17 de junio de 1801, su cadáver apareció en unos bañados de poca profundidad cerca de la orilla del río que lame las murallas de la ciudad. El texto completo de su obra fue publicado en Londres en 1816. La edición de los  cuatro volúmenes por  la Imprenta de Carlos Wood, callejón de Poppin, calle de Flest, fueron costeados por el ministro argentino General Manuel Belgrano[6]. Gorriti, arcediano de la catedral de Salta, recomendaba a los seminaristas el estudio formal de esta obra del “incomparable americano Lacunza, (…) honra de nuestro continente”. Allí encontrarían reglas justas y claras para leer las Sagradas Escrituras; aprenderían a “apreciar” a los intérpretes siguiendo el método de Lacunza: primero “enseñorearse del sentido recto, natural o literal de los textos antes de buscar alegorías o sentidos figurados”. Sólo después de entender la escritura en su sentido natural, sacarán mucho provecho en instruirse en “los sentidos místicos y morales”.

            Esa era la clave de  lectura de Lacunza y esa fue la causa, junto con la denuncia sobre la ignorancia del clero, la apostasía de la Curia Romana   y  el anuncio de la recontrucción del pueblo de Israel, por la que el libro fue puesto en el Index Romano de libros prohibidos por judaizante y porque daba armas a los libre-pensadores.

            Esta cuestión de los milenarios, como era de esperar, llamó la atención de Sarmiento. En Recuerdos de Provincia[7] cuenta que su tío Fray Miguel Albarracín, de quien se decía que tenía ciencia infusa, había ensayado, antes que  Lacunza la interpretación milenarista del Apocalipsis. El infolio de Fray Miguel sobre la materia fue examinado por la Inquisición de Lima, “el autor fue citado ante el santo oficio, acusado de herejía y con ansiedad de sus cofrades, fue a aquella remota corte a responder a tan temible cargo” (p.48).

            Y aquí viene la abservación de Sarmiento que justifica lo que hasta aquí hemos desarrollado:

            “Lo que es digno de notarse, es que pocos años después de producidos los   milenarios , apareció la revolución de la independencia de la América del Sur,   como si aquella comezón teológica hubiese sido sólo barruntos de la próxima   conmoción”.(p.52).

            Los milenarios eran un barrunto, un rumor de otra cosa y la religión erudita, canónica, se defiende de la libertad de lectura, de la amenaza ínsita en los libros prohibidos. El milenarismo puede entonces ser popular o erudito. En un caso, plantea la suspensión de de toda relación con el colonizador. La plebe pauperum, indios, mestizos y gauchos, comienzan a imponer sus reglas, es decir, empiezan a tomar la palabra. En otro, unos anacoretas aislados, desplazados de los sitiales de poder, comienzan a descubrir con nuevos métodos de lectura el mensaje de liberación y esperanza censurado en los textos sagrados.      En ambos casos, son formas históricas en que se manifiesta la conciencia social como esperanza de creación de un orden de justicia y paz cuyas raíces no pudieron talar los agentes de la opresión.


[1] Cfr. PICHON, Jean-Charles, 1971, Historia Universal de las Sectas y Sociedades Secretas, Vol. I,  Barcelona, Bruguera. Cfr. et.  “Etcétera” (en: BORGES, Jorge Luis, 1974, Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, p.335).

[2] Cfr.BARCO CENTENERA, Martín del, 1998, Buenos Aires, Insituto de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Estudio preliminar, edición y notas a cargo de Silvia Tieffemberg . La ortografía guaraní y la traducción correponden a la transcripción de una nota de Centenera. 

[3]. Cfr. :  ABELLA, Gonzalo, s/f, Artigas . El resplandor desconocido, Montevideo, 2da ed., Ediciones BetumSAN.

[4] Casado en primeras nupcias con doña Catalina Carranza y Cabrera y en segundas con doña Rosa Sarsfield Palaciso, dejó diez hijos. El más famoso, Dalmacio Vélez Sarsfield.

[5] MEDINA, J.T., 1945, El Tribunal  del Santo Oficio de la Inquisición en las Provincias del Plata, Buenos Aires, Editorial Huarpes; cfr. et. ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA, 1937. IIº Congreso Internacional de Historia de América, Actas, t. V; cfr. et. URZUA, Miguel Rafael, 1917, Las doctrinas del P. Manuel Lacunza contenidas contenidas en su obra La venida del Mesías en gloria y majestad, Santiago de Chile, Soc. Imprenta y Litografía Universo.

[6] LACUNZA, Manuel, 1816, La Venida del Mesías en Gloria y Magestad. Observaciones de Juan Josaphat Ben- Ezra, hebreo cristiano dirigidas al sacerdote Cristófilo, en cuatro tomos, Londres, en la Imprenta de Carlos Wood.

[7] SARMIENTO, Domingo Faustino, 1948, Obras Completas, t. III, Mi defensa. Recuerdos de Provincia. Necrologías y biografías, Buenos Aires, Editorial Lus del Día

  (En revista SOLIDARIDAD GLOBAL, Universidad Nacional de Villa María)

 1.- Entre Platón y Kropotkhine: Saúl Taborda (1885-1944) es recordado siempre como una de las figuras sobresalientes de la Reforma Universitaria. Y allí reside, con frecuencia, el escamoteo a lo más profundo de su pensamiento como emergente de la “fluencia vital” del pueblo. Taborda llevó las consecuencias el vitalismo reformista a una lucha sin cuartel tanto contra el clericalismo como negación del espíritu religioso (ignorancia, autoritarismo y clausura intelectual), como contra el positivismo mecanicista cuyo resultado es una observación estrecha y  mimética del hecho, desconectada de sus relaciones y de su complejidad. Esto lo llevó a afirmar que sólo dos pensadores se salvan del juicio de las edades: Platón y Kropotkhine. Y sólo serían maestros en la nueva república universitaria quienes se negaran a hacer “de la mutilación de la vida una profesión habitual”. En resumen: una tradición intelectual no formalista que se desplaza entre la confusión socrática, la conciliación krausista entre “claridad de la ciencia” y “fuego del amor” (Rafael Altamira), y el culto anarquista a la vida que no puede ser encerrada en un código porque “la vida es enemiga de la ley”. Pero todo lo anterior sería sólo abstracción, mero costado intelectual y universitario del krausismo mesiánico y popular de Hipólito Yrigoyen, si no entraran a tallar Sarmiento y Facundo.

 2.- El dolmen de Barranca Yaco: En 1935 se cumplían cien años de la publicación del Facundo de Domingo Faustino Sarmiento y, al mismo tiempo, se vivía el climax de la Década Infame. La patria era una colonia británica y el pueblo estaba sometido a la explotación, la represión y el fraude. Entonces fue cuando Taborda emprendió una fecunda lectura del texto sarmientino, portador inconsciente de una secreta concepción de cultura, de historia patria y de política. Relee también Recuerdos de Provincia como fuente de una nueva pedagogía centrada en el pueblo real. Nacen así categorías como comunalismo federalista, genio nativo, argentinidad preexistente, caudillo, fluencia vital. La síntesis de todos estos desarrollos conceptuales se pueden resumir en una palabra: lo facúndico. El caudillo es la clave de la “vida secreta” que mentó Sarmiento. Mueve y preside nuestra historia. De allí su dilucidación de lo facúndico “en cuanto siendo”. Secreto y clave, “cuajará en figuraciones auténticamente nuestras, ayudará a partear instituciones originales, en la medida en que guarde fidelidad a la fuente nutricia de  la idiosincracia nativa”. Urgía, por lo tanto, examinar aquellas estructuras concretas: la comuna, la cultura, el caudillo. Para eso fundó la revista FACUNDO.

 3.- La voluntad de Mayo y el “baldío del alma”: Para Taborda un acontecimiento pasado puede ser históricamente más actual y más eficiente que cualquier acontecimiento contemporáneo. La historia no es un desarrollo horizontal regido por la ilusión del progreso. Eso es cronología como la mayoría de los manuales que “infestan los colegios y las universidades”. Por eso, lo que llamamos la “voluntad de Mayo” es un hecho henchido de sentido, un fenómeno real y operante. Evidentemente la vocación política de Mayo era el intercomunalismo federalista. Sobre esa estructura debimos afianzar la organización nacional. Sin embargo, fuerzas extrañas nos determinaron a pagar tributo a las sugestiones “alucinantes de la civilización europea”. Se plasmó así un hibridismo invital y artificioso. Europa sólo esperaba la señal de su recompensa para venir a civilizarnos y esa señal era la represión del caudillo y los pueblos interiores reclamada por la cultura urbana bajo la presión de las corrientes civilizatorias de Europa. En 1935 Taborda veía cómo la civilización europea poblaba la inmensa superficie de la patria: comercio, industrias, fábricas, empresas navieras y ferroviarias, carreteras, líneas aéreas, todos los productos de la técnica. Y agregaba: “la carne de trabajo inmigrante y la carne de placer cotizada de las prostitutas de París y Polonia”. Taborda se preguntaba: “¿Es “nuestro” todo eso? ¿Integra ese acervo un sistema económico genuinamente nuestro, dispuesto para el destino de nuestra comunidad según un orden responsable del destino de nuestros hombres?” La respuesta, piensa, pertenece al sembrador, al ganadero, al trabajador que ve cómo el producto de su esfuerzo pertenece a la “banca internacional que se los arrebata de las manos para acrecentar las ganancias de los adinerados de Londres, de París y de New York”: “La civilización europea puebla la inmensa superficie de la república. ¿Puebla acaso el baldío de nuestra alma?” Ciertamente no fue la “voluntad de Mayo” la que dispuso y ejecutó la represión de los caudillos y el pueblo. Hoy, postula Taborda, cuando se hunde el capitalismo, nos damos cuenta que fueron los caudillos  los auténticos portadores de la voluntad de Mayo. Llevado el tema a la educación y sus instituciones, Taborda plantea una pregunta que le exigirá varios tomos: “¿Cómo hacer argentinos con instituciones calculadas para desargentinizarnos a nosotros mismos?” Al arrastrar una vida falsificada, habrá que revisar la política, la ciencia, el arte, el pensamiento, los hábitos y costumbres, el concepto de trabajo, la economía, el sistema institucional. En otras palabras, urge rechazar recetas hechas por otros, porque por más prestigiosas que sean, si sirven para los dominadores, son instrumento de sometimiento  para los dominados.

La “oblea de sangre” que la civilización puso “sobre el pecho del héroe”, no estaba dirigida a una “individualidad traseúnte”, sino a la “intimidad heroica de nuestro destino”. La lección del “caos” y de la “anarquía”, resuena en el dólmen de Barranca Yaco: “Su voz anuncia, con claros signos, el advenimiento de la era facúndica”.

Por Jorge Torres Roggero

Siempre me llamó la atención que la asignatura Literatura Argentina no figurara, de modo explícito, en el plan de estudios de Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Humanidades (U.N.C). Por eso estas elucubraciones que espero no resulten inoportunas.

Afronto, sin embargo, el riesgo de que al oir “mi musa mistonga de extraño lenguaje”, como canta nuestro Celedonio, me querellen con la queja de Ovidio que, desterrado entre los rústicos del Ponto, se lamentaba así en la décima séptima Tristia:   “Barbarus hic ego sum quia non intélligor ulli”. Espero que, disculpando mi habla un tanto extraña, nadie se avergüence de mi sarmático.

En realidad, lo que vengo a sostener, es que no se puede investigar literatura argentina sin contar con estudios clásicos. Recuerdo ahora el cuento “Funes el memorioso” de Jorge Luis Borges. El personaje/narrador, de vacaciones en una estancia uruguaya, había llevado “un volumen impar de Naturalis Historia de Plinio”. La vieja edición latina, confiesa, “excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista”.

Sin embargo, la lectura elegida no era casual. Seleccionar  la obra del estricto moralista e incesante bibliógrafo romano, nos revela el ancho campo de posibles literarios que tal materia ofrecía a Borges. En primer lugar, debemos reconocer el fantástico implícito en una obra que nos anoticia, entre otras maravillas, acerca de hombres sin boca que se sustentaban con el aroma de las flores y de los frutos. En segunda instancia, nos insinúa la posibilidad de que todo estilo literario sea producto de una mala lectura, de cierta traducción disparatada propia de unas “módicas virtudes de latinista”.

Estas posibilidades no me privan de formular al revés la queja inicial: ¿por qué los que pensaron el plan de Letras Modernas nos configuraron como árboles sin raíz y nos privaron del fértil suelo greco-latino de nuestra cultura?

¿Cómo estudiar a nuestro comprovinciano Luis de Tejeda, sin tener en cuenta que poseía el latín, el griego, el hebreo y versificaba en ellos con “la mayor facilidad”, según reza la Genealogía? ¿Qué su principal afición era la lectura de los filósofos y poetas antiguos y las Sagradas Escrituras?

¿Cómo estudiar nuestros románticos que aluden incesamente a la cultura clásica y bautizaron a  Buenos Aires la Atenas del Plata? ¿A Sarmiento que alegoriza sobre “el nudo” que no ha podido cortar  la espada y sobre la Esfinge Argentina que  propone el enigma de la organización de la república a la Tebas del Plata? Cuando Sarmiento visitó a Vélez Sarsfield para ofrecerle un ministerio, el cordobés le preguntó: “¿Viene en busca de los latines?” Se refería así, con cierta ironía,  a la desconfiada crítica sarmientina sobre los estudios realizados en nuestra universidad. En 1888, se publica un libro titulado La Eneida en la República Argentina. Eran las traducciones virgilianas de Juan Cruz Varela y Dalmacio Vélez Sarsfield. La reseña sobre la versión de este último era obra de Sarmiento. ¿Fue, quizás, lo último que escribió?

¿Cómo leer a los modernistas que, junto al mestizo nicaragüense R. Darío, se sentían adelantados de “la latina estirpe que verá la gran alba futura”? ¿Cómo disfrutar los textos de los que deletreaban el rastro del dios antiguo en el cuerpo de Leda y acariciaban la “celeste carne de mujer”( Eva y Cipris) porque ella concentraba “el misterio del corazón del mundo?

Me voy a inhibir de continuar con esta retahila y dejaré sin nombrar las numerosas obras de Lugones, muchos de cuyos textos no solo son desconocidos por los especialistas sino desatendidos por estar  inspirados en los estudios clásicos o dedicados a ellos.

Sólo cabe recordar cómo resolvió su dilema a la hora de formular una estética que era, a la vez, un “arte de vivir”: “No habiendo encontrado en la Filosofía moderna pensamiento más alto que el de Platón, por ejemplo, he decidido quedarme con Platón. Entre el materialismo naturalista de los sabios modernos, aquel me ha parecido más sólido”.

Pero , a modo de simple ejemplo, instalemos a Lugones en una situación de discurso marcada por el apogeo de la Reforma Universitaria. Fervoroso partidario de la rebelión juvenil, les entrega para el primer número del Boletín de la Facultad de Derecho, el Dogma de Obediencia. Capdevila, director de la revista, las cotejó con las Bases alberdianas pero no se animó a publicar el texto completo. Lugones venía a proponer un nuevo modo de leer la historia. Postulaba que el Imperio Romano fue obra de la plebe. Algo así como  la “primera dictadura del proletariado”. Fue una lúcida crítica al iluminismo oligárquico.

 Como ya desarrollé este tema en mi libro Poética de la Reforma Universitaria,  permítaseme  ahora recordar, muy brevemente, el extraño sincretismo entre el perfil griego de maestro y el vitalismo anarquista que profesaban los reformistas. Podríamos señalar numerosos ejemplos, bástenos recordar a los dos más eximios pensadores de esa revolución juvenil en Córdoba.

Deodoro Roca, en busca del maestro ideal de la nueva república universitaria, postulaba: “por eso pienso que necesitamos maestros a la manera socrática: los que mejor comprendieron el sentido profundo de la vida”. Saúl Taborda, por su parte, resuelve la cuestión de esta manera: “los únicos maestros dignos de tal nombre eran Platón y Kropotkin”.

Pensé titular estas breves reflexiones como “El cruce del Aqueronte”. Desistí. No se de qué lado comienza la caliginosa región de las sombras: ¿Estará en los meritorios estudios de los especialistas en lenguas clásicas? ¿ O quizá en nuestro humilde chamuyar que para colmo ostenta dos Homeros: Manzi y Expósito?

 

Cba. 18/08/2011