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Por Jorge Torres Roggero

1.- Un extraño burócrata

Ricardo Rojas, en Los Modernos, informa que Martín Coronado “…escribió una novelita, La Bandera (premiada en un concurso)”. En mis cirujeos por los arrabales de la literatura argentina es el único dato sobre esa obra editada y reeditada sólo en ediciones populares destinadas a un público heterogéneo y de reciente alfabetización. Eran épocas sin artilugios electrónicos ni audiovisuales. Además, es una obra sin crítica, es decir, sin lectores especializados. Por lo tanto, marginada del canon literario. Aunque existe una olvidada edición de ocho tomos de las obras completas de Coronado, La Bandera resulta de mínimo interés. Fueron la poesía y las obras de teatro las que merecieron algún trato académico.

La primera edición, de 1903, se debió a un concurso “histórico literario” organizado por LA SIN BOMBO. Era una fábrica de “cigarrillos y tabacos” que tenía su propia imprenta para imprimir, no sólo sus etiquetas, sino libros de diversa índole. Había sido fundada a mediados del S.XIX y eso explica su curioso nombre. Se refiere a un modo de publicidad. Un hombre se paraba en la esquina, tocaba el bombo para atraer al público y ponderarle la calidad de los negocios de la zona. La fábrica de cigarrillos era de tal excelencia que no necesitaba la ceremonia del bombo. ¿Vendrá de allí la expresión “bombo mutuo” para referirse a las sectas artísticas?

Les cuento, entonces, que vamos a abordar una desconocida novela de un semiconocido poeta de la generación de 1880: Martín Coronado (1850-1919). Es difícil encontrar detalles sobre su vida y obra. Por García Mérou, en Recuerdos Literarios, sabemos que publicaba poesía desde 1873; y, por Ricardo Rojas, que era íntimo amigo de Rafael Obligado. Ambos cultivaban un romanticismo tardío y tradicionalista que transitaba desde el tono íntimo al “patriotismo ciudadano”. Eso sí, siempre de tono antirrosista.

Junto a R. Obligado y otros amigos, fundaron la Academia Argentina con el lema “Artes-Ciencias-Letras” con dos propósitos: 1°. – Crear un Diccionario de Argentinismos que, según García Mérou, en 1878 ya tenía 4000 voces definidas y más de dos mil en estudio. Nadie sabía a qué manos fue a dar ese manuscrito. 2°. – Crear un teatro nacional, más aún, llegar a una ópera nacional. En otras palabras, nacionalizar la literatura y el arte. Ese nativismo ya fue suficientemente estudiado.

Desde 1877 comenzaron a pensar en un teatro argentino: se proponían estrenar tres obras por año. Lo lograron, pero con suerte adversa. Interpretadas por compañías españolas, sus creaciones carecían de la mínima repercusión. Mientras tanto, los actores y autores nacionales florecían en los locales frecuentados por las clases populares: habían comenzado en el circo y, de pronto, las compañías criollas parecían multiplicarse.

Ahora bien, en 1901, se produce una feliz conjunción entre teatro gauchesco y sainete: coinciden en el Apolo Ezequiel Soria y José Podestá. Fue así que, en 1902, se produce el éxito clamoroso de La Piedra del Escándalo de Martín Coronado. La obra se había estrenado sin consentimiento del autor según cuenta García Velloso en sus Memorias. Algo nuevo sucedía. Los artistas criollos despreciados por la crítica erudita de la época por considerarlos semianalfabetos, bajo la dirección de Soria, atrajeron hacia ellos producciones de autores nacionales que hasta entonces no se habían atrevido a ofrecerles sus obras.

La Piedra del Escándalo de Martín Coronado abre posibilidades a un nuevo modo de ver y hacer teatro argentino. Aparecen nuevos tópicos: la lucha entre el sembrador y el pastor, entre el chacarero gringo y el gaucho. El tano de Coronado no es todavía el del conflicto. Es un gringo bonachón que se entiende con el criollo y sus nietos son ya argentinos. El conflicto se da entre los nietos que se quieren ir del campo atraídos por las luces de la ciudad, por el lujo y el ascenso social, y los apegados al suelo. Fue así que la obra de Coronado superó 500 representaciones con sus tres actos en verso. Más aún, el pacífico escribano, burócrata del Registro Civil, se hizo famoso por un estilo titulado también “La Piedra del Escándalo”. La letra databa de 1891 y Pablo Podestá le puso música en 1902. Fue tan popular, que se realizaron numerosas grabaciones. La más famosa fue la de Ignacio Corsini, en 1931; y, en la película “Carnaval de Antaño” (1940) fue cantada por Charlo. Así, por impensados caminos, Coronado termina aportando a la historia del arte popular y orilla los arrabales del tango.

Pero, además, el poeta nos brinda otra sorpresa. En 1879 escribió un poema reivindicatorio de las Malvinas Argentinas. En ese año, se publicaron varios poemas, en general declamatorios, para recibir los restos del Gral. San Martín. El poema de Coronado se titula “La Cautiva”. Con eco echeverriano, invierte el opresor: ya no es una tribu, es un imperio. Propone recibir al héroe “con las caricias de la patria inquieta”. Sólo lamento e indignación ante la rapacidad británica: “cual víctima expiatoria/ a su cadena la amarró el pirata/ de aventurera historia/ para vengar la tempestad de gloria/ que a sus milanos desbandó del Plata”. Mientras los diarios, los políticos, los gobernantes, consienten una Argentina semicolonia inglesa, por lo menos los poetas alzaban la voz: “Pero el secreto de la mar ceñuda/ en cada oído lo dirá el poeta”. De él saldrá “perenne la canción guerrera/ como la luz a despertar la aurora, /como la chispa a reventar la hoguera”.

Ahora bien, habría que marcar la importancia del paisaje en el poema: “Allá, tras la neblina/ en que parece que a tocar sus brumas/ el cielo al mar se inclina:/ hay una tierra que nació argentina/ que en la borrasca se ciñó de espumas”. ¿No les recuerda el inicio de la “Marcha de Malvinas”? Todo se aclara si pensamos que esa letra fue escrita por Carlos Obligado, hijo de Rafael Obligado, que, desde niño, trató al gran amigo de su padre: Martín Coronado. Reminiscencias que le dicen.

2.- La novelita

Antes de paratextear, entremos en la trama de la “novelita premiada” que mentó Ricardo Rojas. La edición de 1933 que tengo ante mis ojos ya tiene una intervención paratextual del editor orientada a resaltar la figura central de una colección de su editorial: Juan Manuel de Rosas. Entonces la titula Rosas no cede y, entre paréntesis, el título que le puso el autor: La Bandera.

Ese es también el título del capítulo decimotercero y el anclaje simbólico del relato que, a su vez, cobra sentido si descubrimos que todas las acciones y todos los personajes desembocan en un centro emblemático capaz de anular odios y contradicciones. Es un hecho histórico, que, si bien suele ser escamoteado en los manuales de historia, resume nuestras luchas por la soberanía nacional: la batalla de la Vuelta de Obligado, símbolo fundante de la idea de soberanía nacional. Tampoco es casual, que tanto al comienzo como al final del texto, se exalte el pensamiento y la figura de Manuel Belgrano.

En un breve prólogo firmado por las iniciales C.C., el editor presenta a Martín Coronado como a un portavoz que “evoca un pasado de gloriosa y recordada fecha en el corazón de nuestros mayores”. Con él, “desapareció la tradición y el amor a las cosas pasadas”. En la primera edición de “La sin Bombo”, Martín Coronado había inscripto este epígrafe: “Las sombras de la historia se hacen luminosas con el tiempo”.

¿Es la “época oscura de la primera tiranía” la que muestra su faz iluminada? En efecto, llama la atención “la novelita”: si bien aparenta los modos del folletín ofrece una curiosa complejidad. Aunque el autor es un convencido antirrosista, explora un punto de anulación de la contradicción unitario/federal en un hecho histórico emblemático reforzado con un símbolo de todos.

Los personajes que nos interpelan son: 1) Una familia de peones criollos (Gregorio, Mariana y su hija Magdalena); 2) Son leales y agradecidos servidores del estanciero unitario (Don Luis) que conspira para asesinar a Rosas y se une a la escuadra francesa ayudado por los puesteros; 3) Magdalena, la bella y abnegada criollita perdidamente enamorada de Adolfo (hijo de Don Luis) que, a su vez, si bien la admira y la quiere como hermana, ama sin ser correspondido a una joven rubia de su clase; 4) Los sargentos federales Palma y Tabares. Palma, rústico, leal, respetuoso; Tabares, represor y perseguidor de unitarios. Ambos ostentan una lealtad a toda prueba a Rosas y un acendrado patriotismo frente al ataque de la flota anglo francesa. En realidad, los invasores, en la novela, siempre son franceses. 5.- Otros personajes: María, la posadera, guardadora de secretos, curandera, protectora de fugitivos. Es tía de Paulino, aculturado sobrino que ha viajado a Francia y habla un castellano fuertemente galicado. Paulino dice a su tía: “Je le parlerai como un gaucho”; y María le responde: “más te valiera el ruso o napolitano porque quien dice francés dice enemigo”.

Los federales son representados mediante la repetición de discurso de la cultura oficial que escanea siempre El Matadero y que luego se reduplicará con mayor saña en nuestros intelectuales (Sábato, Viñas, Martínez Estrada, Murena, Borges, etc.) para referirse al peronismo. Así, el sargento Palma es “hombre fornido como de 40 años; “chato de cara y de cerdosos bigotes signos reveladores de su origen indio”, “pero siente la obligación de servir con alma y vida al país”. El sargento Palma es respetuoso y ferviente enamorado de Magdalena. Aunque no correspondido, en cierto modo da la vida por ella.

El estanciero Luis, por su parte, es un “criollo liberal”, que considera a los federales “agentes del tirano”. Frente a las “iras populares”, se apoya en el extranjero, conspira, emigra. Para él, “la cuestión era concluir de una vez, matar a Rosas y matar con él la tiranía”.

Adolfo, el hijo del unitario, ha sido educado por un viejo amigo de su padre, austero, discípulo y admirador de M. Belgrano. De un “patriotismo implacable”, “forma el cuerpo y el espíritu del niño en la escuela ideal del educacionista-soldado.” Por eso Adolfo sufre un profundo cambio, cuando huyendo por el río, contempla cuando una cañonera francesa destruye una barcaza federal: “Una oleada de ternura y de entusiasmo lo arrebató a pesar suyo hacia aquellos hombres; todos sus pasados enconos se borraron y estalló en él de improviso, como una llama oprimida, el fuego del patriotismo exaltado que había encendido en su corazón el austero profesor, amigo de su padre, que lo educó en la escuela y el culto de Belgrano”. Ahí se convence de que, cuando amenaza el enemigo extranjero no hay ni debe haber unitarios y federales”.

Al final, Don Luis, que ha desembarcado con los franceses, al ver ultrajada la bandera que envuelve a su hijo muerto, siente “como si el pálido sol de la bandera cautiva derramara una luz misteriosa en su pensamiento oscurecido, veía y comprendía al fin”. Y se lanza también a la muerte. Unos al grito de ¡Viva Rosas!; otros, al de ¡Viva la libertad!, dan su vida por la patria abrazados a la bandera. ¿Un intento de sellar la vieja “grieta argentina”, de superar la “ley del odio” que describió Joaquín V. González? Coronado promovía un “patriotismo ciudadano” y un incipiente asomarse al “otro”.

Párrafo aparte merecerían las magistrales descripciones y observaciones de Coronado sobre el ámbito natural convertido en escenario épico. Todo ocurre en San Pedro, su puerto, su laguna y el paisaje de las barrancas del Paraná con sus escondrijos secretos. La naturaleza es un personaje vivo, la tierra patria cobra un relieve protagónico y merecería un detenido estudio: el paisaje como significante esencial de la soberanía.

3.- Paratexteando

Simplificando, llamemos paratexto a todo lo que rodea o acompaña al texto. Generalmente, lo produce el autor y funciona como instructivo y guía de lectura. Los paratextos incluyen ilustraciones, prólogos, gráficos, títulos de la obra o de capítulos, epígrafes, índices. Se podrían nombrar otras formas, pero lo que aquí interesa es lo que llamaremos: invasión del editor. Algunos los llaman peritextos. Los redacta el editor, rodean el texto principal, pero se encuentran en el interior del libro. Sería como una necesidad de la industria cultural. Su despliegue tiende a movilizar un ámbito peculiar, un público en que la cultura popular es un vector de sentido. Con fuerte inserción en lo cotidiano y sus modos de lectura, arman en los alrededores del texto un collage de códigos populares.

No bien abrimos La Bandera, nos encontramos con la portada avisándote que se trata de un tomo de la Colección La Tradición Argentina de J. Rovira, editor, que aparece los viernes, que es el tomo XXV, del Año II, N°25 del 3 de febrero de 1933. Ni la fecha de edición es casual: ese día de febrero es el aniversario de la batalla de Caseros.

Yendo a la retiración de tapa, nos sale al paso la publicidad de dos colecciones: 1) Colección Misterio. Aparece todos los martes, cuesta 30 centavos y lleva 111 títulos de diversos autores. Entre ellos: Edgar Wallace, Van Dine, J.S. Fletcher, Rufus King, Edgar Rice Burrough, Sax Rohmer. Pero a mitad de página, nos asalta otra colección: 2) Biblioteca Mi Novela que aparece todos los miércoles y lleva 76 entregas a 30 centavos. Se pueden hallar en ella novelas de Pérez Galdós, Bazin, P. Loti, Bourguet, Theuriet y muchos más de gran circulación en esos días.

En la retiración de contratapa la publicidad se refiere a Revista Mi Novela, “la revista de los libros para toda la semana que ya lleva 86 entregas siendo la última Ramuncho de Pierre Loti.” Esta publicidad es intensificada en la que sería la última página donde se pregunta con letras mayúsculas: “¿SEÑORITA O SEÑORA?” y, en un recuadro inferior: “Ud., sólo podrá saberlo si lee esta admirable, sugestiva e intensa novela de WILKI COLLINS que publicaremos en el próximo número de REVISTA MI NOVELA. 20 centavos el ejemplar.”

La Biblioteca La Tradición Argentina ofrece libros sobre el pasado argentino con “relatos de palpitante emoción y colorido, en los cuales se evidencia la fuerza y la altivez de una raza”. Presenta 22 títulos que van desde Eduardo Gutiérrez y sus truculentos folletines sobre la mazorca, pasando por D.F. Sarmiento, M. Cané, Fray Mocho, José Mármol, César Duayen. Es una serie literaria que refuerza el relato organizador de la Argentina oligárquica, pero que los sectores populares parecen “leer al revés”: se privilegian textos en que se exalta la rebeldía y lo que llaman “altivez de la raza”. Veamos. A partir de la p.129 (sobre 158) la publicidad (paratextos del editor) ocupa una carilla. Ofrece un título: Camila O’Gorman. Se lo presenta como el crimen del cual Rosas se arrepintió. Se alude al personaje como la “dulce, la tierna, la enamorada mujer que había escuchado la voz del amor”. Habla de intervención vana de Manuelita Rosas y presenta a Rosas, en su destierro, lamentándose de ese solo acto.

La Biblioteca La Tradición Argentina es presentada como “la mejor, la más moderna y la más completa de las ediciones de obras de escritores argentinos que se dedicaron a escribir la historia y su leyenda, su epopeya y la de sus nobles hijos, los valientes y los ya casi desaparecidos gauchos”. Se intenta intensificar el pasado mediante el “libro típicamente argentino que deben leer todos los argentinos”.

En la p.142 se publicita Pecado Mortal de Andrés Theuriet. En rebelión contra “religión, moralistas, padres ¡todos!” el autor sostiene que: “No hay pecado mortal donde hay amor (…) enloquecedor arrebato del espíritu, de los sentidos”. La novela es presentada como “intensa”, con palpitaciones de “placer y dolor”. Pertenece a la Biblioteca Mi Novela y se incita al lector: “exíjala y hágala reservar con tiempo”. Como siempre, se ponderan presentación y precio.

En la p.153 se ofrece “lucha…pasión…intriga” en una novela de la Colección Misterio titulada Tarzán y los piratas: una sucesión “de aventuras escalofriantes” en “un lugar de pesadilla”. Por último, en la página 159 ofrece para “el próximo jueves”, a 20 centavos, bajo el título de Sexton Blake, “dos originales aventuras de emoción”, con “siniestras maquinaciones”, “una ingeniosa estafa” y “un vuelo en aeroplano” que confirma al detective en “sus descabelladas teorías”.

Llegamos a la contratapa que presenta la Biblioteca Sexton Blake: “hermosos libritos de cien páginas en formato 8” y tapas atractivas en color, conteniendo cada uno una misteriosa historia de aventura.

Se conforma así un plan de lecturas que se distribuye a lo largo de cada día de la semana. Se apela al misterio, a realidades suprarracionales, a la acción y a la aventura. Los lunes la Revista Mi Novela induce a los laberintos del pecado, el amor, los sentidos. Los títulos, con prevalencia de la palabra “mujer”, parecen dirigirse a un público preferentemente femenino. Los martes, se apela al misterio y su costado suprarracional; el miércoles, la Biblioteca Mi Novela profundiza algunos temas de la revista del mismo título y ofrece novelas en que se acentúan las complejidades del amor, de la relación hombre/mujer; el jueves, se ofrecen las aventuras de Sexton Blake y el viernes: a cultivar la fibra patriótica con los libros de la Biblioteca La Tradición Argentina. Habría, sin dudas, mucha tela para cortar si nos detuviéramos en el análisis de estos paratextos. No es mi intención en este momento y, como ando “cirujeando”, me conformo con unos hilitos para quedar “prendido” en la “gran trama” de ¿nuestra literatura?

4.- Sexton Blake

Voy a tirar de un hilito suelto: veamos la contratapa de La Bandera con su publicidad de  146 libritos de cien páginas a 20 centavos: Biblioteca Sexton Blake. Sexton Blake, personaje de ficción, detective protagonista de tiras cómicas, novelas, obras teatrales. Abarca más de 4000 historias de unos 200 autores diferentes. Aparecieron en una amplia gama de publicaciones británicas e internacionales desde 1893 hasta 1978. Entre 1915-1948 tuvo su propia revista: La Biblioteca Sexton Blake (Sexton Blake Library). Advertimos, entonces, que la publicidad se refiere a una traducción y las traducciones se hacían en España. Según se afirma, de esa conjunción provienen esas extrañas muletillas que adornan las novelas de Roberto Arlt y chispeaban en la lengua coloquial de otras épocas.

A medida que pasaban los años, el personaje fue mutando. En sus comienzos, Sexton Blake fue creado según el modelo de los detectives del S.XIX. Después de 1919 se volvió mucho más entregado a la acción que Holmes y enfrentó enemigos memorables. Con el tiempo, la Biblioteca Sexton Blake logra inmensa popularidad con historias más actuales influenciadas por la ficción pulp estadounidense.

Dentro de la misma línea, en Argentina, habría que considerar a la revista Tit-bits. Fue publicada desde 1919 hasta los años cincuenta. Tenía mayor tamaño que los pulp, que eran libritos como los de editorial Rovira (La Bandera) y utilizaba el mismo tipo de papel tanto adentro como en la colorida tapa. El subtítulo decía: “Revista argentina ilustrada de todo lo más interesante, útil y ameno de los libros, periódicos y colaboradores del mundo”. Tit-Bits también publicaba aventuras de Sexton Blake junto adaptaciones de grandes obras de la literatura universal. Era una lectura de mi niñez. Por supuesto, no sabía nada de literatura, de clásicos, de grandes escritores de occidente, pero, de algún modo, los leía. Claro, de segunda mano. La lectura, ¿era una forma popular de ocio en tiempos en que todavía no reinaban ni la radio, ni la televisión, ni las redes?

La temática de las ediciones populares era extraordinariamente amplia: basta considerar el menú semanal del editor de La Bandera. A veces, aumentaban la tirada tocando temas pocos frecuentes, incluso tabúes, como el sexo. En los relatos hay de todo. Pensemos que en TitBits, Aventuras, o El alma que canta, publicaron, para ganarse el pan Vicente Barbieri, Conrado Nalé Roxlo, Dardo Cúneo. En los pulps no es raro encontrar, junto a textos descartables, joyas de Paul Anderson, Ray Bradbury, Raymond Chandler, Robert Howard o H.P. Lovecraft.

El signo de nuestra cultura es el mestizaje, y es un hecho que las influencias y modas extrañas son producto de cruzas culturales que se entreveran en el hervidero nacional haciendo de cada texto -aun el más selecto- un vocerío.

Es así como a través de un desechado librito amarillento y astroso, con papel de mala calidad y con tapa de colores vivos, con una contratapa dedicada a la copiosa Biblioteca Sexton Blake, con su publicidad en páginas interiores, surfeando paratextos y peritextos arribé a un libro póstumo de Leónidas Lamborghini: Los últimos días de Sexton y Blake.

5.- Sobre los pluri y los uni

Leónidas Lamborghini retoma la figura del multifacético Sexton Blake de los “libritos”. Pero ahora el detective de “descabelladas teorías” se desdobla o se auto percibe como dos personajes o fantasmas que se entregan a las más estrafalarias aventuras. ¿Suceden o son agobiantes delirios, alocadas fabulaciones? ¿Es uno solo que, echado en el camastro, no cesa de imaginar o es un dúo explorando “el otro lado”?

Todo comienza cuando Sexton Blake padece un despertar agitado. Frente al espejo, descubre que ya no es Sexton Blake sino Sexton y Blake: “Blake, al lado de Sexton en el camastro, le hablaba al oído: trata de convencerlo, una vez más, de volverse loco como él…”

Este desdoblamiento del personaje ya común a tantas ficciones (¿Sexton cuerdo, Blake loco?) nos arroja, existencialmente, a un territorio en que lo fantástico es elevado a una segunda potencia. Es el aspecto farsesco y trágico, a la vez, de un estado desaforado del ser (“un fuera de sí”) y poblado de “fasmas”. Por supuesto, no es la primera vez que ocurre este tópico en la literatura: uno que es dos al mismo tiempo. Pero, en este caso, el que se desdobla ya es, literalmente, un personaje de ficción.

Sexton y Blake se sentían acosados por “eso” a lo que llaman el “galgo”. Estaban convencidos que ellos eran la “dificultad”. Tal asedio, los llevó a la idea de suicidio. Rechazaron las prescripciones de los psiquiatras y eligieron como catarsis “un inventado ajedrez suicida y el giro en círculos”. Dudo, el perrito que habían recogido de la calle “paraba la oreja cuando escuchaba la palabra “galgo”.

El ajedrez inventado los ponía eufóricos. Otras veces, era el turno de la otra catarsis: el trote en círculo. Mientras giraban sobre sí mismos en el cuartucho “saltaban y gritaban (…) se tapaban los oídos (¿qué escuchaban?). Batían palmas. Flatuleaban (…) como ebrios rodaban por el piso (…) Después dormían tranquilos, profundamente, como si supieran lo que hacían”. Pero el galgo siempre aguardaba despierto.

En una especie de psicoanálisis, recuerdan, a retazos el “altar de la infancia” que contiene una pelota, un balero, canicas de colores, una rueda de bicicleta y un triciclo. La disposición gráfica del texto intensifica la introspección. Sexton y Blake, de rodillas en el piso y en actitud de total recogimiento: “A la caída de la tarde dos niños septuagenarios musitando a dúo la palabra/ vereda”. ¿Por qué septuagenarios? Porque, cuando Lamborghini trajina con sus fantasmas, el personaje de historieta ya ha cumplido 70 años. Lo terrible es que, sobre el asiento del triciclo, “todavía estaba el cuchillito con que destripaban las orugas para ver como sufrían”.

Sexton y Blake a veces salían del tabuco a la madrugada. Convertidos en fantasmas, asustaban a los vecinos. Gracias a la pesada broma, no faltó quien “se arrojó al vacío estrellándose contra la vereda”. Sexton y Blake, fantasmas, se escabullían entre las sombras. Luego juraban que nada habían hecho: “¡Jamás los hemos hecho! ¡Podríamos jurarlo!”.

Los dos amigos eran “lectores ávidos de libros de aventuras”. Tras leer Moby Dick, salieron del tabuco convertidos en cazadores de ballenas. Afuera, debieron afrontar las furias de una tormenta. Se imaginaban náufragos, en un bote salvavidas, en alta mar. Así pasaron la mañana, y la tarde. A la noche, regresaron al tabuco y “encendieron el primus primitivo; al calor empezaron a secarse las ropas, tomaron unos tragos de alcohol…y después volvieron a apoyar, otra vez, el oído en el libro”. Una maravillosa metáfora de cómo la lectura nos “desafora” y nos “destiempa”, nos traslada a un mundo lleno de sonidos turbulentos y voces tormentosas.

Sexton y Blake, con la herida sin cerrar de tantos dislates cometidos, buscan resarcirse con algún logro que superara sus posibilidades. En esos días de búsqueda, descubren un posible camino en la geometría. Cuentan con un manual, robado en una librería de viejo, y “se dedican a la geometría”. El libro les plantea el problema de la cuadratura del círculo. En sus frustrados intentos disfrutan, de a ratos, “el lampo de luz; esa recortada claridad”. Buscan “la solución de la no solución”. Sopla un eco de metafísica marechaliana en ese amarrarse “a la voluntad del centro mismo”, a la perfección que “permanece en su paz geométrica”: “Noche. Cerraron el volumen, no la herida”.

Otro enigma que se les plantea es la aparición de una “huella” en el tabuco: “el talón, la planta y los cinco dedos”. La huella de un pie humano que no era la de los suyos. No se atreven a borrarla. Nada la explica, pero está a la vista. La huella dentro del ropero, debajo del camastro. Miran, inspeccionan: “Nada. Nadie”. Conclusión: “Esa huella está equivocada”. Es de “otro lugar”. “Entonces se atrevieron a borrarla”. Por supuesto, queda pendiente el análisis de los símbolos latentes en el episodio de la “huella”.

En capítulo “Taller de poesía” los personajes intentan expresar “en unos pocos versos, su situación de septuagenarios a la espera del final”. Después de una laboriosa y disparatada discusión, llena de sentidos latentes, logran construir una cuarteta. La expresión: “el misterio afonde”, con una palabra inexistente, los lleva a recordar a Almafuerte, a Baudelaire (“au fond de l’inconnu”): “una vacilación entre sonido y sentido”. Por fin, admiradores de Discépolo, determinaron que “afonde” aportaba un “toque cómico e irónico”. La cuarteta quedó así: “Somos como ruinas, / que fatal caminan, / hacia el hoyo donde/ el misterio afonde”. Sexton y Blake saltaron de alegría.

Los personajes caen por fin en “la gran ilusión”. Vagabundeando, se convierten en discípulos de Samarella, autor de la “Teología de la Distorsión” que postulaba que, para vencer al Mal, había que combatirlo con el Mal. La expresión algebraica resultaba: “Mal x Mal = Bien.” Desde jóvenes, Sexton y Blake eran parte de la “Secta de Samarella” que había reemplazado las tres virtudes teologales (Fe, Esperanza y Caridad) por “salud, dinero y amor”. Samarella excomulgado, la secta perseguida y dispersa. ¿Cómo podrían seguir viviendo Sexton y Blake después de la gran ilusión perdida?

De a poco, nos vamos acercando al final. Sexton y Blake “dejaron las filas del “unilateralismo” para enrolarse en el “multilateralismo”. Referentes de la militancia “uni”, su conversión en “multis” provoca conmoción en todos los medios. Los “unis” los tratan de traidores; los “multis”, sospechan. Los dos amigos, sacándose las máscaras, no cesaban de reir. Esta era la disputa:

“Para los “uni”, la realidad tenía un solo costado o lado; para los “multi”, muchos.

Para lo “uni”, la realidad era un lado, el lado de la realidad; para los “multi”, los lados de la realidad sumados eran la realidad misma.

Los “uni” no abrigaban dudas acerca de que la realidad mostraba un solo lado, que era su lado, pero no conocían cuál era ese lado, aunque estaban empeñados en descubrirlo. A su vez, los “multi”, fijas sus mentes en la idea de la multiplicidad de esos lados, no terminaban de acertar sumarlos a todos para obtener como resultado, la buscada realidad con el mismo ahínco que los “uni”.

Sexton y Blake vertían enunciados sobre la realidad acudiendo a la lógica del disparate. Cuando una comisión de Ambos Plenarios (“multis”, “unis”) allanó el tabuco, los amigos estaban jugando al “juego del ventilador de techo” que habían inventado. Consistía en atribuirle al ventilador la facultad de hablar. Cuando irrumpieron las comisiones, las palabras elegidas eran “unis” /tontos—“multis” /tontos”.

Por más que explicaron que su inocente divertimento era para encontrar “puntos comunes en la percepción de la realidad de las dos facciones”, fueron condenados a prisión y exilio.

Siguiendo la lógica de los locos, los dos amigos recorren en harapos Europa, llegan al Tíbet, hasta que un monje, al “encontrarlos se reencontró con él mismo” y los invitó al monasterio.

En un mundo fantástico y desaforado, los agonistas, desdoblamiento de un personaje ficticio, reaparecen: “Rapados, vistiendo parduscos hábitos sacerdotales, se los podía ver leyendo siempre Titbits, libro sagrado de los tibetanos”. El monje, en el postrer suspiro, les reveló que, si descifraban el sentido de unas líneas allí escritas, alcanzarían la santidad.

No las descifraron. Al final: “Regresaron. Ni rastros del tabuco. Ni rastros de los “uni” y de los “multi”. Estaban solos en una ciudad -la que habían dejado obligados- de calles desiertas. Levantaron la vista. Habían llegado al final del camino: del otro lado de esa realidad nada había.” Lamborghini, transitando vías propias de nuestra historia literaria, entre la farsa marechaliana y el grotesco discepoleano, nos expulsa de la vida ordinaria. El popular Titbits cobra categoría de libro sagrado y sus versículos ocultan un secreto de santidad que ni Sexton, ni Blake, logran descifrar. Paratexteando hemos arribado “al otro lado”: ¿“no hay nada” como sostiene Lamborghini o hay rastros del “dedo divino” como asegura Kusch?

Yapando hilos de colores, hasta aquí llegué. Quedan pendientes de consideración los profundos posibles abiertos por Lamborghini. Sólo quería relatar cómo partiendo de los paratextos de la “novelita” de Martín Coronado, en su edición de 30 centavos, 1933, recalé en la multifacética revista Titbits de mi infancia, la profusa Biblioteca Sexton Blake y arribé, sin esperarlo, al luminoso libro de Leónidas Lamborghini. Pero, todavía Últimos días de Sexton y Blake nos ofrece otra sorpresa. La edición pulcramente editada nos convida con una impresionante serie de paratextos. No son del autor, tampoco del editor, son extraordinarias ilustraciones de Adriana Yoel que se acoplan e intensifican el texto con collages de tapas de Titbits y Sexton Blake Library. Paratextear, cirujear, yapar hilos secretos de un gran tejido que nos envuelve. Vacilantes, “apoyamos los oídos, otra vez, en el libro”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

FUENTES:

Coronado, Martín, 1933. Rosas no cede (La Bandera). Buenos Aires: J.C. Rivera Editor

García Merou, Martín, 1915. Recuerdos Literarios. Buenos Aires: La cultura argentina.

García Velloso, Enrique, 1942. Memorias de un hombre de teatro. Buenos Aires: Ed. Guillermo Kraft.

Lamborghini, Leónidas, 2011. Últimos días de Sexton y Blake. Ilustración Adriana Yoel. Buenos Aires: Paradiso Poesía

Oyuela, Calixto, 1950. Poetas Hispanoamericanos, tomo II. Buenos Aires: Academia Argentina de Letras.

Rojas, Ricardo, 1948. Historia de la Literatura Argentina. Los Modernos II. Buenos Aires: Editorial Losada

Torres Roggero, Jorge, 2005. Dones del canto. Córdoba: Ediciones del Copista

Por Jorge Torres Roggero

En 1999, se nos ocurrió reunir, en un libro que titulamos (evocando a Marechal) El canto exacto: “el verdadero artífice del canto/ se hace la voz exacta de su pueblo”. Contiene una selección de ponencias de las IV y V Jornadas de Literatura (Creación y Conocimiento) desde la Cultura Popular organizadas por las cátedras de Literatura Argentina I y Literatura Argentina II de la Escuela de Letras de la Facultad de Filosofía y Humanidades (UNC). Las jornadas aludidas eran una amenaza de incompatibilidad. En efecto, ante la realidad concreta de los textos escogidos sobrevino una apremiante pregunta: ¿Cómo se nos había ocurrido congregar dos jornadas antitéticas? ¿Modernismo literario y canto popular? ¿Qué clase de amasijo es ése que mezcla la musa versallesca de Rubén Darío con la “musa mistonga” del tango, el cuarteto o el rock?

La pregunta era de esas que hacen poner los pelos de punta a los devotos de la institución literaria. Sin embargo, pensándolo bien, repasando el lado flamante y vivo de nuestra historia cultural, llegamos a la conclusión que nada impedía unir en un mismo tomo ponencias sobre modernismo literario y canto popular. Después de todo, el famoso tango “El día que me quieras”, desde Carlos Gardel a Luis Miguel, persiste en ser un poema modernista al parecer de notable actualidad, a pesar de su “anecdotismo gárrulo”, de su “amaestrada sencillez” y de su “espontaneidad prevista” para reincidir en algunas de las abominaciones que les prodigaron a los rubendarianos, en su proclama de Prisma[1], Guillermo de Torre, Guillermo Juan, Eduardo González Lanuza y Jorge Luis Borges.

Es verdad que el término canto popular, bajo ciertas condiciones, ya no espanta a los “especialistas” que, adoctrinados en “penúltimas modas” (Scalabrini dixit), Bajtin et alii mediante, no titubean en “hombrearse” con el pueblo siempre que alguna ley de pertinencia debida consagre a su objeto como “corpus” mudo y silencioso del bisturí científico (con lo cual deja de ser canto). Además, debe quedar en claro que “los que saben” son los únicos habilitados para tomar la palabra. No sólo eso, son los propietarios de la última palabra.

Hagamos memoria. ¿Podría sostenerse, que las   reconfiguraciones expresivas siempre han prorrumpido desde adentro y desde abajo, desde el caos bochinchero de la cultura popular? Al fin y al cabo, cada vanguardia se justifica por haberse dado cuenta, en algún momento, de la necesidad de que las palabras fueran expulsadas del recinto sagrado de la literatura y de que, puestas otra vez en circulación, se localizaran. Irse a vivir a la calle[2], inaugurar para “cada nuevo amor una nueva virginidad”, supone que lo real profundo conlleva la aceptación de la grasada, de lo no (musical, literario, científico) como punto de partida.

Las anteriores alusiones al manifiesto martinfierrista sólo quieren ser: a) un recordatorio de que ni la vanguardia vital del 18, ni las vanguardias literarias del 20, tendrían sentido sin la “vanguardia estética” del modernismo[3]; y ésta, sin la “vanguardia plebeya” de la chusma irigoyenista; y b) un exordio a la rara mezcla de modernismo y cuarteto cordobés que vamos a propinar al lector.

En efecto, nuestros vanguardistas, nunca dejaron de reconocer que Rubén Darío inició un movimiento de saludable independencia en el idioma. Y decir Rubén Darío, es mentar modernismo. Es volver a pensar el comienzo del siglo XX en la Argentina, “región de la aurora”, en que se mezclan circo criollo y Sara Bernhardt, Lugones y Betinotti, Florencio Sánchez y Ángel Villoldo, la ópera y el tango, el sportman del Jockey Club y el guapo de las orillas.

Porque las cosas que son objeto de nuestra reflexión vienen mezcladas y la realidad es un amasijo de “sueños vivos”, para usar una expresión de nuestro Deodoro Roca. Cerramos los ojos, entonces, y vemos surgir de los reprofundos de nuestras más desveladas lecturas al circo de Pepe Podestá y al payador oriental Arturo de Navas, improvisando para sus amigos Florencio Sánchez y Rubén Darío las famosas coplas de El Carretero: “Qué vida más desgraciada es la del pobre carrero…/con la picana en la mano, /picando al buey delantero”. Era una época en que no faltó algún integrante de “cuadro filodramático” dispuesto a enseñarles a “caminar el escenario” a “a esos cirqueros ignorantes”. Quizás sea el payaso Frank Brown quien, en 1891, construye un paradigma de este amasijo de vida y muerte que estamos reivindicando como materia de nuestras reflexiones estéticas: “Ketty Brown cae del caballo y muere casi en el acto. Frank, ante el cadáver de su esposa, debe continuar con el espectáculo”.[4] Es que para ser “galán” del circo criollo había que saber andar a caballo, vistear con el facón, tocar la guitarra, bailar el pericón, zapatear: la famosa escuela del picadero. No desdeñaron sus turbulentas puestas en escena ni Joaquín V. González, ni David Peña, ni Domingo F. Sarmiento, ni Roberto J. Payró, ni Bartolomé Mitre en cuyo honor actuó Raffeto.

Según Kusch[5] , es en el picadero del circo donde el teatro argentino genera una estructura propia. Las vestimentas, los caballos, los gritos, la música, eran una reconstrucción del primordial “hervidero espantoso”, de la vida tratando de expresarse y de instituir así el triunfo de lo humano sobre el caos. Ante la zozobra de lo amorfo, ante la desaparición de las “categorías” porque han vuelto a su significado primitivo de “acusación”, emergen ciertas estructuras subyacentes que nos ofrecen un domicilio en el mundo y nos invitan a dejar de vagabundear por regiones o textos extraños preguntándonos por las causas. Ya no estaremos aquejados por el “mal de la extensión”, sino que munidos de la vivencia de nuestra “miseria política, social, económica y cultural” volveremos a atar los caballos en las rejas de la Pirámide de Mayo como en 1820, tiraremos la carroza del Peludo como en 1916 y refrescaremos, otra vez, las patas en la fuente como en 1945. Y no decimos esto por el prurito anacrónico de escandalizar, sino que se trata simplemente de reconocer que la materia de nuestra reflexión, no es lo ya formalizado, el canon socialmente comprensible, la “academia”, sino el acto artístico mismo, su génesis, el momento de triunfo del signo sobre el amasijo informe de la vida.

Y esta referencia a la Academia nos hace recordar que tanto los modernistas, buceadores del numen o dios[6] que llevamos adentro, como los poetas del tango, denigran lo “académico” como recinto de un logos convencional, de la “fijación y la uniformización del sentido”[7].

Si te le animas  a estas páginas, caro lector, hallarás en ellas a meros ejecutantes, versados y pulidos, siempre interesantes; y  también a los que se adentran más allá de lo accesorio, y vienen como deslumbrados, balbuceantes, como quien despierta de un sueño y no sabe si sus ojos lagañosos recuerdan algo del profundo pozo de “lo real”: “viene uno como dormido/ cuando vuelve del desierto”, decía Martín Fierro cuando declaraba la necesidad de conjurar por el canto el simple e indispensable hecho de la sobrevivencia biológica.

Es que la voz, los gestos y las cosas que hace el pueblo recrean con signos o figuras vivientes las expresiones culturales aun bajo las peores dictaduras. Un baile de cuartetos no es índice de la barbarie ni de la deseducación del pueblo. Es, más bien, la expresión de un saber peculiar, de un habla social, que tiene para los receptores reales la misma importancia que un concierto en el teatro San Martín. Dicha modalidad expresiva satisface las necesidades de comunicación de hablantes concretos que quieren ser respetados cuando manifiestan sus prácticas en el mundo de la información y de la comunicación mediática: práctica de la identidad en búsqueda de la modernidad y en proceso de adaptación permanente.

Es en esas fronteras, superponiéndose y polemizando con el pensamiento plebeyo que acabamos de esbozar y vindicar, donde ocurre la aparición depredadora del campo verbal y elocutivo de los jóvenes, de su canto que rasguña las piedras, que plañe clamando porque entre tantos maestros nunca hallaron una verdad. En pugna con los poderes públicos que en todo tiempo “rigorean” mentes y orejas tratando de imponer las dimensiones simbólicas y los ideales culturales de los grupos de poder, el rock pone la cara.

¿Cómo no recordar, ante el ritmo revulsivo del rock, a los jóvenes del 18 que repudiaban a los mutiladores, a “la codicia miope”, a “la burocracia apacible y mediocrizante” (D. Roca) y reconocían la necesidad de adentrarse en ellos mismos, de no impotabilizarse para la vida social?

Toda esta materia viva es el objeto de este libro. Sus autores son jóvenes docentes, novísimos egresados e inquietos estudiantes de la Facultad de Filosofía y Humanidades y de la Escuela de Ciencias de Información de la Universidad Nacional de Córdoba. Las Jornadas fueron concebidas como un lugar de encuentro entre docentes, estudiantes, investigadores, periodistas, escritores y simples lectores, para construir nuestro discurso y nuestro saber a partir de los “reclamos de la vida”, para hablar desde la residencia de “lo real”.

Cumplir tal reclamo puede resultar precario y hasta ridículo para el acumulador de citas y términos técnicos mal traducidos. Sin embargo, a lo mejor nos salve del olvido el haber pretendido, siguiendo a Saúl Taborda, que la universidad no sea un “hortus conclusus”: “Su universidad es un “hortus conclusus”, y en el malabarismo de sus ocupaciones no se barajan más que las cristalizaciones conceptuales de una vieja paleontología mental”.8

Por último, incurriendo quizás en pleonasmo, pero temerosos de incompletud, insistimos en que la temática de este libro obedece a una heterogeneidad real que este prólogo ha intentado articular: las IV Jornadas versaban sobre el modernismo y sus fenómenos concomitantes; y las V, sobre el multísono y fluyente escenario de la canción popular. Queda abierta así una posibilidad. Esta publicación sólo aspira a cumplir una modesta finalidad: decir en dónde estamos y en qué andamos. A pesar de las “malas juntas”.


Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

Cátedras de Literatura Argentina I y II en 1999:

Profesores Adjuntos: Cecilia Corona Martínez, María Paulinelli, Pablo Heredia

JTP: Andrea Bocco, Carlos Kassis, María Gabriela Fassi

Adscripto: Domingo Ighina

Ayudantes: Marcela Dávila, Gabriela Boldini, Laura Daniele

Son autores de las ponencias publicadas: Jorge Alejandro Bracamonte, Cecilia Corona Martínez, Fernando Piñero, Graciela Frega, Marcela Carranza, Marcela Dávila y Cecilia Reyna, María Graciela Fassi, Pablo Heredia, Domingo Ighina, Jimena Castillo, Jorge Acosta, Zoraida Almada, Claudio Díaz, Diego Alberto Dávila, Andrea Alejandra Bocco, Carla Marina Caffaratti, María Paulinelli, María Eugenia Guevara, Carlos Gazzera, Pablo Natta y Dafne García Lucero.

Escuela de Letras, Facultad de Filosofía y Humanidades, U.N.C.

NOTAS:

 [1]. – Cfr. “Proclama” en Prisma (revista mural), nº 1, XII-1922. Reproducida en: FERNANDEZ MORENO, César, La realidad y los papeles, 1967, Madrid, Aguilar, p.498.

[2]. – Nos estamos refiriendo al manifiesto publicado en la revista Martín Fierro, N.º 4, l5 de mayo de 1924.

[3].Cfr. TORRES ROGGERO (1998). La donosa barbarie. Córdoba: Alción, p. 107 y ss.

[4]. -Los datos y referencias sobre el circo criollo han sido tomados de: PONCE, Livio. 1972. El circo criollo.  Buenos Aires: CEAL.

 [5]. – Algunas de las reflexiones que siguen reconocen su origen en “Anotaciones para una estética de lo americano” de Rodolfo Kusch, en: Revista Identidad, Ed. Fundación Ross, Segunda Época, Rosario, 1986, p. 6 y ss.

[6]. -Cfr. LUGONES, Leopoldo. 1921. El tamaño del espacio (Ensayo de una psicología matemática).  Buenos Aires: El Ateneo. Lugones postula en este texto “una nueva percepción y otra noción de la forma”. Propugna la adquisición de una estereognosis de adentro hacia afuera: “el nuevo sentido será centrípeto”, producto de la razón humana, parte (a su vez) de la armonía universal.

[7]. – El “Cafetín de Buenos Aires”, como escuela de todas las cosas, es una forma surgida de la vida. Y sólo hay un modo de bichar en ese recinto de sabiduría las “cosas que nunca se alcanzan”: con la “ñata contra el vidrio”. (Cfr. DISCEPOLO, Enrique Santos. 1977. Cancionero. Buenos Aires: Torres Agüero Editor, p.76.

[8]. -TABORDA, Saúl. 1941. La crisis espiritual y el ideario argentino, Universidad Nacional del Litoral, Instituto Social.

descarga1.- Modas y modos

Una de las modas más recientes para graduarse de crítico agudo, consiste en denostar a Leopoldo Lugones. Generalmente disecan fragmentos mutilados de su vasta y heterogénea obra. Desde el campo nacional, ya fue vindicado por J.J. Henández Arregui, J.A.Ramos, A. Jauretche, entre otros, que, por supuesto, no dejaron de señalar sus dificultades a la hora de valorar el papel de las masas populares irigoyenistas. Pero mi propósito es otro. Trataré de liberar a uno de sus sonetos más conocidos de una lamentable interpretación muy difundida en la web.

Llevado por la curiosidad, anduve gugleando para verificar el grado de difusión de ciertos poemas que pueblan, desde antiguo, las antologías de nuestra literatura. Uno de ellos es “Delectación morosa” de Leopoldo Lugones. Dos cosas me llamaron la atención: la profusión de entradas y la dificultad de comprensión que padecen sus lectores. Se nota un general pedido de auxilio (supongo que de estudiantes o profesores noveles) para “analizar” el poema. Una de las respuestas más frecuentes se limita a verificar cómo se cumplen las reglas de composición de un soneto y a clasificar los recursos retóricos. Pero lo más llamativo, es la repetición asidua de esta descabellada “interpretación”: “El poema narra los últimos momentos en la vida de un anciano, que espera la llegada de su muerte mirando el paisaje por su ventana”.

2.- Contextualicemos

Propongo esta breve introducción. “Delectación morosa” es parte del poemario Crepúsculos del Jardín publicado en 1905. En dicho libro, hay poemas sueltos y conjuntos de poemas. El poema que nos ocupa es el octavo de una serie de sonetos titulada: “Los doce gozos”.

Dejando de lado los mensajes esotéricos que entrecruzan la lírica lugoniana, digamos, que tal como el título del libro lo predica, predominan en los textos los rayos moribundos del sol y la presencia misteriosa de los “númenes lunares” con una fuerte carga erótica y cierta capacidad de desordenar los sentidos frente a la presencia siempre latente de “el soplo cabalístico de un nocturno elohim”. Quien esto escribe ya intentó incursionar por los simbolismos esotéricos de esta obra en un libro titulado La cara oculta de Lugones que, al fin, sólo resultó un ejercicio de principiante, un aterido tropezón en el umbral.

Veamos, más bien, la relación de Lugones con la conciencia y con la estética de comienzos del pasado siglo. Pero, antes, volvamos a nuestro soneto. Dijimos que es el octavo de los doce gozos. ¿Y qué son los doce gozos? Son una serie de instantáneas del juego amoroso de dos amantes, ella primeriza, en una gradación ascendente cuyo climax, el éxtasis, que se prolonga en un sopor deleitoso, es la “delectación morosa”. Recordemos que a partir del impresionismo y del auge de la fotografía se había puesto moda la instantánea, el intento de captar una escena fugaz y descubrir que el instante es eterno. Los modernistas, y Lugones más que nadie, van a descubrir, a la par de los físicos, los milagros de la descomposición de la luz.

3.- El camino de toda carne

Iniciemos el itinerario de los doce gozos. El primer soneto se titula “Tentación”. Era la tarde, cerca del crepúsculo. En ese instante,  “la tarde quieta” se extenuaba en un largo “suspiro violeta”. Toda la naturaleza participaba del acoso de la tentación: el campo contemplaba “con éxtasis impuro tu media negra”.

En el segundo instante, “Paradisíaca”: “tu boca con la mía / se unieron en la tarde luminosa”. En el tercero, “El astro propicio”, “al rendirse tu intacta adolescencia / emergió, con ingenuo desaliño / tu delicado cuello, del corpiño”. La alusión astrológica intensifica el momento: “la misma /  estrella se miraba en nuestros ojos”. En “Conjunción”, cuarto soneto, “abrióse con erótica eficacia / tu enagua de surá”.

Como vemos, cada soneto es un climax, pero, a la vez, un pasaje en un camino que lleva a una consumación cuyo carácter luego develaremos. El título del quinto soneto predice su contenido: “Venus victa”. En su frenesí, la Venus vencida entra en cierto estado de delirio: “pidiéndome la muerte, tus collares / desprendiste con trágica alegría”. El crepúsculo se difumina como un vago jardín. Y cuando por el seno se abrió paso un inquieto “estoque”: “Brotó un clavel bajo su fina punta / en tu negro jubón de terciopelo”.

El sexto soneto, “En color exótico”, la hora, el tiempo, siempre presentes, ilustran la fugacidad del paisaje y de las acciones humanas: “tal como una bandera derrotada / se ajó la tarde hundiéndose en la nada / a la sombra del tálamo enemigo”. Aparece así el lecho, la derrota del día y “sobre el broche de tu liga crema / crucifiqué mi corazón mendigo”. Vencida Venus, rendido el corazón, disfrutemos la séptima instantánea. Por cierto, el título anticipa el contenido: “Éxtasis”. Como sucede con frecuencia en Lugones, el culmen de una experiencia individual es intensificado de tal modo que se convierte en fuerza de la naturaleza. Por eso, en “Éxtasis”, tras describir espacios en que la luz vibra con multiplicidad de tonalidades, brilla en lo alto “la estrella que conoce / desde el cielo  sus lágrimas hermanas”. Lugones manifiesta el éxtasis del encuentro amoroso mediante una alusión en que el bucólico paisaje consuena con el deshojamiento del primer acceso carnal. Lugones universaliza mediante cierta armonía cósmica el instinto desatado: “Mientras en las espumas del torrente / deshojaba tu amor sus primaveras/ de muselina, relevó el ambiente / la armoniosa amplitud de tus caderas, / y una vaca mujió sonoramente / allá por las sonámbulas praderas”.

4.- Delectación morosa

Llega así el octavo soneto, “Delectación morosa”. La tarde sigue avanzando. Da sus últimas pinceladas. El instante es luz, color, penumbra. Es admirable la captación de la luz y el modo de aprisionar el tiempo, el “ya”. Nos sumimos en un mundo de matices y opacidades en movimiento: “apuntó en su matiz crisoberilo / una sutil decoración morada”. De golpe, emerge la fuerza lunar: “surgió enorme la luna en la enramada”. Todo es sigilo, “y una araña en la punta de su hilo / tejía sobre el astro hipnotizada”. Llevaría mucho tiempo entresijarse en ciertos simbolismos ocultos. Baste recordar la vasta carga de contextos lejanos de la araña. Diosa entre los griegos, se relaciona con la música y la armonía. Pero también es una tejedora, y el tejido se relaciona con el destino: hilos, nudos, misterios. Contentémonos con nuestro soneto. Ahora el  cielo se pobló de murciélagos “como un chinesco biombo”; ahora, “tus rodillas exangües sobre el plinto / manifestaban la delicia inerte”. Veamos: “rodillas exangües”, “delicia inerte”, o sea, “delectación morosa”, singular captación del instante de abandono, de estar fuera del mundo, que sucede al éxtasis, al deslumbramiento del misterio carnal de la Venus Terrestre.

¿Cómo trabaja Lugones? Como los impresionistas: con todos los sentidos alertas para eternizar el dinamismo del instante por la belleza. Los doce gozos son una gradación marcada en el paisaje  por los juegos de luz (descomposición del espectro solar mediante figuras retóricas discontinuadas del uso clásico). En esa luz difusa, atravesada de “fuerzas extrañas”, los cuerpos se encuentran, los sentidos se despiertan y se entremezclan en un amasijo gozoso. Pero Lugones, cuyo color simbólico es el violeta, relaciona siempre la culminación del amor con la muerte: eros/tánatos. Incluso sostenía que la muerte es la perfección del amor. Por algo el soneto concluye con los amantes suspendidos en un instante de goce eterno, pero acosados inexorablemente por la muerte: “a nuestros pies un río de jacinto / corría sin rumor hacia la muerte.”

5.- Hacia el holocausto

Los tres sonetos siguientes, “Oceánida”, “Alcoba solitaria” y “Las manos entregadas” aceleran la gradación descendente. Es un estado de dispersión. Muestran a la mujer, con sus “vértigos felinos”, como Venus emergiendo del mar, exaltando su cuerpo entre las olas: “palpitando los ritmos de tu seno / hinchóse en una ola el mar sereno”. Por otro lado, la alcoba ya vacía muestra la ausencia de los cuerpos. Por eso, el espejo “estaba ciego”. La hora ha avanzado. Las horas “agonizan en las pestañas de la  amada que surge vestida de “gasa bruna” y  de “encajes negros”. Las ramas, “ebrias de luna”, lamen sus brazos desnudos.  “La noche se mezcló con tus cabellos” y “todos los aromas / de mi jardín sintetizó en tus manos”.

Entonces, la culpa invade el texto. En realidad, el extravío amoroso es un holocausto. Recurre, por lo tanto, al simbolismo de dos animales sacrificiales: el cordero y la paloma.

Vale la pena repasar esta ofrenda final, esta combustión de los amantes en un fuego purificador en medio de la noche: “La sombra pecadora a cuyo intenso / influjo, arde tu amor como el incienso / en apacible combustión de aromas, / miró desde los sauces lastimeros, /  en mi alma un extravío de corderos / y en tu seno un degüello de palomas”.

Como siempre, reflexionar sobre mensajes ocultos nos hundiría en regiones inhóspitas. Lugones, junto a su amigo Rubén Darío, frecuentó en París al Dr. Encause, el célebre Papus, explorador de las “fuerzas extrañas”. Ahora, con fruición, entreguémonos a gozar de “Delectación morosa”. En silencio o en voz alta, que las palabras se corporicen en el aliento.  Respetemos el ritmo, los acentos, el valor de los silencios (coma, punto y coma, punto) y, a lo mejor, como la araña lugoniana, quedamos hechizados por una música sorda y nueva.

Jorge Torres Roggero

21/02/2015

 

 

Delectación morosa

La tarde, con ligera pincelada

que iluminó la paz de nuestro asilo,

apuntó en su matiz crisoberilo

una sutil decoración morada.

Surgió enorme la luna en la enramada;

las hojas agravaban su sigilo,

y una araña, en la punta de su hilo,

tejía sobre el astro, hipnotizada.

Poblóse de murciélagos el combo

cielo, a manera de chinesco biombo;

tus rodillas exangües sobre el plinto

manifestaban la delicia inerte,

y a nuestros pies un río de jacinto

corría sin rumor hacia la muerte.

Leopoldo Lugones

(Capítulo del libro ELOGIO DEL PENSAMIENTO PLEBEYO de Jorge Torres Roggero, Córdoba, Editorial Silabario,2002)

“Arrastrada por la eterna corriente de los destinos de vida, flotando sobre el misterio insondable que la conduce, la barca de lo humano deriva hacia la aurora, que, días tras día despunta gloriosa en el corazón profundo”.Hipólito Yrigoyen

Las líneas que siguen avanzan sobre un campo de conocimiento que se ha ido reconfigurando a medida que profundizábamos esta relación triádica: irigoyenismo, vanguardia poética y reforma universitaria.
En “Reforma universitaria: entre modernismo y vanguardia” (1998: 107) privilegiábamos el tema “revolución vitalista” y tratábamos las estéticas dominantes en su seno. Descubríamos, así, cuál era la poética de la Reforma Universitaria de 1918.
Posteriormente, en el capítulo titulado “La región de la aurora: oratoria de la Reforma Universitaria” (Cfr. Espacios Geoculturales, 2000), hacíamos hincapié en una “poética de la historia” que se manifiesta como un “profetismo” ligado discursivamente al modernismo y, consciente/inconscientemente, al irigoyenismo. Dicho profetismo sale, con la Reforma, del claustro (el encierro del púlpito, de la cátedra o del parlamento) y se expande a la calle, en medio de las contradicciones del pueblo. Tiende, por otra parte, a diseñar, en la maqueta universitaria, la república ideal de una humanidad nueva.
El presente trabajo llega, por fin, al núcleo de las cuestiones planteadas originalmente: toda tendencia intelectual, literaria o social sólo cobra sentido, es decir, ofrece respuestas, si la consideramos como nudo o nódulo de un texto geocultural profundo y preexistente que emerge, se manifiesta y provoca réplicas en el espacio-tiempo de los grandes movimientos populares que, a su vez, operan a modo de “revulsivo cultural”. Dichos movimientos son integradores (globalizadores) y, a la vez, identitarios.
Nos proponemos, entonces, trazar una poética del tantas veces vilipendiado populismo y a consignar su descarada imprescindibilidad para trazar nuestra historia cultural. Para tal fin, nos detenemos en una figura emblemática: Hipólito Irigoyen y sostenemos que sobre las espaldas de sus seguidores (catalogados de chusma ignorante) se fue construyendo la república en Argentina y en América Latina: cumplióse así un derrotero cuyo impulso inicial fue la independencia misma. En los momentos de incertidumbre, cuando las oligarquías se entregaban a un escepticismo frívolo y los sabios desesperaban o traicionaban, las masas populares fueron las que “han amasado con sus lágrimas y sangre el pan de la república” y han desquiciado toda tentativa de plagio, o sea, de reproducción de estructuras ajenas y dominadoras (BILBAO, 1988: 191).
En el siglo XX, Hipólito Yrigoyen, junto a Juan Domingo Perón, como antaño Juan Manuel de Rosas, Juan Facundo Quiroga y el grueso de los caudillos unitarios o federales, han levantado su figura emblemática, o como una “sombra terrible” (espectros), o como una Esfinge (entidad maléfica que propone enigmas irresolubles y de desenlace sanguinario).
El origen de ambas interpretaciones, como casi todo lo que se dice y se hace en la Argentina letrada, reconoce a un progenitor fecundo: Domingo Faustino Sarmiento (1962: 17 y 18). Nuestra “barbarie letrada” , puesta a pensar, se encierra y acantona dentro de los parámetros arriba indicados y se entrega, en nombre de la ciencia, a los excesos de un dogmatismo mutilador.
Por supuesto, el primer estigmatizado resulta ser el maestro. En efecto, Sarmiento, atravesando el espejo, es también el primero en darse cuenta que la realidad es heterogénea y compleja. Así lo reconoce en múltiples y citadísimos textos. Desde su punto de vista, los caudillos “son expresión fiel de la manera de ser de un pueblo”; “espejos en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de la historia”; encabezan “un gran movimiento social” (cit.: 21-22). Admite, por fin, que los “pueblos en masa” dan la espalda a los civilizados.
Dicha comprobación, inmersa en la lógica civilización/barbarie modeliza una serie semántica que reproduce sin cesar conclusiones convergentes. La más común es considerar que, tras la barbarie de los caudillos denostados, se esconde la barbarie del pueblo.
Las páginas que siguen tienden a plantear el problema situando a uno de esos caudillos en un espacio textual profundo, subyacente y sobreviniente, en el corazón mismo de las contradicciones del pueblo.
Al vindicar el “corazón profundo” (Irigoyen) como sede de un saber integrador, suscitamos a Juan B. Alberdi, necesaria voz contrapuntística, para que nuestro pensamiento no se enrede en la telaraña de la “idea dogmática”, sino que alcance crecientes tonalidades de dialogicidad:
Considerado filosóficamente (Rosas) no es un déspota que duerme sobre “bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa de buena fe sobre el corazón del pueblo. Y por pueblo no entendemos aquí a la clase pensadora, la clase propietaria únicamente, sino también la universalidad, la mayoría, la multitud, la plebe” (Cit., I: 125)
En otras palabras, intentamos delinear el perfil del sujeto prescindido como protagonista de la historia y exiliado del campo cercado del logos dominante. Logos que ha sido instituido como único instrumento apto para urdir pensamiento.
Lo que a continuación proponemos es poner en actividad las tensiones ya advertidas por nuestros románticos y, al mismo tiempo, pedirles prestada esta idea: trazar mediante “cuadros” o “escenas” la “fisonomía” dialogante del saber popular en relación con la Reforma Universitaria de 1918 y con el criollismo de las vanguardias de la década del 20.
En épocas más recientes, Luis Juan Gerrero, apartándose del discurso demostrativo de la filosofía, trazó en sus “Escenas de la vida estética” la siguiente advertencia que habrá que tener en cuenta a lo largo de esta lectura:
“No se trata por consiguiente de demostrar nada. Ni siquiera habría tiempo para mostrar algo, de una manera debida y acabada. Se trata solamente de provocar sugerencias. […] Creemos seguir así (…) la modalidad más fecunda de nuestro tiempo: un planteamiento de problemas y no la fundamentación de una doctrina, en el diálogo amistoso que busca la penetración en el Ser a través de sus variadas perspectivas, en vez de quedarse en el monólogo cerrado de un análisis de hechos locales o el comentario de teorías pretéritas” (GUERRERO, 1949).
1.- Los populismos
En otro lado hemos tratado la cuestión de la geocultura y del sujeto cultural concreto.
Es a partir de esos presupuestos que intentaremos delimitar los geotextos que organizan el discurso irigoyenista y proponer, asimismo, una reconsideración de lo que en el campo intelectual suramericano se ha dado en llamar con un dejo acrítico y con el soporte de un inconcuso pre-juicio, populismo.
Resulta por lo menos curioso el tono despectivo y descalificador que configura la “pertinencia” del término cuando se lo utiliza, en Argentina, para referirse a los dos únicos movimientos de masas del agonizante S. XX, a los dos irrevocables momentos de emergencia de un rostro social viviente, saludador y saludable, con todas las características de una totalidad abierta, creadora y de profunda construcción democrática. Nos estamos refiriendo, por supuesto, al irigoyenismo y al peronismo.
No resulta difícil constatar que, aún los intelectuales afines a ambos movimientos, en un acto de verdadera autodenigración y de precoz rendición de cuenta a los ocasionales amos epistemológicos, a los centros de difusión teórica y de prestigio académico, manejan como un supuesto incontrovertible la depreciación populista. Escindidos del entramado de la realidad, a la que dan como “teóricamente no existente”, caen sin cesar en la telaraña discursiva del invasor de nuestros significados y tienden un manto de sospecha sobre los sentidos profundos y creadores de la red radiante del texto geocultural latente.
Si tal es lo que acontece con los intelectuales afines, qué esperanza deviene tanto de los númenes del pensamiento oligárquico como de la izquierda subsidiaria, parásitos privilegiados de la gran ballena, del Leviatán que parece haber instaurado ya su reino mundial de “los mil años” y decretado “el fin de la historia”.
Sin embargo, el populismo, denostado y proscripto, si bien puede ser “tragado”, siempre es vomitado por el gran monstruo. Es un revulsivo que le produce grandes convulsiones interiores, que parece no ser pero está y que, como Jonás, de vez en cuando es arrojado en las afueras de la orgullosa Nínive para anunciar, bajo diversos nombres, tiempos de reparación y de esperanza para los pueblos.
En tanto movimientos que ponen en actividad y organizan grandes sectores sociales, que abren el todo y lo convulsionan, el irigoyenismo y el peronismo, catalogados consuetudinariamente como populismos, descuajan la impermeabilidad teórica del concepto y se presentan, en virtud de su modalidad de enunciados concretos, como momentos o nudos de densificación y contacto con el sentido profundo cuyo sujeto es el pueblo en busca de su especificidad dialogante.
Los populismos han sido siempre etiquetados con nombres denotadores de segregación y desprecio. Esos motes conllevan, con frecuencia, el sobrenombre animal o una connotación equivalente, es decir, reducción a lo espontáneo e instintivo. Pero estas fajas de seguridad siempre fueron asumidas por los “segregados” de la razón como signos de identidad o de protesta y provocación. Diríamos, con mayor precisión, como banderas.
Chusmas o descamisados, venían a perforar desde “los adentros” mismos de su entraña a la totalidad clausa (la razón estructurada), y resultaron un revulsivo capaz de ampliar el campo gnoseológico, de multiplicar los sujetos creadores, y por lo tanto, capaz de instaurar gestos y ritos reconciliadores con el trabajo: no como forma de explotación, sino como codo con codo, como liberación y fiesta.
Es importante, entonces, focalizar a los jefes de estos movimientos, en este caso Hipólito Yrigoyen, como gestores (Kusch: 1986) que el pueblo mismo convierte en auctores (autoridad) en cuanto formalizan el griterío incesante del tiempo vivo. Organizan la praxis histórica en el momento informe que en sólo es praxis vital y, como tal, es asumida y enunciada.
Estos líderes son, por lo tanto, la modalidad parlante, y en consecuencia estructurante, de una poética de la historia. De tal modo, la praxis histórica, plantea un requisito: la marginalidad con respecto al campo intelectual hegemónico y, por ende, la imposibilidad de constituirse en “objeto de estudio”. El pensamiento académico, en un acto perfecto de abstracción mimética, suprime la existencia misma de lo único real que nos ha tocado vivir en el último siglo: el gran acto poético del pueblo y sus líderes.
Kusch lo expone así en el texto citado:
“Claro que hacer lo contrario, o sea, penetrar en nuestra realidad, implica perder la ciudadanía occidental de la obra. Se pierde el derecho a la forma, primero, porque lo americano carece de forma y, segundo, porque lo occidental no expresa lo americano. De ahí los dos planos. Un arte de la vida o de lo tenebroso que se califica como popular e involucra peyorativamente lo gauchesco y el folklore y, el otro, el arte oficial de tipo formalista que en sus aspectos más auténticos apenas si ha llegado a un barroquismo más o menos comprensible” (p. 15).
El segundo carácter que nos interesa destacar es la modalidad de revulsivo cultural de los movimientos populares argentinos.
En 1916 H. Yrigoyen ata las redes rotas y deja emerger, radiante, un intratexto hasta entonces no tenido en cuenta, no palpitado ni leído. Yrigoyen arguye jugando con una posibilidad de integración de epistemes: la “reparación” que predicaba es la focalización de los enunciados del acto inicial (Mayo de 1810) aceptados en toda su multivocidad y como proferición de igual validez en boca del iletrado como del letrado, del proscripto como del proscriptor. Se trata de reconstruir con hilos sueltos (hilachas semánticas) una nueva trama sobre la vieja urdimbre. Yrigoyen arma nudos o nódulos con las tensiones, no para anular los opuestos, sino para incorporarlos a un todo social abierto como lucha por la vida, como libertad creadora, como reconstrucción de la “serie semántica de la vida” (Bajtin, cit.: 348/49).
Por último, y como consecuencia inevitable de lo expuesto, resulta obvio que H. Yrigoyen es el que fija con su conducta y con su palabra los contenidos ideológicos del radicalismo. Ha sido reconocido por las masas como gestor, como el que transporta al habla y a la práctica histórica las virtualidades (el texto potencial) del pueblo, “hervidero humano”, conglomerado real de grupos sociales.
Es un cuerpo radiante, un campo de fuerzas, en que el sentido habla. Y el sentido profundo despliega, según Bajtin (cit.: 389 y sgs.) las siguientes potencialidades: a) No tiene fondo: “toda palabra premeditadamente falsa posee fondo”; b) La profundidad es “uno de los criterios supremos en el conocimiento dentro de las ciencias humanas”; y c) Todo sentido es respuesta: “aquello que no contesta carece para nosotros de sentido”.
II.- Yrigoyenismo y criollismo
Si bien las obras que tratan sobre la vida, las ideas y la actuación política de Hipólito Yrigoyen son legión, especialmente en los alrededores de 1930, nos vamos a limitar a unas pocas que nos permitan acceder al objeto que nos proponemos: Manuel Gálvez (1983), Félix Luna (1985), Ricardo Caballero (1975) y Gabriel Del Mazo (1984).
A través de ellas, y de otras que iremos citando, rastrearemos, brevemente, el criollismo irigoyenista y su conexión con el ya canonizado criollismo literario de la generación vanguardista de 1922 y sus alrededores. Esta segmentación implica la totalidad del cuerpo generacional, es decir, incluye su campo de fuerza vital: Macedonio Fernández (n. 1874) y Ricardo Güiraldes (n. 1886). Este último dirá en 1919:
“La mentira de los países que pretendieron luchar por la libertad humana se constata con el solo hecho de que son países que poseen colonia. Pero, ¿cuentan los anhelos libertarios de las naciones a las cuales por necesidad de rapiña los fuertes califican como impotentes para gobernarse? Un alemán, francés o inglés que defiende su patria es un héroe. Un árabe, un hindú o un chino que hace lo mismo es un rebelde” (1984, 110)
Lo que Güiraldes tenía bien claro con respecto a otros pueblos dependientes, no lo tenía en claro con respecto a su propio pueblo. ¿Cómo entender, si no, que creara junto a González Garaño el Comité Nacional de la Juventud para oponerse a la neutralidad de Yrigoyen en la guerra de 1914 (cit.: 109); y al mismo tiempo hiciera un llamado general a erradicar “epítetos de odio”, como por ejemplo, “chusma”?
Sabido es que a las masas irigoyenistas se las denostó, entre otros motes peyorativos, con la designación despectiva de “chusma”. El epíteto, de tono racista, los equiparaba a la masa informe de mujeres y niños que seguía a los malones. El criollismo programático y literario de Güiraldes adolecía de límites infranqueables cuando se trataba de Yrigoyen: su raigambre criolla era cuestionada con la sutil distinción entre auténtico “hijo de la pampa” y el “compadrón corralero” (1982:95). En efecto, de los corralones (es decir de tierra adentro: las orillas de la ciudad portuaria son el comienzo de “sus adentros”; y “los pajueranos”, por singular paradoja, son los “de tierra adentro”) venían las masas irigoyenistas, y también desde el fondo de la historia.
El criollista Borges intuyó el origen, el mito fundante de Buenos Aires como patria del aluvión criollo-inmigratorio:
El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba: YRIGOYEN,
Algún piano mandaba tangos de Saborido” (BORGES, 1964: 103).
El irigoyenismo remonta su origen a la “barbarie”, a los caudillos. Ricardo Caballero, en el citado Hipólito Yrigoyen y la revolución radical de 1905, hace hincapié en la “sugestión emocional” que los solos nombres de Alem y de Yrigoyen contenían para las masas populares de finales y comienzos de siglo. Esos nombres significaban la reparación de los agravios soportados por los humildes criollos tras la batalla de Pavón.
Yrigoyen, liberado del dogmatismo liberal, proponía una “fórmula social” que conciliara el pasado de la “patria vieja” con el presente concebido corno deslumbrante progreso. Portaba la tragedia de su familia. Su abuelo, Don Leandro Antonio Alem, partidario de Rosas, calumniado y ejecutado injustamente, mancillado su cadáver y su nombre, cayó víctima de los vencedores de Caseros, portadores de la “civilización”. Sangre y dolor lo ataban al pasado, pero en un esfuerzo de comprensión, encontró la palabra iluminadora de su vida y la propuso a sus discípulos: la Reparación:
“Al movimiento cívico que dirigió, lo denominó La Reparación. El nombre revela la generosa intención de quien lo pronunciara. En labios del doctor Irigoyen significó olvido de pasados errores y justicia futura para las masas argentinas desposeídas y olvidadas. Otro movimiento, el que animara el espíritu férreo del general Rosas, fue llamado por éste La Restauración, palabra que encierra la idea de fuerza, de violencia, de implacable energía frente a las oligarquías en su acción extrajerizante. El doctor Yrigoyen también creía en la eficacia del equilibrio de poderes como forma práctica”. (Caballero, cit.: 50)
De tal modo, el sobrino de Alem, el nieto de un mártir del federalismo, supo integrar las viejas aspiraciones del pueblo nativo y conjugarlas con el presente: pragmatismo y poética, base de los grandes movimientos populares en Argentina.
Yrigoyen enseñaba a sus discípulos con la palabra y el ejemplo. Estaba convencido de que era sólo un instrumento de la Providencia y basaba su enseñanza en la redundancia y la tenacidad. Advertía sobre la necesidad de no dejarse perturbar por la crítica de la “barbarie letrada”.
Los letrados, por su parte, enrostraban a Yrigoyen su falta de programa. En la revista Nosotros, la dirección editorializaba frente a la asunción de Yrigoyen como presidente de la nación: “La cuestión que planteamos es notoria y ha sido repetida en todos los tonos: el Partido Radical no tiene programa” (Pelletieri, 1980: 185/86)
Nosotros hace voto para que el presidente se “ilumine” (invocación letrada a “las luces”) y encuentre “un claro y perfecto conocimiento de las vías por donde a ese bien (la patria) se llega” (cit.: 16).
A esta objeción ilustrada Yrigoyen había respondido consignando que La Reparación “no puede encerrarse en los límites de un programa porque ella nos abarca y sobrepasa a todos. La Reparación, agregaba, será reconocida y acatada […] cuando la República incorpore el voto garantido y libre”. Los programitas, como los llamaba, se darán por añadidura una vez conquistado aquel derecho básico. Aconsejaba, también, a sus seguidores que se abstuvieran de todo contacto con los partidos de tendencia internacional. Esta abstención no significaba renunciamiento a la “república universal”, sino negación del pensamiento parametrado e invitación al despliegue, desde la propia praxis, de la creatividad del pueblo.
Un ejemplo de esta actitud fue la posición de Irigoyen y el radicalismo cuando se discutió acerca de cuáles eran los mejores padrones para garantizar la pureza del sufragio secreto y obligatorio. La práctica le indica que el único padrón seguro era el padrón militar cuyo instrumento era la de enrolamiento. Entonces, como los ricos compraban libretas “en gran cantidad y a cualquier precio, los radicales llamaron a defender la libreta de enrolamiento”. Así fue como el sábado anterior a las elecciones de marzo de 1912 en Santa Fe, Yrigoyen fue a presidir la más extraña y revolucionaria manifestación: “…no menos de 15 mil manifestantes desfilaron con las libretas de enrolamiento en alto ante la estupefacción de sus adversarios: ‘¡Aquí están los que no se venden!’, gritaba la recia muchedumbre” (CABALLERO, cit: 156).
Como pasaría varios lustros después, iban codo a codo viejos criollos de tradición federal con extranjeros connaturalizados con la patria por el trabajo. Eran los portadores de La Reparación.
Distintos eran los métodos de la vieja oligarquía. Ella montaba su resistencia discursiva con la invectiva llevada a lo íntimo y personal. Para Ezequiel Ramos Mejía (1936), Yrigoyen:
“Jamás pronunció un discurso, ni bueno ni malo, en una reunión política, prefiriendo actuar en la penumbra de su cueva legendaria (…). Era un absoluto iletrado. No sabía nada de nada. (…) Es imposible imaginar una deficiencia como estadista que no la tuviera Yrigoyen…” (PELLETIERI, cit.: 179).
Carlos Ibarguren, citado por Pelletieri, se escandaliza ante el nuevo aspecto que presentaba la Casa de Gobierno con la presencia de Yrigoyen:
“…como en un hormiguero la gente, en su mayoría mal trajeada, entraba y salía hablando y gesticulando con fuerza (…) Un ordenanza me condujo a una sala de espera cuya puerta cerrada con llave abrió para darme entrada y volvió a clausurar herméticamente; vi allí un conjunto de personas de las más distintas cataduras: una mujer de humilde condición con un chiquillo en los brazos, un mulato en camiseta, calzado con alpargatas, que fumaba y escupía sin cesar, un señor de edad que parecía funcionario jubilado, dos jóvenes radicales que conversaban con vehemencia de política con un criollo medio viejo de tez curtida, al parecer campesino, por su indumentaria y su acento” (p. 118)
Ibarguren retrata, en su afán despectivo, las multitudes irigoyenistas: su fuerza asusta al viejo orden. El argumento de los letrados programáticos (“la barbarie letrada” de Alberdi) no encuentra lugar mental para esa fuerza que deciden, por fin, estigmatizar. Criollos de condición humilde y mulatos; tez curtida, falta de modales, salidas de tono, ignorancia. Los atributos aplicados al caudillo son aplicados al pueblo. Si hasta parece prefigurarse la absurda oposición que varios lustros después instaurara la “intelligentzia” como opción de hierro: libros/alpargatas.
Ricardo Caballero es quien marca con cierto detalle el origen montonero de los primeros radicales del interior: restos del jordanismo y baquianos de los ranqueles mezclados con nietos de A. Bompland, compañero de Humbolt; veteranos de Pavón y viejos estancieros entreverados con “héroes de los barrios” de Rosario, que defendían sus principios “a facón y coraje”; carpinteros de la Unión Telefónica codo con codo con un maquinista de apellido Davis.
Estas prácticas, emergentes de un geotexto oculto, muestran que los movimientos populares, despectivamente nominados populismos, acceden a la historia desde el corazón profundo: la geocultura, espacio-tiempo en que se despliega el “acto creador”. Por eso postulamos que los movimientos populares del SXX en Argentina son un acto poético, y por lo tanto, un “revulsivo cultural”.
Proscriptos, perseguidos, desfigurados, radicalismo y peronismo perviven no por sostenes ideológicos exógenos, sino por el “salto creador” que, como veremos, proponía Deodoro Roca a la clase media burguesa de la Reforma Universitaria de 1918, de signo predominantemente antirigoyenista.
Cuenta Félix Luna en su Yrigoyen (p. 304) que el periódico conservador La Fronda aplicó al viejo caudillo el sobrenombre de “El Peludo”. Atribuía así al presidente condiciones de “bicho sucio, retraído, cobardón, huidizo, enemigo de la luz: su cueva era el refugio tenebroso y hediondo donde se refugiaba después de sus correrías”. Yrigoyen, sabio en el texto radiante de la geocultura, leyó el sentido profundo del mote.
Así es como:
“…estando en uno de sus campos con un amigo, conversando al atardecer frente a la casa, cruza delante de ellos, precisamente un peludo… Un poco turbado quedó el acompañante ante al indiscreta aparición; mas el caudillo impertérrito, como un comentario al margen de la plática, apuntó:
-¿Usted conoce ese bichito?
Y ante la loable negativa del interlocutor, musitó para su coleto: – Es muy interesante. Cava muy hondo la tierra”. (p. 304)
Yrigoyen, en una operación lingüística propia de la cultura popular, ha producido una inversión del símbolo, ha leído su sentido profundo a través de una hermenéutica que es, a la vez, una poética.
La cultura popular organiza su discurso haciendo pasar todo signo por la “serie semántica de la vida”. Ella es la sede del sentido profundo de un repertorio que en la práctica dialógica utilizamos con seguridad y destreza, pero “teóricamente podemos no saber de su existencia” (Bajtin, cit.: 267).
El criollismo de radiación irigoyenista de nuestros literatos fenece en 1930. Los literatos canónicos no se aguantaron la exclusión del repertorio canónico: ser irigoyenista ha pasado a ser un delito (como el ser gaucho en el Martín Fierro). Después, para denostar al caudillo y su configuración viviente, algunos exhibirán exilios menores y, cultores de la paradoja como recurso de escape, autocensuras de heroica prudencia, viajes metafísicos por el tiempo y por el infinito.
Borges, en El tamaño de mi esperanza aseguraba:
“No se ha engendrado en estas tierras ni un místico ni un metafísico, ¡ni un sentidor ni un entendedor de vida! Nuestro mayor varón sigue siendo don Juan Manuel, gran ejemplar de la fortaleza del individuo, gran certidumbre de saberse vivir (…) Entre los hombres que andan por mi Buenos Aires hay uno solo que está privilegiado por la leyenda y que va en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Irigoyen” (1993, 13).
El libro que citamos fue editado en 1926 por la revista Proa que sostenía Güiraldes. Borges exilió este texto de su obra completa, lo consideraba “no existente”. La vindicación del criollismo “con certidumbre de saberse vivir” lo afiliaba al discurso clandestino, a la “serie semántica de la vida”. Pero entonces debería haber renunciado a la constitución de su cuerpo literario tal como se configuró, y por lo tanto, a la fama mundial, a sus “espónsores” nativos y foráneos. Su odio al pueblo humilde e iletrado, lo indujo a prodigar algún elogio a Pinochet y a encontrar “muy grata” la reunión que cinco escritores mantuvieron con el represor Videla el 19 de mayo de 1976: “…el presidente le pareció una persona simpática y amable. Le agradecí -agregó- el golpe del 24 de marzo que salvó al país de la ignominia” (“La Prensa”, 20/05/1976: 1).
En parecidos flujos semánticos naufragó el criollismo de González Tuñón cuando en 1973 reeditó El violín del diablo y Miércoles de ceniza (p. 9). El poeta, erigido en vate oficial del stalinismo, se sintió obligado a denostar su poema “Epitafio para una tumba argentina en Inglaterra”, presentándolo como obra de un azar poco asimilable al rigor de la dialéctica: “por alguna razón lo escribí”. Dos veces repite: “es curioso cómo nacen algunos poemas” (p. 10) y desata lo peor de los argumentos del sarmientismo de izquierda para denostar la tumba que el poema exalta. Conjuraba así, con la lógica de la oligarquía, la emoción colectiva del Otro todavía vivo, “el tirano prófugo”, que ya estaba por regresar traído por la lucha del pueblo. La razón poética le había dictado, en la década del veinte, la profecía de la “vuelta” como una redundancia tímida del Martín Fierro:
“Los cascos de sus brutos
frenetizaron a las montoneras.
A su lado ni López, ni Ramírez, ni Artigas, ni Rivera,
ni los pálidos héroes oficiales
pueden alzar sus sables un segundo.
Sólo se dobla su fiereza
ante la sombra prodigiosa
del terrible San Juan Facundo (..)
Y le cabe la gloria mejor
la de haber inventado
el más grande de los gritos criollos:
– ¡Viva la Santa Federación! (…)
Se llamaba
Don Juan Manuel de Rosas
Y San Martín le regaló su espada”
El criollismo rojo punzó galopa transversalmente todo el libro (aún aquellos textos supuestamente universales) y cuando González Tuñón calla, canta con “toda la voz que tiene” la modalidad épico-afectiva de Evaristo Carriego que antes que él canonizara a Facundo (San Juan Facundo), llevó al honor de los altares populares de San Juan Moreira y lo ungió como patrono y figura del “guapo literario” de la vanguardia criollista: “El barrio le admira. Cultor del coraje,/ con quistó a la larga renombre de osado;…” (CARRIEGO, 1946: 69).
Concluimos, entonces, este apartado con la certidumbre de que el criollismo de nuestros poetas de vanguardia es un epifenómeno, un género discursivo, del irigoyenismo. Ahora bien, el criollismo implicaba fervor y fervor un profesión de vitalismo. El vitalismo de la Reforma Universitaria, antecedente letrado del vitalismo literario, es también un fenómeno irigoyenista.
Quizás el mejor cierre de estos apuntes provisorios sea la escena que nos muestra a Yrigoyen en medio de la multitud. Fue el día que asumió su primera presidencia, sucedió el 12 de octubre de 1916:
…hizo un gesto y dio orden para que se dejase en libertad a la multitud. Esta, como obedeciendo a un señal convenida, aprovechó el gesto a su antojo. En un instante desenganchó los caballos y comenzó a arrastrar ella de la carroza”. (“La Nación”, 13/10/1916).
La multitud, dueña ancestral de los sentidos profundos, sujeto preexistente y subsistente, que siempre está y habla sin parar, había tomado la palabra.
III. Yrigoyenismo y reforma universitaria
En “La Reforma Universitaria: entre modernismo y vanguardia” (1998, 107) reconocíamos el hallazgo de Lobodón Garra (1976, 81 y sgs.) que consideraba a la “revolución cordobesa del 1918” como la primera manifestación de una “nueva generación” y de una “nueva sensibilidad”. Más aún, basándose en un texto de Deodoro Roca, consideraba a los neo-sensibles de Florida como el “aspecto literario y tardío” de una nueva generación de alcance americano (Del Mazo: 1941, III, 8).
Los jóvenes de la Reforma Universitaria de 1918 se proclamaban poseedores de “una sensibilidad nueva y nueva ideología”; definían la política como actividad “noble y deportiva”; propugnaban un “cambio absoluto de régimen mental”; practicaban “una subversión de la vieja perspectiva del mundo impuesta por nuestros mayores”.
Esta actividad irreverente frente a la generación anterior, tal como surge de los diversos textos de la invalorable recopilación del Del Mazo, y que proclama “la hora de América” (Taborda: 1918); “la vuelta hacia la contemplación de la propia tierra y hacia la de nuestros hermanos” (Roca, cit., III, 8 y 9) implica la circulación clandestina del “revulsivo cultural” irigoyenista: vitalismo y criollismo.
En efecto, más allá de las apelaciones a la Revolución Rusa, del extraño concubinato entre Platón y Kropotkhine; de la menta frecuente de Bergson, Ortega y Gasset, E. D’Ors, Spranger y Dilthey, los reformistas propugnaban una democracia americana nutrida “del pensamiento y de la vida” (Taborda, 179). Este americanismo vitalista era del mismo cuño que el criollismo irigoyenista. Así lo reconoce el socialista J. V. González en un texto que Lobodón Garra cita como predicado de la reforma, pero que en realidad reconoce como sujeto al radicalismo. Lo transcribimos sin las omisiones de Garra:
“…en nuestro país, el fenómeno se presenta más preciso por la intervención de un factor propio: el advenimiento del radicalismo al poder. La colectividad acababa de entregarse a una fuerza popular nueva que llegaba con todo el ímpetu y la ceguera de las fuerzas renovadoras. Avasallador y brutal, invadió todos los reductos, despreció todas las instituciones que encontrara, destruyó todas las normas, y escarneció a todos los hombres del régimen que abatía. ¿Qué traía en cambio? Concretamente, nada. Llegaba a destruir (…) Pero, no obstante, no era una tendencia anárquica y disolvente; era un fuerza demagógica, es decir, esencialmente creadora y fecunda. Arrasaba, pero dejando el limo fértil de la sensibilidad popular llegada a las esferas de gobierno” (DEL MAZO, III, 49 y sgs.).
Esta fuerza popular presentada como ciega, avasalladora y brutal, cuya función es invadir, despreciar, destruir, escarnecer y abatir, es en realidad la única y verdadera vanguardia. Todas las demás vanguardias (universitarias, políticas, artísticas) son, en nuestro país, aspectos especializados, modelizaciones mutiladas, abstraídas del sentido profundo (“el limo fértil”) de la “la serie semántica de la vida”, cuyo rostro total es el irigoyenismo.
En tal sentido, deberá tenerse en cuenta el rasgo nativista de los principales reformistas y las apelaciones constantes al mismo simbolismo cívico invocado por Yrigoyen.
En efecto, en la sesión del 30/31 de julio de 1918, Deodoro Roca pronuncia un discurso de clausura del Congreso de Estudiantes de Córdoba. Rescata el orador núcleos de sentido emblemáticos del radicalismo: “volumen vital”, necesidad de “espiritualizar” el país” (resonancia lugoniana) y rescate del “viejo esprit criollo”. Surge nítida la oposición entre “el libro recién venido” y el “viejo árbol familiar”; “el clamor de la turba cosmopolita” y el “rumor de la tierra”. (cit., III, 7 y 44).
El irigoyenismo es la zona de contacto entre orden y caos, lugar geocultural donde lo oculto se convierte en relato por la percepción de “la inquietud de las hondas lejanas”; “del significado recóndito”. Es la razón poética (creatividad inmanente, geocultura, región de encuentro) la que da respuesta a D. Roca sobre la contradicción orden/caos. En efecto, cuando en los textos citados diseña la entrada del futuro en el presente, recurre a la famosa metáfora del “salto creador”, incursiona en los laberintos de la paradoja (“de la oscuridad de la teoría a la completa tiniebla del futuro”, “advertir oscuramente”, “la clara razón de su ceguera”): es cuando el sujeto colectivo estudiante-hombre mutilado encuentra su otra mitad-obrero. “Un nuevo cuerpo, complejo, turbulento, en un nuevo escenario” (Torres Roggero, 1999, b): en otras palabras, nadie puede permanecer ajeno al revulsivo cultural irigoyenista que, a su vez, “seduce” al pensamiento europeo y lo fagocita (Kusch, 1975,1976, s/f).
En efecto, la pulsión hacia un “mundo nuevo” es un tópico de raigambre irigoyenista. O mejor, una mediatización irigoyenista del krausismo. Se nos ocurre que el mejor libro para pensar el irigoyenismo como un fenómeno de intelección vital, en que el drama personal y la crisis social confluyen hacia “el gran día” escatológico, es este de Ricardo Mosquera: Yrigoyen y el Mundo Nuevo (1951). Mosquera, al analizar El Telegrama de H. Yrigoyen, señala la concepción de América como matriz histórica, como foco desde donde ha de eclosionar “el más allá” humano. La revolución americana implicaba una misión de universalidad.
Situada así como La reparación, como vuelta al momento en que Argentina se había insertado en la marcha fatal de la humanidad a una plenitud de “espíritu y obra” en esta “tierra como templo vivo de Dios” (Krause), la política se transmuta en acto poético. Mosquera plantea la cuestión de este modo:
“Poesía es creación. Si la razón poética es facultad que desde los abismos de la inconciencia trae al plano inteligible verdades más profundas que las sometidas a una simple mecánica silogística, los elementos persistentes de la acción política estarán sometidos entonces a esa razón. En tal dimensión, la política ingresa en el campo de la creación artística y la historia misma se determina por fuerzas poéticas, productos del inconsciente personal y colectivo.
De ese abismo que no es el caos, lugar informe de los elementos en confusión, sino el Océano, profundo y complejo, surge en símbolo humano la figura de Afrodita iluminada por su propía estrella” (p. 38).
Mosquera alude en el texto citado al fuerte contenido poético/profético de El Telegrama. En sus parágrafos, Yrigoyen imagina “la barca de lo humano” arrastrada por la “eterna corriente de los destinos de la vida”, “flotando sobre el misterio insondable”, a la deriva “hacia la aurora”.
Otro aspecto interesante del famoso texto es su carácter de portador ínsito del pensamiento de los federales de la Confederación Argentina de Paraná. José Hernández, cuyo Martín Fierro no pudo ser acallado, proclamaba en sus artículos periodísticos la marcha fatal de la humanidad hacia una “república universal” en que la libertad y la igualdad permitirían a todos los hombres el goce de la civilización. En el mismo marco de la Confederación, el chileno Francisco Bilbao dejaba en 1864 su legado de una praxis escrituraria sin fisuras éticas y de innegable potencia poética, El Evangelio Americano (1988: 192). En ese libro clave insiste con esta observación: las masas populares son el sujeto cultural concreto e incontrovertible. A ellas les correspondió cargar sobre sus hombros la tarea de construir la república en América, en medio de un universo esclavizado. La epopeya americana consiste en el itinerario de una idea de república en el acto de engendrar una sociedad republicana. Esta idea careció de escuela, de enseñanza, de cuerpo de profesores; fue rechazada por los intelectuales, combatida por “los hábitos contrarios, vilipendiado por las oligarquías”; “y a pesar de ser la antítesis de la sociedad establecida, se encarna, vive, crece, se levanta y se afirma como tesis de la humanidad”.
“Sí, gloria a los pueblos, a las masas brutas, porque su instinto nos ha salvado. Mientras los sabios desesperaban y traicionaban, esas masas habían amasado con sus lágrimas y sangre el pan de la república, y aunque ignorantes, el amor a la idea desquició todas las tentativas de los que imaginaron reproducir el plagio de monarquía” (p. 191).
Bilbao acusa a escritores y pensadores de no haber advertido ese don del “pan de la república” que los pueblos harapientos de América han amasado con lágrimas y sangre para la humanidad. Y eso es el Mundo Nuevo: “las nupcias primitivas del Edén y de la humanidad libre” (p. 192).
Es la red radiante que inscribe en “los adentros” el texto secreto del sentido profundo. Dentro de esa línea El Telegrama exalta el símbolo del océano como corriente eterna, como misterio insondable: sólo quien se sumerge en sus aguas profundas podrá emerger con las mareas. Es en lo profundo donde “los abismos de abyección se despiertan a la luz y claman a los cielos su querer de redención”.
El Telegrama perfila el epítome epifánico de su doctrina filosófica, llena de posibles teóricos, y que se halla dispersa en proclamas, decretos y fundamentaciones de leyes e informes. El concepto básico postula que el universo es impulsado como por una razón inmanente. También el otro caudillo del siglo XX hablará de “fatalismo de la historia”; y ambos, de Providencia. Se asumen como conductores del acople de las tensiones de la sociedad, como elementos catalíticos capaces de resolver la oposición de los contrarios, no por la muerte de uno de sus polos, sino por elevarla a una categoría más alta, a una “Hora Eterna”, a las “albas del Gran Día”.
Yrigoyen, como Echeverría, concibe la política como una religión y así lo consigna en el veto a la Ley de Intervención a la provincia de San Luis: Cada vez es más imperioso hacer del ejercicio cívico una religión política, un fuero inmune” (Ley 12839, p. 98).
Convicción humanista que se completa con la consideración del carácter sagrado de los hombres. Al despedir al presidente Hoover el 22 de diciembre de 1928 el viejo caudillo profiere los “vislumbres de su convicción profunda”:
Por lo que sintetizo, señor Presidente, esta grata conversación, reafirmando mis evangélicos credos de que los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos y en común concierto reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y una civilización más ideal, de más sólida confraternidad y más en armonía con los mandatos de la Divina Providencia” (Ley 12839: 139).
América funda, desde este punto de vista, una universalidad nueva: la humanidad globalizada no por la fuerza, sino por la cooperación. De lo profundo de la geocultura emerge la voz del verdadero sujeto cultural: el pueblo. Y también la voz de los poetas, cuando se animan a romper la telaraña formal, a recomponer las redes rotas, a desatar la potencia verbal:
“Oh pueblos nuestros, oh pueblos nuestros! Juntaos en la esperanza y en el trabajo y en la paz. No busquéis las tinieblas, no persigáis el caos y no reguéis con sangre nuestra tierra feraz.”
(“Pax”, R. DARÍO: 1975,1121)
El aporte de América a la humanidad es el logro final de la libertad y la fraternidad mediante la colaboración y la solidaridad:
“Debe esperarse el advenimiento de una era de concordia entre las naciones, inspirada en los nobles sentimientos de solidaridad y fundada en una íntima colaboración de los pueblos, unidos para alcanzar esa altura constantemente anhelada por la humanidad a través de las vicisitudes de la historia” (Ley 12839, p. 138).
Gabriel del Mazo, uno de los mejores intérpretes de Yrigoyen y, a la vez, protagonista e historiador de la Reforma del 18, clarifica y expande esta línea de lo que hemos dado en llamar una poética de la historia. En Reforma Universitaria y Cultura Nacional (1950) implica los campos discursivos emergentes del revulsivo cultural irigoyenista:
“Lo Democrático no es en América una opinión intelectual, es un estado del alma, un categoría religiosa. Lo es connatural, está en su entraña. Nadie que no sea un profeso de la libertad es un americano. Y todo país, todo hombre que vulnera tal condición, dejaría de pertenecer al Nuevo Mundo” (p. 37)
Para los jóvenes del 18 la Universidad era la maqueta de la democracia americana y su fervor era, apenas, uno de los posibles de la red radiante cuyo sujeto cultural, en esa etapa de la historia, no eran ni los intelectuales ni los poetas, sino la “chusma radical”. Emilio Oribe (1945: 209) llamó a Suramérica “cósmico receptáculo” en que la humanidad habría de resguardarse y reconstruirse porque el problema de nuestra “existencialidad” no reside en la fuerza. Más aún: “Nuestra debilidad material es indefendible. Pero restan otras maneras de ser”.

IV- Atando cabos
Se podría extender indefinidamente la lectura y cita de autores y textos. Nuestra segmentación de los mismos obedeció a las imposiciones del objeto propuesto: dejar hablar a las modalidades de la realidad concreta que vocean desde el magma geocultural. Una red radiante proyecta, en cada etapa histórica, sobre la superficie lisita de la escritura, que es una pantalla y no un surco, las voces profundas, el griterío espantoso de las generaciones mutiladas. Nuestra tarea consiste en atar los cabos sueltos, re-anudar las redes rotas para que se haga la luz creadora de las palabras y las cosas. La tarea se realiza en el abandono y en el corazón de la noche. El viejo Yrigoyen lo decía de este modo: “…En plena noche, vivo esta aurora que despunta actualmente entre nosotros y contemplo desde ya en mi corazón las glorias del mediodía. […] Voy… en la claridad alegre de mis certidumbres»” (El Telegrama)
El problema consiste en descubrir el legado de una genealogía clandestina y clausurada en los recovecos de la geocultura: red discursiva (cognoscitiva, expresiva y ética) que alimenta el corazón y la mente de nuestros pueblos.
George Steiner (1990: 27) se planteaba el problema de la “objetividad”, de la neutralidad moral de que se regocijan las ciencias “y que las privan de ser definitivamente pertinentes”. Agregaba: “La ciencia puede haber suministrado elementos y dementes pretensiones de racionalidad a los que cometieron asesinatos en masa. En cambio casi nada nos dice sobre los motivos, tema acerca del cual valdría la pena oír a Esquilo o a Dante”.
Este rescate de la razón poética como modo de comprensión es el único método viable, por ahora, en nuestra América desdoblada. El logos europeo occidental reprime, amordaza y mutila la red textual de la geocultura. Deja sin voz al principal protagonista del relato posible, condena al escarnio y el vilipendio a los gestores que eligió en memorables jornadas. Pero en los momentos en que la creatividad inmanente del pueblo emerge, el texto profundo se reconstruye en la escritura incluso de sujetos individuales que sin el revulsivo cultural de las masas carecerían de consistencia y justificación. Dar cuenta de ese fenómeno es lo que nos propusimos. Exiliados en el corazón de la noche esperamos, como el viejo Yrigoyen, “las albas del Gran Día”.

NOTAS
1. Tomamos prestada esta categoría a Juan Bautista Alberdi (1886, VII: 156) “hay un barbarie letrada mil veces más desastrosa para la civilización verdadera, que la de todos los salvajes de la América desierta”.

2. Cfr. “Acerca de lo que ya está” en este libro. Nos interesa citar estos enunciados: “La podríamos definir (a la geocultura) como una red preexistente, un texto radiante anterior a la escritura”. La geocultura “es una totalidad abierta, es el lugar de lo teóricamente no existente, el baldío, lugar sin construcción formal, lugar donde se arroja la basura pero sede de un dueño, de un sujeto oculto”. Dicho sujeto “es el pueblo que se presenta, además de profundo, como poderoso determinante efectivo”, “como remanente clandestino, desconocido para los investigadores”, acerca del cual “teóricamente podemos no saber de su existencia” (Bajtin: 1985, Kusch: 1976).
3.Quien esto escribe ha desarrollado este concepto en un trabajo sobre Oscar Guiñazú Alvarez titulado “Oscar Guiñazú Alvarez: el imperativo de los adentros”. Postulábamos: “Desde la dispersión (el “pajuera”), desde el viaje a través del tiempo por el espacio (órbita, contra reloj), Guiñazú Alvarez retorna al tiempo vivo, tiempo-uno en que la relación con el espacio se transmuta en presente radiante (el “padentro”). Impulsado por urgencias de toda una vida, cree afrontar “el riesgo de cualquier subestimación”. Supone que su temática carece de “consistencia”, lamenta su “limitada universalidad”. Sin embargo, resuelve desde esa precariedad, ser fiel al “imperativo de los adentros”, inicia el viaje “ad intra” y autoestablece un compromiso con “seres y enseres” que desatan el acto libre de la poesía” (Torres Roggero, l993)
4.Tomamos el concepto “resulsivo cultural” de Andres Avellaneda, El Habla de la ideología (1983:11).
Yrigoyen, durante la guerra de 1914, sostiene a la Argentina en una situación de “neutralidad activa” (Ley 12839: 307). Era la aplicación al plano internacional del concepto de “abstención” definido como “suprema protesta”, “recogimiento absoluto” y “total alejamiento de los poderes oficiales”. En otras palabras, lo que corresponde al pueblo dentro de las Naciones, corresponde a las Naciones dentro de la humanidad: preservar su paz, ejercitar sus derechos. Su política no era la neutralidad, era la paz.
El telegrama, pasible de disímiles versiones, transcribe los intercambios entre Alvear e Yrigoyen con ocasión de la Asamblea de Ginebra de 1920. Yrigoyen acepta la formación de la Sociedad de las Naciones bajo la condición de que no distinga entre beligerantes y neutrales; y de que la Asamblea admita a todos los Estados soberanos.
5.La disidencia con Alvear desencadena los telegramas reproducidos innumerables veces, ya sea en forma fragmentaria, ya con variantes, incluso con el rótulo de Página Inmortal. Lo cierto es que constituyó en la década del 30 el texto más difundido, el catecismo cívico de la U.C.R. La versión más famosa es la publicada en La Época (13/04/1921) con glosas del escritor brasileño Paulo Osorio. Yrigoyen hizo publicar una gacetilla aprobando la versión, a la que llamaba “exacta publicación honrada”. (Mosquera, 94-98).
Desde ese testamento hablaban los jóvenes irigoyenistas de FORJA; de entre esa serie semántica habían escogido su lema: “Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba»” y a partir de la poética de El Telegrama se despliega el “pensamiento nacional y popular” de tan vasta influencia en el peronismo y la generación literaria de los años 60.
6. “Por eso el radicalismo no se divide según parcialidades de clases, de razas, ni de oficios, sino que atiende al hombre como hombre, como dignidad, como ser sagrado” (Profesión de Fe Radical, cfr. Mosquera: 86).

BIBLIOGRAFIA
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