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por Jorge Torres Roggero

1.- ¿Un “neo-maldito”?

“No quiePablo Herediaro ver más peronistas, si es necesario fumigo (…) con una avioneta la Plaza de Mayo, para que no haya más peronchos cagando el futuro de la Argentina”, disparó Baby Etchecopar, desde un programa radial. En el programa siguiente, redobló la apuesta: “Los peronistas necesitan un nuevo Videla que los torture”. Mirándolo bien, estaba reemplazando el bombardeo de la Plaza de Mayo del 55 por el glifosato agrogarca; y la “operación masacre” por el genocidio del 76. En realidad, los exabruptos brutales del coprolálico exterminador son apenas una excrecencia del discurso oficial.

En efecto, los macristas y sus aliados en el Consejo de la Magistratura, le dieron curso al pedido de remover a los camaristas Graciela Marino y Enrique Arias Gibert, que fallaron a favor de los bancarios en la paritaria. En su formulación, el Ministerio de Trabajo los consideró un “hedor a remover”. (Pág.12, 10/03/17)

Esta consideración de las masas populares y de quienes no ceden a las presiones ajustadas a los criterios de verdad impuestos por el discurso hegemónico, ya fueron caracterizadas en 1969 por Arturo Jauretche según anoté en una entrada anterior titulada: “Malditos, bueyes corneta y los epigramas del gato amarillo”. Armando Cascella, Leopoldo Marechal, Arturo Cancela eran malditos. Y son malditos aquellos escritores e intelectuales que, por no ser útiles como vehículos de la colonización pedagógica, permanecen inéditos o con su obra recluida en la trastienda de las librerías, ninguneada por la academia, exiliada de las revistas especializadas y desconsiderada en la cátedra universitaria. Se juzga al autor, se reprime su coherencia y no se considera su obra.

En las líneas que siguen, nos adentraremos en un libro portador de importantes hallazgos en el campo de los estudios literarios y culturales en Argentina. Su autor, que demuestra excelencia académica, vasta erudición y aporta enfoques y saberes nuevos a su objeto de conocimiento, está en serio peligro de erigirse en un “neo-maldito”. En efecto, ostenta una visible y empecinada lealtad a la tradición plebeya del “hedor a remover”.

2.- Los neo-malditos y hedor a remover

Pablo Heredia, doctor en Literaturas Modernas, profesor titular por concurso de antecedentes y oposición e investigador de la Universidad Nacional de Córdoba, publicó en 2012, Las multitudes ululantes. Literatura y peronismo. Escritores e intelectuales en el 55.

El libro ofrece varios aspectos que nos incitan a hablar de neo-malditos. Como los “malditos” que definió A. Jauretche, se anima a desentonar con la “música monocorde” y se interna en la exploración de áreas que una excesiva colonización nos ha suprimido como objeto de conocimiento.

Parte, para eso, del supuesto de que “nuestra razón de ser” rezonga en los trasfondos de la literatura. Allí habla un secreto y casi inaudible tumulto, un ulular apremiante, que los antiguos llamaban “vox populi” y que nos incita reformular nuestros modos de leer los textos literarios, los ensayos de interpretación.

Renuncia, entonces, a ciertos minuciosos estudios que hacen gala de un “racionalismo de estudiante recién recibido” (Kusch), para auscultar las voces del corazón de un peronismo irredimible (“grasa militante” o “hedor a remover”), hecho maldito o bendito milagro, que todavía desvela a “los profetas del odio”: “El peronismo y las masas populares que operaron a través suyo, se constituyeron también en un manifiesto cultural en que el arte en general no pudo aislar ni soslayar su presencia” (p.11).

El subsuelo social, entonces, materia insoslayable del pensamiento universal, convierte a la literatura y a la política en fenómenos inseparables. Imposible, según el autor, una lectura aséptica cuando, desde posiciones intolerantes, hubo escritores e intelectuales de los sectores liberales tradicionales que justificaron, escudados en la estética, “la dictadura militar, la represión y la violencia del Estado”.

Ahora bien, un neo-maldito se diferencia de los malditos jauretcheanos en que realiza importantes aportes teóricos para crear configuraciones (sincronismos) con el dinamismo de lo informe, de lo que se presenta como un “no-saber revulsivo”.

En consecuencia, el lector del libro que nos ocupa, asistirá a una polémica interna en que se ponen en actividad teorías del pensamiento eurocéntrico (Foucault, Link, Marx, Ranciére, Williams) para repensar la noción de pueblo, para descubrir el lugar autoritario del otro, para mostrar cómo los intelectuales-escritores liberales fijan su canon desde una “razón frígida” que regula “lo que se debía considerar “palabra-razón” y para formalizar una “sensibilidad ética y estética”.

En otras palabras, se trata de desenmascarar cómo se construye desde el odio “el régimen de verdad del peronismo”, y, también, de visibilizar su inasible “razón mestiza” que inhibe toda conclusión definitiva: “Este estudio carece de conclusiones porque el peronismo todavía es presente. Su actualización en los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner ha generado en el discurso liberal de la derecha conservadora el mismo racismo y el mismo odio por ese Otro que “aparece” históricamente cada vez que se implementa un proyecto nacional y popular”.

Otro aspecto novedoso del libro de Pablo Heredia es que se centra en “apenas unos meses, y un poco más, de la historia intelectual-literaria argentina”. En efecto, el segmento discursivo que se pone a consideración abarca desde “el 16 de setiembre de 1955, hasta los trágicos sucesos de junio de 1956.” Habrá que aclarar, sin embargo, que no se trata de textos congelados, sino que se activan en una contextualización que pone de manifiesto una discursividad siempre “crispada” (es decir, en debate) entre el campo popular y el “régimen de verdad” oligárquico a través de un palpitante antes y después omnipresente.

Repasa, entonces, la construcción del Pueblo en la doctrina peronista desde sus inicios en la palabra de su creador y, al mismo tiempo, el proceso de reorganización del estado oligárquico que la Revolución Libertadora reinstaura a través de la llamada línea Mayo-Caseros cuyos ecos se prolongan a la dictadura genocida del 76 y se reduplica en la actual urgencia del “hedor a remover”.

En pos de su objetivo, el autor recorre las estéticas del odio en las metáforas y alusiones de nuestros más grandes narradores: el monstruo (Cortázar, Borges), la vejación (Martínez Estrada), la seducción de la barbarie (Murena) y la confusión de límites entre ficción, sueño, realidad (Borges). Figuraciones fantasmagóricas (mix venenoso de miedo y odio) de las clases populares que son la base social y cultural del peronismo.

Se revisan, asimismo, los ensayos de las revistas Sur y Contorno, la demonización del adoctrinamiento, las discusiones superestructurales entre historiadores, intelectuales y escritores. Polémicas infértiles entre marxistas burgueses acosados por complejos de culpa (León Rozitchner) y el existencialismo vergonzante de Ernesto Sábato. Por otra parte, se analizan por primera vez, las reveladoras polémicas entre Sábato, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Arturo Jauretche. Se detiene especialmente en los orígenes de una discusión, en boga en época de aparente declinación del movimiento nacional y popular, acerca un posible peronismo sin Perón. Curiosamente es una aspiración de los sectores dominantes que suele “derramarse” a ciertos burócratas de la C.G.T. en una búsqueda, hasta ahora imposible, de “trabajadores sin peronismo”.

En el Cap.VI, Pablo Heredia repasa los intentos de descolonización intelectual en el pensamiento de la izquierda nacional y sus preguntas sobre el intelectual colonizado y los avatares de la literatura nacional.

El autor concluye su peregrinación mirando las ideas desde la vida del pueblo y al margen de la variante del “despotismo ilustrado de la oligarquía”: “El postulado nacional-popular (…) se sostiene desde una epistemología política, y no desde un sistema ideológico (…). Se trata de una actitud cultural, como decía Rodolfo Kusch, que está presente en todos los pueblos del mundo que luchan por su liberación contra el imperialismo y las castas nativas que lo sirven” (p.200).

Otro aporte del libro es la construcción de una reveladora “síntesis telegráfica” con las palabras claves con que definen al peronismo tanto la revista Sur, como Contorno. Damos los siguientes ejemplos, que no agotan la serie, y a simple modo de ilustración.

Revista Sur: odio, demonio, monstruo, barbarie, materia, caos, populismo, pesadilla, espanto, opresión, ilusión, resentimiento, demagogia, ruido, olor, fealdad, robo, venalidad. Contorno, por su parte, ofrece la siguiente muestra también incompleta: irracionalidad, ignorancia, ficción, farsa, pantomima, alienación, falsa conciencia, dictadura, demagogia, impunidad, lumpen proletariado, seducción, rebeldía, revuelta, casi nada (p. 140). El reducido espacio nos impide repasar las palabras claves con que ambas revistas se definen a sí mismas. Sin duda, relacionar estas series nos internaría en extensas y reveladoras consideraciones. Por supuesto, la “síntesis telegráfica” es sólo un resumen del minucioso estudio con que es abordado el tema del peronismo en las revistas citadas.

3.- El epitetario del odio

Concluimos estas líneas con otro original hallazgo de Pablo Heredia: el “Epitetario del odio”. Imposible de explicar desde la “razón frígida”[i], irreconocible desde la ética y la estética de la conciencia cipaya, el peronismo es un “monstruo vivo”. Es, en otros términos, el pueblo en marcha que violenta el “régimen de verdad” de la oligarquía burguesa: “Para la oligarquía, ese Otro imaginado amorfo, un cuerpo sin más, perceptible a través de los sentidos (vista-grotesco-monstruo, oído-ruido-risa, olfato-náusea-hedor y, finalmente, tacto-sudor-sexo) fue representado por medio de una sensibilidad que ante todo se materializó en una violencia simbólica registrada en una trama narrativa común: el borramiento de las fronteras de lo real/ficción (sueño-pesadilla)”(p.79).

Como en 1955, hoy asistimos a la construcción de una trama narrativa, “tejido ideológico de acciones perfomativas” que insisten en un cambio cultural basado en la “verdad” que suplanta la “ilusión o ficción” de la pesada herencia. De nuevo, el pueblo no tiene nombre y es una “Otredad Absoluta”. La negación de la realidad palpitante de la vivencia como correa de transmisión del saber del pueblo, sí tiene un nombre: el odio. Es la “ley del odio” que, según Joaquín V. González, marca la historia argentina desde sus orígenes y cuya mano ejecutora fue siempre una minoría cipaya. Una oligarquía maléfica blande el poder en su beneficio y se sostiene en brazos del poder extranjero. Perón los llamaba los “vendepatria”. En épocas de tinieblas, pululan en todas las organizaciones sociales. Por eso es un nuevo acierto de Pablo Heredia el “Epitetario del odio” que cierra el libro. Lo recoge de la obra de Ezequiel Martínez Estrada, Ernesto Sábato y Mario Amadeo. Antologamos a los dos primeros.

Martínez Estrada llama a Perón: “hurgador de tachos de basura”, “líder de resentidos”, “agente diabólico del capitalismo”, “socialista neorrosista”. Como puede advertirse es la construcción aún vigente de cierta “fatalidad orgánica” que convierte a los actuales cirujanos de la “grasa militante” en ventrílocuos de la generación gorila de 1955. Con una diferencia, en el 55, el odio no los privó de la capacidad de expresarse. Es una caterva que se reproduce y que considera “épocas oscuras de la historia” a los lapsos en que se desató la creatividad de la democracia popular y se puso freno a la invasión extranjera (Rosas, Yrigoyen, Perón, Kirchner). Dice Martínez Estrada refiriéndose a Perón: “Instauró un socialismo neorrosista, cuyo antecedente fue el socialismo oclocrático, o dictadura de la plebe mulata, en el gobierno de los años 1829 a 1852. Ese socialismo de recua que consiste en igualar a todos los ciudadanos en condición servil de eunuco”. Sábato, por su parte, llama a Perón: “tirano aborigen”, “histórico espectro”, “profeta de la víscera”.

En cuanto al peronismo, espigamos esta epítesis de Martínez Estrada: “estercolero”, “servidores de la barbarie”, “tropas sin camisa”, “carga destructora”, “portadores de gérmenes de infección”. Enviste, asimismo, contra los intelectuales del campo nacional (los futuros “malditos”). Son: “andrajosos intelectuales”, “feria de gitanos consagrados por el Estado”, “chusma intelectual”, y “redentores al servicio del diablo”. Para Sábato, los peronistas son: “una masa de resentidos”, “resentidos y canallas”, sujetos del “más bajo patrioterismo”, “lumpenproletariat”, “infraproletariado”.

Al pueblo visibilizado, Martínez Estrada le dedica un cuantioso caudal calificativo: “desdichados”, “resentidos irrespetuosos”, “turba resentida”, “conglomerado heterogéneo de resentidos y desesperados”, “invasión de gente de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos”.

Como se habrá advertido, el epíteto, siempre explicativo, tiende a denotar una cualidad permanente y propia del objeto. Por lo tanto, la epítesis registrada por Pablo Heredia nos ofrenda la matriz de los exabruptos actuales de Prat Gay, Triaca, Etchecopar, del Presidente y su caterva de CEOS.

Libro imprescindible, entonces, el de Pablo Heredia que nos muestra cómo en menos de un año, con el uso discrecional del poder, se puede revivir zombis y dispersar en la vida del pueblo el germen maléfico del odio como factor estructurante.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, U.N.C.

Cfr.: HEREDIA, Pablo, 2012, Las multitudes ululantes. Literatura y peronismo. Escritores e intelectuales en el 55, Córdoba, Babel Editorial

[1] Los conceptos de “razón frígida” y “razón mestiza” son explayados en un trabajo de nuestra autoría, todavía inédito, titulado “Rodolfo Kusch, Eva Perón: esbozo de una teología popular”.

por Jorge Torres Roggero

1.- La manga de langostasscalabrini_cc

Releyendo a Scalabrini Ortiz, me invadieron ciertos recuerdos infantiles. El primero revive el alboroto que se armaba en el pueblo cuando el cielo se ponía negro hacia el norte. De allí, no podía venir lluvia; por lo tanto, eran langostas. Entonces se juntaban chapas, fuentones, latones, todo artefacto que produjera ruido y, cuando las primeras langostas asomaban, retumbaba el pueblo, se elevaban alaridos, se entonaban jaculatorias a San Benito para auyentar la plaga. Las langostas podían pasar de largo, posarse unas horas en nuestros frutales y hortalizas o pernoctar y, las más de las veces, dejar el paisaje pelado.

Y bien, en 1923, cuando tenía 25 años, Scalabrini Ortiz publicó La manga. En todos los libros de literatura se lo cataloga como un libro de cuentos. Lo dudo. Se parece más a un potpourri en que el joven autor expresa cierto desencuentro con el mundo, el aislamiento del individuo en la masa, la búsqueda de una salida de la soledad. Eso no impide reconocer la excelencia de  “Los Ogros”, un cuento que junto a “El potrillo roano” de Benito Lynch y “El Pato Ciego” de Alvaro Yunque, publicados por esos años, configuran una emblemática representación de los modos de disciplinar niños según la pedagogía de la oligarquía dominante. Veamos, entonces, el relato de Scalabrini Ortiz: lo que para nosotros era  una plaga, para él resultó ser el símbolo fundante de su pensamiento. Un vez más, la poética es adivinatoria y militante. En la sección titulada “Diálogos”, uno de los personajes narra:

“Vi, una vez, aparecer en el horizonte como una nube negra, una manga de langostas. A la distancia se distinguía nítidamente el rumbo definido de su marcha y el claro fin que las guiaba; iban al Sur, a las regiones agrícolas, en busca de cereales. La armonía y orden hacían avanzar al mismo tiempo el enorme conjunto, en una maravillosa comunidad de instintos. Pensé que si la humanidad trabajara con la misma disciplina, sus progresos serían más veloces. La manga, que venía a mi encuentro, destruyó mi impresión. Reinaba en su interior una desordenada confusión. Las langostas se detenían, desorientadas, volaban azotándose contra los obstáculos. Supuse, entonces, que la manga iba a detenerse. Pero siempre en confusión, las langostas fueron raleando, y al cabo de unas horas, las últimas rezagadas se fueron también. Y vi de nuevo, en el horizonte, alejarse la manga como una nube negra, avanzando indiferente a los obstáculos, sobre poniéndose al agotamiento individual. Y esa manga, que cruzó buscando la solución de los enormes problemas del hambre, me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad, por sobre todos lo intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales” (131).

Obsérvese  que el enorme conjunto (la manga, la masa) tiene un rumbo definido y un claro fin, pero los individuos fuera del conjunto se azotan contra los obstáculos, andan desorientados en una “desordenada confusión”. Sin embargo, al fin, la manga avanza, por sobre los agotamientos individuales, se aleja en el horizonte buscando la solución a los problemas del hambre. Y concluye, “me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad”.

Ahora bien, el primer texto del libro se titula “Los humildes”. Ellos constituyen la muchedumbre cuya presencia en el mundo fue, es y será. Siempre, la sudorosa muchedumbre “va por la mañana y vuelve por la tarde”. Esta idea se reitera: “Creo que un hombre es siempre el primero en dar forma a lo que flota en el ambiente, a lo que está en todas las conciencias, al producto paciente e ignorado de la humanidad entera, pero, por grande que sea, no la dirige nunca, es la masa lo que empuja; ella lo ha formado y ella lo guía”. (129). A esto se puede agregar:  “El instante más notorio del jardín, el de la florescencia, es el producto lento de las reproducciones celulares. Y la eclosión viene, amenaza siempre. Vendrá con nosotros o sin nosotros, pues somos elementos despreciables. La manga sigue su vuelo incansable. Hacemos de guías, ya nos cansaremos y otros nos pasarán, pero su avance no se detendrá.”

Estas ideas, que fueron perfilándose desde 1923, eclosionan después del 17 de octubre de 1945 cuando describió en un conocido texto de extremada belleza, la sorpresiva presencia de las masas trabajadoras  en la historia patria.

Ya en El hombre que está solo y espera (1931) presentía la fuerza humanizadora del conjunto. Un hombre sencillo, entre otros hombres, va caminando por la calle Corrientes. Tranquilo, de cultura escasa, de modales algos bruscos pero afables, cruza Florida, pasa Maipú, y entra a un café de la calle Esmeralda: “Allí está con un camarada en el fortín de la amistad (…) ya hay algo nuevo en ese amasijo informe de la amistad. Por primera vez, el hombre está junto al hombre”(115/116). Está solo, pero va camino a la muchedumbre. No falta mucho y la manga seguirá  su marcha “indiferente al agotamiento individual” (130/131).

Llegado a Política Británica en el Río de la Plata (1940), persiste en intuiciones cada vez más claras. Sostenía que las verdades individuales no obran en la dinámica social “si no se delimitan y conexionan a sus semejantes, es decir, si no obedecen a una vibración del espíritu nacional”. ¿Acaso, el 24 de junio de 1931, en Noticias Gráficas no había sostenido que las rebeliones populares son expresión de la “conciencia del pueblo (que) sabe adónde va aunque lo ignore cada uno de individuos que lo componen”?

Por eso, ya en 1950, reafirma que “son las multitudes argentinas las que deciden en última instancia superando lo individual con una agudeza e intuición estupenda. Casi siempre han aventajado a los gobernantes y quienes no la interroguen a diario, en vano  intentarán ganar ascendente en ella” (Latitud 34, 3/1/1950). Lo deslumbra una visión: el individuo sólo cobra sentido cuando descubre su razón de ser disolviéndose en la muchedumbre innúmera. Celebra la alegría de aceptar que apenas somos un “panadero”(una semilla voladora, un germen) caído, no en la existencia, sino en seno fecundo de la historia cuyo sujeto histórico real es el pueblo. Si, como sujetos aislados, andamos en confusa desorientación, como comunidad organizada seguimos la marcha “por sobre todos los intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales”.

 2.- La política de la chinche flaca

La relectura de Scalabrini Ortiz me transportó, asimismo, a otra evocación. En tiempos niños, todavía se usaban colchones de lana con sus pupos y bordes cosidos con agujas colchoneras, camas con “elásticos” de metal, catres de lona con dobleces clavados con tachuelas. Entonces, cada tanto, había que asolear camas y colchones. Luego, con agua hirviendo, se ahuyentaban y mataban las chinches invasoras. Decían, también, que en las camas de los hoteles baratos, las chinches torturaban viajeros y viajantes. Scalabrini Ortiz que, como agrimensor, recorrió el interior del país,  aprovechó la experiencia para auscultar qué pasa cuando la militancia es reemplazada por cargos y figuración. Sucedió siempre. Por eso él eligió la política de la chinche flaca. Sacada de los entresijos de la cultura popular, publicó esta parábola en la revista Qué, el 3 de junio de 1958:

“Ud habrá dormido en algunas de esas pocilgas que se llaman hoteles. Habrá luchado alguna noche contra las chinches y observado qué difícil es matar a uno de esos fastidiosos insectos cuando todavía no ha chupado sangre. Usted aprieta la chinche entre los dedos. La refriega y la chinche continúa como si le hubieran hecho una caricia. En cambio, si la chinche ha comido y tiene su panza hinchada, basta una pequeña presión para exterminarla. Bueno, yo sigo la política de la chinche flaca y por eso nada pueden contra mí, ni nada pueden hacer en mi favor. Para situarse en las líneas del magnetismo nuevo (enfrente de todas las jerarquías y los intereses predominantes) es indispensable estar limpio de ambiciones y de codicias. Por eso, quienes primero abrirán las sendas de los hechos nuevos serán los humildes, los desmunidos, los trabajadores. Para estar junto a ellos, latiendo al ritmo de su pulso, los que no somos naturalmente ni humildes, ni trabajadores, sólo tenemos una norma posible: la política de la chinche flaca.”

Hay épocas en que necesitamos chinches flacas y en que abundan las chinches “hinchadas”. Los que en el momento de las vacas gordas disfrutan cargos y prebendas simulando ser militantes, pero que, a la primera dificultad, se pasan de bando, traicionan, son fáciles presas de carpetazos, de aprietes, y andan buscando pretextos para aislarse de “la manga”. Agotados individualmente, no se animan a perderse en la poderosa “nube negra” que avanzará inexorablemente hacia su razón de ser. Son los “chupasangre”, los panza llena, y, ante las más pequeña presión, revientan, enchastran, son exterminados.

Scalabrini prefirió el desconocimiento y la pobreza por sobre el éxito y la riqueza:“¡Lo que me ha costado no hacerme rico! Desde rechazar incitaciones demoníacas, hasta enemistarme con medio mundo, recibir títulos de “raro”, “romántico”, yo tan luego que percibo a la Argentina como una realidad palpable al simple contacto de mi piel”. (Latitud 34, 03/01/1950).

En “Esperanza para una grandeza” (véase: Los ferrocarriles deben ser argentinos), refiriéndose a las multitudes del 17 de octubre, como viejo auscultador de “la manga”, dice: “Aquella era la expresión de una voluntad nacional cuya intensidad e íntima propensión quizá sólo alcanzaron a comprender los habituados a auscultar las más recogidas y sensibles latencias de los pueblos. Escuché las conversaciones de varios criollos y las arengas de los oradores improvisados. No encontré a nadie que se acordara de sus problemas personales. Eran hombres sin necesidades: inmunes al cansancio, al hambre y a la sed. Decían: Aquí comienza la revolución de los pueblos sometidos. Aquí se inicia la rebelión de los que estuvieron doblegados.”

Así fue, como tras la Revolución Libertadora, fue perdiendo uno a uno sus lugares de trabajo. Como en un dominó trágico, fueron cayendo uno a uno los diarios, periódicos y hojas partidarias que acogían sus colaboraciones. Primero fue El Líder, luego el El Federalista, le siguieron De Frente y, por fin,  El 45: “En enero de 1956 se cerró la última tribuna. Me quedé sin tener un solo lugar donde escribir”(Galasso, 154). Incólume, siguió a rajatablas “la política de la chince flaca”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba

 Fuentes consultadas:

BARES, Enrique, 1961, Scalabrini Ortiz. El hombre que estuvo solo y espera, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor.

GALASSO, Norberto, 1998, La búsqueda de la identidad nacional en Jorge Luis Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, Rosario, Homo Sapiens Ediciones

SCALABRINI ORTIZ, Raúl, 1940, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Editorial Reconquista.

                                              ,1964, El hombre que está solo y espera, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1965, Los ferrocarriles deben ser argentinos, Buenos Aires, A.Peña Lillo Editor

                                              , 1973, La Manga, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1973, Tierra sin nada, tierra de profetas, devociones para el hombre argentino, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

 por Jorge Torres Roggero (Artículo publicado en la revista El Avión Negro, Córdoba)

1.- Los Homoglobos

En el quincarlos-faytto círculo de su viaje a la oscura ciudad de Cacodelphia, Leopoldo Marechal nos arroja, aferrados a una soga y entre violentas ráfagas, sobre una multitud de “hombres de goma inflados casi hasta reventar”. Son los Homoglobos. Sus gestos, fríos y solemnes; su discurso, “un verdadero camposanto de lugares comunes”. Está relatando la invención del Personaje o Figurón. El Personaje no es un “ente real” sino un “ente de razón” inventado por alguien. La esencia del Personaje es precisamente su falta de esencia, el vacío absoluto. Un Personaje bien cocinado habla siempre con supuesta idoneidad tanto de la situación de Medio Oriente como de la cocina egipcia o las internas peronistas.

Esta cosa pensaba mientras leía un artículo de Claudio Fantini, “La exclusividad de la impudicia” (La Voz, 01/11/ 2014) en que, tras “cartonear” en el basural a cielo abierto de la bibliografía más gorila, se solaza en numerar las impudicias peronistas. Lo que los demás deben ocultar, postula, los peronistas lo pueden ostentar. La culpa es de la “sociedad” que lo permite, que siente pánico ante el poder que detesta a los pusilánimes y “vive con la sensación de que solo el peronismo sabe sujetar el poder”. El artículo es una elegía, una lamentación anacrónica, una añoranza del golpismo, un solemne auto sacramental para ofrecer justificaciones a cualquier intento desestabilizador.

En eso estaba cuando terció Jauretche. Según el forjista, los figurones son el resultado de una técnica de fabricación: “La firma del personaje, o la simple aparición frecuente y destacada en los grandes diarios, sirven para construir el prestigio, prestigio que una vez logrado sirve a su vez para prestigiar las ideas y los hechos que el prestigiado apoya con su autoridad. Así constituido, el “figurón” va afirmando su personalidad a través de la cátedra, el libro prestigiado por los mismos medios, las academias, los premios científicos y literarios, las instituciones que consolidan el renombre adquirido (…) Es toda una construcción artificiosa y regulada cuyo acceso se logra a medida que se acredita la obsecuencia al aparato, y se da la certidumbre de que responderá con el prestigio que se le presta, dando prestigio a su vez”.  Y aquí es donde entra a tallar la historia del “doctorcito del sombrero aludo”.

2.- El doctorcito del sombrero aludo

Como siempre, Arturo Jauretche no se anda con vueltas para ilustrar su pensamiento. En 1958, proféticamente, nos mostró el nacimiento y los primeros pininos de un personaje que en nuestros días da mucho que hablar y que él había catalogado ya en épocas de FORJA. Decía Jauretche: “Para que mis lectores vean, por ejemplo, cómo se fabrica un personaje, los voy a invitar a que sigan la publicidad periodística sistemática que se le está haciendo a una llamada “campaña de educación democrática”, cuyo objeto es ir fabricando con tiempo un nuevo personaje que lo será, a la distancia, aunque sea una “distancia larga”, como decía Balbín, un mozo que fue candidato a la presidencia de la República y que desde luego tuvo prensa favorable.

“El personaje que están fabricando es un doctorcito Fayt que un día, con el título nuevecito, un sombrero aludo de esos de ribete, y tres guantes, los dos para ponerse y el de llevar en la mano, se apareció en FORJA y se afilió. “Pidió en seguida la tribuna y se la dimos tres veces. A la tercera lo llamé y le dije: “Vea, joven, usted no entiende lo que es FORJA, porque usted es un liberal crudo y su puesto está en el Partido Socialista. Acerté, porque actualmente actúa en el mismo y habla, habla, habla; ¡la pucha si habla!, y tiene prensa a bocha como que La Nación y La Prensa le dedican todas las semanas su buen cuarto de columna. Están fabricando un comodín, como hay tantos”.

Jauretche escribía esto en polémica con la Revolución Libertadora. Los profesores peronistas habían sido expulsados de la universidad. El decreto 6043 de Aramburu prohibía que fueran admitidos en los concursos. José Luis Romero, interventor en la Universidad de Buenos Aires precisaba aún más las restricciones a: “Los que hayan propuesto o participado en actos individuales o colectivos, encomiando la obra de la dictadura, realizados dentro o fuera de la Universidad, invocando o no su condición de universitarios”. El pretexto puede ser Perón o, en su momento, Yrigoyen. Pero el objeto es siempre el monopolio de la universidad por el pensamiento anti-nacional y oligárquico.

Recordemos. El 5 de setiembre de 1930, el decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA dictó una resolución en que asume como propio “el imperativo enunciado, en forma indeclinable por la conciencia juvenil, de exigir la renuncia del Presidente de la Nación, Sr. Hipólito Yrigoyen y la inmediata restauración de los procedimientos democráticos dentro de las normas constitucionales”. El decano golpista era Alfredo L. Palacios y los secretarios Julio V. González y Carlos Sánchez Viamonte. Tres personajes del socialismo cuya “transparencia” dice haber heredado “el doctorcito de sombrero aludo”. Son los famosos “maestros de juventud”. Gracias a ellos, los estudiantes reformistas apoyaron los golpes que voltearon los gobiernos populares de Yrigoyen y Perón.

En 1955, hubo jueces (Orgaz, Galli, Soler, Busso) dispuestos a avalar cualquier medida contra el pueblo y la patria. El “cansancio moral” que pretextaban nos les impidió declarar la constitucionalidad del Decreto-Ley 4161/56 que prohibía cualquier alusión a Perón, su esposa, y su doctrina. Ante el cuestionamiento a las sanciones impuestas a un periódico que elogiaba la obra de la Fundación Eva Perón y el pedido que se declarara inconstitucional la sentencia porque reprimía el derecho de expresar por la prensa aquello que, “bueno para unos y malo para otros, había quedado incorporado a la historia política del país”, la Corte desechó el reclamo. Consideraba absolutamente razonable que, en un período post revolucionario, las autoridades surgidas de la revolución establecieran restricciones a la propaganda contrarrevolucionaria, a la exaltación de las doctrinas y del estado de cosas que dieron origen, precisamente, a la revolución. Y pensar que, en nuestros días, la Corte avala las cautelares que blindan el poder hegemónico de las grandes corporaciones mediáticas, financieras y económicas.

Fruto tardío de la restauración oligárquica de 1955, sombra inasible del doctorcito al que Jauretche profetizó una “distancia larga”, el Dr. Carlos Fayt persiste en recitar la melopea que lo autoconstruye como personaje impoluto y letrado. Lo poco que sabemos de él proviene del reportaje concedido a la revista Lecciones y Ensayos de la Facultad de Derecho. Veamos cómo explica su llegada a la cátedra universitaria en la Universidad de la Plata y, luego, en la UBA.

“Producida la revolución que depone a Perón, dice, se designan interventores en las universidades y están libres las cátedras. Yo recibo la invitación del designado Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata para hacerme cargo de la cátedra de Historia de las Instituciones Representativas, pero también estaba vacante la de Derecho Político. Al poco tiempo de desempeñar la primera, hablé con el Decano y le dije que me parecía que iba a ser más útil en la segunda, me interesaba más la cátedra de Derecho Político. (…) Después de esto me ofrecen la cátedra que estaba vacante, que era la única que existía, en la Capital Federal, es decir, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, me refiero a la cátedra de Derecho Político”.  Como es fácil advertir, el relato contiene una especie de milagro: se depone al tirano, se intervienen las universidades y, maravillosamente, las cátedras quedan libres, en oferta para “doctorcitos de sombrero aludo”. Nada dice de la persecución a los docentes (aún a los no peronistas), nada de las proscripciones, nada del asalto impune a las organizaciones estudiantiles peronistas, nada de la entrega descarada de las cátedras y cargos universitarios a socialistas, comunistas y algunos radicales “reformistas” y a sus “maestros de juventud”. El “personaje” Fayt todavía era socialista. En 1969, Jauretche agrega esta nota a su predicción de 1958: “A estas horas, 1969, ya está fabricado, en profesor universitario, concurre a toda clase de congresos y es personaje en puerta para académico. Reemplazaría a los Sánchez Viamonte y a los Linares Quintana ya muy deteriorados por el uso, y bolillas demasiado conocidas”

Estaba recogiendo los frutos de la “campaña de educación democrática” encarada junto a su maestro, Carlos Sánchez Viamonte, autor de un libro de Derecho Constitucional que fascinó a Fayt. Sánchez Viamonte, feroz antiperonista, fue autor de un Compendio de Instrucción Cívica. Y ese es el costado comercial de las campañas de educación cívica del doctorcito y su maestro. Tras la caída de Perón, se instauró en la escuela secundaria la materia Educación Democrática y, hasta en las escuelas religiosas, el manual obligatorio fue el de Carloncho Sánchez Viamonte, socialista, pero de “familia patricia” y alta sociedad.

A Fayt tampoco le fue tan mal. Según él, durante la Revolución Libertadora, en sus campañas de educación democrática, “se proporcionó tribuna a los sin tribuna”. Fueron una experiencia de tolerancia, civilización política y participación popular. Sin embargo, algo calla el “doctorcito de sombrero aludo”: en ese momento, millones de peronistas estaban proscriptos, ni siquiera podían pronunciar el nombre de su conductor sin marchar presos. ¿Qué democracia predicaba? Por cierto, nada de denuncia sobre fusilamientos, torturas, operaciones masacre, clausura de periódicos, derogación por decreto de la Constitución. Tampoco cuenta un episodio frecuente en sus jornadas cívicas: a veces, los pibes de la naciente juventud peronista en la resistencia le arrebataban el micrófono, gritaban “¡Viva Perón!”, y salían corriendo para no ser detenidos.

Eso sí, tras un viaje a Europa para orientarse sobre cómo organizar su materia, logró sistematizarla en sus libros de Derecho Político, textos canónicos en las facultades de derecho. Y como Sánchez Viamonte, escribió también su Compendio. Fue, confiesa, “un acto de amor a los estudiantes”, “para facilitarles las cosas”. Con esa sinopsis “podían recordar esa materia y repasarla en dos horas antes de dar el examen”. El éxito lo “convierte en un clásico” y en texto obligatorio en universidades de Paraguay y Perú. En Argentina, más de once ediciones. Buen negocio el de la democracia y la transparencia socialista: un compendio, una prolija recopilación de teorías sin sustento en nuestra realidad, dan pingüe ganancia en universidades y facultades en que los profesores simulan ser apolíticos y los alumnos recitan de memoria.

3.- El Guinness de la incoherencia

En los últimos tiempos, el doctor Carlos Fayt, ahora de 97 años, vocal de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se ha convertido en el centro de una polémica político-judicial en virtud de que se mantiene en el cargo pese a su avanzada edad. Distintas voces del gobierno consideraron que el juez debería dejar el cargo, e incluso desde el propio Poder Judicial crecen los comentarios sobre su real capacidad para ejercer sus funciones puesto que ya no concurre asiduamente el Palacio de Justicia de Plaza Lavalle.

Ya vimos cómo la revista Lecciones y Ensayos le dio pie, en una larguísima entrevista, para que se autoconstruyera como personaje de la democracia. Sin embargo, el eje predominante en sus memorias, es un acendrado antiperonismo. Su libro Naturaleza del Peronismo, si nos atenemos a la autobiografía, es apenas una inocente compilación en que hace gala de una generosa amplitud en la elección de los colaboradores. Sin embargo, la introducción, de 130 páginas, es un manual de antiperonismo. De acuerdo a su criterio, el peronismo, que carece de entidad propia, puede obedecer a tres factores:

1-El peronismo es simplemente Perón; o sea, “el peronismo sería un producto de la voluntad de poder del coronel Perón”.

2.-El peronismo es la versión argentina del fascismo italiano. “El peronismo sería un producto del nacionalismo argentino, que convirtió a las masas obreras en su instrumento, despojándolas de su espíritu de lucha”.

3.-El peronismo fue una necesidad histórica y sería la expresión de la lucha de los nuevos sectores de la clase media y de los sindicatos, pero como meros instrumentos. Para Fayt, “el peronismo es por naturaleza un movimiento fascista y totalitario, de un paternalismo elemental y directo”. Siempre, confiesa, “critiqué a los partidos -al peronismo y al radicalismo- que compran votos”. Por eso, en su libro no habla de la soberanía argentina sino de la “sobornería” argentina.

En este momento, el juez Fayt, Homoglobo ilustre, sigue respondiendo, ya mecánicamente, a las instituciones que le consolidan el renombre adquirido y lo “necesitan vivo”. Es conocida por todos la acordada que “re-re-reeligió” a Lorenzetti como presidente de la Suprema Corte de Justicia desde marzo de 2016 cuando todavía le faltaba un tercio de su mandato. La irregularidad de esa reelección adelantada puso de manifiesto que el Dr. Carlos Fayt no concurría desde hacía un mes al Palacio de Justicia y le llevaron todo redactado para que lo firmara en su casa. Jorge Caballero, en una nota de Tiempo Argentino titulada “La corte de la minoría automática”, pone en dudas la idoneidad del juez. “No son, dice, sus habilidades pasadas o el ritmo de su respiración lo que está en discusión”. La pregunta, sostiene, “es si Fayt entiende lo que firma o le hacen firmar un documento que “lo ubica en un lugar cuando estaba en otro”.

Comentando esta nota, la Presidenta CFK, ante la andanada de republicanismo y transparencia democrática de Clarín y la oposición que denuncian ataques a la Justicia por parte del gobierno, demuestra la contradicción de la corporación mediática y desestabilizadora. En efecto, el 24/08/1999, Clarín criticaba que no se aplicara la cláusula constitucional de los 75 años en el conocido “fallo Fayt” que exime al juez, en aquel entonces de 81 años, de cumplir con dispuesto en el artículo 99, inc.4to., denuncia la actitud corporativa del Poder Judicial y la declara contraria a la “voluntad política de los legisladores y los constituyentes”. La contradicción entre la postura actual de Clarín y la de 1999, según la Presidenta, “merece el Guinness de la incoherencia”.

Volviendo a Marechal: la historia del Homoglobo, o Personaje, o Figurón, que se aliena a tal punto que deja de ser el mismo para “pillársela” y pasar a ser la ficción de los intereses que lo construyen y le insuflan la bolsa de oxígeno del prestigio, se titula en realidad: “Invención y muerte del Personaje”. Muerte del “Personaje”, entiéndase bien. Nosotros sólo nos entretuvimos en desatar el pico del globo para que silbe al aire y escape de su envoltura. Su pneuma será bendecido por Monseñor Poli que llamó a Fayt “venerable y sabio letrado” y advirtió que, al cuestionarlo, se vulneraba “el orden constitucional” y las “normas éticas fundamentales de la convivencia pacífica”. ¡Otra vez la Libertadora!

“Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba.”(Hipólito Yrigoyen)

Imagen libro jauretcheSegún J. J. Hernández Arregui, Jauretche “realizó en Buenos Aires diversas tareas y unió la característica rapidez mental del porteño (…) con aferradas raíces provincianas, que impregnan sus escritos de una gracia sencilla e inconfundible. Es uno de los periodistas polémicos (subrayamos) argentinos más eficaces, dotado de una intuición certera para comprender los problemas y organizarlos en la idea central que ha ocupado su vida: el país argentino. Su acción política, literaria y humana, cubre con su personalidad abundosa la literatura de FORJA y le da esa tónica profundamente nacional que ubica al movimiento en un lugar único dentro de las ideas políticas en la Argentina. Desde el punto de vista popular, FORJA fue Arturo Jauretche, creador de slogans y propulsor de tumultos juveniles. A él se deben los vocablos incorporados al pensar nacional directo, como ‘cipayos’, ‘vendepatrias’, ‘el estatuto legal del coloniaje’, etcétera.”

Era nuestra intención obviar el recuerdo de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), nos parecía redundante. Sin embargo, tres razones nos mueven a perfilar los caracteres de este fecundo movimiento juvenil que sentó escuela en nuestra historia política al inculcar (las doctrinas se inculcan, no se enseñan) su apotegma básico e inicial: “Sentir y obrar como argentinos”.

1) Es el mismo Jauretche quien nos induce a ser redundantes cuando en la introducción del Manual de zonceras argentinas (1974) asegura que “redundar es necesario, porque el que escribe a ‘contra corriente’ de las zonceras no debe olvidar que lo que se publica o se dice está destinado a ocultar o deformar su naturaleza de tales. Así, al rato no más de leer lo que aquí se dice, el mismo lector será abrumado por la reiteración de los que las utilizan como verdades inconcusas”.

2) Si como dice León Bloy (1975) todo hombre es “simbólico y en la medida de su símbolo es que resulta un viviente” y la historia es como un inmenso texto litúrgico “donde las notas y los puntos valen tanto como versículos y capítulos enteros”, recién cuando se cumple una vida o un destino, podemos saber “qué ha venido a hacer a este mundo”. Hoy podemos afirmar que FORJA fue el acontecimiento nuclear del destino que debía realizar Jauretche. En lenguaje de L. Bloy, FORJA fue su acto libre y necesario, a la vez, de lo que resulta una “armonía incomprensible entre el libre albedrío y la presencia”.

Según Hernández Arregui, Jauretche junto con Scalabrini Ortíz, representaban el ala de “acción proselitista popular” y la “proyección en las masas del esclarecimiento nacional”. Era, además, el fundador de un lenguaje cuyo principal exponente expresivo estaba constituido por el tan vilipendiado “slogan” que pasaremos a llamar “apotegma”. El apotegma, en efecto, puede ser un instrumento de propaganda bastarda. Pero también ha sido siempre, en todos los pueblos, el discurso vivo de las doctrinas; en ese sentido, es adoctrinamiento tomando la palabra, para usar un término marechaliano, en sentido “mejorativo”.

¿Por qué, nos podrían preguntar, el apotegma es el discurso de las doctrinas? Respondemos:

porque “las doctrinas, básicamente, no son cosas susceptibles sólo de enseñar, porque el saber una doctrina no representa gran avance sobre el no saberla. Lo importante en las doctrinas es inculcarlas, vale decir, que no es suficiente conocer la doctrina: lo fundamental es sentirla, y lo más importante, amarla.” (Perón, 1971)

Una doctrina implica, por lo tanto, conocimiento, sentimiento y mística y está relacionada con la acción, porque ella surge del ejemplo.

Los que tienen bien claras las síntesis doctrinarias enarbolan, según Perón, una sólida verdad o creencia que da como resultado la “unidad de concepción”. Por eso “marchan unidos a los que sienten y obran como él y se conduce a sí mismo”, es decir, “lleva en su mochila el bastón de mariscal”. Con esto queremos decir que FORJA (cuya conducción asume Jauretche en 1940) constituye el acontecimiento nuclear de su vida, y por lo tanto, un contexto básico capaz de marcar todos los signos con que a lo largo de su existencia tratará de aprehender el duro sentido del acontecer histórico argentino. En FORJA halla una causa por la cual luchar, por la cual vivir y morir, porque toda causa está siempre en el comienzo, en el proceso y en el significado final de un destino, ya se manifieste en un plano personal, grupal, nacional o ecuménico. Recordemos que también Yrigoyen predicaba la “unidad de concepto” como base de la militancia radical. Para él, el radicalismo era un Movimiento histórico que vuelve a las bases espirituales y sentimentales de la Nación y no sólo una simple parcialidad política. Más aún, es la “concepción política como mística humana y no como simple partido”, es la “religión civil de la Nación, una fraternidad de profesos, un planteamiento anterior y superior a la simple parcialidad” (Del Mazo, 1951; Yrigoyen, 1984).

3) La tercera razón que nos mueve a resumir las aspiraciones básicas de FORJA es que constituye, en la historia argentina moderna, el único ejemplo de regeneración política del movimiento nacional (al menos hasta ahora).

A través de FORJA se descubre el hilo conductor que une la cultura criolla ancestral con los dos grandes movimientos de nuestra historia en el S.XX: el yrigoyenismo y el peronismo. Ellos significan, en conjunto, la manifestación de nuestras posibilidades creativas, el atisbo de la potencia que germina en la oscura y denostada entraña de la chusma y el aluvión zoológico.

¿Qué era FORJA? Hernández Arregui señala algunos de sus rasgos típicos.

1) Volver a colocar como centro de la vida personal, social, económica y política, a la Nación. Se unía así a las tradiciones federalistas de la Argentina criolla de antes de 1852.

2) Retorno al contenido originario de los postulados de la Reforma Universitaria de 1918 entre cuyas exigencias había una que rezaba de la siguiente manera: “En adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien.”  (Manifiesto de Córdoba, 1918)

Ciertamente, la trilogía precedente no parece expresión de un materialismo reductivista, Funciona, más bien, como engarce con respecto a una vieja cultura que no se funda en el interés, la competencia o la producción como fin. Los jóvenes reformistas mezclaban el culto de los maestros griegos con la pasión anarquista. Saúl Taborda (1918), uno de los ideólogos de la reforma, postulaba, en Reflexiones sobre el ideal político de América, que los únicos maestros dignos de tal nombre eran Platón y Kropotkin. Taborda denunciaba, asimismo, la “plebocracia” irigoyenista. Es una contradicción que explayaremos más adelante: la Reforma Universitaria era inconcebible sin las masas plebeyas del irigoyenismo, pero los estudiantes se opusieron, conspiraron y festejaron la derrota de los gobiernos populares tanto de Yrigoyen como, posteriormente, de Perón.

3) Un importante rasgo de FORJA es su carencia de influencias europeas inmediatas (rasgo que no comparten nuestros nacionalismos) puesto que sus raíces se hunden en el doctrinarismo de Yrigoyen. Es decir, en aquello que no fue enseñado sino inculcado con la palabra y el ejemplo del primer conductor del S. XX.

4) Usando una expresión de Jauretche, podríamos asegurar que no eran “novios asépticos de la revolución”, sino que cifraban las esperanzas de una Nueva Argentina en la acción de las masas populares. En otras palabras, venían a mostrarnos que la realidad efectiva es más amplia que nuestros esquemas que más de una vez se han paralizado de horror ante un descamisado porque no figuraba en ningún texto europeo ni capitalista ni marxista. Jauretche pensaba que la revolución no es como una casa nueva recién pintada y con jardín al frente. Por lo contrario, todo está en construcción y por terminarse. Por eso “el viejo revolucionario debe resignarse a ser un espectador donde creyó ser actor de primera fila” (1984).

“Su actitud en ese momento es la prueba de fuego; ella nos dice si el luchador estaba en lo profundo de los acontecimientos que reclamaba o sólo en la superficial, pues debe resignarse al drama del silencio, tironeado entre lo que anda mal y el mal que hará al proceso que ayudó a crear si lo combate pues pronto es arrastrado a la posición de sus adversarios irreductibles”.

Ese es, sin duda, un error irreparable, porque “una cosa son las críticas a las imperfecciones del proceso y otra el plan revanchista de los vencidos por la historia”. Ese es un momento de sumo riesgo. Si se niega a sí mismo, puede convertirse en instrumento de la revolución antinacional.

6) Por su enfoque nacional y latinoamericano era natural en los forjistas una posición antiimperialista frente a la hegemonía británica y las pretensiones norteamericanas. Su enfrentamiento era frontal y totalizante: comprendía una confrontación cultural.

En síntesis, resulta imposible hablar de descolonización del pensamiento en Argentina sin hablar de FORJA que fue el último bastión del radicalismo ya entregado al pensamiento colonial y a la oligarquía. FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) fue fundada en 1935. Su proclama postulaba que:

 “…el proceso histórico argentino en particular y el americano en general revelan la existencia de una lucha permanente del pueblo en procura de su soberanía para la realización de los fines emancipadores de la Revolución Americana, contra las oligarquías como agentes de los imperialismos en penetración económica, política y cultural, que se oponen al total cumplimiento de los destinos de América” (CALGARO: 1976).

Reconocen que la Unión Cívica Radical fue desde sus orígenes la fuerza destinada a realizar la soberanía popular y los fines emancipadores; que, en ese momento, a raíz del golpe oligárquico de 1930, han recrudecido los obstáculos para el ejercicio de la voluntad popular y por lo tanto se ha agudizado “la realidad colonial, económica y cultural del país”. Por ello es necesario precisar “las causas y los causantes” del enfeudamiento argentino al privilegio de los monopolios extranjeros, proponer los modos de reivindicación y adoptar una “táctica de lucha” de acuerdo a la naturaleza de los obstáculos. Desde esos principios y de acuerdo a esos fines, los jóvenes radicales se dirigen a todos los argentinos “que aspiran a invertir sus esfuerzos en la construcción de la Argentina grande y libre soñada por Hipólito Yrigoyen”. De tal modo, FORJA canceló la concepción abstracta de unidad y emancipación nacional y la desplazó hacia los hechos concretos.

En esa línea, Jauretche se distingue como el propulsor del carácter netamente popular de FORJA. Fue creador de “eslóganes” y protagonista de tumultos juveniles. A él se debe una retórica basada en la realidad e incorpora expresiones que luego serán bandera de lucha de las jóvenes generaciones: “cipayos”, “vendepatria”, “estatuto legal del coloniaje”, entre otras.

Los muchachos de FORJA colocan como centro de la vida personal, social, económica y política a la nación mediante la puesta en movimiento de la democracia federal de las montoneras del S.XIX. Retoman los postulados americanistas de la Reforma Universitaria de 1918, simpatizan con las posturas del APRA, apoyan la campaña continental de Manuel Ugarte e influyen en MNR boliviano (Paz Estensoro). Su apego a la realidad desnuda destruye sin compasión los esquemas de intelectuales, políticos y grupos minoritarios que todavía se paralizaban horrorizados ante los chusmas, los chinos, los guasitos del campo, los gringuitos de la chacra. Germinaban todavía en el subsuelo los descamisados, cabecitas y grasas. En 1945, los forjistas les darían una bienvenida alborozada. Es que, a pesar de ser universitarios, ponían especial énfasis en la “universidad de la vida”.

Los críticos suelen asegurar que FORJA carece de ideología y no les falta razón. Los forjistas postulan la primacía del debate y de la acción política. Ellos abrazan una causa, la viven y la formulan como un balbuceo. Pero ese balbuceo es el inicio de un pensar propio, de una razón ajena al racionalismo impuesto. Producen, por lo tanto, una ruptura del discurso alienado para dejar que se manifieste la lengua viva del pueblo. Jauretche practicará el “difícil arte de hablar fácil”.

            De tal modo sus enunciados devienen signos de inmediatez. Sus palabras son una resonancia del amasijo informe de la realidad y, a la vez, la multiplicidad deforme de la imagen que devuelve el espejo resquebrajado de la patria. Parten de una realidad que “pronuncian” y al pronunciarla, afrontan acusaciones de pesimismo. Ponen de manifiesto que los medios de comunicación y transporte, las empresas monopolizadoras del comercio exterior, la mayor parte de las empresas de servicios públicos, las más grandes estancias, las mejores tierras de la Patagonia, todas las grandes tiendas, todas las empresas que tienen ganancias y están protegidas por el Gobierno Argentino, los directores del Banco Central que manejan la moneda y el crédito y las Islas Malvinas son inglesas. Pero también la educación, los grandes medios periodísticos, las instituciones culturales, las sociedades de escritores, han sido tomados por el pensamiento colonial. Porque el sometimiento ocurre primero en las mentes. Por eso el dominio colonial no necesitó en Argentina un ejército de ocupación: la oligarquía se ocupó de organizar las instituciones y las leyes para favorecer el dominio extranjero y reprimió con saña todo intento popular de rebelión. El intelectual ejerció con eficiencia, a cambio de prestigio y prebendas, su principal función en el aparato legal del coloniaje: oficiar de policía epistemológica sobre la mente de los argentinos. Así fue cómo se consumó la ominosa separación entre lo que se piensa y lo que se vive. Mientras, los “radicales fuertes” resistían la política de Marcelo T. de Alvear y denunciaban la convivencia de los falsos dirigentes con las fuerzas imperialistas: “…desde el 6 de septiembre, el país llegó a ser desembozadamente la factoría de los trusts que habían pagado el alzamiento”.

            Los forjistas se reunían en un sótano para discutir la realidad nacional, elaboraban sus panfletos y luego realizaban actos relámpagos en las esquinas. La policía los disolvía, a veces metía presos a algunos, pero volvían a reagruparse en una especie de guerrilla epistemológica destinada a denunciar el imperialismo, el fraude, la explotación y la colonización cultural. Algunos historiadores dicen que, en realidad, nadie los escuchaba y que su influencia fue mínima en el accionar posterior de las masas populares. Tendríamos, sin embargo, que reivindicar en ellos una actitud poco frecuente en los intelectuales por más des-coloniales que parezcan: la humildad que les permitió, en su momento, perderse en un codo con codo en la inmensa marea de la muchedumbre del 17 de octubre de 1945. No se consideraron artífices de revolución alguna, no tomaron ninguna pose de iniciadores de nada, no reclamaron méritos ni reconocimientos. Como alguna vez reconoció Jauretche, la cuestión se resolvía de un modo simple: “¡Humildad, humildad, y menos cientificismo y mejor conocimiento de la realidad!” (Jauretche, 1984)”. En realidad, el postulado forjista predica que la supuesta carencia teórica no excluye el desarrollo de una doctrina nacional y aun de carácter general. Pero la condición es que nazca de la naturaleza misma de la nación y se proponga fines acordes con la misma: “Promover un modo nacional de ver las cosas como punto de partida previo a toda doctrina política del país, precisamente lo inverso de lo que hacían los partidos de doctrina”.

Los intelectuales coloniales, según Jauretche, consideraban al hombre una entelequia, una abstracción y no se reconocían en el hombre de carne y hueso que está a su lado. Derramaban lágrimas y discurseaban encendidas protestas por todas las muertes violentas que se producían en el mundo. Sin embargo, en 1955, cuando fusilaban obreros ante sus propios ojos, las palabras más injuriosas y los calificativos más denigrantes para los masacrados insurgieron desde el campo intelectual. De ahí que, en tren de caracterizar algunos rasgos perdurables de los forjistas, Jauretche sostiene que los que han actuado en FORJA, cualquiera sea la línea política que hayan seguido, siempre lo hicieron dentro de la línea nacional. Los forjistas renunciaron a toda posibilidad de preeminencia personal. Se dedicaron a la docencia cívica en un momento en que todas las perspectivas nacionales estaban clausuradas por la traición del radicalismo. Lo mismo que los movimientos federales del S.XIX, carecen de doctrina explícita y de programa, de definiciones formales. Predominan las soluciones intuitivas dictadas por los acontecimientos (historia real) y las aspiraciones nacionales (populares). Son una pequeña minoría que intentó recuperar el radicalismo para su función histórica y no lo logró. Tampoco pudieron confirmarse como una fuerza política de sustitución. Fracasaron. En ningún intento tuvieron éxito material. Pero, dice Jauretche, comprendieron, por fin, que su aporte al pensamiento argentino consistía en practicar un método y un modo de conocer la realidad y de señalar el rumbo cierto de una política nacional. Como los mestizos, indios y mujeres de la independencia, vencen con sus derrotas. Mantienen viva la brasa invisible en las cenizas, auscultan el corazón de la Argentina latente. Convencidos de que los hechos unifican y las abstracciones dividen, esperan confiados los vientos de octubre. En las dictaduras, al desaparecer el pueblo del Estado, por genocidio o por escarmiento, el país real es sepultado. Entonces aparecen aquellos que llaman saldo exportable a los faltantes del consumo popular. Proclaman una divisa fuerte para un pueblo débil; y reducen el poder de compra para que el mercado interno no interfiera en el precio de las exportaciones:

 “Los estancieros argentinos tiraban manteca al techo en cabarets de París, tal vez la manteca que faltaba en los hogares argentinos. Y 1910 es su momento cumbre, la euforia de la granja constituida como nación” (1984).

Ya en 1956, durante otro golpe militar, ocurrió el primer genocidio del siglo XX en Argentina. Pero, confiesa Jauretche, ningún intelectual del mundo movió una tecla para protestar. Claro, eran “cabecitas negras”, “descamisados”, “malevos peronistas” y para el saber colonial no entraban en ninguna de sus “categorías modelizadoras”. Por eso Jorge Luis Borges se negó a firmar un petitorio a favor de Ernesto Sábato, que, a pesar de no ser peronista, había renunciado a la dirección de Mundo Argentino tras denunciar las torturas aplicadas a los obreros peronistas y estas fueron sus razones: “Después la gente se pone sentimental porque fusilan a unos malevos” (29/06/1956, Bioy Casares, 2006).

 Las palabras de Borges, sacadas de su contexto burlesco, obedecen a la misma matriz intelectual que el decreto 4161 del 5 de mayo de 1956. En él se dispone la prohibición del pensamiento peronista cualquiera fuere su soporte: “imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrina, artículos y obras artísticas que pretendan tal carácter o pudieran ser tenidas por alguien como tales”.

Américo Ghioldi, líder del Partido Socialista, ante la resistencia de los obreros peronistas, justificó las masacres de León Suárez, de Lanús, de Berisso, de tantos otros lugares y los quince mil presos, con la sentencia: “La letra con sangre entra” y, demostrando que había leído Macbeth, incitó a la represión indiscriminada con una adaptación “lácteo-sangrienta”, dice Jauretche, del odio de la señora inglesa: “Se acabó la leche de la clemencia”.  He ahí un terreno fértil para los intelectuales que, desde los campus del norte, especulan sobre los avatares de la descoloniedad. ¿Por qué no hablar del odio al pueblo como matriz colonial del poder y por qué no llamar por su nombre a los “profetas del odio”?  Patalear en el suelo de la historia viva es “actualizarse” porque es en ella cuando se sabe si uno es colonial o descolonial. Postular la teoría cuando ya todo pasó, no tiene gracia. Según Jauretche, en 1945, los socialistas, que siempre habían hablado de la “blusa obrera”, se horrorizaron cuando vieron por fin las masas revolucionarias porque venían “descamisadas”; y los comunistas, novios eternos de la revolución, le exigieron “certificado pre-nupcial”. Por eso para arrebatar la cultura de manos de los coloniales hay que decir las cosas como se dicen en el café, en la casa, en el trabajo. Así se podrá salir de la trampa.

            El pensamiento colonialista, postula Jauretche, intenta adaptar los hechos nacionales a los “cuadros sinópticos” confeccionados con lo que pasa afuera. Habrá que bucear testimonios directos o aviesamente ocultos porque su “rumor no se ha apagado para quien se recuesta, con el oído pegado a la tierra en que nació, y oye el pulso de la historia como un galope a la distancia” (1967).

            En un país colonial se enseña a ver la historia fuera del espacio y del tiempo. Se pierde de este modo conexión con la realidad y, con ella, la noción de la continuidad e “inmediatez del país presente con el de ayer”. Aunque, por supuesto, “saber cómo fueron las cosas no implica olvidar que lo pasado pasó” (1967).

             La colonialidad del saber consiste, de acuerdo a este criterio, en llamar intelectual, no al que ejercita la inteligencia, sino al ilustrado en cosas nuevas. Son los que aclaran a cada rato su “actualización”: “los estudios actuales”, “en la actualidad”, “la crítica actual”. Jauretche propugna que para llamar a las cosas por su nombre será necesario desaprender y como decía Scalabrini Ortiz: “perforar las olas de lo contingible, resistir la compresión, soportar el ahogo y discernir en la profundidad” (1973,26):

“La incapacidad para ver el mundo desde nosotros mismos ha sido sistemáticamente cultivada en nuestro país. No pretendo desdeñar los factores lógicos que hacen gravitar lo universal, sino señalar cómo se ha evitado la compensación natural con lo propio y la síntesis equilibrada en la expresión de nuestra personalidad. De aquí que el iletrado se desoriente mucho menos que el             culto cuando trata nuestros    problemas “in-concreto”. No lo digo en elogio del analfabetismo, como apuntará maliciosamente alguno,       pero sí en demérito de la mala ilustración.” (JAURETCHE: 1967)

Jauretche postula que la cultura, la civilización, los derechos del hombre se refieren en la mentalidad del poder colonial, en lo íntimo de su pensamiento y hasta en su subconsciente a una humanidad de muy estrechos límites. Hay metrópolis, hay centros de poder, hay imperialismo internacional del dinero, hay etnocidio electrónico ejercido con violencia sobre aquellos que pertenecemos a “un suburbio de su ciudad humana”. Por eso Jauretche piensa que los ignaros, los humildes, que se regulan por las normas vivenciales de la proximidad histórica, económica, geográfica, cultural, aciertan con más eficacia que los “chicago boys” y toda la caterva de “boys”, en nuestros problemas porque su “método se parece más al método de la ciencia”. La Libertad es su libertad. Su economía es el efecto que percibe y “perciben los de su gremio, su clase, su ciudad, su provincia, su nación”.

FORJA nació de una semilla echada en la oscuridad de la cárcel, después de la fracasada revolución de Paso de los Libres. Nace en 1935, crece y fructifica a lo largo de diez años, hasta que en octubre de 1945 vuelve a la tierra de donde salió y se pierde en ella: la muchedumbre innúmera cuerpo grandioso y comunitario, según Scalabrini Ortiz, del Espíritu de la Tierra.

Los forjistas abrazan una causa, la viven, y la formulan con un balbuceo. Ese balbuceo es un germen de luz de futuras proyecciones, es el comienzo de un pensar propio, de una razón que no será racionalismo impuesto.

Como decía Oliverio Girondo (1968): “la tartamudez es preferible al plagio”. La palabra FORJA supone también una fe: la fe en la palabra que emana del acontecer específico e irreductible de nuestra Patria.

En el momento en que Europa comenzaba a manifestar las evidencias de la declinación de su proyecto histórico, estos jóvenes venían a proclamar la fe en el destino argentino, a destruir la distancia entre el dicho y el hecho.

¿Por qué era una fe? Porque como decía Scalabrini, sus palabras:

“podrían haber sido embellecidas, adecuándolas a técnicas comprobadas de retórica, pero así se hubiera desvirtuado su fealdad primitiva de germen. El germen no se talla sin riesgo de destruir el tiempo venidero que la vitalidad de su misteriosa estructura contiene. He preferido el germen vivo a la perfecta talla inerte.”

FORJA es, entonces, la ruptura de un discurso enajenado para dejar que se manifieste la lengua viva de la Patria. Por eso se proyectan más allá de los golpes de Estado y las dictaduras, como la palabra latente del pueblo.

En una época en que los marxistas llamaban fascismo a toda tentativa social que enarbolara como divisa la bandera argentina y en que los nacionalistas denominaban marxismo a todo intento de descifrar el enigma de la invisible cadena económica que nos uncía, los hombres de FORJA se comprometieron con los perdedores, con los ayunos de poder, de dinero y cultura, para ganar el alma y el corazón de la Nación, la imagen sin sombras de la Patria.

Jorge Torres Roggero (Cap. V, del libro Jauretche, profeta de la esperanza)