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Introducción y recopilación: Jorge Torres Roggero

Rabino Pinto1.- Los místicos y los mensajes de lo alto

Los problemas del  CoronaVirus, ¿fueron profetizados en el libro de Ezequiel?  Así parece demostrarlo un rabino místico residente en Marruecos. Para quienes estamos inmersos en la adoración de los ídolos del anarcocapitalismo, seguramente sus palabras resultarán el corolario de un exaltado pensamiento mágico. Ello sucede porque hemos perdido la facultad de conectarnos con los mensajes de vienen de lo Alto, de respirar el misterioso aliento del Espíritu.

Apabullados por lo fáctico y coyuntural de la historia profana, prisioneros del pensamiento metonímico (causal) vagamos ayunos de otras lógicas posibles que suelen manifestarse con fuerza en la cultura popular. En ella, por ejemplo, tiene una especial resonancia vivencial la palabra “mística”. También los poetas, casi desangelados, captan, en medio dolorosas búsquedas, fragmentos luminosos de esos misteriosos mensajes.

Ahora bien, aún en las épocas más oscuras, en todas la religiones, perviven, a veces ignorados o desoídos, “los justos”, ciertos hombres o mujeres, estudiosos de los textos sagrados y entregados a la oración para preservación del pueblo que les da cobijo. En este aspecto, es sumamente rica nuestra cultura judeocristiana tal como lo atestiguan las Sagradas Escrituras. En todas las época surgieron del medio del pueblo sacerdotes, jueces, reyes, pastores analfabetos, que, arrebatados por una hierofanía, fueron elegidos por el Misericordioso para enviar mensajes a la humanidad, sobre todo, cuando las culturas se entregaban a los desenfrenos de la idolatría. Hoy, sin duda, el ídolo es el dinero y su séquito de perversiones gobernando el mundo desde las bóvedas blindadas de los bancos, desde la invisibilidad de los circuitos virtuales. Son las cuevas inasibles donde las masas hambrientas  y la naciones traicionadas son sometidas  por el Imperialismo Internacional del Dinero.

Hubo épocas en Occidente en que, en grandes ciudades de España, Italia, Francia, y otras, sabios cristianos, judíos y musulmanes desentrañaban juntos, en oración y estudio, los libros sagrados y sacaban conclusiones para la historia concreta. Todo se ha oscurecido. Quizás sea conveniente revisar, en esta época, el papel, en la historia sagrada, de las mujeres como guías y profetisas del pueblo: ¿cómo no recordar a Myriam, Ana, Débora, Judit y muchas más? ¿O la madre de Jesús de Nazaret y las mujeres que seguían al maestro por los caminos de Tierra Santa? ¿O las Santas Doctoras como Hildegarda, Catalina de Siena, Teresa de Jesús o la discípula de Husserl, monja carmelita y víctima de la Shoá Santa Edith Stein? No siempre el elegido es el más santo, sino quien está listo para recibir y  transmitir el mensaje. En este caso, el rabino Pinto, descendiente de una familia de sabios con capacidad de hacer milagros, ha cometido algunos deslices de los cuales se arrepintió públicamente. Consejero de las élites económicas, con una fuerte impronta jasídica  y cabalística, es también un benefactor de los más humildes que siguen sus enseñanzas.

Quien esto escribe es solo un literato. Quizás un mal lector. Sólo quería introducir, desde la poética, esta  noticia que encontró en Radio Jai, transcripta del Israel News. La presento con pequeñas variantes impuestas por una necesidad narratológica.

2.- La visión del rabino

Transcribo: “El surgimiento del coronavirus ha sido sorprendentemente rápido. El 31 de diciembre, el gobierno de China trató los primeros casos del coronavirus que aparecieron en la provincia de Wuhan. Las primeras muertes fueron reportadas solo once días después. Diez días después, el virus se había extendido a otros países de Asia y un día después de eso, se informó el primer caso en los EE. UU. Un mes después de ser informado los primeros casos, la World Health Orgaization declaró emergencia sanitaria global y se impusieron restricciones a los viajes.”

A principios de enero, cuando el coronavirus era un problema poco conocido en un lejano remanso de China, el rabino Ioshiahu Yosef Pinto, un rabino místico israelí de fama internacional que actualmente vive en Marruecos, anunció haber tenido una visión.

“Todos saben que soy muy cuidadoso con lo que digo”, dijo el rabino Pinto a sus seguidores en un discurso grabado. “En Shabat, tuve una visión que no era para nada simple. Está a punto de producirse una enorme conmoción en el mundo en la escala del asesinato de un líder mundial o los ataques terroristas del 11 de septiembre. Será una escala muy difícil y vendrá en formas que son muy difíciles. Todos los judíos deben reunirse y fortalecerse para orar y arrepentirse. El mundo sufrirá una conmoción que pasará a la historia como una de las peores. Esto comenzará en unos pocos días. Tenemos que comenzar ahora mismo para endulzar el juicio”. Sin duda, glorificar al Altísimo es un poderoso refugio: “Servirás a Hashem tu Dios, y Él bendecirá tu pan y tu agua. Y yo quitaré la enfermedad de en medio de ti”. (Éxodo 23:25, La Biblia de Israel ™)

“La semana pasada, el rabino Pinto hizo una declaración confirmando que su visión era sobre el coronavirus: “Es importante no permanecer ambivalente”, dijo el rabino Pinto. “Debemos estar preparados. Lo que está sucediendo en China se está convirtiendo en una catástrofe global y las consecuencias llegarán a casi todos los rincones del mundo. Esto pronto quedará claro para todos. No estoy tratando de asustar a nadie. Solo vengo a decir la verdad. Desde el brote, decenas de miles han muerto en China, millones han estado retenidos en cuarentena durante varias semanas. Los que no mueren por la enfermedad mueren de hambre. Pronto, el suministro de alimentos se agotará y las fuerzas de seguridad se darán cuenta de que también están en cuarentena y tratarán de salvarse”.

 “Muy pronto, la gente comenzará a darse cuenta de que se está ocultando mucha información al público sobre cómo el gobierno está encerrando a las personas en sus casas. Estamos entrando en el período más difícil que el mundo ha experimentado en varios siglos”.

“La economía del mundo está equilibrada en China, pero China está al borde del colapso total. Todas las tiendas que venden productos chinos deberán cerrar. Ya no hay China tal como la conocemos. Esto ya ha sucedido. Los únicos productos chinos que tenemos en las tiendas son los que estaban en los depósitos antes del virus. Y habrá aún más plagas, más epidemias. China estará completamente en cuarentena”.

“El rabino citó una fuente profética para el coronavirus: “Derramaré mi ira sobre Sin, la fortaleza de Egipto, y destruiré la riqueza de No. Encenderé fuego a Egipto; Sin se retorcerá de angustia y No se desgarrará; y Noph se enfrentará a los adversarios a plena luz del día (Ezequiel 30:15 -16). En hebreo moderno, ‘Sin’ (סין) es el nombre de China.”

“Sé que lo que digo es aterrador, pero cada uno de nosotros tiene que rezar por el mundo entero, encender velas y buscar el perdón de Dios. Necesitamos orar por la redención como nunca antes”.

El rabino Pinto dijo varias palabras de consejo: recomendó que tuviéramos mucho cuidado de no tomar préstamos o contraer nuevas deudas. En una declaración separada, el rabino Pinto aseguró a sus seguidores que a Israel le irá mejor que a otros países. “Cada nación tiene su ángel designado que es responsable de lo que le sucede a la nación, ya sea para bien o para mal. Cuando los ángeles pelean, hay guerras en la tierra entre esas naciones”.

Cualquier judío que deba viajar en este momento debe prestar especial atención a leer las secciones de la Torá que tratan sobre los vagabundeos de los judíos en el desierto. También debe aprender las secciones de la Torá que tratan sobre el incienso en el tabernáculo, ya que era una protección contra la enfermedad, pero esto solo se debe aprender durante el día.”

Hasta aquí, el texto de A.E. Berkowitz. Ahora, como decía el maestro Marechal, a pescar “según anzuelo y carnada”. El Rabino Pinto sostiene que cada nación tiene su ángel. También las ciudades cuentan con un ángel protector. En esta ciudad Córdoba del Tucumán, nuestros antepasados dejaron un testimonio de esa creencia. Cuando vayan al centro, párense en la Plaza San Martín, admiren la catedral y observen: en las esquinas de la torres están representados los ángeles protectores de nuestras ciudad. Vestidos con ropas, no de españoles, sino de aborígenes, otean hacia los cuatro puntos cardinales dispuestos a alertar a población haciendo sonar  las trompetas de  portan en sus manos. ¿Son una defensa material, un ornato? ¿O son también un contrafuerte simbólico, un vallado mágico, una muralla espiritual contra los enemigos del alma?¿Podrán ahuyentar malarias y enfermedades?

En fin, como habrán obervado, la exégesis del Rabino Pinto, es sumamente breve y más bien precaria. Pero nos dio la oportunidad de irnos alegremente por las ramas. Juego peligroso. ¿Peligro de caerse? Seguro. Total, como decía mi abuela, “del suelo no va a pasar”. Y ella, cuando rezaba por todos, conversaba con los ángeles y los santos.

Por Adam Eliyahu Berkowitz- Israel news (16/02/2020). Adam Eliyahu Berkowitz es escritor de reportajes de Breaking Israel News. Llegó a Aliyah a Israel en 1991 y sirvió en las FDI como médico de combate. Berkowitz estudió la ley judía y recibió la ordenación rabínica en Israel. Ha trabajado como escritor independiente y dos obras de ficción, The Hope Merchant y Dolphins on the Moon, están disponibles en Amazon. Vive en los Altos del Golán con su esposa y sus cuatro hijos.

Traducido por Alicia Weiss para Radio Jai

Introducción y recopilación: Jorge Torres Roggero

 

por Jorge Torres Roggero

Imagen (44)1.- Avatares del símil del río

Desde que Heráclito, 500 años antes de Cristo, nos legó un retazo de su pensamiento con el símil del río, los filósofos se encargaron de despojar la sentencia de su valor simbólico (iniciático) y encolumnarla en el pensamiento causal. El río dejó de ser un simbolismo secundario del profundo simbolismo de las aguas y pasó a ser una alegoría del pensamiento causal (la vieja sinécdoque), recurso retórico para expresar la traducción concreta de una idea difícil de captar o de expresar en forma simple.

Platón (en Crátilo) fue el primero en dar la versión que se cita con más frecuencia: “no se puede entrar dos veces en el mismo río” para centrarse en el movimiento del agua. El fragmento del Oscuro de Éfeso dice en realidad: “En el mismo río entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)”. Heráclito se centra en el juego de las contradicciones opuestas y complementarias que rigen el universo: el río cambia (corriente) y no cambia (cauce) que es lo permanente  y guía la dirección del agua. Como no es tema de estas líneas, resumamos: el cauce del río es el Logos que “todo rige”, la “palabra” que ordena y organiza el cosmos: ¿puede existir una “unidad armónica” hija del azar y de la ciega fatalidad? ¿Hay una ley fatal regida por odio? ¿Hay una ley del corazón regida por el ritmo sagrado de la totalidad viviente? ¿Por qué dice Heráclito que “El pólemos ( la guerra) es el padre de todas las cosas”? ¿Cómo el conflicto es al mismo tiempo armonía, “respiración”  del universo? Pero veamos otro río.

Alguna vez, en nuestros desvelos escolares, nos topamos con un río trágico. Es aquel de Jorge Manrique que nos interpelaba, adolescentes, con la rotunda verdad de la conciencia de la muerte. ¿Quién no se levanta, alguna mañana, recitando inconscientemente, disfrutando belleza y palpitando finales: “Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar,/ que es el morir:/ allí van los señoríos,/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos;/ y llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos.” Da mucho rollo para escribir la estrofita. Por ahora, se la dediquemos, solemnemente, a Magnetto et caterva.

Siguiendo con las alegorías recordemos que nuestra Patria tomó su nombre de un río. Cuando era chico me rompía la cabeza para saber por qué el Río de la Plata era  “el río epónimo”. En 1910, Lugones lo enalteció como creador de “nuestro linaje”. “A tu linaje/ como en la gloria mágica de un cuento,/ ser habitantes del País del Plata/ con orgullo magnífico debemos”. Y ya refiriéndose al destino solar y civilizador que el iniciado Lugones atribuía a nuestra patria, lo emparienta con los ríos sagrados: “Moreno como un inca, (…)/  formas con el Ganges de los dioses/ con el Danubio azul de los Imperios,/ la noble tribu de aguas que penetra/ de cara al sol en el Océano intérmino/ como mueren los héroes antiguos/ en la inmortalidad de un canto excelso”.

Así la cosa, como literatos, no nos deja de halagar que llevemos el nombre de un poema: La Argentina del lujurioso arcediano del Barco Centenera. Allí se habla del “argentino reino”, del “argentino río”: “De nuestro río Argentino y su grandeza/ tratar quiero en el canto venidero”. Sabemos que el Río de la Plata fue una trágica obsesión de los conquistadores, río de miserias y hambrunas, donde, según Borges, “ayunó Juan Díaz y los indios comieron”. Oviedo, el primer cronista de Indias, lo llama “una de las más notables cosas del universo” que esconde secretos y  tesoros. Por eso lo consagra “como una esperanza en lo de adelante”. Los herederos del nombre (no en vano relativo a la “edad de plata”), andamos todavía en busca de esas “cosas misteriosas”. Nuestros escritores trataron de descifrarlo en vano hasta en sus afluentes: El Mar Dulce,(Roberto J. Payró), El río oscuro (Alfredo Varela), La ciudad junto al río inmóvil (Eduardo Mallea), El río de las congojas (Libertad Demitrópulos). Son muchos más y alargaríamos la lista en vano. ¿Qué decir de los autores jóvenes del Conurbano que, en sus novelas, transitan simbolismos de aguas contaminadas que “zombifican”, producen monstruos teratológicos y catástrofes (Berazachussets de L. Ávalos Blacha, El campito, de D. Incardona)? Aunque tengo más rollo por si se precisa dar lazo como dice el sabio Martín Fierro, vuelvo, tras algunas aproximaciones que podrían ser incontables, a ciertas alegorías actuales del río

2.- Mauricio Macri: el río del cambio sin brújula

Macri, desde su reposera de Villa la Angostura, nos invita a brindar “por el tiempo que está por venir” de modo que, el año nuevo, sea un “nuevo comienzo”. Su propósito evidente es alentarse a sí mismo y alentar a sus seguidores que se derriten en lamentaciones “porque el cambio que comenzamos a hacer en 2015 quedó inconcluso”. Y aquí viene la alegoría. Dentro de la lógica cotidiana, nada puede detener que las cosas cambien. El cambio es una ley fatal y es independiente de los gobiernos. Pero el cambio por sí mismo no garantiza algo mejor. Para Macri, el cambio es la “dirección en la que íbamos”, o sea, “todo igual pero más rápido” como le confesó Vargas Llosa. El cambio, supone, es una “fuerza transformadora de la época”. “Dirigirse hacía ahí”, obedecer a “la energía del cambio”, son todas apelaciones aspiracionales sin referencias concretas (destino, dirección, lo no existente o sea el futuro). En once renglones repite nueve veces la palabra cambio sin definirla, salvo “la dirección en que íbamos”. No hace falta definir ese cambio: los argentinos lo sentimos en cuero propio. Solo el vano consuelo de estar incluidos en la expresión vulgar: “todo cambia”.

Ante la necesidad de decorar el vacío de su pensamiento, Macri (o sus redactores) recurre a la tradicional alegoría del río: Si tuviera que usar una imagen diría que el cambio es como un río. Avanza de forma imparable. Si el río encuentra obstáculos, los supera. Si esos obstáculos son grandes se desvía todas las veces que sea necesario pero siempre vuelve a su rumbo. El zigzag no cambia ni un milímetro el destino del río. Es más, a veces, cuando un obstáculo trata de encerrar al río, el río se acelera, adquiere más fuerza y se vuelve más poderoso. Por eso, entremos en esta época nueva que comienza con la alegría y la convicción de saber que el cambio nos llevará al destino que anhelamos. El río avanza sin parar.”

Muy extraño el río del cambio. Cuando se desvía, cómo hace para volver “a su rumbo” si no sabemos nada del cauce. ¿Cuál es el destino del río? ¿Cuál es el obstáculo? ¿El obstáculo acelera? El río nos llevará al “destino que anhelamos” porque el “cambio” es un río que “avanza sin parar”. Somos un río sin cauce, una fuerza ciega, que va, ¿a dónde? Falta el sustrato cultural que, cuando es auténtico, comprende tanto a la cultura popular como a la ilustrada, y además una historia y una filosofía de la historia.

3.-Juan Perón y los aluviones del pueblo

Juan Domingo Perón (Descartes), en su libro Política y Estrategia  recurrió a la alegoría del agua que fluye y a la fuerza del cambio. El símil aparece en un capítulo titulado “Lucha contra los pueblos”.

Para ello hace pie en una premisa que sostiene que los dirigentes políticos piensan que ellos “son quienes dirigen y encauzan la evolución de los pueblos”. Obsérvese cómo en el texto citado ya está la imagen del río. En efecto, Perón dice “encauzan” y no es una falta de ortografía: “encauzar” significa “abrir cauce”. No se refiere a “encausar”, de “causa”, o sea lo que está en el pasado.

En realidad, dice Perón los que “abren cauce” son los pueblos: “Es así como las grandes transformaciones político-sociales se encauzan por los grandes movimientos populares que llevan a “LA HORA DE LOS PUEBLOS”. En las grandes revoluciones, postula, “los hombres son el instrumento del pueblo y las oligarquías se destruyen o desaparecen”.

Y aquí viene la parte del texto en que se nota que Perón, a diferencia de Macri y sus amanuenses, atados al sentido común de una clase media seudoilustrada, es poseedor de una cultura humanista superior. Tiene, por lo tanto, una mirada abarcadora de la historia de la humanidad. Plantea, entonces, que la historia del mundo “ha sido la lucha del pueblo con la oligarquía”. Considera que Grecia, Roma, Edad Media, son sólo largas etapas de esa lucha. Por su parte, la Revolución Francesa y la Revolución Rusa “son dos fases violentas que la patentizan”. Por último,  quedan los imperialismos actuales que sólo son nuevas etapas “de los pueblos en lucha contra la esclavitud interna e internacional”. La conclusión de la introducción no deja dudas, no es el vacío de contenido, no es la indeterminación estéril o el optimismo bobo: “Hoy, como en todas las épocas de la historia universal, deben vencer los pueblos”. Como decía Heráclito, el “pólemos”, “padre de todas las cosas”, se realiza en sujetos históricos concretos. Y aquí viene la alegoría del río de Perón que él llama “la táctica del agua”: son los aluviones del pueblo como la famosa sudestada de octubre que inmortalizó Scalabrini Ortiz, cuando el río de las congojas entró a la ciudad:

“Muchos han despreciado el ingenio y el poder del pueblo, pero, a largo plazo, han pagado caro su error. Los pueblos siguen las tácticas del agua. Las oligarquías, la de los diques que la contienen, encauzan y explotan. El agua aprisionada se agita, acumula caudal y presión, pugna por desbordar, si no lo consigue, trabaja lentamente sobre la fundación minándola y buscando filtrarse por debajo; si puede, rodea. Si nada de esto logra, termina en el tiempo por romper el dique y lanzarse en torrente. Son los aluviones. Pero el agua pasa siempre, torrencial y tumultuosamente, cuando la compuerta es impotente para regularla. Con los pueblos pasa lo mismo, los dos,  torrente o pueblo, son fuerzas de la dinámica universal y actúan con leyes y mecánicas semejantes. Los viejos diques del imperialismo, las oligarquías y las plutocracias comienzan a ceder, esta vez en el mundo, como cedieron en Francia en 1789 y en Rusia en 1918 ante el impulso incontenible y avasallador de los pueblos”.

Evidentemente en el texto de Macri, fuere quien fuere su autor, hay un plagio clandestino y vergonzante al texto del General. Se lo desvistió de todo lo concreto y verdaderamente significativo. En Perón, el obstáculo o dique tiene nombre propio: oligarquías, imperialismo, capital y poder político, dentro de cada pueblo hay procesos en marcha (cambio). Se refiere a la historia concreta que está viviendo el Continente Americano: a la lucha de Getulio Vargas (Brasil), Velasco Ibarra(Ecuador), Paz Estenssoro (Bolivia), Ibañez (Chile). De un modo u otro, con distintas formas de ejecución, en plena guerra fría, era tratar de que los imperialismos no metieran “a los pueblos detrás de la cortina del dólar”. Al final del capítulo, Perón nos regala una yapa. Es “La parábola de la gallina”. Alguna vez la hemos expuesto y merecería un tratamiento especial que prometemos.

Para concluir y, como un modo de relajarnos, rescatamos el uso humorístico de la “orilla del río”, otra posible alegoría,  por esta copla popular rescatada por Leda Valladares y María Elena Walsh: “A la orilla de un hombre/ estaba sentado un río/ afilando su caballo/ y dando agua a su cuchillo”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 5/2/20

por Jorge Torres Roggero

Imagen (40)1.- La energía del símbolo

En 1955, poco antes de la hecatombe septembrina, Leopoldo Marechal leyó en  LRA Radio del Estado una conferencia que tituló “Simbolismos del Martín Fierro”. Al poco tiempo, la furia antiperonista lo convirtió en el  “poeta depuesto”. Recién en junio de 1972 el escrito fue resucitado por el diario La Opinión bajo el título: “Un texto desconocido de Leopoldo Marechal”. Sostenía el autor que el poema dejaba “entrever”, paralelo al sentido literal, un sentido simbólico. Agregaba que no era menester que José Hernández haya tenido un propósito claro de dar a su poema un sentido simbólico: bastaba con que la materia de su arte guardara en sí la potencia del símbolo.

En efecto, según algunos, entre ellos Hegel, en el lenguaje mismo debemos reconocer una contradicción inherente puesto que, estando destinado a expresar una experiencia individual, sólo puede expresar la universal. Esta intrínseca tensión, individual/universal, desata las metáforas lexicales y gramaticales con que el poeta se esfuerza  por superar un obstáculo originario y fundamental. Para ello, mediante un amnesia súbita, rechazará lo signos convencionales, anteriores a su propia experiencia, que le propicia el canon y los reemplaza por lo individual inadecuado y lo objetivo impropio.

Se convierte así en un gesticulador, en un fabricante de tropos (tropator, trovador) en busca de “ciertas capas profundas no reveladas por los signos arbitrarios que carecen de relación directa con la experiencia individual y que establecen otra forma de comunicación verbal”(Fónagy).

Esta operación es un dejarse estar en la pura sobrevivencia. Los poetas argentinos de la llamada generación del 40, por ejemplo, la transponían como regreso a la infancia. Infans es el que no habla. “Cuando esto ocurre -postula Iván Fónagy- algunos eslabones de la cadena escapan de la exploración del pensamiento consciente y el producto expresado, el término metafórico mismo, es tanto más sugeridor cuanto más ambiguo”.

Esa es la razón por la cual la poesía les presenta un problema en cierto modo insoluble a los lingüistas que se meten con ella. Las operaciones fonético-sintácticas, las transferencias léxicas o gramaticales, se vuelven difíciles de definir. Algo nos dice que la realidad es “otra cosa”, que esa “otra cosa” está en “otra parte”. Iván Fónagy sostiene que el trabajo de tropator del poeta se asemeja al de los amantes: evitar que el beso se convierta en besamanos, en homenaje cortés, desmotivado y triste. Esa gesticulación incesante, “gesticulación prosódica”, es el estilo individual: mensaje permanente, motivo básico de articulación y armonización de un acorde múltiple.

A este volumen de vida se referían los poetas de “La carpa” cuando consideraban a la poesía “flor de la tierra” y, a la vez, expresión de un grupo social: “Sentadas las premisas de que la Poesía es flor de la tierra y que el poeta es la más cabal expresión del hombre, asumimos la responsabilidad de recoger por igual las resonancias del paisaje y los clamores del ser humano (ese maravilloso fenómeno terrestre en continuo drama de ascensión hacia la Libertad, como el árbol).

Esta desea ser, pues, poesía de la tierra, empeñada en soñar para este mundo un orden sin barrotes, ni hambre, ni sangre derramada. Cuando la angustia de lo exterior está cerrando el camino de la poesía ella se arma de espinas, en legítima defensa. Sin embargo, el nuestro no es arte de combate. Es sí poesía en lucha, en crisis, ya que el término no nos asusta ni escandaliza.”(AGON, 1953,70)

Por eso recoge no sólo los mensajes particulares del género (mero carácter lineal del discurso, series), sino el griterío espantoso, la polifonía seminal, el concierto armonioso de los mensajes que se llaman y se responden con el nombre desnudo de las cosas.

Es esa polifonía la que permite al poeta enviar mensajes, tirar botellas al mar incesante tanto de la conciencia clara, como del subconsciente y del inconsciente. Refugiado en un mundo verbal, mediante la gesticulación prosódica y sintáctica, “el poeta se esfuerza por introducir algunos fragmentos dispersos de lo real”.

Este intento de comunicar lo incomunicable convierte a la razón poética en instrumento de conocimiento y en camino de libertad para afrontar épocas de crisis.

Estas reflexiones me acosaban cuando leía, con fruición, los poemas de País de Leandro Calle. Rastrear símbolos en País puede constituirse en un viaje infinito. Interminables itinerarios entrelazan una red numerosa y dialogante: la contienda entre olvido y memoria, la historia como academia biodegradable y como presencia viva, cuerpos opacos y cuerpos luminosos, los cuatro elementos en la disolución o reconstrucción de la Patria. La poesía como camino hacia un sentido profundo donde los significados se convierten sin cesar en significantes de nuevos y acuciantes sentidos.

2.- El pájaro quemado y las alas del ángel

Iniciarse en la lectura de País  es sumergirse en las “correspondencias” de Baudelaire, es pasar por un “bosque de símbolos” que nos observan con “miradas familiares”. Implica dejarse iluminar por los poderosos misterios que hierofanizan en palabras tan simples como aire, fuego, tierra y agua. Constituye una especie de praxis alquímica que nos exige transformarnos y perdernos en los laberintos de la multiplicidad en busca de ciertos saberes y goces solo asequibles a quienes se animan a mirarse en el espejo quebrado de las realidades profundas.

Los poemas, en donde todo pasa, están siempre defendidos por conjuros de poderoso aliento. Son breves sentencias inapelables. La defensa mágica de la entrada al libro-laberinto predica  acerca “del dolor del otro/ el otro dolor/ que duele”. El dolor del otro supone comunidad, patria/país y, a su vez, el anuncio de una herida profunda en el cuerpo social, un puntazo en el espacio tiempo y la necesidad de transmutación.

Por eso el “Poema 1” marca el predominio de los símbolos que expresan los sentidos contradictorios y vivos del aire y el fuego: “El fuego crece cuando crece el fuego/ y en el medio del fuego están los pájaros”. El fuego es sol, es corazón, es centro. Es luz y calor, pero también quemadura y humo. El juego de las contradicciones es una confusión trágica. La luz “enloquece”, la noche “arde”, todo es una pira de “ansiedad y humo”. El aire, el “aliento”, es fragua y sombra. Combaten los opuestos. Las aves personifican el aire. Son ánima (ánimal), soplo. Ellas deben atravesar “el dolor del aire”. La luz vibra y es voz , sonido, pero es “afónica luz”. En la quemazón universal “las aves van llorando” mientras el incendio “seca las lágrimas” y las convierte en amarga sal.

Un dios rencoroso, un Molok terrible, habita el lado tenebroso del aliento (el aire): es un rencor divino que “lastima el corazón”. La realidad difusa y total es fuego destructor. Y lo más horrible: “la memoria que también es fuego,/ quema pájaros tristes de la patria/ y los convierte en peces luminosos/ que van a desovar en el abismo/ de los ojos de un niño que no canta”.

Caídos en el “sin fondo” (abismo, abysos), los símbolos se concretizan en la historia patria. El aire sofocado, el vuelo quemado de las aves, es la memoria de un país que “arde sin arder”. La paradoja se hace presente para desvestir el lado oculto del país (paisaje cotidiano). Lo que arde es el tiempo, la memoria, el viento de la historia. Ese arder sin arder es una situación de extrañeza que genera preguntas: “¿Arde en dulzor como un orgasmo limpio? ¿Duele como el dolor de un pensamiento/ que puja por salir y es abortado?” Todo se quema, lo sórdido junto a lo sublime. Hasta el viento de libertad se ahoga en fuego: “Cuando se quema un pájaro en el monte/ hay un olor a olvido por la tarde”.

Perdidos en esa ardorosa y trágica plurivocidad de símbolos desatados, en estampida, volvamos a Marechal, que se animó a romperse los dientes con su dura cáscara. Como buen cultor de la esperanza, ofreció una salida: de todo laberinto se sale “por lo alto”. ¿Es el camino elegido por Leandro Calle en este poema? Por lo pronto, nos deja en espera “hasta que baje un ángel y despliegue/ el largo de sus alas sobre el fuego”.

En medio del peligro constante, ¿volveremos a respirar “fuego fatuos y dulzores de luz”?

Cómo no acordamos, a esta altura, del “Angelus Novus” de P. Klee que es el “ángel de la historia” de W. Benjamin. Pero esa es una mirada pesimista desde un Centro en derrumbe ante el horror del pasado. Nos parece, más bien, que aquí se perfila el ángel cabalístico del Talmud: ángel de reparación, de redención del daño pasado. El ángel de Leandro Calle no retrocede de espaldas. Parece ser un enviado, baja del cielo, cubre, protege, salva.

3.- Tierra enferma de esperanza

El umbral temático del “Poema 2” profiere: “mi país huele a precipicio”. Y nos anuncia la preeminencia de los sentidos, el cuerpo en peligro. “Este es un país sin rumbo”. Estamos metidos en un viaje sin brújula, en un itinerario de espasmos cuya fibrilación se manifiesta como “un cortocircuito a la altura del alma”.

En alas del viento (aire) se presenta el simbolismo del agua y su poderosa energía. Es agua que desciende, es lluvia y la lluvia se deja caer sobre la tierra y la tierra es cuerpo.

La lluvia, en su aspecto benéfico, “teje sueños”, pero una “feroz Penélope los desteje”. La imagen de la lluvia como algo “de arriba” que cae, como misterioso tejido que desciende, como madeja enredada, es una turbulenta fuerza que baja.  Quizás la hilandera invisible es la multitud caída en el subsuelo de la tierra como semilla. El agua en la tierra es posibilidad de levantarse desde abajo: “Caer en esta tierra, significa/ volverse a levantar”. Se produce la vieja paradoja bíblica: los ciegos ven, los mudos hablan, los cojos corren: “Hemos cavado fosas en las nubes/ hemos buscado el agua, su venaje,/ pero la lluvia hilvana sus mañanas con asidos ayeres de la mente/ metidos en el centro del cerebro”. La caída es trágica, es “hundir la cabeza/ en el orgasmo seco de los muertos”. La lluvia hilvana tiempo ( ayeres); el pensamiento (cabeza) se hunde en un orgasmo seco.

Ahora la tierra es cuerpo y los cuerpos desaparecidos son fantasmas que reaparecen sin cesar: “El cuerpo es un problema en esta tierra./ Aquí aparecen y desaparecen./ Pero cuando aparecen es muy tarde./ Mojados por la lluvia se florecen,/ hay un olor a olvido…”.

Otra vez un mundo kinestésico: llueve luz, pero la luz se pudre. Una desesperación de mil caras nos acosa, pero en lo profundo del cuerpo-pueblo “yace una semilla”. Todavía en los cuerpos hay resabios del “barro original”, “el del principio”. Es un tiempo anterior, cuando las “gotas levantaban el vuelo”, con “residuos de libertad”, “pájaros de agua” y “manantial del aire”. No se ha borrado aún la huella “de un ciego que nos mira fijamente” y que “toca con muñones de luz/ algo de lluvia que tenemos adentro”.

Esta es nuestra tierra, estos son los cuerpos ateridos, desaparecidos, espasmódicos del pueblo: “es una tierra enferma de esperanza”.

Va sin rumbo, es “un cuerpo que choca con las piedras”, es un ser acalambrado: “Sin embargo la lluvia cuando cae/ hace crecer el pasto en la llanura”. Es, de nuevo, dadora de vida, ya ninguna Penélope deshila su tejido frágil, porque también se anuncia el regreso de Ulises: “Ese verdor que nace, pareciera/ Ulises regresando: la victoria”.

4.- El país de adentro

El umbral discursivo del “Poema 3” es una alusión: “la memoria está llena de huesos”. Dos memorias se entrecruzan. Una responde a un mito personal: el entierro del perro muerto, la infancia, el padre, la primera vivencia de la muerte; otra, la memoria histórica. El simbolismo se concentra en el pozo y su axialidad. Cavar, enterrar: es un eje, un centro. Son los adentros, lugar de la muerte desde donde sube la vida.

Por un lado, una escena familiar: el padre va a enterrar el perro y, por detrás, en medio de la noche, el niño de seis años: “Mi padre cava un pozo mientras lloro/ y el perro ya no muere, se está quieto./ El pozo es hondo, la tristeza es honda.” La tierra parece devorar, en silencio, su ración (“como huevos de luz, bebe la sombra”). Padre e hijo entran en una “zona de dolor”.

Repitiendo antiguos mitos, el perro vuelve a ser el guía del alma en el reino de la muerte. El niño toma conciencia de la muerte: “mi llanto es sin consuelo porque entiendo/ que la muerte me espera al otro lado”. Pero también descubre la memoria: “el perro vive en nuestros corazones”. Pero, si vive, ¿cómo podrá salir de entre la tierra?

La labor del padre ha terminado, el perro yace en el centro de la tierra; y, entonces, aparece otro saber: el olvido. Enterrado el perro: “resta cerrar los ojos y olvidar”.

Padre e hijo regresan: “un beso en la mejilla y a dormir”. El niño se duerme , sueña: “El perro habla de flores y frutos”, el perro pregunta a la tierra: “¿Qué vas a darnos tierra, tu silencio?” Entonces el perro, guía en el país de los muertos, “amonesta”, anuncia: “este país se hunde tierra adentro/ en tierra está enterrado, lo velamos/ y el olor a podrido nos asusta.”

El perro guía invita a escarbar en la memoria, a exorcizar, cavar en el país de los desaparecidos. En lo profundo y oscuro, en el reino del llanto, hay una patria entera a condición de no enterrar los muertos en el olvido, de resucitarlos en la memoria: “alza la pala y cava, cava un pozo/ en la medio de la noche y llora./ Busca un hueso de luz. Deja la sombra/ no es el momentos de enterrar los huesos/ ahora es el momento de buscarlos./ Toma la pala y cava. Cava, cava/ hay un país adentro de la tierra”. Hermoso y universal simbolismo el de cavar un pozo. Leandro Calle, a partir de un mito personal de infancia, se arraiga y universaliza a la vez. Como decía Nietzsche: “Don estés, cava profundamente. Debajo de tus pies está la fuente”.

5.- Un país que se va hundiendo

En esta parte cuarta, el poeta arma una portentosa alegoría. Parte de un animal emblemático de los argentinos y del agua en su aspecto destructor. Vuelve el río, pero en plena creciente: “en el medio del río hay una vaca/ país a la deriva su mugido/ donde las patas buscan equilibrio”. El mugido, las ubres, el vientre, las pezuñas, el pecho, son sólo sinécdoques, partes de un todo en declive: “y el río crece más y cuando crece/ la vaca es un país que se va hundiendo”.

El paisaje serrano también es un país “de lluvia, de granizo y de dolor”. La vaca-país se atraganta, flota. El río crece y “la vaca que no hacía nada, ahora nada”. El poeta inicia a deslizarse en el lenguaje. La tragedia de la vaca se potencia a través de la palabra “nada” que puede ser acción, modo, sustancia. La vaca queda atascada entre las piedras y en la muerte, fuera del existir: “Nada la vaca sobre la existencia/ que ya pasó que ya se fue y no vuelve/ hundida nada como si nadara/ como si nada, nada en la corriente”.

La vaca-país ha sido despojada. Sólo queda la osamenta, el “cuero seco abandonado”.

Pero la vaca, en realidad, no ha muerto. Se convierte en mito: “el río crece cuando crece el río/ y en las noches de luna en el verano/ muge una vaca solitaria y triste/ que nada por el aire”. En el paisaje está, invisible, el país como volumen vital. En lo hondo vive: “y comienza a nadar y mientras nada/ no nos sucede nada, todo pasa/ como el río que crece cuando crece/ como nada la vaca cuando nada”.

6.- Del yo al nosotros

El limen del Poema 5 tiene que ver con un bicho de costumbres comunitarias. Minúsculo animal de carga de memoria milenaria (ya el rey Salomón lo pondera) y, por lo tanto de necesario olvido: “la hormiga se olvida de su carga/ y la carga se ocupa del olvido/ el olvido es una memoria que se oxida”. El poema intensifica el uso de la primera persona de plural, la hace inclusiva. Como en el tango discepoleano, estamos todos en el mismo barro: “lo primero es mirarse las manos/ reconocer la mugre, lo viscoso,/ hasta que descubrimos un nosotros/ porque no estamos solos en el barro”.

Mirarse a la cara, reconocer que “la suciedad del otro es también nuestra”. Lo que en los anteriores poemas aparecía como figura, como sombra, se concretiza en un cuerpo difuso (lodo) amasado en llanto. Este sujeto histórico, este cuerpo multitudinario, cobra una poderosa identidad puesto que ha tomado la palabra, ya no es mudo: “¡ Canta , habla ¡”. Un “coro de terracota” resucita en los “proverbios”. Se formaliza en ánfora que resuena “porque la tierra/ mezclada con el agua manifiesta/ la quemadura de algo en los adentros”.

Descubrirse en un nosotros significa caminar por “el borde del miedo y descubrir la fuerza de los vencidos”. Una vez entrado en el ritmo cósmico del corazón, el canto, la voz, el coro, es un fuerza tumultuosa y popular. Como en el antiguo salmo (Salmo 137), los explotadores piden a los deportados, a los raptados, alegría: ¡”Cantad para nosotros/ un canto de Sion!”. Esto es así porque, indefectiblemente, los que se alejaron llorando volverán cantando. La primera persona de plural incluye el canto-lamento de todos: el de la “chica manoseada”, el del “chico con el tiro en la cabeza”. El canto es el pan duro del pueblo, y el agua, y el “frío de las costras, la poesía”.

La poesía es una fuerza de las profundidades pero es, a la vez, el más alto grado de humanidad: “cuando caemos, caemos cantando/ en cambio ellos cuando son vencidos/ caen en la garganta del silencio”.

Ahora ya no un canto solo: es un canto de los que se aman; y se reparte como el pan y la belleza. Solo el enemigo tiembla. Porque no tiene voz, no tiene país (río, árbol, paisaje, sonrisa). El pueblo, un nosotros viviente, siempre vence: “Pero nosotros ¿somos los vencidos?/ hemos caído en el color del canto./ Cuando se trata de caer, cantamos/ cuando se trata de cantar, vencemos.”

La salida del laberinto, tenebroso viaje a los adentros, conquista un don que resume las sombras, las angustias, el fuego devorador, el agua destructora, las asfixias; pero también la esperanza, la victoria y el canto. Como en la ilustración de la tapa, es un “proceso al proceso”. Por eso el apotegma inscripto en la salida o en el alma del viajero lector, es inmemorial y, fuera de todo contexto, poderoso: “tienen muchas cosas/ les falta amor”.

Jorge Torres Roggero, 6 de nov. de 1019

CALLE, Leandro, 2018, País, Córdoba, Alción Editores

por Jorge Torres Roggero

1.- Las dos puntas

CARBON Y YOLas líneas que siguen intentan poner en actividad, no los significados, sino el sentido del viejo dilema sarmientino: civilización/barbarie. Lo voy a referir a una de sus fórmulas más vilipendiadas: libros/alpargatas. Como todos saben, el 16 de octubre de 1945 trescientas mujeres, obreras de los frigoríficos, se congregaron en la calle Nueva York de Berisso. Vivaban a Perón. A ellas se sumaron los obreros. Juntos, iniciaron la larga marcha a la Plaza de Mayo. La columna, cada vez más numerosa, enfiló a La Plata y, al pasar frente a la Universidad, comenzaron a gritar: “Alpargatas sí, libros no”. Luego cantaron el Himno Nacional y concluyeron con silbatinas y burlas. La farsa, el ridículo, la parodia eran ahora un arma. En Rosario, montaron un burro y el jinete llevaba un cartel que decía: “profesores universitarios”. Era el balbuceo que un pueblo que tomaba la palabra como camino para toma del poder y comenzaba a responder con un antidiscurso, potente y rudimentario, al desprecio de las clases autodenominadas cultas.

Con el tiempo, el apotegma fue una y mil veces repetido como un estigma bautismal de la barbarie peronista. En estas épocas de “barbarie ilustrada” (la expresión es del civilizador Juan B. Alberdi) se usa como eficaz falacia para denostar al populismo. En realidad, proviene de una lectura congelada de la categoría sarmientina que su mismo creador se encarga de activar no sólo en diversas obras, sino como polémica interna en el curso de un mismo texto. No son dos polos fijos y cerrados, sino un ir y venir, un va-y-ven, en que se manifiestan las contradicciones que nos otorgan nuestro modo de ser, nuestra riqueza cultural (Varias entradas de este blog tratan este tema).

Kusch llama a este discurso contradictorio que nos representa y nos acosa: “los dos vectores”. El ir y venir encarna, para Kusch, la manifestación de dos pensamientos: pensar causal y pensar seminal. Mientras el pensar causal necesita la verificación constante de la conciencia, el pensar seminal se desplaza, al margen de todo quehacer de la conciencia, en el magma de la sémina redentora. De tal modo, causal y seminal son los extremos de un pensar general. El sujeto requiere, por un lado, la percepción lúcida del objeto; por el otro, cuando la contradicción de torna desgarradora, la afirmación trascendente o plegaria: “Ambos extremos, dice Kusch, son formas necesarias para afirmar la totalidad de la existencia.” En el peronismo, ese modo de ser, se llama armonía y consiste en reconocer que la cultura popular es pensamiento. Más aún, es pensamiento no colonizado. Es, por lo menos, un antidiscurso que, desde una posibilidad no resuelta, encara la tarea de rescatar un pensar total en que pensamiento culto y pensamiento popular son apenas dos aspectos de un solo pensar. Por supuesto, el pensar popular puede no servir para la ciencia, puede resultar confuso. La ciencia nos provee una manera de ver clara, pero la realidad sigue siendo confusa: “El pensamiento popular, sostiene Kusch, dice siempre muchas cosas, el científico una cosa”. Entonces, una vez trazada una urdimbre resistente a la “ansiedad de dominio de occidente”, podemos arrojarnos al ojo del huracán con la certeza de que nada nos va a suceder. Como en la famosa cueca “Las dos puntas” que, en los años 50, Antonio Tormo (1913-2003)  puso de moda, sabemos en “en las dos puntas” alguien nos espera.

2.- El cantor de las cosas nuestras

El rapsoda imaginario de Megafón o la guerra, (Marechal se representa a sí mismo), se define como “el Poeta Depuesto”. Y continúa, “desde fines de 1955 -les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual. En nuestra fauna sumergida existen hoy el Gobernante Depuesto, el Militar Depuesto, el Cura Depuesto, el Juez Depuesto, el Profesor Depuesto y el Cirujano Depuesto. No quedó aquí ningún hijo de vecino sin deponer”. Sin embargo, según el Poeta Depuesto, “las “deposiciones” de una contrarrevolución idiota no suelen ir más allá del significado medicofisiológico que también lleva la palabra y sus muertos civiles gozamos de una salud excelente”.

En secreto, aparentemente desde el desistimiento, el pueblo elabora los fermentos de nuevas formas vitales y expresivas. En la novela de Marechal reviste especial interés la rapsodia en que se relata la asamblea extraordinaria del club “Provincias Unidas”, de Flores. El club había sido fundado en 1948. Como casi todos los fundados en esa época (clubes sociales, deportivos, culturales, con fines mutualistas) aún persisten. Basta revisar la fecha de fundación de la mayoría de los clubes de la B metropolitanas o de las divisiones C y D. Eran espacios de agrupamiento de hombres y mujeres provincianos que se trasladaban a Buenos Aires atraídos por el desarrollo industrial. Como las sociedades de fomento de la época de Yrigoyen, conjugaban solidaridad, biblioteca, diversión y, desde lo comunitario, preservaban “las frescuras autóctonas”. Algunas noches, dice Marechal, “el zapateo de los malambos y el vocerío de las chacareras daban a los habitantes de Flores la sensación muy viva de que se hallaban en un carnaval de Jujuy o en trinchera de Santiago del Estero”.

Pero algo tremendo había cambiado el rumbo de las juntadas provincianas. “Sin embargo, dice el rapsoda, aquellas euforias tuvieron un menguante en 1955, no bien la contrarrevolución “libertadora” embarcó a los cabecitas negras en otros cuidados”. Había comenzado la resistencia.

Entre 1946-1955, la cultura popular había tomado la palabra. Ya no existía un discurso único para dar cuenta de la realidad, de la historia, de la cultura, del arte. Aparecen unas poderosas formas de asociación colectiva: la sindicalización, las multitudinarias conmemoraciones políticas (17 de octubre, 1° de mayo), las populosas formas de diversión (bailes de carnaval, estadios repletos, turismo social), y la expansión de la educación (universidad gratuita, universidad obrera). La sexualidad pierde el aire “fruncido” de la década del treinta en que la “virginidad” era un valor de cambio de las “niñas”. Esto desata la furia de los sectores intelectuales, sociales y económicos que sienten el deterioro de sus lenguajes de pertenencia y el derrumbe de pautas jerárquicas que se suponían eternas: ahora se ven obligados a mezclarse con los cabecitas negras en instituciones y territorios que antes eran exclusivos de unos pocos. Cambian los códigos: vestimentas, comidas, peinados. Los recién llegados llenan las plazas: sirvientas, conscriptos, obreros en disfrute del franco semanal y cambian los hábitos de consumo. Los cuentos de Cortázar, Borges, Anderson Imbert, Murena, Martínez Estrada, David Viñas, dan cuenta con un discurso lleno alusiones despectivas sobre la aparición de estos “monstruos” que ejercen violencia, las más de las veces, sobre indefensos estudiantes y niños burgueses o, en todo caso, afean el paisaje urbano.

Los cambios señalados se manifiestan, asimismo, en el modo cómo la cultura popular selecciona sus lecturas. Hay una recepción nueva de los medios de comunicación masiva: diarios, revistas, libros de quiosco, radio, cine, teatro, espectáculos. Eso comporta nuevas exigencias para los intelectuales y artistas. Despreciados por la “alta cultura” colonizada y desvinculada de las necesidades del pueblo, los artistas populares se convierten en intermediarios de necesidades expresivas inéditas hasta ese momento. Un artista puede vivir dignamente de su trabajo como guionista de películas o historietas, libretos radiales, autor de canciones (Homero Manzi, Cátulo Castillo, Hugo del Carril, Nely Omar y muchos más). Producen, para una industria cultural en auge, entretenimientos sanos que enaltecen el trabajo, la solidaridad, la familia trabajadora, la juventud, la mujer, los niños.

Uno de estos artistas populares fue el mendocino Antonio Tormo. El mestizaje de su repertorio es un claro ejemplo del ir y venir de los dos vectores del pensar total. Sobreviven el arte popular de épocas anteriores junto a las exigencias de las nuevas masas urbanas venidas de las provincias.  A finales de los 40 se produce un boom del folklore. En 1949, el presidente Perón dictó el decreto 3371/1949 de Protección de la Música Nacional, disponiendo que las confiterías y lugares públicos debían ejecutar un 50% al menos de música nativa. En 1953, la ley N° 14226, conocida como Ley del Número Vivo, dispone incluir artistas en vivo en las funciones cinematográficas. El repertorio de Antonio Tormo incluye canciones de poetas y payadores anarquistas (Mis harapos, La Canción del Linyera, El Huérfano, La limosna, entre otras). Persisten reminiscencias románticas (Las quimeras, Dos que se aman, Eterno Amor). Incluye temas que abarcan la cultura popular latinoamericana (Caballo Viejo, La llorona). Es una estética de las regiones: geocultural.  Cuecas y tonadas cuyanas con tonalidades chilenas; aires norteños que expanden la cultura andino-boliviana; chamamés, guaranias, rasguidos dobles unen nuestro litoral con Paraguay, Brasil y Uruguay.

El pueblo consume cultura. El vals “Amémonos” vendió un millón de simples. Un extenso auditorio sigue a Antonio Tormo. “El cantor de las cosas nuestras” congrega multitudes en los clubes. Los cabecitas, nombrados, perfilados, valorados en su arte, responden al cantor con su lealtad y su afecto. Un público fervoroso levantaba pancartas peronistas: se sentían integrados, por el arte, a un proyecto de justicia social, de independencia económica, de soberanía política. Aunque Tormo nunca se declaró peronista, padeció desde setiembre de 1955 la censura y la persecución de la dictadura “libertadora”. Sus discos y actuaciones fueron prohibidos. Pasó a ser un “Cantor Depuesto” más. Con él se silenciaron los audiciones radiales de música folklórica argentina.

En su programa “El canto perdido”, de Radio Belgrano, Buenaventura Luna intentaba realizar una “antología bárbara” del “canto perdido en las tradiciones argentinas”. Ponía en actividad, de ese modo, los sentidos ocultos de la oposición civilización-barbarie de su comprovinciano Sarmiento, cuya versión oligárquica, sumía en el campo semántico de la barbarie a la tradición oral de raíz afro-hispano-aborigen. Decía Buenaventura Luna: “Los provincianos han dejado de ser provincianos vergonzantes y se han animado a entonar las canciones del terruño en todos los puntos de la gran capital”. Advertía, asimismo, cierto desencanto ante lo foráneo y el alborear de un nacionalismo “sin vinchas ni divisas”. Tomemos, entonces, un ejemplo del repertorio del “cantor de las cosas nuestras.

 La canción “El rancho’e la Cambicha” es quizás la más sintomática de esa época. Su autor, el correntino Mario Millán Medina (1914-1977) la había compuesto en 1940 y fue el primer “rasguido doble” de que se tenga memoria. Antonio Tormo la grabó en 1951 y vendió cinco millones de discos. Como la mayoría de las letras del correntino se caracteriza por el tono festivo y humorístico. ¿Por qué prende esta canción entre los “cabecitas”?

La letra puede leerse como el monólogo de un provinciano que se está “vistiendo” para concurrir a un baile en uno de esos locales que denostó Cortázar en un cuento famoso. Se imagina a sí mismo en el Rancho’e Cambicha. Es un experto en las diversas formas del chamamé: “de sobrepaso”, “tangueadito”, “milongueado”. También bailará rasguido doble, “al compás de la acordeona”, “troteando despacito”. Se trata, en realidad, de “un doble chamamé”. Será una “noche de alegría”, “con la dama más mejor”.

El estribillo resalta dos aspectos de la fiesta popular: “la chanza” (“van a estar lindas”) y la seducción: “le hablaré lindo a las guainas/ para hacerlas suspirar”. Se perfila así cierta familiaridad en el trato entre el hombre y la mujer que desecha las formas pacatas de la década infame. La segunda estrofa, a su vez, es una muestra del estado de bienestar de las masas populares. Lucirá “camisa’e plancha”, es decir, de cuello y puño almidonado; estrenará una “bombacha bataraza” (de cuadritos blancos y negros), llevará pañuelo azul celeste, faja colorada y alpargatas nuevas. Son los consumidores recienvenidos. Pero sus colorinches lejos están de la gris y displicente monotonía británica de los sectores oligárquicos, con su corte vergonzante de clase media subalternizada, que se creían únicos dueños de la moda y los modales. Además, el pueblo ha adquirido ciertos hábitos de higiene. Por ejemplo, el uso del agua de colonia. Por eso llevará “un frasco ‘e agua florida para echarle a las guainas”. Más aún, el bienestar se expande y se comparten generosamente costumbres que implican la marca de un hábito de los “cabecitas”: “un paquete de pastillas que a todos convidaré”. El “convidar” como una alegre práctica de la solidaridad y el jolgorio.

Pues bien, por participar del empoderamiento del pueblo, Antonio Tormo, que no era peronista, se convirtió en un Cantor Depuesto.

3.- Carbón, el ángel

El 12 de septiembre de 1947 el Congreso Nacional sanciona la Ley 13.014, por la que crea dos facultades en la Universidad Nacional de Córdoba: Filosofía y Humanidades y Ciencias Económicas. Los gastos que demandare su cumplimiento se tomarán de rentas generales hasta que sea incluida en el presupuesto de 1947. Promulgada el 25 de septiembre de 1947, y a pesar de un pergamino conmemorativo que siempre lució en el despacho de sucesivos decanos, hay una firma retaceada a lo largo de la historia institucional de la facultad: la del presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón.

Hurgando datos, uno se entera que entre abril de 1948 y marzo de 1951 el decanato de la facultad estuvo ejercido por Severo Reynoso. Así, a secas. Se torna difícil dar con su currículo. Primer dato: era un cura. Segundo dato: la tradición oral recogida lo presenta como un sacerdote sabio y santo, querido por los jóvenes. Tercer dato: durante su decanato se produce, por vía separada, el renacimiento del canto popular. “Conexiones”, diría el cura.

Resulta difícil registrar sus antecedentes académicos. Algo sabemos por algunos elementos autobiográficos que, con el humor típico de los intelectuales del campo nacional, rinde cuenta poética de su vida. Registro dos actuaciones académicas: una su participación, discurso mediante, en el homenaje al prócer bolivariano Deán Gregorio Funes. Nuestro popular Deán Funes propulsor de la libertad de prensa, de la enseñanza universitaria y la justicia social.

En 1949, en el bicentenario de su natalicio, Córdoba imprimió frente a la urna que guarda los restos de Gregorio Funes una cita que reza: “Salvad en vuestra constitución, ante todas las cosas, al pobre: el Estado no tiene derecho sobre la miseria” (1814). El Deán Funes, pensador heterodoxo, hubiera entendido el nuevo “pacto social” que en la década del cuarenta del S.XX incorporó a los trabajadores, columna vertebral de la estructura básica de la nación, al parlamento. La Universidad Nacional de Córdoba, por su parte, transcribió este mensaje del ilustre Rector y Reformador de sus estudios: “Las luces de la razón y la religión, propagadas por la enseñanza pública deben tarde o temprano hacer la felicidad de los que mandan y los que obedecen” (1813).

Por esa época, encontramos al Padre Reynoso en las Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía (Mendoza, 1949). La publicación es de la Universidad Nacional de Cuyo, Buenos Aires, 1950. En el tomo II, pp.833-839 encontramos la ponencia de Severo Reynoso Sánchez (Universidad Nacional de Córdoba). Se titula “El tema cristiano en la filosofía de la religión”. Plantea allí las “conexiones” entre las ciencias. Al filósofo, postula, le interesa la relación entre “Historia y Filosofía, entre Ciencia y Filosofía, entre Religión y Filosofía, etc., pudiéndose afirmar que nada apasiona tanto al hombre de cultura superior, como el resolver la validez del método y el alcance de esas “relaciones” internacionales del saber universal”. Hace referencia a un nutrido banco de lecturas de disímiles orientaciones: C. Barth, R. Otto, C. Dawson, Hilaire Belloc, Maurice Blondel, Brunschvicg, Gilson, Le Roy, Sciacca, Heidegger. Debido a las “conexiones” marcadas se preocupa por delimitar y completar el ciclo racional de los estudios religiosos “y no costaría mucho justificar el objeto propio y consiguientemente el método de cada disciplina respectiva”. Llama la atención este significativo párrafo de la ponencia: “El hombre moderno está cansado de lo “unilateral”, de lo superficial, de lo inmediato, de lo aparente. La aventura existencialista, como filosofía, nos demuestra que el hombre que filosofa, es decir, que piensa en serio (y no simplemente en serie) tiende luminosa o ciegamente, voluntaria o involuntariamente, a una concepción integral de la vida y no a un narcisista juego de palabras o a un elegante, pero inútil debate de academia” (p.838).

Paso ahora a las revelaciones del único libro de poemas, según tengo entendido, del Padre Severo Reynoso: Carbón y yo. Tenía 54 años y la edición lleva la fecha de su cumpleaños. En la retiración de tapa, señala con humor una contradicción que entre su día de nacimiento y su nombre: “Llegué a Córdoba un buen domingo de carnaval a medio día. El almanaque de Acuario señalaba el 18 de febrero de 1912. Pero ignoro porqué se empeñaron en hipotecar mi cara de aquellos días al indesarrugable nombre de “Severo”.

El inicio humorístico nos está avisando de que se trata de un experto en símbolos. Fue así como con el correr de los años, y a pesar de su “evidente falta de severidad constitucional” y a su progresiva afinidad con el carnaval, “el Señor de mi fe se encargó de llamarme, con su reconocido buen humor, al sacerdocio”. Estamos sin duda frente a un escritor y a un virtuoso equilibrista en la cuerda floja del sublime-ridículo marechaliano: el humor angélico y el luminoso misterio. Por eso los motivos del llamado le fueron “cuidadosamente ocultados”: “Para mí siguen siendo absurdos, pero muy claros para mí fe.”

“La novela, cuenta Reynoso, comenzó después cuando dentro de mi persona tres personajes se disputaron progresivamente el diálogo con el Apuntador: mientras el “mono sabio” hacía universidades por Europas, el “duende loco” se ocupaba exclusivamente de hacer versos no muy cuerdos, y el “niño triste” seguía preguntándole a Dios porqué es tan difícil juntar las mitades del hombre dentro del hombre”.

El “mono sabio”, con el prestigio de las universidades europeas, será el Docente Universitario; “el duende loco” será el poeta encargado de reducir en caricaturas sus espejos y desinflar sin compasión sus “adjetivos prestados”. Pero el “niño triste”, que es el amigo de Dios, vuelve a cobrar sentido, se transparenta, porque todo hombre “tiene que anudar dentro de sí, como en la Trinidad, sus tres personas y llegar hasta el fin luchando por su Unidad.”

Sin duda, una aventura metafísica, una conversación con el Apuntador del sainete humano: “Y Carbón “apunta” bien todos días. Aunque “Yo” no siempre lo haya escuchado bien…”.

Carbón, entonces, es un mensajero de luz, es un ángel. El primero de los cuatro epígrafes nos revela su fundamento bíblico: “Uno de los serafines voló hacia mí teniendo en sus manos un Carbón encendido.” (Isaías,6,6).  Hay también un epígrafe de Saint-Exupery: “Adiós, dijo el zorro. He aquí el secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Obsérvese que esta cita es habitualmente mutilada por nuestros “expertos” en ayudas psicológicas. Se olvidan de advertir: “no se ve bien sino con el corazón”. Ese bombo, ese grito, del misterioso “soncco” es uno de los fundamentos del pensamiento popular. Quedan dos epígrafes más. Uno, de Konrad Weiss: “La contemplación no descansa hasta que encuentra el objeto de su ceguera.”; otra, de Tomás de Aquino, In Met 1,3: “El motivo por el cual el filósofo se asemeja al poeta es que ambos tienen que habérselas con lo maravilloso”. Estos paratextos, son una pobre muestra de la profunda fuente de la poética de Severo Reynoso. Faltaría aún la dedicatoria. No la vamos a omitir porque está directamente relacionada con las “presencias” del libro y, además, la persona es frecuentemente mencionada: “A MI MADRE (que me enseñó a sentir lo que después yo supe del Ángel)”.

El primer poema se titula “Prólogo a San Juan” y es el descubrimiento del Ángel: “Y el hombre nació ciego enteramente. / Sólo ve con los ojos. Nada más. / Y otras cosas no ve. Ni el mismo Fuego/ que está dentro de sus ojos. // Y entonces las Llamitas de Dios / se hicieron invisibles/ para el hombre de la tierra. // porque el hombre de la tierra/ sólo mira el Carbón. No ve la Llama/ que duerme en el Carbón…”. Llamará, entonces, Carbón a su ángel, su amigo y compañero.

No tengo espacio para lanzarme en los luminosos simbolismos que circulan por el libro. Voy a transcribir, para finalizar, una aclaración firmada con las iniciales S.R. Está en prosa, pero es una poética.

Concluyo, con esto, dos presentaciones. Antonio Tormo, no era peronista, pero al ser amado por los peronistas, pasó a ser el Cantor Depuesto. Severo Reynoso, un alto intelectual y profundo poeta, ejerció la docencia y desempeñó un cargo universitario durante el período peronista. Casi seguro que no era peronista, pero ¿quién puede dudar de la acumulación de “deposiciones” que cayeron sobre su memoria: Cura Depuesto, Filósofo Depuesto, Docente Depuesto, Poeta Depuesto. Tormo y Reynoso, los dos puntas de un “pensar total”, de la “cueca final” de la “hora de los pueblos”.

Aquí va el texto prometido y.… a “contemplar”, palabra que deriva de “templo”:

“Henri Matisse, en su Capilla de Vence, buscaba para su altar una piedra “color pan”. Y la encontró.

Hay que llevar los símbolos hasta su máxima tensión. Hasta que cada flecha busque apasionadamente su propio arco. Y lo encuentre.

Entonces todo parecerá volver a su paz. A su equilibrio. Aunque por debajo del Arco y de la Flecha los animales de presa prosigan la búsqueda del Canto herido en vuelo. Y lo encuentren.

Yo llamo “Carbón” al Ángel. Su negro riguroso no es más que el Rostro Invisible de la Llama interior. Solamente visible para los que creen en el Fuego.

Yo buscaba un nombre “Color ángel”. Y lo encontré.”

S.R.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba, 5/12/17

Fuentes:

Véase: https://www.ffyh.unc.edu.ar/informacion-institucional/historia-de-la-facultad

Benarós, León, 1999, Cancionero Popular Argentino, Buenos Aires, Ediciones Siglo Nuevo.

Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, Sudamericana.

Romano, Eduardo, 1973, “Apuntes sobre cultura popular y peronismo”. En: AA.VV. La cultura popular del peronismo, Buenos Aires, Editorial Cimarrón.

Reynoso, Severo, 1966, Carbón y Yo, Córdoba, Ediciones Díaz Bagú.

Torre, Juan Carlos (comp.), 1995, El 17 de octubre de 1945, Buenos Aires, Ariel. Véase: James Daniel: “El peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina” (pp.83-129).