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por Jorge Torres Roggero

1.- Advertencia

evitaLas líneas que siguen forman parte de un extenso trabajo, que me pertenece, titulado “Rodolfo Kusch, Eva Perón: esbozo de una teología popular”. El mismo será publicado en un libro de AA.VV. coordinado y compilado por el Dr. Pablo E. Heredia (UNC).

Los planteos fundamentales emergen de una atenta lectura de La negación en el pensamiento popular (Kusch) y Mi Mensaje (Evita). Por supuesto, contextualizados con el conjunto de la obra de ambos.  Los subtítulos de las diversas partes son: “La razón de ser”, “La dueña del corazón”, “Los héroes gemelos”, “La única fuerza que Dios dejó al corazón”, “Esbozo de una teología popular: el antidiscurso”, “Una poética de la sacralidad: la “sémina redentora”.

Tanto Eva Perón como Rodolfo Kusch, hablan desde la “abundancia del corazón”. Por eso confío en que este retazo del texto completo resulte inteligible y se erija como un homenaje a quien se definió así misma como “esperanza y vigía eterna de la revolución”.

2-. La conversión del clero y la hora de los pueblos

La contradicción entre razón simbólica y orden lógico es rebasada por el existir, por la intersección entre lo afirmado y lo negado. En ese tinku, en ese roce, estalla, no un conocimiento, sino una revelación. En realidad, cesa el dominio de las fórmulas y el operador seminal impregna todos los contenidos. Se enancha un área central cargada de sentidos en que la emocionalidad funciona como una fuente energética que relativiza cualquier contenido consciente y queda así en disponibilidad un sentido fundante. En otras palabras, se vincula así con el existir en que lo fasto es siempre acosado por lo nefasto que suele destruir su posibilidad de ser. Para superar esa contradicción es necesario que se concrete la negación como anti-discurso. Sin negación, en el plano del simple conocimiento profano, no hay revelación de lo sagrado[i]. En consecuencia, la emocionalidad aporta corazón y brinda una verdad que sirve para decidir.

El problema fundamental del pensar, postula Rodolfo Kusch, no consiste en conocer sino en que sirva para vivir. El pensar popular, ajeno a la lógica de las cosas, trabaja sobre contradicciones: “Implica, dice Kusch, una teología y esta, por su parte, tiene la misión de encontrar operadores seminales. Por eso en lugar de la afirmación, lo fundante es negar para lograr la revelación de lo sagrado”.

Frente al mero discurso y lo profano, el anti-discurso instaura una poética de la sacralidad que completa ciertos horizontes de totalización en los que el pensar se enreda con el vivir mismo. Ahora bien, un pensar que incluya el anti-discurso concluye por priorizar el estar sobre el ser. La verdad de lo dicho, entre discurso y anti-discurso, surge de un rebasamiento del existir.

Kusch sostiene que “la distancia entre Occidente y América es la que media entre el pensar culto y el pensar popular”. El pensar culto abstrae, cancela el aspecto físico y concreto de la cosa. Es un pensar sin realidad que, sumido en el desarraigo, no puede confesar “esto creo”. En otros términos, depende de los argumentos (o sea, del ser) y no de la fe (o sea, el estar); por eso carece de acción. El pensar popular, en cambio, actúa y toma posición. Validado por los operadores seminales, provoca la revelación: “Son fuentes energéticas que brindan la posibilidad de decisión y cargan de sentido el mundo”. Estos operadores sirven para que el sujeto, en cualquier circunstancia, diga “yo creo” como superación de la contradicción y rebasamiento de la oposición discurso/anti-discurso. Al pensar popular no le interesa si la proposición es verdadera o falsa, sino instalarse en el estar no más y lograr así la estabilidad existencial.

La lógica frígida se configura sobre una parte del pensar, pero renuncia a la posibilidad de “lograr la totalidad del pensar”. Dicha lógica, cuando se impone, bloquea intencionalmente los operadores seminales como fuentes de decisiones. En consecuencia, llamamos colonialismo mental al bloqueo del operador seminal: “La verdad del pensar, postula Kusch, está en la posibilidad de decidir y no en la afirmación”. No se renuncia a una lógica sino a su pretensión de “afirmar por exclusión”.

Por otra parte, el pensar popular se manifiesta en un estilo especial: el rito y los símbolos. La realidad se amplía ante la presencia de deidades favorables y desfavorables. “Las cosas llevan un no colgado al cuello”, dice Kusch. Pero la cultura popular brinda a sus integrantes un horizonte simbólico que les posibilita un proyecto existencial. En ese sentido, la lógica frígida es “solo un episodio de la lógica de vivir”.

Kusch niega las bases del filosofar occidental y se anima a decir: “En suma, existo, luego pienso y no al revés. Primero se da la posibilidad de ser y luego pienso (…) No pienso por pensar, sino que pienso como proyecto”.

Ahora bien, y en esto comienza a perfilarse la figura o tropos de Eva Perón, Kusch sostiene que la posibilidad de ser se realiza “a modo de sacrificio porque se somete a la negación para lograr la verdad”. Así sucedió con Eva Perón. Ella niega “la vida social” como sede de valores, honores y poder y se somete al sacrificio como acceso a la revelación. Lo afirmado (el proyecto de liberación) y lo negado (la vida social) se intersectan y crean un vacío. Pone trampas a la lógica frígida para que se revele la “lógica del vivir”. La negación gruñe en el solo vivir.

Se configura así una teología popular que, al negar, en el caso de Eva, “la vida social”, o sea, las cosas “como son”, transforma el mundo poblándolo de símbolos. La verdad, oculta tras confusas máscaras rituales, se satisface en el “área de la plegaria”. “La teología popular, postula Kusch, es una forma de llenar con algún género de racionalización la pregunta abierta por la verdad. Torna por eso verdadera la teología misma”. El sacrificio y la plegaria eligen los “dioses innombrables” y desechan la relación entre sujeto y objeto. En Eva Perón, esta dialéctica se construye, como se verá más adelante, mediante la contradicción odio/amor.

Volviendo a los vectores, y considerando el juego y contra juego causal/seminal, conviene aclarar que uno no excluye al otro. Ambos subsisten. Más aún, según Kusch, lo “criollo en América constituye en parte la conciliación de los dos vectores” y pone en duda una supuesta evolución de un vector al otro: “En América no hay progreso de uno hacia otro, quizá, porque no es natural el dominio de uno de ellos, sino que es lógico que ambos coexistan. Lo criollo concilia a ambos porque salva todo lo referente a las cosas, o sea a la relación sujeto-objeto, aunque sea a nivel de picardía, de tal modo que igual sostiene el otro vector como un área de plegaria siempre disponible, en donde se afianza la fe, la ética o la política popular”.

La razón mestiza, mezclada, es la expresión del estar siendo. Es mediadora y mediada a la vez, es un amasijo informe que, al no ser abstracto, manifiesta una razón universal concreta.

Ya he consignado la emergencia de la negación en la vida y del anti-discurso en los escritos de Eva Perón. “Para bien o para mal, dice, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle”. El resentimiento, como postula Kusch, es una constante en el sub-suelo social americano y Eva “siente y piensa como pueblo”. Por eso confiesa que no ha podido todavía (habla ahora en plural) renegar de “nuestro resentimiento con la oligarquía que nos explotó”. Eva Perón habla desde el nosotros, desde la “vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuándo alumbra y cuándo quema o como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar desolación en el camino”.

Ella sólo reconoce dos palabras: odio y amor. ¿Cuándo odia? ¿Cuándo está amando?: “En el encuentro confuso del odio y el amor frente a la oligarquía de mi tierra, y frente a todas las oligarquías del mundo, yo no he podido tampoco encontrar todavía el equilibrio que me reconcilie del todo con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores”.

La rebelión indignada es un cruce (un tinku) fulgurante de vectores: entre “el veneno de mi odio” y el “incendio de mi amor”. Es una rebelión contra el privilegio de los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales.

Construye, entonces, las bases de una teología popular mediante la negación de la razón frígida. Para eso, denuncia que los jerarcas clericales son hombres fríos que padecen una inconcebible indiferencia. Carecen, además, de generosidad y de amor. Ello les impide reconocer que la doctrina de Perón se inspiró en la doctrina de Cristo. Por eso lo combaten sordamente aliados con la oligarquía. “Les reprocho, dice, haber abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados”. Y reitera: “Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas…olvidándose del pueblo…y les reprocho haber hecho lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan”.

Eva Perón invierte los sentidos de la vida social religiosa. Cristo “no es compatible con la oligarquía y el privilegio”. Si el clero quiere salvar al mundo de su decadencia espiritual, deberá “convertirse al cristianismo” haciendo lo contrario de lo que hace. Tendrá que comenzar a descender al pueblo, “como Cristo, viviendo con el pueblo, sufriendo con el pueblo, sintiendo con el pueblo”.

Recurre, entonces, a la sabiduría del corazón. Advierte al clero que los años de Perón están pasando, pero no han despertado en su corazón una sola resonancia. Cristo les pidió que evangelizaran a los pobres, pero ellos abandonaron a la inmensa masa oprimida. El problema se agrava, además, porque los políticos clericales usan la Iglesia y la religión para dominar y explotar al pueblo. Niega, por tanto, “la fe del clero”, porque sirve a los políticos enemigos del pueblo cuando predica una “estúpida resignación”.

Eva trasciende su negación a la vigencia de las fórmulas y la eleva a una intensidad que bien podríamos llamar una poética de la fe: ¿“cómo puede conciliarse (el formulismo) con la dignidad humana ni con la sed de justicia cuya bienaventuranza canta el evangelio” ?: “La religión debe ser en cambio la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad…si no hubiese Dios…si no estuviésemos destinados a Dios…si no existe religión el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad”.

Eva se interna cada vez más en una poética de la sacralidad marcada por el corazón. Porque Dios existe, los hombres son libres e iguales. Ante él, nadie tiene privilegios: somos todos iguales. Niega la religión como instrumento de opresión de los pueblos y la exalta como “bandera de rebeldía”. Nadie podrá impedir que los pueblos tengan fe porque la religión está en su alma.

Levanta, entonces, lo que podríamos llamar el anti-discurso de la profecía. Acusa al clero de predicar la esclavitud y no la libertad y la justicia. ¿Cómo podrá la religión acceder a la alta intensidad de la “hora de los pueblos” que predica el peronismo? Eva Perón responde y su respuesta es un jirón del pensar total: “Es el amor el único camino por el que la religión podrá llegar a ver el día de los pueblos”. Más aún, si el clero no se convierte, no verá la hora de los pueblos.

La religión, postula, no es una simple colección de fórmulas ni un vademécum de principios rígidos. La razón mestiza de Eva Perón se adentra en el pensar totalizador del corazón mediante el paso del yo al nosotros: el objeto de la fe es la realidad del otro. Por eso asegura: “yo vivo con el corazón pegado al corazón del pueblo y conozco por eso todos sus latidos”. La religión es para el hombre y no al revés. Para ello, debe ser profundamente humana y popular. La conversión del clero que proclama pasa por volver a “hablar en el lenguaje del corazón que es el lenguaje del pueblo, olvidándose de los ritos excesivos y las complicaciones teológicas también excesivas”.

El mensaje final a la jerarquía clerical es una convocatoria para no confundir la predicación de la fe con el apego a sus propios intereses. Por la “frialdad y egoísmo de sus almas”, el pueblo “les ha cerrado el corazón”. La fe es ardor, es fuego ardiente, ¿cómo la podrán sembrar en las almas unos predicadores de corazón seco y mentes marchitas? Sólo los sacerdotes humildes podrán calmar “la sed de Dios” de los pueblos.

Con el lenguaje de una teología popular que funciona como operador seminal de las energías profundas del pueblo, Eva Perón profetiza el destino final del clero y su apego a la razón frígida de la teología académica: “Dios exigirá algún día cuenta precisa y meticulosa de sus traiciones…con mucha más severidad que a quienes con menos teología, pero con más amor nos decidimos a darlo todo por el pueblo…con toda el alma, ¡con todo el corazón!”

Eva Perón lo dio todo. Renunció a los honores de los poderosos para guardar el alma que trajo de la calle. Fue vilipendiada y calumniada. Vivió con el pueblo, sufrió con el pueblo, sintió con el pueblo. Se sometió al sumo sacrificio para lograr la verdad de su corazón, estuvo a la intemperie para ser. Y sus despojos dolientes fueron secuestrados y ultrajados.

Rodolfo Kusch, por su parte, insiste en sus últimos escritos[ii] en el mito de los héroes gemelos que descienden al infierno. Vivir en Maimará significaba, para él, habitar “los confines del imperio mental que se había inventado para vivir”. Allí se siente resguardado por los dioses, en el reposo del ombligo del mundo. Pero más allá de ese ombligo encontrado, se da el caos: “Y entre el ombligo y el caos está la frontera que tenemos tanto miedo de cruzar”. Del otro lado, el misterioso hecho de vivir: “el milagro de estar antes de ser”; del otro lado, “toda la vida”: “esa que aún no se ha desprendido de los dedos divinos”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 26/7/17

[i] También Bajtin trata sobre la negación en la cultura popular. Asegura que no tiene jamás un carácter abstracto, lógico. Al contrario, ostenta siempre un carácter figurado, concreto, sensible. La negación modifica la situación del objeto y del tiempo. La nada del objeto es su otra cara, su reserva de sentido. Y este reverso, o lado bajo, adquiere una coloración temporal. El objeto aniquilado parece permanecer en el mundo, pero con una nueva forma de existencia en el espacio y en el tiempo (cronotopo), se convierte en alguna medida en el revés del nuevo objeto que ocupa su lugar. Esta negación cronotópica, al fijar el polo negativo, no lo separa del polo positivo. No es una negación lógica, pero da, de hecho, una descripción de la metamorfosis del mundo, del pasado al porvenir. Es un mundo que atraviesa la fase de la muerte que conduce a un nuevo nacimiento. Es la lógica de la inversión del símbolo. Cfr.: BAJTIN, Mijail, 1994, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Buenos Aires, Alianza Estudio.

[ii] Cfr. “Vivir en Maimará” y “Cuando se viaja desde Abra Pampa”. En: KUSCH, Rodolfo, 2007, Obras Completas, Tomo IV, Rosario, Editorial Fundación Ross. Cfr. et. Revista Silabario, Año XVII, N°17/18, Córdoba 2015 con una excelente introducción de Sabrina Rezzónico.

por Jorge Torres Roggero

“La verdad es que somos hedientos y que lo simulamos

con una pulcritud demasiado ficticia” (Rodolfo Kusch)

1.-Llegada o salida 

CoSanta Ritamo todos sabemos, el simbolismo de la peregrinación es una figura muy frecuente en la tradición de los pueblos. Algunos consideran que su sentido más profundo reside en cierta aspiración inextinguible de retorno al origen. El peregrino se “inicia” en un camino o sendero que, siendo único, se bifurca en múltiples formas. A veces pataconea tierras inhóspitas; otras, fatiga mares procelosos. No es raro que caiga en el hoyo profundo y descienda a los empujones, como Virgilio o Dante, a los infiernos. O que visite el interior de la tierra en busca de la “oculta piedra”. Paradojalmente, no es extraño que la entrada se convierta en salida.

Peregrinar es alcanzar la certeza de que se transita por  un laberinto y que el desafío es llegar a un centro que no existe. A lo mejor, el desplazamiento en el espacio es sólo el símbolo de una tensión de búsqueda. De  una cualificación que se procura mediante combinatorias y cruces de movimientos interiores y exteriores. Esta “salida de Egipto”  para internarse en el desierto puede resultar, y uso aquí un término sarmientino, una “travesía” llena de rastros perdidos que poseen el secreto de orientar nuestros  pasos “al otro lado”, al misterioso pozo de agua viva en cuyo fondo el centro es solo una imagen del Centro.

Sedentario y tímido plantígrado de barrio (sin Compostela, ni Jerusalén, ni Roma, ni Cusco, sin Centro) suelo peregrinar de un modo precario: estando. Doy vueltas, giro como una aguja de reloj, en cierta iglesia de Córdoba cuyo nombre reservo. Como todos los templos de esta ciudad sagrada, esconde un libro mudo que nos desafía a descifrarlo a sabiendas de que el misterio es impenetrable.

Pero como estas líneas son apenas una “noticia”, iniciaré un avance a tientas por los alrededores de algunos símbolos casi sin latido, apenas desligados de su materialidad. No parece difícil: sólo hay que bajarse del viejo jamelgo del análisis y,  como decía León Bloy, “arrodillarse para escuchar el canto del corazón”. Habrá que mirar con ojos nuevos las efigies de los santos. No son solo materia pintada, son figuras. Son tropos “en acto” que se nos ofrecen como soportes materiales para el salto metafísico.

De la mano de los más humildes, de aquellos cuya ignorancia nos asombra, emprendamos, sin más, con arte de saltimbanqui, el salto al misterio. Ellos saben que el misterio es infranqueable pero rodeado de luz. No se entretienen, entonces, “pelando la cebolla para encontrarla”. Emprenden el camino, levantan vuelo desde los suburbios de la “docta ignorancia”.

Les cuento un secreto. Si comienzan a avanzar por la nave derecha de la iglesia que digo, se encontrarán, a cada paso, con puntos de tensión, con pasajes enterrados que son abismos, con imágenes inquietas, recién salidas del corazón, que parecen hablarnos, pero sin voz. A veces nos miran con una mirada que habíamos olvidado. A medida que caminamos, en cada altar nos asalta alguna palabra agazapada: providencia, luz (partícula indestructible del alma de la materia), rayos de gracia que descienden de lo alto, energía radiante del corazón (luz y calor). Cada palabra llama sin cesar, desnuda sus significados y esconde sus sentidos. A veces se abre, pero como una rosa azul. ¿Una rosa azul? Esa extraña epítesis deja resonando una nueva palabra: imposible. Estoy frente a la figura de Santa Rita de Casia, con la espina y la rosa, con la llaga como un rubí sangriento en su frente. ¿Quién era Rita?

2.- La espina y la rosa

Rita (1381) nació cerca de Casia,  Italia. Era época de guerras, terremotos, conquistas, invasiones, rebeliones y corrupción. Su vida estuvo marcada por milagros: lo imposible se volvía posible.

Sus padres analfabetos le inculcaron, por tradición oral, la sabiduría de la religiosidad popular. Nunca fue a la escuela, pero Dios le concedió la gracia de leer milagrosamente. Cuando era pequeña, mientras sus padres labraban la tierra, la dejaron sola en su cuna y fue cubierta por un enjambre de abejas que, extrañamente, no la picaron. Un campesino, que se había herido la mano con la hoz, corría, desolado, buscando quién lo cure. Cuando pasó junto a la cuna de Rita, vio zumbar las abejas sobre el cuerpo de la pequeña e intentó espantarlas. Con gran estupor, mientras sacudía las manos para alejarlas, la herida cicatrizó completamente. Según la  tradición, Rita tenía una precoz vocación religiosa y era visitada por un Ángel cada vez que se retiraba a rezar en un pequeño desván. Sin embargo, sus padres, ya viejos, le escogieron un esposo y ella, apenas adolescente, obedeció.

El marido resultó ser bebedor, mujeriego y maltratador, pero Santa Rita se mantuvo fiel y en oración. Parió dos gemelos que heredaron el temperamento del padre. Tras veinte años de casados, el esposo se convirtió, Rita lo perdonó y lo acercó a una vida más piadosa. Pero, como antes de su conversión el esposo tenía malas juntas, cierta noche, no regresó a casa. Al día siguiente, lo encontraron asesinado.

Los hijos juraron vengar la muerte de su padre y la pena de Santa Rita aumentó más. Ni sus súplicas los hacían desistir. Afligida,  rogó al Señor que salvara las almas de sus hijos y que tomara sus vidas antes de que se condenaran por semejante pecado mortal. Y ocurrió que ambos contrajeron una terrible enfermedad y antes de morir perdonaron a los asesinos. Cuando Santa Rita estuvo sola, tenía poco más de 30 años y sintió renacer y madurar en su corazón el deseo de su vocación religiosa. Rita pidió entrar como monja en el monasterio de Santa María Magdalena, pero por tres veces fue rechazada: era viuda de un hombre asesinado. La leyenda narra que Santa Rita logró superar todas las barreras y las puertas cerradas gracias a la intercesión de: San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino que la ayudaron a emprender el vuelo del “Escollo” hasta el Convento de Casia, en un modo para ella incomprensible. Las monjas, ante el prodigio, la acogieron entre ellas y allí Rita permaneció cuarenta años sumergida en la oración.
Fue sometida a duras pruebas por la superiora. Como obediencia, le ordenaron regar todos los días una planta muerta. La planta llegó a ser una vid floreciente que dio uvas que sirvieron para el vino sacramental.

En la cuaresma de 1443, fue a Casia un predicador que habló sobre la Pasión del Señor. La reflexión tocó mucho a Santa Rita y a su retorno al monasterio pidió al Señor participar de sus sufrimientos en la cruz. Recibió estigmas y las marcas de la corona de espinas en la cabeza. A diferencia de otros santos con este don, las llagas en ella olían a podrido y tuvo que vivir alejada de sus hermanas y la gente por muchos años.

Cuando quiso ir a Roma por el primer Año Santo, Jesús le quitó el estigma que tenía en su cabeza mientras duró la peregrinación. Al regresar a casa, volvió a aparecer la llaga y tuvo que aislarse nuevamente.

Los últimos años de su vida sufrió una grave y dolorosa enfermedad que la retuvo, inmóvil, sobre su cama de paja durante cuatro años. En este tiempo le mostraron unas rosas que brotaron prodigiosamente en su huertecito de Roccaporena en pleno frío invernal. Ella aceptó sonriente este signo como don de Dios. Por eso es la santa de la “espina” y de la “rosa”.

Murió en 1457. La herida de espina en su frente desapareció y en su lugar apareció una mancha roja como un rubí, que tenía deliciosa fragancia. Nunca la enterraron, su ataúd de madera fue reemplazado por uno de cristal y su cuerpo permanece incorrupto. Recién fue canonizada en 1900. Cientos de años después de su muerte, en el monasterio de Casia, las abejas blancas brotan, cada año, de los muros del monasterio durante Semana Santa y allí permanecen hasta la fiesta de Santa Rita. Las grietas del muro, donde los enjambres desaparecen hasta el año siguiente, pueden ser vistas por los peregrinos.

A partir de su muerte, los milagros se multiplicaron. Las más extrañas enfermedades hallaron cura: parálisis total, piedra en la “vejiga”, dificultad de palabra, heridas incurables y en putrefacción, abscesos en garganta, locura, huesos rotos, llagas, hemorragias, posesiones de “espíritus inmundos”, peste y cáncer de garganta: Santa Rita, Patrona de lo Imposible.

3.- Pescar según anzuelo y carnada

¿Qué iniciado tramó, en alguna Legenda Aurea o en un Flos Sanctorum,  la extraña peregrinación de Santa Rita por el bosque de símbolos de la tradición?

Frente a su imagen, la mayoría de sus devotos portan en sus rostros las huellas de los trabajos y los días, de la explotación y la miseria. Mujeres de vestidos gastados y ruedos sucios cargan los estigmas de su condición y de su género. Como Santa Rita, mujer golpeada, son portadoras de las señas del maltrato y la discriminación. Unas ruegan y lloran; otras, ríen y agradecen. En recortes de papel arrugado, escriben, con manos paspadas, peticiones imposibles. Es una escritura llena de tropezones gráficos, de trazos gordos y de inquietudes urgentes. También hombres de manos rudas y rostros impasibles descargan su energía ancestral sobre la imagen. Todos “toman gracias”.

La fricción ritual ha erosionado el cuerpo de la santa: manos y dedos gastados, pies mutilados, nariz desleída, rosas despintadas. Cristo descarna su desnudez asediada. Hace siglos que el pueblo deposita su energía y su esperanza en esos tropos siempre callados pero sordamente balbuceantes. Son portadores de una fe. Según San Pablo, “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He 11.1).  Recuerdo, de golpe, al Gral. Perón, cuando tras dieciocho años de exilio, anunciaba que “nuestro punto de partida” en el camino de la reconstrucción y liberación del hombre y de la patria, era la fe.

Surge, entonces, una pregunta: ¿aliena la fe? Pertenece a una familia rara de palabras: fiar, confiar, fiado y cuántas más. Si no hay “fe”, no hay “confianza”; si no hay confianza en el otro, no hay amistad, no hay compañerismo, no hay amor. Tampoco esperanza. Es decir, certeza de lo que está por venir.

Para la cultura capitalista, individualista, el otro es un competidor. Nadie le da “fiado”. Nuestras madres solían decir que nunca había que negar un trozo de pan, un poco de yerba y azúcar al mendigo, al croto que tocaba la puerta. Ese pordiosero (pedía “por Dios”), aseguraban, podía ser un ángel. No habían leído la Biblia, no tenía cura el pueblo, pero ellas podían deletrear, por misteriosas señales, el “anhélito” de un ángel, el “regüeldo” de un diablo.

Hemos perdido la facultad de percibir lo numinoso, lo “otro real”; y por eso nos debatimos en remezones de angustia. Hasta Marx decía que, si bien la religión era el opio del pueblo, era, a la vez, expresión de su rebelión. La peregrinación va tejiendo extraños caminos. Ahora recuerdo a Rodolfo Kusch. El “hedor” como signo de América le fue revelado “tras la fatiga de un largo peregrinaje”. Aconteció en el Cusco, ombligo o centro del mundo, cuando ascendía penosamente hacia la vieja iglesia de Santa Ana construida cerca de las ruinas de un “adoratorio dedicado a Ticci Viracocha”. Fue la revelación de la “pequeña verdad de lo que realmente somos”, verdad reprimida a lo largo de nuestra historia individual y social. Ponerla en vigencia, supone un acto de fe en la potencia sepultada en los cuerpos lacerados y hedientos.

Ciertamente, la historia no se escribe con la punta de la espada ni con el alfabeto de la civilización dominante. Está inscripta en el corazón del pueblo y hemos perdido el secreto de sus latidos. Por eso andamos en busca de la palabra perdida, sin voz ni voto.

Regreso a peregrinar por la vieja iglesia cordobesa. Busco a la doliente y luminosa Santa Rita. Ya casi no hay pueblo a su alrededor. La efigie ha sido restaurada. Pies, manos, nariz, rosas, crucifijo, estigma, lucen un esmalte brilloso y chillón. Tampoco hay cédulas con impetraciones y agradecimientos. La eternidad histórica del pueblo se ha retirado. Se ha llevado la “egrégora”, es decir, la fe como energía viviente de los ritmos vitales y de los ritos.

¿Qué ha sucedido? La santa no solo ha sido repintada. Ahora  ha sido demorada por merodeo y permanece presa y en exhibición en un calabozo de acrílico. No hay exvotos. Solo una alcancía blindada con una hendija calculada para recibir, no solo monedas, sino también billetes. Persisten, sin embargo, fulgores, ínfimos refucilos del poder numinoso. Sobre el acrílico, titilan manchas de dedos grasosos, huellas digitales de la poderosa cultura popular. Ritmos, ritos, gestos

Los levitas se han reservado las ofrendas, han censurado los símbolos, se han vuelto analfabetos para rastrear las huellas del Verbo en el corazón del pueblo. ¿Habrán masticado las advertencias de Francisco sobre las enfermedades secretas del cuerpo eclesiástico que le impiden vivir “los sentimientos de Jesús”? ¿Habrán perdido el poder de la palabra que arroja demonios y la facultad de bendecir y multiplicar el pan que hace compañeros a los hombres? ¿Y si el Contracristo no es en realidad un cuerpo individual y futuro, sino un sistema, un cuerpo moral, y ya está entre nosotros?

Palpito que las preguntan me acogotan, busco una salida a los hondos gruñidos de mis adentros, busco el umbral del alba. Balbuceo, entonces, este soneto, melopea insomne, en honor de Santa Rita bendita, patrona de lo imposible, compañera fiel en la espera de lo que está por venir y que inexorablemente se cumplirá.


SANTA RITA BENDITA

(Ante la imagen de Santa Rita, Patrona de lo imposible)

Monjita o ángel con los pies gastados

por el llanto y sudor de los sufrientes,

es Cristo el que te besa y lo que sientes

es su espíritu ardiendo en los cansados

dedos mártires, tactos arrugados.

Humildes manos piden que apacientes

su dolor con tu cruz; que las simientes

de tus rosas perfumen los llagados

entresijos de muerte que en los hijos

del pueblo el odio abona; y la injusticia

pone en la cuenta de sus plazos fijos.

¡Santa Rita bendita, lo increíble

es pan del día, horror de la avaricia,

cuando tu fe se abisma en lo imposible!

Jorge Torres Roggero

Versión 2015-08-07