por Jorge Torres Roggero

Son numerosos los testimonios periodísticos, fotográficos, fílmicos y bibliográficos que dan cuenta del protagonismo de las mujeres el 17 de octubre de 1945. Ahora bien, dicha presencia se institucionaliza y adquiere relevancia de fenómeno político especialmente significativo a partir de la organización del Partido Peronista Femenino en 1949.

Millones de mujeres se movilizan. Nuevos sujetos históricos, en ellas se manifiestan las necesidades y aspiraciones de todas mujeres que encuentran en el peronismo una doctrina con modelos de acción y de formas de organizativas. Ese es el momento que se propone testimoniar el libro Eva Perón en la cultura política de las mujeres cordobesas de Zulma Patricia Zárate. Por primera vez, se recurre al testimonio vivo de militantes de la Provincia de Córdoba para representar la génesis de PPF en el distrito. Es la historia de mujeres de extracción popular y que se inician con escasa o nula experiencia política. Entre las informantes, contamos tres maestras, tres empleadas de diversos rubros, una comerciante, una operadora telefónica, una gestora cultural y una asesora de María Eva Duarte de Perón.

Zulma P. Zárate nos ofrece el resultado de largas y pacientes jornadas de investigaciones y entrevistas. En efecto, ha optado por una metodología que se ajusta a sus fines: la historia oral. Este método permite, no tanto indagar hechos, como sentimientos, experiencias, valores, que se visibilizan y se convierten en un revulsivo cultural al mostrar en carne viva un excepcional momento de discontinuidad histórica: construye una sincronía con una diacronía.

En realidad, para Zárate, la metodología elegida es sólo la entrada a una poética del corazón que se manifiesta por dos vías: el relato (la épica) de las protagonistas, y la síntesis lírica de la autora que va ritmando el avance de las vidas con sus poemas que profundizan dolores y soledades, amistad y compañerismo, encuentros y desencuentros, defecciones y victorias, todo en un poderoso “amasijo” de fe, esperanza y comunión. Una especie de murmurante mantra, de plegaria centrada en la luminosa emanación de un centro de energía fundamental: la figura de Eva Perón.

Los poemas armonizan perfectamente con los testimonios. La oralidad subyacente se convierte en un coro armónico. Las historias de vida de las aportantes están todas unidas al carisma y la presencia de Evita. Todas en algún momento la vieron. Algunas perdidas en la multitud; otras, en gozosa cercanía, logran tocarla. Como quien dice, “tomar gracia” en ella. Y están, por último, las que van ser colaboradoras cercanas en la Fundación.

Es curioso cómo el poder de Evita se manifiesta, no por muestras estereotipadas de autoridad (gritos, órdenes, gestos desconsiderados), sino a través de la ternura, la proximidad afectuosa que hace que todas exalten sus manos, su mirada y su voz: era la prueba viviente de que las doctrinas no se enseñan, se inculcan con el ejemplo. Dice una aportante: “Dios iluminó que nosotros pudiéramos estar con ella. (…) De eso volví emocionada, pero con más ganas de seguir luchando, de seguir luchando fuerte y de devolverle un poco de lo que ella me había dado: porque me dio amor, me dio consejos y me dio materiales como para darle a la gente de mi pueblo”. Otro testimonio: “Evita era un ángel, si, tenía una imagen angelical. Recuerdo su cara, sus ojos y sus manos, transmitían amor y fuerza en cada gesto, en cada palabra, en cada frase. Pienso que tenía un don natural para comunicarse, para decir, no sólo con la voz -que era sublime- sino también con su mirada y sus manos tan expresivas”. “Y lo que más me llegó de Evita -dice otra aportante- fue cuando escuché su voz, era estremecedora, por lo que decía y por cómo lo decía. Una voz dulce y firme: convencida de la verdad de su lucha que era la lucha de los trabajadores y de los que no tenían trabajo y querían trabajar”. Varias insisten en su voz. Por eso, afirma otra entrevistada: “Estábamos dispuestas a seguir el camino que ella nos había marcado”. Emocionan estas declaraciones a “viva voz” en que uno no puede menos de admirar la capacidad de darse de Evita, de donar cuerpo y alma para la puesta en práctica de la doctrina peronista. No en vano decía: “El amor es darse, y darse es dar la propia vida. Mientras no se da la propia vida cualquier cosa que uno dé, es justicia”.

Las voces de las entrevistadas constituyen, por lo tanto, un acorde poderoso que da cuenta del paso del “yo” a un “nosotros” jubiloso y perdurable que el paso de los años acrecienta y clarifica. El libro de Zulma Zárate concentra el testimonio de diez militantes, mujeres comunes que, un día, por diversos caminos, son invitadas a una Unidad Básica Femenina y se encuentran “in actu” con el paso de una doctrina a una “realidad efectiva”.

En efecto, las unidades básicas del Partido Peronista Femenino, eran el ámbito adecuado para canalizar los impulsos hacia la acción comunitaria. Es así como estas diez mujeres, algunas todavía niñas, otras adolescentes, todas muy jóvenes, inauguran una nueva era en la política argentina. Evita la llamaba “la hora de la mujer”. Dice una de las aportantes: “La mujer, en los años previos, había sido ignorada como ser humano, y ahora se la consideraba la principal protagonista de un gran movimiento. Y era muy difícil lograr ese cambio en las mujeres mismas. Ni hablar en los varones. Pero en las mujeres, no fue fácil: había que convencerlas.” Otra, atestigua, “Yo como mujer la admiro, la respeto especialmente por todo lo que hizo por los derechos de las mujeres. Como ya dije, la posibilidad de estudiar y de trabajar para las mujeres, la posibilidad de ser reconocidas por el trabajo en el hogar, enalteció el rol de la mujer como madre y ciudadana a la vez”.

De allí que, prácticamente todas las entrevistadas insistan en dos aspectos de la organización política inculcada por el ejemplo de Evita: la formación y la acción social. Dice una informante: “Y después fui creciendo, viviendo la historia y también formándome como peronista”. En efecto, en las unidades básicas femeninas se dedicaba un día a la semana a la formación doctrinaria. Se leían y discutían documentos doctrinarios aportados por la Fundación, las Veinte Verdades, o los fundamentos de los grandes proyectos gubernamentales. Por ejemplo, se instruían en todos los pormenores del Segundo Plan Quinquenal. Una informante dice, con humor, que a ella le gustaba hablar, y se dio cuenta que, para hablar, hay que saber de qué se trata.

Pero, a la par de la formación política, las unidades básicas femeninas eran verdaderos “hogares del pueblo”. Estaban abiertas todo el día. Todo el día concurridas. Allí se enseñaba corte y confección, dactilografía, pastelería y diversos oficios. Se cosía ropa para la Fundación con las famosas máquinas de coser de Evita. Se prestaba especial atención a la salud de los niños y las mujeres. A los niños no solo se los proveía de útiles escolares, sino que se les brindaba apoyo escolar. Las muchachas peronistas de las unidades básicas, miles, eran todas compañeras y hermanas. Cada una aportaba sus conocimientos, su tiempo, su amor a la patria y al prójimo. Cuando el peronismo fue desalojado por la oligarquía, en Córdoba funcionaban 400 unidades básicas femeninas.

Todas informantes culminan su testimonio con la experiencia ignominiosa del golpe de estado de 1955. Perseguidas, huyendo, encarceladas, el peronismo vuelve a sus orígenes: las cocinas de los hogares del pueblo o los sótanos para seguir desarrollando la doctrina, trazando líneas de acción, y para acendrar, entre mate y mate, la solidaridad, la esperanza y la fe en el triunfo final del pueblo. Humilde destino de semilla: oscuridad, reclusión, muerte.

Emociona el testimonio de una maestra rural cuando narra el día en que, a su escuela de Los Barriales, llegaron los militares libertadores: “Lo primero que hice fue tratar que los chicos no vieran nada, fue todo muy violento. Sacaron todos los libros con los que enseñaba e hicieron una fogata en medio del patio de la escuela. A las camperas de los chicos, que habíamos recibido de la fundación Eva Perón, les cortaban la inscripción “Fundación Eva Perón”. Imagínese que las camperas, así rotas, ya no eran abrigo para los chicos.” La última informante, que fue de extraordinaria relevancia en Córdoba y el país, testifica: “Después de tanta lucha y de esos años felices, los resentidos, los inhumanos, dieron el golpe final contra el General Perón. Y en esos momentos la pasamos mal todos los peronistas; algunos recluidos lejos de su hogar, otros presos (como fue mi caso), otros exiliados y todos proscriptos.”

Estos primeros genocidas del S.XX querían, como hoy día algunos, “extirpar” el peronismo. Pero, como afirma una entrevistada, “nos unimos más” con las compañeras: “Y las mujeres nos empezamos a juntar en la casa de una o de otra. Y pudimos recuperar muchos documentos del Partido. Fotos, cuadernos de formación política, cartas. Y las guardamos muy bien. Y ahora todavía están en nuestras manos. Sabíamos que estábamos resistiendo a la brutalidad del odio de la Oligarquía”. Había comenzado la Resistencia Peronista. Pobre los que se olviden de esa parte de la historia.

Culmino estas líneas que tratan de reseñar el libro de Zulma Patricia Zárate que es, por su modo de concreción y por su contenido, un acto de militancia necesario en esta “hora” no apta para los tibios (o “bostas de paloma”, como decía Perón) que Eva Perón anatematizó para siempre, junto a los desleales, ambiciosos, explotadores y enemigos del pueblo en Mi Mensaje.

Jorge Torres Roggero

5/8/22

Fuente:  ZÁRATE, Zulma Patricia, 2022, Eva Perón en la cultura política de las mujeres cordobesas (Testimonios y Poética). Córdoba: Universitas Editorial. Cabe resaltar el sencillo, bello y emotivo diseño de tapa del Lic. Marcelo Sosa. Lleva esta aclaración: «La firma de Eva Perón que se presenta en la tapa, es copia original. Proporcionada por Lela Carrizo, quien da testimonio en este libro.»

Por Jorge Torres Roggero

1.- La tradición mediterránea y América

Un frecuente y porfiado lugar común refiere que Vidas Paralelas de Plutarco era el libro de cabecera de Perón. Basta una somera incursión por sus obras, para refrendar su pasión por la ejemplaridad de la cultura clásica. En efecto, muchos de sus más conocidos “apotegmas» son citas de la antigua sabiduría mediterránea (greco-romana-judeo-cristiana). Podríamos decir que recurría a la vieja tradición que considera a la historia como «maestra de la vida».

El mundo mediterráneo, reducido a mero pintoresquismo, hace más de un siglo que es permanentemente subalternizado por la prepotencia anglosajona. Baste recordar que, cuando ocurrieron apuros económicos en Portugal, Italia, Grecia y España, los ingleses se solazaban, mediante un juego de iniciales, llamándolos «cerditos» (pigs) de la zona euro.

Esos países representan, sin embargo, a aquel occidente que ostentaba el culto del «deus invictus» cuya imagen también nosotros los argentinos enarbolamos como emblema nada menos que en «el sol incaico” de nuestra bandera. Somos los que esperamos “el alba del gran día” que vislumbró Yrigoyen y la “hora de los pueblos” cuyo sordo clamor anunciaba a Perón el advenimiento de la “comunidad organizada”.

Nos enorgullecemos de ser un pueblo “multígeno” (Scalabrini Ortiz lo dijo) de tradición occidental mediterránea (Grecia, Roma, España, Medio Oriente, Norte de África) hondamente enraizado en la origienariedad de América y futuro protagonista del universalismo en marcha.

Rubén Darío, poeta y profeta, lo sintetizó con fuerza de vaticinio en su oda “A Roosevelt”: “Más la América nuestra, que tenía poetas/desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,/ que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,/ que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;/ que consultó los astros, que conoció la Atlántida/ cuyo nombre nos llega resonando en Platón,/ que desde los remotos momentos de la vida/ vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,/ la América del grande Moctezuma, del Inca,/ (…) esa América/ que tiembla de huracanes y que vive de amor,/ hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive./ Y sueña. Y ama, y vibra, y es la hija del Sol.”

Perón recurría a la tradición clásica no sólo para referirse a los grandes motivos de la cultura universal, sino que también aprovechaba las enseñanzas de los grandes textos del canon para su aplicación a la lucha política coyuntural. Van unos pocos ejemplos.

2.- Avatares del “caballo de Troya”

En 1971, el dictador Lanusse quería imponer elecciones amañadas. Con Perón proscripto, se ilusionaba con un apoyo del peronismo o, por lo menos, de sectores del movimiento dispuestos a negociar. Pretendía ser candidato a presidente de una rara entente. Presentó entonces, como una imagen de tolerancia y democracia, de pacificación y diálogo, el Gran Acuerdo Nacional. No era la primera vez en nuestra historia que el sistema en crisis, con el pretexto de la “crispación” y con la ofrenda de un falaz consenso, procedía a camuflar el continuismo con nombres sonoros: Acuerdo, Conciliación, Ley Sáenz Peña, Contubernio, Unión Democrática.

Es entonces cuando Perón desnuda la falacia del Gran Acuerdo Nacional mediante el recuerdo del Caballo de Troya: “Ya los antiguos nos habían enseñado a desconfiar de los halagos del enemigo, y aquello que los helenos no habían podido lograr en diez años de cruento y permanente asedio, lo consiguieron en una noche por medio de la astucia: el caballo de Troya, considerado como una ofrenda brindada a los dioses por los griegos, fue la ruina de una ciudad. Años después, Virgilio en su Eneida pone en boca de Laoconte – sumo sacerdote – “Timeo danaos et dona ferentes” (“desconfía de los griegos y más aún cuando hacen ofrendas”). Es decir, desconfiemos de los enemigos sobre todo cuando nos halagan” (Juan Perón, 1971).

Adviértase que no sólo se apoya en la tradición homérica, sino que recurre con fluidez a la versión latina (Eneida) para remarcar la lección política.

En esa época la tradujo también al criollo cuando dijo: “Ven conmigo a pescar, le dijo el pescador a la lombriz”. Lo que se busca es que nosotros seamos la lombriz”.

3.- Licurgo, precursor del justicialismo

Evita, en sus clases sobre Historia del Peronismo, postulaba que Licurgo bien podría ser considerado un precursor del justicialismo. Consideraba que había que estudiarlo y comprenderlo. En efecto, Licurgo “fue quien realizó, tal vez por primera vez en el mundo, el ideal justicialista que establece que la tierra debe ser del que la trabaja. Es así, como Licurgo repartió la tierra de los espartanos en partes iguales; y se dice que, en los tiempos de cosecha, Licurgo comentaba, al ver todas las parvas iguales, que parecía que la Laconia era una herencia que se había repartido entre hermanos, porque todas las parvas de toda la Laconia eran iguales.” Señalaba, además, que para que existieran menos pobres y menos ricos, hizo desaparecer el dinero. La revolución económica consistía en acuñar monedas de hierro para que desaparecieran la codicia y la avaricia. Más aún, para destruir el distingo de clases, dictó una ordenanza que obligaba que todas las puertas fueran iguales tanto en las mansiones señoriales como en las humildes casas.

Gracias a esto, Esparta tenía conciencia social. Cada uno se sentía responsable del destino común. Tenían personalidad individual y organización social. Pero todavía no era el justicialismo. Eso era para el espartano: “Pero frente al espartano podemos oponer a la masa de los ilotas, que sumaban más de 200.000, y estaban excluidos (…) no tenían condición de pueblo, no podían reunirse, llevar armas, salir de noche y, como se multiplicaban terminaron por autorizar a los jóvenes la cacería de ilotas un día al año”.

De tal modo, el ejemplo de Esparta sirve para ilustrarnos sobre la lucha de los pueblos “para pasar de la esclavitud a la libertad, de la explotación a la igualdad y de ser un animal de trabajo a sentirse y ser hombres”.

4.- Alejandro Magno y la oligarquía

Perón, por su parte, en sus clases de Conducción Política, también recurría con frecuencia a la cultura clásica greco-romana. Refiriéndose a una clase de Evita sobre la oligarquía y su carácter de sirena devoradora que siempre está tentando a los peronistas con sus modos de vida, con su pasión por los círculos cerrados, con el hedonismo, el egoísmo y con su tendencia a la “acepción de personas”, la parafraseaba así:

“Decía ella que Alejandro el Grande, que sin duda fue un rey descamisado, al salir de Macedonia regaló todos sus bienes preservando para él sólo la esperanza, también cayó en manos del sentido y del sentimiento oligárquico”. Así fue como Alejandro, que siempre había sido un rey descamisado, al apoderarse de Persia, entró al palacio de Darío, vio su trono de oro y exclamó: “Esto sí que se llama ser rey”. Entonces se aculturó, se asimiló a los persas y “cayó en manos de la oligarquía otra vez”. Conclusión del ejemplo: “Le pasó lo que dice la señora que no nos tiene que suceder a nosotros. Los conductores han caído mucho en eso.” Y continuaba Perón: “Yo voy a seguir tratando de los otros conductores, de los que no se asimilaron a la oligarquía”.

5.- El Centauro: camino a la armonía

En Comunidad Organizada Perón recurre al mito griego del Centauro. “En varias ocasiones ha sido comparado el hombre al centauro, medio hombre, medio bruto, víctima de deseos opuestos y enemigos; mirando al cielo y galopando a la vez entre nubes y polvo.” Luego de sostener que la comunidad a que aspiramos es aquella donde la responsabilidad y la libertad son causa y efecto, donde existe una “alegría de ser” fundada en la persuasión de la dignidad propia, donde el “individuo tenga realmente algo que ofrecer al bien general, algo que integrar y no sólo su presencia muda y temerosa”, Perón retoma el símil: “En cierto modo, (…) equivale a liberar al centauro restableciendo el equilibrio entre sus dos tendencias naturales. Si hubo épocas de exclusiva acentuación ideal y otras de acentuación material, la nuestra debe realizar sus ambiciosos fines nobles por la armonía.  No podremos restablecer una Edad-centauro sólo sobre el músculo bestial ni sobre su solo cerebro, sino una edad-suma-de-valores, por la armonía de aquellas fuerzas simplemente físicas y aquellas que obran el milagro de que los cielos nos resulten familiares”.

Fuentes:

PERON, Eva, 1971, Historia del Peronismo, Buenos Aires, Editorial Freeland

PERON, Juan Domingo, 1973, La Comunidad Organizada, Buenos Aires, Ediciones Cepe

                                   , 1973, La Comunidad Organizada y otros discusos académicos, Buenos Aires, Macacha Güemes.

                                  , 1971, Conducción Política, Buenos Aires, Editorial Freeland

por Jorge Torres Roggero

1.- Daniel Vera

Aquel día, comienzos de 1988, nos cruzamos, como casi siempre, en la entrada del Pabellón Francia, Facultad de Filosofía y Humanidades, UNC. Uno se iba; el otro, llegaba. Tras el habitual saludo amistoso, Daniel Vera me alargó un pequeño tomo. Eran los sonetos de Fundamento hsin. La dedicatoria rezaba: “Para Jorge Torres Roggero, con un abrazo fraternal”. En la contratapa, un solo verso escapado del sonetario, discurría: “y sin razón se dona y sin locura”.

Supe así, desde el comienzo, que se me proponía ensayar el difícil arte de cabalgar en dos caballos a la vez y que la alusión del título me convocaba a explorar el infinito bisbiseo de la Kábala. Ya no estaba frente al periodista de ironía crítica con el que compartí militancia en los 70.

Desde entonces, leo y releo el pequeño libro. Y, cada vez, me incita a reincidentes lecturas, paradojalmente, siempre nuevas. En efecto, la visión de la ilustración de la tapa es un llamado a romper con lo unívoco. La diagramadora, Carolina Scotto, eligió la reproducción de un grabado de Rober Fludd (1574-1637), médico, músico, alquimista, filósofo ocultista inglés, autor de Utriusque Cosmi, Maiores scilicet et Minoris, metaphysica, physica atque tecnica historia. El grabado se titula “La torre redonda” y es uno de los numerosos emblemas simbólicos que ilustran el libro que, según los modos de lectura herméticos, dicen más que las palabras. Fludd los llamaba “templos de la música” y con ellos pretendía ilustrar la armonía en la escala pitagórica. Advertimos en el grabado la figura de un ejecutante desnudo con un laúd; y la imagen de Pan como un misterioso gaitero.

Este paratexto es, sin duda, una inicial incitación para que peregrine al menos por dos diferentes planos: uno metafísico; otro, estético. Pero, a la vez, con la invitación a no permanecer ajenos al soporte de la “razón frígida” de la práctica académica.

Ahora bien, antes de pasar al recinto de los sonetos, resta todavía una pregunta sobre su autor. ¿Quién es Daniel Vera? El libro de 1987 ofrece una curiosa tipología. Carece de la habitual solapa con el currículo del autor. Pero sí se nos ofrece un trashumante “marcador” de la editorial Dianus en que el autor habla sobre sí mismo.

Daniel Vera nos cuenta que el único modo de presentar un libro como objeto acabado, es suponer que el autor ha muerto: “Tal vez un libro de poemas no sea otra cosa que el término de una espera o el fin de una busca. He cumplido cuarenta años y tengo apenas la certidumbre de que esa presumible consumación es en todo caso provisoria y más o menos inútil. (…) A mi edad puedo fingir sin esfuerzo que soy un poeta muerto: uno o más, si me atrevo a recordar anteriores intenciones, como aquellas Perífrasis Griegas de 1981 y las páginas dispersas a lo largo de más de veinte años en muestras, catálogos, programas de cine, plaquetas, diarios y revistas, además de numerosas inquietudes inéditas. (…) Si como dice Cioran, la poesía tiene como fundamento la memoria y como sustancia lo caduco, no resulta del todo intempestiva esta ilusión de manifestaciones póstumas, pero todavía inconclusas y promisorias”.

Quizás este fingirse muerto de Daniel Vera corresponda a una función de la poesía. Según Harold Bloom: “toda poesía es una letanía apotropaica, es decir, un habla que resguarda y protege de la muerte”. De ahí, mi elección de un “modo” interpretativo: partir de ciertos aspectos retóricos de la kábala.

Pero antes, como complemento de la autografía vital que hemos leído, dejamos algunos datos sobre el autor. Daniel Vera (1947) es poeta, maratonista, docente de Lógica y Filosofía del Lenguaje en la UNC. Ha publicado, entre otros, estos libros de poemas: Fundamento hsin (1987), Formas de la oración (1991) y Angel en llamas (2012). Cultiva, además, el ensayo: Meditatio mortis (2014). Administra los blogs: “Tortugas y lentejas” en que concilia su pasión por las carreras de largo aliento con su devoción por la escritura; y “Chuzas y lechuzas” que se centra con más énfasis en las cuestiones estéticas: literatura, plástica, reseñas amicales. En A qué se llama correr incursiona en reflexiones fundadas en su afición a los maratones, deporte en que descuella. Por último, sería injusta esta semblanza si no señalo que el sonetario va precedido por una magnífica y exhaustiva introducción de Antonio Oviedo, titulada “Notas a (con) fundamento hsin”.

2.- Hermenéutica, kábala, fundamento hsin

Toda tradición mística se caracteriza por sus paradojas y misteriosos silencios: son su fundamento. Tal el milenario camino de la Kábala desde el nacimiento de la escritura hasta las más recientes teorías lingüísticas. A partir de la Edad Media, la palabra kábala va amplificando significados por la superficie social: desde sabiduría oculta, hasta una proliferación de grimorios, amuletos y alambiques. Deja de ser una vía de conocimiento para aludir a métodos adivinatorios lindantes con la vulgaridad. En efecto, si algo no es la Kábala, es ser un método para ganar la lotería.

Mi humilde objetivo no es incursionar en la gematría, o sea, en la hermenéutica de los sabios que auscultan los mensajes secretos de la divinidad por medio de las letras (los alfabetos) de las lenguas sagradas que son, a la vez, signos y números. Solo me propongo descubrir en las letras del alfabeto hebreo que Daniel Vera poetiza, (más una posible letra perdida), una retórica, es decir, una poética.

El alfabeto hebreo es, ciertamente, la manifestación de una fe en el lenguaje. Ahora bien, la comunicación solo puede realizarse en la historia, es decir, en la común acción y reflexión en el tiempo. Es situada. Pero detrás de la palabra murmura la tradición. Según la tradición, el mundo ha sido creado por el lenguaje de tal modo que cada unión pasajera de signos es un acto de continua creación. Los símbolos del alfabeto describen constantemente el pulso intrauterino de un cosmos siempre a punto de ordenarse.

¿Cuál es el vínculo de los poetas con los maestros de la Kábala? Pienso que es su creencia, consciente o inconsciente, en el lenguaje como un absoluto constantemente abierto por la dialéctica de la caída del Nombre. Su fe en el misterio del lenguaje es lo que vuelve audible la oralidad oculta de la tradición.

Es un proceso de semiosis ilimitado, un juego de reflejos, en que la caída del nombre en la arbitrariedad de los signos -origen del sujeto- es una figura de la caída primordial del hombre. Según W. Benjamin, la caída, es, ante todo, la caída del lenguaje. Caída del nombre divino y nacimiento de la palabra del hombre. El lenguaje se apodera, entonces, de la abstracción, el juicio, la significación. Ya no es un “medium”, sino un “medio”. Es la caída del conocimiento a la “exterioridad del saber”; de los “nombres” a los signos. A ese “exiliarse del “nombre”, a ese “expulsarse del paraíso”, Benjamin lo denominaba “pérdida de la magia inmanente” o “aura”. Según la Kábala, en las “vasijas rotas” estaban resguardados los residuos de un mundo fallido que Dios hizo primero y destruyó después. Pero en esos recipientes rotos del mal mora una chispa salvadora del bien. Las fuerzas malignas del universo siguen guardando chispas de luz prisioneras que sólo se manifestarán a través de una catástrofe: la ruptura de las vasijas por el triple ritmo de contracción, fragmentación y restitución o enmienda.

El poeta ausculta el aliento de Dios, retenido y oculto en el silencio. Ese es el objeto de la “ciencia de las letras”. El camino se bifurca: el del conocimiento, o sea, el de los sabios; y el de la belleza y el amor, o sea, el de los poetas. Las letras entonces, rastros o huellas de una lengua sagrada, son criaturas que han descendido por el aliento divino a los planos inferiores para “componer” el universo manifestado.

Daniel Vera, en Fundamento hsin, explora, cabalísticamente, los diversos ángulos de visión de las letras y las palabras. A veces, un título mestiza tradiciones como en el soneto “omega zeta 400 taw” en que se refiere al “fin” con las últimas letras de los alfabetos griego, latino clásico y hebreo. Agréguese a esto el número 400 que corresponde a taw (figura de la “cruz” como marca). Las letras superabundan en metáforas que transportan “más allá”. Según sus diferentes articulaciones adquieren significados opuestos indicando la “convivencia” del bien y el mal. Por ejemplo, la letra hsin está en Shaday (Todopoderoso), nombre santo del creador; pero, también, ha sido tomada por la palabra Shequer, “mentira”. O sea, en ella están escondidos todos los pasos de la creación, pero al mismo tiempo encabeza la palabra “Shequer” (mentira) en la que se manifiesta la falsedad. Dice el Zohar: “De aquí se sabe que quien quiere decir mentira, al principio parte de un fundamento de “emet” (verdad) y a partir de él establece “shequer”, “mentira”, que empieza con la letra hsin”: “pero caído se abre en ignorancia/ no flor en aire no raíz en tierra/ y dorso duda espalda con distancia”, dice Vera.

Esta retorización de la Kábala es un margen placentero para hombres caídos a los que no les ha sido dado el gozo supremo de la contemplación sino sólo el disfrute del placer del texto que es un territorio, un cuerpo (corpus) que Daniel Vera nos invita recorrer. Tocados apenas por el aliento creador, leemos infinitamente sus sonetos arrastrados por la fascinación de lo explorable. Nos dejamos llevar por el goce del desciframiento y una comunicación “áurica”, imantada de silencio.

No apartarse de la huella, predicaba Martín Fierro. Paradójicos “baquianos” perdidos en un “bosque de símbolos”, buscadores de modos musicales en un tejido de silencio, confiamos en la vida y en la desocultación del “nombre” perdido. Pero, claro, si el texto es un territorio o un cuerpo, todo territorio delimita espacios sagrados. ¿Nos invita Daniel Vera a disfrutar la transgresión del límite (pecado) sin culpa alguna? ¿Nos incita a un asalto a la última frontera para descubrir que “existimos” antes de “pensar”? Por lo pronto, el poeta, que dice haber escrito más de mil sonetos, pasa a integrar el “index” de la “sonetolatría” cordobesa”.

Ahora bien, el versolibrista, el vanguardista, que ingrese a este templo de sonetos tropezará a cada paso con una caja de sorpresas: ¿cómo conciliará la perfección formal del soneto clásico (cajita de música) con el infinito universo en que, como en una lengua sagrada (sin signos, con desplazamientos tectónicos de sílabas y significados) descubra el instante supremo en que el texto sale de un profundo silencio? Acontecimiento paradigmático en el que coinciden risa y llanto, pasado y futuro, vida y muerte, en una deleitable hierogamia musical. Aunque el autor aluda con frecuencia a la literatura (Kafka, Alicia, Rilke, Güiraldes, Marqués de Sade, Lugones, Quevedo) y abunden asimismo palabras que urden laberintos culturales (exordio, alfabeto, uno, infausto, axioma, quizá, obertura, preámbulo, ex nihil, poiesis, mismo, casi, jardín, plural, non verba res, fundamento), es imposible que no se configure una escalera mística de letras. No es casual que, al final de cada soneto, se reproduzca la misma ilustración: “el compás místico” de Roberto Fludd.

En la tradición hebrea, los hombres que conocen los profundos misterios de las letras sagradas son los grandes profetas de la humanidad. Las palabras compuestas por las letras “dicen a Dios” y actúan sobre los hombres para transmitir el mensaje divino de su restitución (enmienda). Tengamos en cuenta que, en sus orígenes, el texto sagrado era una secuencia de letras sin ninguna puntuación. Por lo tanto, se podían leer de varias maneras. Son letras hieroglíficas preñadas de metáforas que siempre nos transportan “más allá”. No cesan de aludir a diferentes valores y sentidos. Por eso son como un cuerpo: puede estar vivo gracias al “soplo” (aliento) que lo “anima”.

3.- Tres sonetos

En el fragmento del Zohar que describe el misterio de las letras se narra que, antes de la creación, se presentaron todas las letras ante el Creador. El Santo las rechaza a todas hasta llegar a bet, la segunda letra del alfabeto, y la elige para ser el comienzo de su creación porque es el comienzo de la palabra berajah (bendición): es el inicio de la creación del mundo y, a la vez, el comienzo de la historia de la redención (regeneración) del hombre. Por eso es también “alfa”:

alfa bet

para principio propio de poema

carece de principio de argumento

desconoce palabra fundamento

mas teje con vacío numen lema

lumen y limbo médula y emblema

de fingido fulgente fingimiento

donde buscan auroras su momento

y ocasos son de fuego de sistema

¿quién alba noche tarde nunca siesta

ha visto melodías de violines?

cursan aguas inmóviles su gesta

por inquietos translúcidos jazmines

concelebran verbales serafines

canción ensueño gozo musa fiesta

Cuentan, asimismo, que dos letras se presentaron juntas al Santo para ser el inicio de la creación: dalet y guimel. Se repite así la antigua hierofanía de los gemelos que es común a todas las culturas tradicionales. El Creador no acepta crear el mundo con ellas porque han recibido lo suficiente al poder ir juntas la una con la otra. Las dos letras unidas forman la palabra dag, que significa “pez”, cuyo número es siete y simboliza el alma del mundo (anima mundi). La letra dalet es la inicial de “pobreza” y guimel de guemilot, “recompensa”. Deben permanecer juntas. El pobre simboliza la parte divina que ha caído con el hombre. La recompensa la parte divina que permanece en el cielo. No pueden separarse. Garantizan el misterio de la unión (hierogamia) del cielo con la tierra. Soneto

“a guimel”

amor amante amada ya distante

ahora amor amado amante nada

amor con amo llama sin amada

amor sin amo llama sin amante

ama quien ama pero no sangrante

amada no es amante desangrada

amante no es amada consagrada

amor y amor es música constante

amor no amar y ser amor amado

amar amar no ser amado amor

amor llama no llama su llamado

amor ama no llama llamador

ama amor ser amado y a su lado

amante amor enciende resplandor

La palabra melej (rey) se inicia con la letra mem. Va unida a las letras lamed y kof: son las letras centrales del alfabeto hebreo. Aluden a la reunión de todo al árbol sefirótico cuyo culmen es Keter (inicial kof) y significa “corona” y concluye en el polo inferior, malkut. Su letra inicial mem designa “reino”. Las tres letras son la escalera que une cielo y tierra. Nos preguntamos. En esa praxis, ¿qué papel juega la palabra “mismo” en el título del soneto que transcribo a continuación?, ¿un juego con “même” en francés?,¿y daniel vera?:

mismo mem

parado donde estoy mejor sentado

en cualquier posición sobre vacío

no bastante calor no mucho frío

ni tampoco ¿por qué? tibio templado

es aquí donde estoy en cualquier lado

desubicado sitio desvarío

sin fuente ni destino tiempo río

inhabito solar no tengo estado

borde cornisa centro y así mismo

cúspide base vértice ladera

hacia aquí y hacia allá todo tropismo

no pasa de confusa calavera

¿qué importa norte sur en ciego abismo?

¿y nadir’ ¿y cenit? ¿y daniel vera?

Oblitero un soneto que pareciera ser ajeno al alfabeto. Su título tiene resonancia latina “non verba res”. El trastrueque del viejo dicho es otro misterio que nos llama a leer incesantemente este libro. ¿Será “la letra perdida” del “Gran día”?: “dioses vacío dios en armonía”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 28/3/2022

Nota: En el libro los sonetos portan la perfecta disposición clásica de dos cuartetos y dos terceros. Mi impericia en el uso de este medio me impidieron reproducirla en este posteo. Pido disculpas.

Por Jorge Torres Roggero

1.- Un semillero de misterios.

Si me pongo a discernir sobre la razón que me impulsó a congregar en un libro a Raúl Scalabrini Ortiz y a Rodolfo Kusch, debo reconocer que no fue el corolario de cavilaciones teóricas. Tampoco primaron urgencias metodológicas: solo fue un acercamiento emocional a través de un tango de Enrique S. Discépolo.

Siempre me atrajo la poética vital de “Cafetín de Buenos Aires”. Rutila en sus compases un modo de conocer ajeno al intelectual canónico que sólo “mira de afuera”. Porque el cafetín resguarda, tras sus vidrieras, el abismo insondable de la realidad: “las cosas que nunca se alcanzan”, los “asombros”, “la fe en los sueños”, “la esperanza de amor”. Pero, al mismo tiempo, patentiza el “amasijo informe” del “otro lado”, las amenazas “de lo innombrable”: dados, timba, cigarrillo. Vale decir, todo lo azaroso. Añádase a esto, la cruel poética del renunciamiento (“no pensar más en mí”) como salto al otro lado, a la zona de la ternura y el amor: “Sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja”.

El cafetín no representa lo reglado, lo institucionalizado. Era una “mezcla milagrosa”, un mestizaje subterráneo de “sabihondos y suicidas”. Recinto de los sentidos contradictorios, en el cafetín hay licencia para el sentipensar, o sea, para celebrar las transgresiones al canon: un modo de conocimiento que emparienta a Rodolfo Kusch y Raúl Scalabrini Ortiz.

Kusch nos recibe, en La Seducción de la Barbarie, “acodado en la mesa de un café, contemplando el paso de la gente a través del ventanal.” Y, ¿qué siente? Extrañeza. Una especie de abismo subsume al filósofo y al hombre solitario que pasa por la vereda. De nuevo el cigarrillo, la charla, los dados. “Al otro lado”, la calle y las oficinas, una desazón primaria. ¿Cuántos vectores condujeron a ese instante de cruce entre el observador y el transeúnte? El observador “hurga con un palito” esta situación y se abre, sorpresivamente, un abismo. Todo lo que se piensa sobre el hombre solitario, sólo “se refiere al yo.” Ninguna relación con el aquí y ahora. Todo quedó en una red de intereses porque falta el “nexo vital” con la comunidad. Falta el nexo entre vida e idea. Están separados por el muro transparente de la vidriera; y nos acomete un sentimiento que no tiene explicación y carece de palabras.

Imposible abarcarlo con el único auxilio de la razón frígida ¿cómo abrazar los contenidos profundos desde el café, el ventanal y el transeúnte, pero “con la emoción que se siente en un poema, en un acorde o en un crepúsculo”? Sólo cabe asomarse al “reverso”, “hundirse” en el abismo que media entre un cafetín y la red de relaciones con que pretendemos contenerlo. Y eso que la “tela racional” no llega a decir, se expresa “en la borrachera furtiva de un empleado de banco, el grito destemplado de una patota nocturna o un tango”. Es la “mezcla milagrosa” pegando un paradojal “salto atrás” que, sin embargo, avanza “hacia adelante”.

Scalabrini Ortiz, en 1930, no ya al comienzo sino en el final de El Hombre que está solo y espera nos presenta a un hombre sencillo “entre otros hombres”. Camina por Corrientes, cruza Florida, pasa por Maipú y entra en un café de la calle Esmeralda. Allí no está solo. Está con un camarada confinado en el “fortín de la amistad”. En ese “reducto amistoso” el hombre habla, y al hablar, se rehumaniza. El lenguaje es impreciso, balbuciente, tartamudo; pero, es una música nueva: “En el lenguaje el hombre incoa el proceso de rehumanización de la vida entera”. La poética del cafetín está cerca de la vida. No importa que sea una poesía cruel, un acorde perdido, una emoción ronca, un modo de creer o no creer; en todo caso, será una razón que yace en lo más íntimo de nuestros días. Es que, descreído de la sola inteligencia conceptual, el hombre de pueblo “palpita” que en ningún libro europeo hallará las respuestas para sus incertidumbres, “que en su humildad está su mejor grandeza”.

2.- La cuerda vital del sentimiento

Scalabrini llama “devociones” a sus escritos. El texto es el ritmo espontáneo con el que se comba “el pecho para respirar”. Confiesa, además, que el “saber creer” le costó un largo aprendizaje. En esa búsqueda, se entregó al abordaje de las ciencias “con profunda concentración inmediata, pero sin convicción permanente”. Se aplicó, asimismo, a las matemáticas con el laborioso ejercicio mental del cálculo infinitesimal y de la geometría proyectiva. La intensidad del pensamiento abstracto lo acercó a la intensidad del pensamiento lírico: “Cuando se reduce el alcance de un número al de un adjetivo, la fórmula matemática alcanza una fuerte densidad emocional”. Esta irrupción de la afectividad, lo impele a hablar del cúmulo de sus creencias perdidas, a reclamar el derecho “a ser uno cualquiera que sabe que es uno cualquiera”.

Como lo venía preludiando desde La Manga (1923) siente brotar en él una fe alegre. Una alegría de adentro, “una incandescencia del espíritu”: “Desde entonces, mi vanidad es, no de libros leídos, sino de vidas hojeadas en que sentí similitud con la mía”. Descubre su pertenencia a la “multitud innúmera”, al pueblo como fundamento de la palabra creadora, como pálpito vigilante y poseedor de un secreto verdadero: “Mi orgullo: el saber licuarme entre los hombres que sienten como yo. Mi fe: la de que los hombres de esta tierra poseen el secreto de una fermentación nueva del espíritu”.

Tras el éxito extraordinario de El hombre que está solo y espera, hacia 1930, había alcanzado el más alto título que un escritor podía lograr con su pluma: el de redactor de La Nación, cargo al que renunció para “descender voluntariamente a la plebeya arena en que nos debatimos los defensores de los intereses generales del pueblo” (Qué, 1957).

Es en El hombre que está solo y espera cuando descubre el secreto de la conciencia (todavía no proferida por académicos e intelectuales), del pueblo “que sabe adónde va, aunque lo ignore cada uno de los individuos que lo componen” (Noticias Gráficas, 24/06/1931).

Allí “husmea” nuevos modos de conocer la realidad. Descubre el destino incógnito del hombre del pueblo, verdadero conocedor de la “ciencia de la vida”. El hombre de Corrientes y Esmeralda, que es el hombre argentino, “está resignado a ser un elemento vil de los cimientos, uno de los cascotes, que se gangrena bajo el suelo”. ¿Hay realidades vitales que carecen de palabras? ¿Cómo expresar el maravilloso cálculo de equilibrios del que se larga de un tranvía en marcha? El hombre de pueblo sabe que cada gesto de su vida es una de sus palabras. Todo lo que sale del pueblo sale de los adentros, es palpitado. En los años de la década infame al hombre de pueblo se le ocurrió usar pijama como ropa de calle y la implantó a pesar de las burlas de los diarios. Pero, además, ideó, no sólo bailar sino también cantar el tango a pesar de que los diarios “hablaban de música canalla”. El hombre de pueblo busca la verdad humana en los hechos: “Todas las dudas de Hamlet son tonterías retóricas ante el cúmulo de perplejidades que se arremolinan, se ciernen y se desvanecen en el más mínimo instante de la vida de cualquier patán.”

Por eso, es de pocas palabras, desconfía de las palabras que han sido deshumanizadas y se han convertido en ruido espantoso. Sin palabras que lo expresen, el pueblo habla y conoce por ritos y gestos: la palmada, la mirada, el silbido. Son los signos que se sublevan desde las escabrosidades del “pálpito”. En su sentimiento, el hombre del pueblo ha destruido las grandes palabras: todas las mentiras de la literatura, de la filosofía, de la política, de la economía.

La República se ha convertido en una estancia moderna, macrocéfala, cuyo casco es Buenos Aires. El hombre del pueblo, con su pálpito, rastrea incansablemente los manejos del poder, del capital y la finanza. “Palpita” que el capital es energía internacional, que no connaturaliza nunca: “El capital extranjero está en el poder. ¡Quiera Dios que el pueblo no le cueste mucha sangre y desorganización desalojarlo!”

Uno puede consultar mil volúmenes, pero para el pueblo es sólo una vanidad intelectual. Sus hierofanías son verbalmente intraducibles, son percepciones del “pálpito”. Y ese “hálito ingénito”, solo se comunica a través de “la cuerda vital del sentimiento”.

Por eso en Hipólito Yrigoyen se resuman las incipientes voces de liberación popular: “Hasta el momento de su ascenso, Yrigoyen no había hablado en público ni se le conocían escritos en que testificara una línea de conducta o una idea central de acción. Su pensamiento estaba circundado del mismo misterio que circundaba su vida. Se desconocían sus costumbres y hasta los rasgos de su fisonomía, porque hasta el momento de su elección Yrigoyen no permitió que lo fotografiaran.”

Guiado por el “pálpito”, condujo las multitudes lejos de las tradiciones de los políticos europeos y se mantuvo treinta años en un destierro voluntario. Se declaró iletrado; pero, paradojalmente, conocedor de todas las instituciones. Por eso pudo instaurar una “religión cívica”, “una fraternidad de profesos”, una congregación de “correligionarios”.

Los pueblos y sus conductores se rebelan desde el estar, desde la negación:

“El que nada hace puede hacer más que el que hace, puede elaborar su propio espíritu (…) El que tiene alas algún día volará. En potencia, está volando siempre. El espíritu, como el corazón del hombre, no cesa mientras existe. Su detención es su destrucción”.

O sea, el espíritu yace en el fondo de la realidad. Hay que zambullirse en sus napas primordiales para peregrinar al recinto de las energías del pueblo. ¿Dónde reside esa fuerza primordial del pueblo? En su materialidad, en su cuerpo individual y social.

En busca de la “inasible pulsación” que modula la esperanza de los pueblos, Scalabrini descubre la corporeidad del espíritu humano:

“El alma de los pueblos brota de entre sus materialidades, así como el espíritu del hombre se enciende entre las inmundicias de sus vísceras. No hay posibilidad de un espíritu humano incorpóreo. Tampoco hay posibilidad de un espíritu nacional en una colectividad de hombres cuyos lazos económicos no están trenzados en el destino común”.

La economía es el cuerpo, la materialidad del pueblo, por lo tanto, cada individuo no sólo es un fragmento de historia que en él comienza y termina, sino también “una molécula inseparable del organismo económico del que forma parte”. De tal modo, economía y realidad se confunden. Esa realidad nos contiene; “somos geografía que piensa”.

Pero, ¿qué poética puede relatarnos? ¿Quién interpreta nuestros actos para dilucidar nuestro destino? ¿Quién conduce y lleva a la práctica nuestro contenido vital? Las palabras que para un europeo son expresión de la realidad, en América son entelequia y, a veces, una traición. Por eso hay que “ser extremadamente sutil para asir entre lo ajeno y corrompido esa materia finísima, impalpable casi e incorruptible que es nuestro espíritu, el espíritu de la muchedumbre argentina: venero único de nuestra probabilidad”.

Las lacras de la patria no han de ser disimuladas. Es necesario denunciar que todo lo material, todo lo venal, está sometido a la hegemonía extranjera. Una patria en que todo se compra y se vende, como decía Lugones, acaba por tener un precio. La inteligencia aislada, la ciencia deshumanizada, son la pandemia que corrompe al mundo. Hay que desertar de las palabras unidimensionales y su significado congelado. Son palabras gastadas que manosean la pasión y la fe. Por eso, nada más cercano a Dios que el hombre multiplicado en la muchedumbre. En la muchedumbre, el hombre aislado es agente de un rito lustral para que lo inmanente aflore y se proclame.

En consecuencia, sostiene, son necesarios esos “chispazos de primitivismo que hienden de cuando en cuando la rutina de nuestra cultura en que todo es ajeno, desde la técnica hasta los dioses”. De allí su entusiasmo por las multitudes del 17 de octubre de 1945. En un texto de alto valor simbólico y literario, compara al pueblo en marcha con la sudestada cuando invade la Avenida de Mayo y sacude la entraña de la ciudad: “Ese cimiento básico de la nación que asomaba”, era una muchedumbre clamorosa, “rodeada por la animadversión de los soberbios de la fortuna, del poder y del saber”.

Como se verá más adelante, Scalabrini practicaba “la política de la chinche flaca” y la fatalidad del individuo aislado en “la manga de langosta”. Por eso pudo decir que: “Los denuestos de los poderosos no lo afectaban: sabía que la eternidad era suya. Estaba dentro de su covacha, como el espíritu dentro del cuerpo.”

3.- El salto al revés

En La Seducción de la Barbarie, Kusch planteaba la necesidad de una poética aun para el lenguaje filosófico. Ahora bien, para abarcar todos los contenidos profundos, es necesario incorporar la emoción como modo de conocer. Recurrir a “lo que se siente en un poema, en un acorde o en un crepúsculo”.

Sostiene que el intelectual argentino es negativo. Se la pasa queriendo inspeccionar la vida y enchalecar el miedo original de vivir. El miedo a ser acusado de bárbaro le mutila la palabra en la garganta. Entonces, para vigilar, acude a pautar el mero hecho de vivir mediante una ascesis del espíritu, una especie de control inteligente de la vida. Sirviente de la “razón frígida”, amplía la superficie, se aferra a lo exterior y pierde profundidad; y, al final, clasifica, corta, mutila. Pero, sumergirse en la realidad, es asomarse “al reverso”, es hundirse en el abismo que media entre el ser que vive y el ser que piensa. Esa sumersión en el “hedor” deja en libertad una zona de oscuridad en que la tela racional se rasga a cada instante, se ilumina con el rostro oculto de los “dioses” y comienza a articularse el lenguaje de la fe que es una “especie del saber del no saber, el de nuestro puro estar, del cual no sabemos en qué consiste, pero vivimos sin más”.

Estar, no es estar mejor o peor, es el mero estar siendo, o sea, no un ser que lleva sobre sus espaldas un “mundo explicado”, “un mundo sin azar”. En cierto modo es invertir el código del “ser ahí” porque “ahí” no es el mundo de la vida.

El intelectual “mide, descuartiza, vive de axiomas” y cree “haber alcanzado una quietud y una universalidad de estricto uso personal”. De tal modo, solo es auténtico en Europa. Es por eso que reprime cualquier vestigio de anormalidad (o sea de vida) en las cosas. Kusch está proponiendo en sus reflexiones la necesidad de no abandonarse ciegamente a un método determinado. La filosofía o ciencia controlan la relación de su propio proceso cognoscitivo con las posibles “dimensiones” del objeto o con un simulacro de totalidad cuantitativa. Pero esa consideración, meramente formal, se desentiende de la plenitud material de la realidad profunda.

Scalabrini Ortíz, Rodolfo Kusch, eligen, no los métodos construidos a priori, sino un código expresivo que declara no pertinente la razón europea. Postulan la necesidad de crear un código categorial y expresivo al margen del saber eurocéntrico con el objeto de abarcar la totalidad y ultimidad del sujeto histórico real. Adviene, entonces, la necesidad de un pensamiento metafórico no ajeno al corazón como órgano de conocimiento. La filosofía americana -sostiene Kusch- “no es tautológica de la filosofía europea”. En la voz latinoamericana, el que habla, en su decir, no emite un signo, se hace un signo: “está siendo” o, lo mismo, “es para el otro”.

En consecuencia, el verdadero sujeto histórico en América es el pueblo, o “multitud”, en el decir de Scalabrini Ortiz. El discurso poético es histórico y se va completando en el devenir. Esta poética es la que se ocupa de relacionar discurso e historia. La poética procura que lo que pasa no sea solamente “un consumo de vida”, una conversión “en cifra” de lo que palpita. Vendría a ser un nexo natural entre la vivencia cotidiana y el canon aceptado por el grupo social. Lo que nos falta es la “expresión” (el “signo”, según Scalabrini) que nos traduzca al lenguaje categorial la circunstancia menuda de estar en la vida. Nos falta una mediación entre la realidad abisal (a-bysos= sin fondo) que nos habita y las convenciones que nos censuran. Esta búsqueda solitaria de un logos implica un sentimiento.

Como postula Scalabrini Ortiz: “Atreverse a erigir en creencias los sentimientos arraigados en cada uno, por mucho que contraríen la rutina de creencias extintas”. Algo como “el salto al revés” kuscheano, “hacia atrás pero que se adelanta”. Convertir el “detrás” en el “adelante” como una paradoja que es necesario experimentar. Ese salto al revés significa una re-conexión con lo popular. Es contar con el otro, ese rostro desconocido de nosotros mismos.

Sólo podemos hablar de pensamiento descolonial los que padecemos la colonización y la autodenigración. A veces, en busca del currículo académico, del confort de los campus (quizás en los “afuera”) comenzamos a escribir informes y libros en una lengua donde no estamos. Por lo tanto, solo a partir de las “palabras hedientas” encontramos un pensamiento florecido en las entrañas, en el corazón (soncco) o en el “pálpito” scalabriniano.

Abrigamos la certeza de que ese juicio será, a la vez, racional e irracional. Por un lado, será percepción intelectual y dirá lo que ve (mirada, teoría); pero por otro es sentimiento, es fe en lo que se está viviendo. No es casual que, en una epifánica afirmación de toda la psique, Hipólito Yrigoyen hable en “El Telegrama” del “corazón profundo” de la patria como rumbo seguro en la tormenta. Juan Perón, por su parte, refiriéndose a la solidaridad como fundamento de la justicia social, la define, no por la ley escrita, sino por “la ley del corazón”. Misterioso operador seminal que convierte a un sujeto individual (preso en el logos europeo) en un sujeto total.

Para Kusch “el hedor” es una praxis de los adentros, de los abandonados “dioses hedientos” que hemos expulsado de nuestra vida. “Ni nuestros dioses son nuestros”, decía Scalabrini. Sin embargo, lo que parece muerto, está vivo. Esos dioses exiliados vagan dejando a cada instante su olor como un rastro luminoso de alteridad. ¿Fue válida la lectura de Atahualpa cuando olió la Biblia? Lo cierto es que esos “dioses hedientos” son como un aliento, como una respiración, como una parte casi imperceptible de nuestros cuerpos.

Kusch apunta a ciertos “brillantes citadores profesionales”: es el que lo sabe todo y ostenta a cada rato la penúltima novedad traída de “los afueras” del estar que caracteriza nuestro vivir. El resultado es un concepto de cultura exterior. Cualquier quehacer intelectual o artístico cobra relieve solo por copiar las praxis de los “países serios”. Falta la sensación de rebelión primaria y total que busca expresarse. Recién al final descubrimos que la verdadera expresión pervive en el arte oral y se ensombrece en la escritura letrada.

Por eso, tanto Kusch como Scalabrini, crearon una poética del corazón, un modo de expresarse que permite explorar áreas de conocimiento que una excesiva colonización ha suprimido. Tal práctica, conlleva la urgencia de escuchar la voz de los adentros. Habrá que aceptar que somos “mestizos” (y aun “mestizos vergonzantes”), según Kusch; o como decía Scalabrini, “multígenos”. ¿Habremos de olvidar su épico relato en que describe la multitud multígena del 17 de octubre de 1945?

Estamos lejos de nuestros progenitores, “como si hubiéramos sido depositados en otro planeta”. Eso nos acerca a las civilizaciones autóctonas: “Así lo que existió en esta parte del planeta -sostiene Scalabrini- y lo que fuimos en nuestros ascendientes, confraternizan en nosotros en una alianza de extrañas perspectivas”. Nos quieren ofender llamándonos “pueblos mestizos”. Por lo contrario, “somos una estirpe por venir y una parentela que potencialmente reside sobre toda la extensión de la tierra”. La “razón mestiza” admite la afectividad, el susurro indefinible del sentipensar. Por eso la crítica de Kusch hacia la historia escrita en América: es una historia fundada en el criterio de que lo inferior es América y lo superior proviene de Europa.

Desde el mero estar, el pensamiento mestizo, experto en el uso de operadores seminales, levanta contrafuertes simbólicos. Desde la región de los quehaceres y los díceres textura (teje) una zona geocultural, una intersubjetividad dialógica en que las respuestas “participan de la cosa y de lo que no es cosa”: entre lo “útil”, o razón frígida y lo “in-útil”, o cuerda vital del sentimiento.

Córdoba, 11 de mayo de 2021

Kusch, Rodolfo, (1976). Geocultura del hombre americano, Buenos Aires. García Cambeiro

____________, (1977). El pensamiento indígena y popular en América, Buenos Aires.

Hachette

____________, (1978). Esbozo de una antropología filosófica americana, Buenos Aires. Castañeda.

____________, (1983). La seducción de la barbarie, Rosario. Editorial Fundación Ross.

Scalabrini Ortiz, Raúl, (1940). Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires. Editorial Reconquista

_________________, (1964). El hombre que está solo y espera, Buenos Aires. Plus Ultra.

_________________, (1972). Yrigoyen y Perón, Buenos Aires. Plus Ultra.

_________________, (1973). Tierra sin nada, tierra de profetas, Buenos Aires. Plus Ultra.

_________________, (1973 b). La Manga, Buenos Aires. Plus Ultra.