por Jorge Torres Roggero

1.- Un diálogo diferido

Hace poco los hice partícipes de mi inesperado encuentro con Canto a los míos de Miguel Ángel Piccato. Hoy, bendito azar, perdido entre libros más voluminosos, mis dedos dieron con Arder (1991, La Pared) de Alejandro Schmidt. Ante su irremediable ausencia, silencio doloroso; pero, también, el resonar en los adentros de su voz clamante en el desierto.

El autor llama “plaquette” a este conjunto poético. En efecto, carece de numeración de páginas e índice y consta de seis poemas dedicados a Gustavo Ancarani. La ilustración de tapa es un incitante dibujo del villamariense Juan José Masafra. El humilde colofón reza: “Los poemas que componen la presente plaquette fueron realizados en la ciudad de Villa María, provincia de Córdoba, en el período comprendido entre febrero de 1988 y marzo de 1990. Con excepción de “Tareas”, publicado en la revista de poesía Arché (Cap. Federal, mayo 1990) el resto de los trabajos era inédito”.

Pero Arder, en su repentina aparición, me arroja una sorpresa a la cara. Plegada entre sus hojas, me llama una carta de Alejandro fechada en Villa María, el 20 de abril de 1992.

Habíamos compartido, a comienzos de ese año, un encuentro de poetas. Yo le había obsequiado un recién horneado Eucalypto y otros poemas. Alejandro, siempre enigmático, agradece, no el libro material, sino su contenido de palabras: “Querido Torres Roggero: gracias por sus palabras impresas y sobreimpresas, tengo para mi corazón…”, y desliza los títulos de seis poemas de mi librito que lo convencen. Concluye sus breves observaciones con esta promesa: “acudiré otra vez, otras veces, a estos eucalyptos, o a su sombra”.

Luego comenta: “le acerco Arder y el último número del Dragón…”. Me pide, a su vez, autorización para reproducir algunos de mis poemas “en una de las Carpetas de Poesía Argentina que comenzaré a editar a partir de mayo.” Y concluye su carta: “Ojalá en medio o al margen de su lucha cotidiana encuentre el deseo, o la oportunidad, de enviarme su opinión acerca de estas modestas iniciativas. Hasta entonces lo saluda con un fuerte abrazo cordobés Alejandro Schmidt”. Por último, transcribe cuatro versos de mi poema “La importancia”.

Releo el final, y me sobreviene el remordimiento. No recuerdo cuál fue mi respuesta; ¿fue, mi respuesta? Sin respuesta no hay comunicación ni construcción de la comunidad. Yo andaba en plena lucha de profesor de letras preocupado por acrecentar la excelencia académica como marco de sobrevivencia. Alejandro, en cambio, me instaba a encontrar la “oportunidad”, u obedecer al “deseo”. ¿Habré perdido la “oportunidad” que pintan calva y tiene un solo pelo? Suele suceder, pero lo terrible es perder el deseo como seña de encuentro con el otro.

Estas líneas, si existió, difícilmente justifiquen una omisión. Lo cierto es que la carta de Alejandro, conversación diferida, sigue hablando. Releo la dedicatoria: “Para Jorge Torres Roggero estas brasas filiales en la noche cordobesa”. ¿Brasas filiales? Busquemos en Arder su misterio y, encaremos, poniendo en actividad los sentidos que el poeta nos tiene reservados, su “tarea” de sangrar buscándole un nombre al dolor.

2.- Sangrar en un lugar oscuro

Un poema base, “Oscuro temblor”, nos cuenta que la palabra, si bien es luminosa, nace de las oscuridades y exige la aceptación sin cortapisas de nuestro lado tenebroso. En esto: “El niño que vive en mi boca no me deja mentir”. Peregrinamos por un poema construido por acumulación mediante una retahíla de versos desarticulados, una especie de escritura automática, un surrealismo encubridor en que se despliegan ciertos simbolismos inquietantes: “los drogadictos tirados en la nieve”, “la señora tenebrosa” cuya “mirada retuerce/ las líneas de las manos”. Es un salto de la ley de la lógica a la ley del corazón: “No necesitamos el pensamiento/ sólo el corazón/ incuba larvas sorprendentes”. De ahí también la mostración de senos desde los balcones, de “mujeres con cuerpos de rayo desnudo”. Pero, asimismo, más allá del subconsciente individual, emerge el subconsciente social: “El brazo gangrenado no le impide al mísero/ comer galletas en el subte”.

Dos palabras nodales se entrelazan, de golpe, en el “nudo ciego” del poema. Es un verso a todas luces extraño porque parece un título interno: “Oscuridad-Temblor”. Y continúa con la aparición de la palabra “madre” que es una de las claves de bóveda del poemario: “Madre abre las piernas: un torrente de ojos cubre el mundo; Los Otros”. Extraña puntuación, extrañas mayúsculas. Y luego la armonización por el abrazo: “Cuando te abrazo nacen círculos/ Simetría invencible/…/ Acaricias la almohada pensando en mí”.

El acorde final del poema se prefigura con la palabra “sangre” que este poemario traslada a una concordancia con “fuego” y con “arder”, con el corazón y sus latidos, con darse ciegamente a los otros en la palabra: “En cada sangre hay una criatura/ temblor atroz/ corazón/ ángel de racimos ciegos”.

Schmidt nos convida siempre a un viaje que es, en realidad, un descenso “ad ínferos”, a lo tenebroso, a una palabra que es llaga viva, parida siempre por una madre terrible: “Levanté la sombra de mi madre para/ abrigarme/ y salté hacia una nieve de palabras” (“Tareas”). Salir de la negrura y el frío (la nieve recurrente) acudiendo al sangrar y al arder. Es decir, no la palabra pasiva, sino in actu, en actualización constante. Desde las “oscuras esmeraldas” hasta la sombra que arde “detrás del firmamento”, “donde termina el mundo” (“El presidente del mundo”). Es en esta tarea donde, por fin, se define como poeta: “Nuestra tarea es sangrar/ en un lugar oscuro”.

3.- La brasa filial

Alejandro Schmidt titula a su plaqueta, Arder; y, ese es el título del poema central que evoca a una madre en Auschwitz: “cuando los niños fueron arrojados a las llamas/ una madre esperó/ que la tarde volcara su jarro de lágrimas”. Ese estallido de agua de sus ojos entrevé: “un romance de cenizas/ cuyo amor era un diente de oro en la boca de su padre muerto/ arrastrado por ganchos hacia el horno”. Auschwitz es un ominoso descenso a los infiernos y “para quedarse allí/ ella necesitó/ toda su música”. La madre, “con sus huesos vestidos de papel/ buscaba la estrella amarillenta en la fusta del lobo”, y “envolvió un mechón de cal, para saltar al otro lado del alambre”. Ella salta del infierno rodeado de alambres electrificados y “la electricidad era más suave que el espanto”.

Quemarse, arder, es volverse ceniza para dar luz y calor. Y es aquí donde aparece el signo de la “brasa filial” que evidentemente es la palabra como fertilidad, como ordenadora del mundo y de la vida: “cuando los niños crepitaban/ reconoció/ en la brasa filial/ un vestido azul con bosques y ciervos junto al lago”. La “brasa filial” es la poderosa palabra de la sangre, el griterío espantoso de las generaciones en nuestros más hondos silencios.

Solo la palabra nueva puede producir este salto: de pronto, a la visión sucede una escena de campesinos pobres rodeando el fuego, asando papas, enlazados en comunidad por la palabra antigua y creadora: un logos palaiós, pero también espermetikós: “allí/ asando papas/ los hombres contaban historias pendientes en la noche/ lejos de todo dolor/ entibiando sus manos con esos frutos/ robados de la tierra”. Habla de una reconciliación final del hombre con el hombre y con la tierra.

Cuando publicó Arder, Alejandro Schmidt editaba, desde 1987, la magnífica revista El Gran Dragón Rojo y la Mujer Vestida de Sol. El título refiere al Cap. XII del Apocalipsis. La marca escatológica de las profecías es, sin duda, el discurso que murmura, con paradójica voz poderosa, en la poética de Alejandro Schmidt. En efecto, la escena de ese capítulo se refiere a Gen. 3, 15-16. La mujer dará a luz con dolor, el Acusador (Satanás, el Dragón) la tienta y la persigue. A ella y a su descendencia. La mujer representa al pueblo de los tiempos mesiánicos, al “Israel de Dios”, al habitante liberado (rescatado) en un “nuevo cielo y una nueva tierra”. Es la madre que “abre las piernas” y un “torrente de ojos cubre el mundo; Los Otros”: “la brasa filial”.

4.- El nombre del dolor

Por último, señalo de paso, otro poema concordante con la poética de fondo apocalíptico: “Quizá dios está tratando de decirte algo”. De nuevo el viaje ad ínferos se inicia a partir de un hecho histórico puntual. Antes, Auschwitz; ahora, Vietnam: “soñé con esos niños ametrallados en el agua/ que mostró el noticiero/ ocurría al borde de una guerra asiática/ y el cielo era vestido de campesinas…” Otra vez, la matanza de niños (los “santos inocentes”) como símbolo feroz de las fuerzas materiales oscuras que dominan el mundo. Un desperdicio fatal de la energía constructora de la palabra.

Son atrocidades que ocurren mientras nuestras vidas se esparcen y dispersan en trivialidades: “durante el almuerzo discutimos acerca de/ policías y escorpiones, manicuras y marcianos/ y por último te conté mi sueño”. La pareja interroga, entonces, si encontró un nombre para su dolor: “y no, / no encontré un nombre para mi dolor”.

Entonces le responden (mediante figuras imaginarias de una “balsa de Mekong”, espantados “pájaros mecánicos”) “para todo discurso/ toda verdad”: “creo que dios está tratando de anunciarte algo/ porque yo soñé que recolectabas sangre de niños/ y escribías/ canciones triviales/ donde el silencio abría tumbas cristalinas y heladas”.

“Todo discurso/ toda verdad”. Esa es la cuestión. Schmidt utiliza la poética de las profecías, y en especial la del Apocalipsis. Es una poética transfigurada por la alternancia de visiones brotadas de lo profundo y escenas que son historia y, a la vez, alegorías. En la base, una inalterable fe en la palabra “en acto”. Alejandro es, en cierto modo, una representación del jinete del primer combate escatológico del Apocalipsis: el del caballo blanco (Cap.XII) “Su jinete se llama “Fiel” y “Veraz”, y juzga y combate con justicia (…) Lleva escrito un nombre que sólo él conoce, viste un manto empapado en sangre, y se llama “Palabra de Dios”. En efecto, Alejandro es un explorador de los peligrosos límites de la palabra humana, allí donde se revela lo innombrable.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 3/3/2021

por Jorge Torres Roggero

El libro había sido publicado en 1962, pero fue el sábado 25 de julio de 1964 cuando Miguel Angel Piccato me lo dedicó. Decía: “A Jorge Torres Roggero, con mi estima y mi adhesión”. Nos conocíamos desde la Facultad. Ambos, estudiantes de letras y, según las malas lenguas, poetas. Pero, además, “panem lucrando”, él, ya despuntaba como un gran periodista; yo, ferroviario en vísperas de migrar hacia la docencia. Ambos habíamos nacido el mismo año en pueblos del interior cordobés: 1938. Esa tarde junto a nuestras compañeras (dedicadas a las bellas artes) pasamos, entre mate y mate, una pausa sabatina amical y conversadora.

 De esto, y de mucho más me acuerdo al hojear Canto a los míos, el libro de poemas de Miguel Angel Piccato publicado en Córdoba por Ediciones “Cultura Popular”, colección “La gota de agua”, en 1962. Ya en la retiración de tapa y contratapa, me asalta otro emocionante encuentro. Con letra minúscula y en delgada columna, uno de los más grandes poetas de la Generación del 60 en Córdoba oficia de presentador y prologuista: me refiero a Francisco Colombo, autor del incomparable Las Cuatro Estaciones. Nos enteramos así que M.A.P. nació en Pozo del Molle y pasó su infancia y adolescencia en San Francisco. Mientras cursaba el secundario, siguiendo el llamado de los linotipos, trabajó en el periodismo. En 1961 se traslada a Córdoba y, junto a sus estudios universitarios, se inserta en la actividad periodística de la ciudad. Colombo lo presenta, además, como un vigoroso cuentista.

En referencia a Canto a los míos Colombo resalta la profundidad: “cantos alma adentro”, los llama. Y trazando una justa semblanza, ausculta en esos cantos “la figura vital de este compañero que siempre ríe, de este compañero de cosechas futuras y dueño de un corazón de azúcar”. En efecto, el libro es un salmo a los hogares de la “pampa gringa”. Piccato nos invita a su pueblo, a su casa, a la herrería familiar; y nos presenta a sus padres y sus hermanos. Son siete, y él es el cuarto: “Ese que nunca para, ese que viaja, / que ríe cuando tiene que llorar, / que llora riendo, / que es amigo del viento/ y de la lluvia y del guadal y el frío. / Ese que añora somnoliento. / Ese es Miguel, el cuarto, padre mío. / Padre y aliento”.

Años después de este encuentro (comienzos de los 70), cuando ya Miguel se había consolidado como secretario de redacción y editorialista de La Voz del Interior; y, quien esto escribe, era secretario general del Sindicato de Educadores Privados, lo visitaba con frecuencia por urgencias de visibilización de nuestro joven gremio: jamás dejó de atenderme “este compañero que siempre ríe”. Nunca dejó de publicar nuestras gacetillas, documentos y proclamas. Eran tiempos de lucha y solidaridad. Por eso debió padecer amenazas, persecución y, finalmente exilio, tras el golpe de 1976. Sobre su exilio en Méjico escribe Mempo Giardinelli: “Empujado por la represión, en el ’76 se instaló en México, trabajó en los diarios El Día y Unomásuno y fue subdirector del quincenario Razones a la vez que editaba La República, órgano de prensa radical en el exilio, que escribía y publicaba él solo, con el apoyo político-financiero de Hipólito Solari Yrigoyen, desde París. Piccato fue prácticamente el único radical en el exilio mexicano, al menos nuestro único radical a la hora de formar mesas multipartidarias. Por eso mismo, con proverbial gracia cordobesa y desplegando su legendaria sonrisa, él decía que podía haber un solo radical, sí, “pero con órgano de prensa propio”. Y en el cual, con ejemplar amplitud editorial, escribían peronistas, socialistas, comunistas e intelectuales de toda la izquierda. Animado conversador, de fina ironía e infatigable humor, consumado lector de la mejor literatura y polemista temible, Piccato fue también el organizador de memorables cenas semanales a las que convocaba a decenas de compañeros y compañeras del exilio para intercambiar informaciones y discutir con pasión y humor acerca de la realidad política de la Argentina lejana y también del exilio.”(Pág.12, 10/11/2008) Miguel Angel Piccato murió el 9 de noviembre del ’82, en la sala de terapia intensiva del Hospital Español de México, en el barrio de Polanco.

Es importante recordar, además, que M.A.P. fue fundador, director y editorialista de la revista Jerónimo, publicación político cultural quincenal editada entre noviembre de 1968 y agosto de 1971 en la ciudad de Córdoba. En Jerónimo, de enorme importancia en la prensa de Córdoba y el país, peleó por lo que llamaba la “libertad de pluma”. Consideraba que la expresión “libertad de prensa” era limitada puesto que “quien tiene libertad para expresarse libremente por el periodismo es el – o los- propietarios de la prensa, de las maquinas” (Jerónimo, 1970, N°19). Por eso era necesario jugarse por la “libertad de pluma”, evitando la subsunción al director, al personero o al dueño de la empresa”.

Los voy a convidar con algunos poemas. En ellos Miguel nos deja entrar al corazón de su casa pueblerina, a la reunión familiar alrededor de la “taula lunga”. Cantos culinarios que entonan su alegría de ser a coro con la pava de tapa saltarina, de la olla burbujeante de puchero, de la música del martillo en el yunque. No es un azar, es un propósito. Lo confiesa en un breve prólogo: “Este libro lo escribí para que lo leyeran mis padres en la cocina de su casa y mis tíos en la cocina de las suyas. Honestamente debo decir que no es libro para una biblioteca, que su lugar es la cocina y que de allí no puede salir. Pero debo aclarar que cuando digo cocina me estoy refiriendo a ese lugar de las viejas casas que yo conozco, done la familia hace todo, hasta comer; y no esas reducidas cabinas con que la arquitectura moderna quiere amoldarnos a un futuro banquete de pastillas”. Les propongo la lectura de “La casa”, “que está del lado de los cantos”, del “lado de la puerta que se abría”. Caserón que comprendía la herrería, donde Ángela, la madre esperaba. Donde ahora espera la hermana María. “Los dos”,  sus padres. Ángela y Miguel con su “adío” lejano y su idioma que “alegra la garganta”, con el duro y contradictorio sino de los herreros: “Un martillo que llora. Un sol que canta”. Por último, “María”, la única hermana, la que ampara a todos: “Estamos solos, cuídanos, María”.

LA CASA

La casa grande se pintó la cara

y alisó sus adoquines desparejos

y tapó sus manchas rojas de ladrillo

y cambió por otro el viejo techo.

La casa es otra, el pueblo es otro,

el corazón el mismo,

entre un vago recuerdo de martillos.

Al lado el fuelle, la bigornia, el banco,

y un largo sueño de varas y carruajes.

Al frente el polvo de una calle larga

que va hacia el sueño viniendo del herraje.

La casa está del lado de los cantos,

del lado de la puerta que se abría.

Adentro esta Ángela esperando.

Estaba ayer, ahora está María.

LOS DOS

Cuatro estrellas al sur y todo un cielo,

y un nombre fácil de decir: América.

Un corto “adío”, un mar, un río, un puerto,

y un campo sin semilla y sin alero.

¡Qué cielo igual, que azul tan parecido

a aquél del viejo pueblo!

Siete caminos, pampa, la alegría

de no cerrar los ojos frente al viento.

Y un horizonte que agrande su tranquera

para el que está viniendo.

Un idioma que alegra la garganta

y el duro trabajar de los herreros.

Un martillo que llora. Un sol que canta.

Ángela y Miguel. Un sol entero.

MARÍA

¿Por qué llora el hermano más pequeño?

Consuélalo, María.

¿Por qué demora el padre, tan de noche?

Pregúntalo, María.

El niño llora porque tiene sueño.

Acúnalo, María.

El padre ha vuelto, oscurecido el ceño.

Alégralo, María.

Consuela, busca, alégranos ahora;

aviva el fuego del hogar todos los días.

Los viejos ya se han ido hacia el recuerdo.

Estamos solos, cuídanos, María.

Comentario y antología de Jorge Torres Roggero,

Córdoba, 17/2/2021

por Jorge Torres Roggero

Desde antiguo, el león ha sido relacionado con el oro y con el sol. Esa identificación del sol y el león de las culturas primitivas persiste luego en Grecia, en Roma, en la adaptación cristiana de la Edad Media y deriva en importantes simbolismos secundarios relacionados con la kabalá, la astrología y la alquimia. Eso, si nos limitamos a la tradición cultural de occidente e incluyendo las resonancias bíblicas. Más modernamente, a través de la heráldica y sus emblemas, pasó a significar nobleza, poder, dignidad real. Cuando en la versión completa del himno se proclama: “a sus plantas rendido un león”, estamos celebrando nuestra victoria sobre un imperio opresor. El león joven, a su vez, corresponde al sol naciente; el viejo o enfermo, al sol en el ocaso. Como todo símbolo, es bifronte; o más aún, plurisémico. Es tierra y fuego. Es el león de San Marcos o el custodio implacable de los misterios.

A partir de la conquista colonialista de África por Europa aparece la figura del león salvaje, el rey de la selva. Síntoma de pasiones latentes, Jung dixit, personifica el peligro de ser devorado por el inconsciente. Urgido por el espacio, y ante el peligro de transitar para el lado de los tomates, he obviado a la leona que se relaciona con el símbolo remotísimo del Alma Mater. ¿Para qué explayarse, entonces, sobre “el rey león” de Disney?

Por ahora, admiremos la representación poética de dos leones en la obra de dos poetas argentinos. En ambos casos hay una alusión a su reinado salvaje y a su origen selvático y africano. Son dos cautivos: uno viejo, enfermo e inepto para revivirse como emblema imperial. Es el “León Cautivo” de Leopoldo Lugones, una de las joyas de CREPÚSCULOS DEL JARDÍN (1905). Quizás su mensaje secreto sea ya una trasposición alegórica de la decadencia de una Argentina que, habiendo renunciado al heroísmo de sus inicios, se había convertido en una factoría dominada por el extranjero, en un país injusto y sin la alegría del trabajo (Ver PROMETEO). Para Lugones, la Patria había elegido como simbolismo el sol (escudo, bandera) y por tanto un destino de “heroísmo sin término”. Por tanto, el mercantilismo dominante había convertido al sol de la bandera en una “estampilla infamante”.

LEON CAUTIVO (Leopoldo Lugones)

Grave en la decadencia de su prez soberana,

sobrelleva la aleve clausura de las rejas,

y en el ocio reumático de sus garras ya viejas,

la ignominia de un sordo lumbago lo amilana.

Mas, a veces, el ímpetu de su sangre africana,

repliega un arrogante fruncimiento de cejas,

y entre el huracanado tumulto de guedejas,

ennoblece su rostro la vertical humana.

Es la hora en que hacia el vado, con nerviosas cautelas,

desciende el azorado trote de las gacelas.

Bajo la tiranía de atávicos misterios,

la fiera siente un lúgubre influjo de destino,

y en el oro nictálope de su ojo mortecino

se hastía una magnánima desilusión de imperios.

El león de Juan Gelman también es un viejo león de zoo. Pero tiene algo de argentino canchero, tanguero y señorial: está “anclao en París”. No es portador de decadencia, sino de sabiduría y elegancia. Fabula aventuras africanas, critica a los franceses y recuerda con melancolía “los dos o tres cazadores ingleses que se había comido”. Le advierte al poeta sobre los peligros del París nocturno y comparte la emoción si le hablan de Carlitos Gardel. Hermoso poema sesentista: lenguaje coloquial, prosopopeya, una recuperación vanguardista del costado sentimental del tango como un valor universalizador de lo argentino. Poema augural: en él comienza a alborear el profundo humanismo de la poesía de Juan Gelman. Lo tomamos de GOTAN (1962).

Me animo a reproducir el colofón del libro como una muestra del sentido de comunidad y comprometida fraternidad de la Generación del 1960 que integraba a poetas, dibujantes, editores y trabajadores gráficos. Un libro de poemas, es así, una construcción colectiva: “Intervinieron en la edición de GOTÁN las manos fraternales del poeta Carlos Alberto Brocato -que lo llevó al plomo- y la de los compañeros gráficos José -tipógrafo- y Carlos -maquinista-, que dieron término a su trabajo en la ciudad de Buenos Aires en la Navidad de 1962, para Ediciones Horizonte”. El libro va incluido en Colección de Poesía LA ROSA BLINDADA. Dirigida por los poetas Carlos Alberto Brocato y José Luis Mangieri.

ANCLAO EN PARÍS

Al que extraño es al viejo león del zoo,

siempre tomábamos café en el Bois de Boulogne,

me contaba sus aventuras en Rhodesia del Sur

pero mentía, era evidente que nunca se había mo-

vido del Sahara.

De todos modos, me encantaba su elegancia,

su manera de encogerse de hombros ante las pe-

queñeces de la vida,

miraba a los franceses por la ventana del café

y decía “los idiotas hacen hijos”.

Los dos o tres cazadores ingleses que se había

comido

le provocaban malos recuerdos y aun melancolía,

“las cosas que uno hace para vivir” reflexionaba

mirándose la melena en el espejo del café.

Sí, lo extraño mucho,

nunca pagaba la consumición,

pero indicaba la propina a dejar

y los mozos lo saludaban con especial deferencia.

Nos despedíamos a la orilla del crepúsculo,

el regresaba a son bureau, como decía,

no sin antes advertirme con una pata en mi

hombro

“ten cuidado hijo, hijo mío, con el París nocturno”.

Lo extraño mucho verdaderamente,

sus ojos se llenaban a veces de desierto

pero sabía callar como un hermano

cuando emocionado, emocionado,

yo le hablaba de Carlitos Gardel.

por Jorge Torres Roggero

1.- A la luz de la lámpara

En el otoño de 1997, Polo Godoy Rojo me dedicó lo que él llamaba un “humilde librito”. En sus páginas, se proponía “rescatar algunos de los cuentos que escuchamos siendo niños de labios de nuestros abuelos cuando se formaba la rueda familiar.”

La dedicatoria venía, en cierto, modo a sintetizar el breve prólogo que bien podría considerarse como un preciso tratado sobre literatura oral tradicional. En efecto, Polo Godoy Rojo, siguiendo una tradición de nuestros maestros rurales, había realizado un enjundioso “trabajo de campo” recopilando los cuentos de Juan el Zorro.

Sus informantes eran los alumnos y sus padres. No es el investigador que viene de la universidad munido de teorías y prejuicios; que entra de afuera, pregunta y se va. Es el “vecino”, el que convive con la comunidad campesina y padece sus necesidades y alegrías. Aún más, sabemos que el maestro rural cura, contiene, alimenta y hasta, cuando hace falta, dispone de su menguado salario para ayudar al otro. Parafraseando el título de unas de sus novelas, nos animamos a sostener que allí donde “la patria no alcanza”, la patria es el otro. Es sabido que el maestro rural suele arrostrar la codicia e impunidad de punteros políticos y policías bravas.

Don Polo Godoy Rojo convoca, en su prólogo, viejas costumbres criollas. Rituales ya perdidos de cuando los argentinos “de antes”, sobre todo los más humildes, sentían el “bienestar” de la reunión familiar. “Todavía se conservaba en esos parajes la costumbre de reunirse en familia después de cenar y, formada la rueda, decir adivinanzas, relatar cada uno a su vez, lo sucedido durante el día y contar cuentos dedicados especialmente a los más pequeños por parte de los padres o los abuelos”.

Pero, además, pone en claro que al transcribir relatos orales (“la viva voz”), se ve obligado a añadir formas descriptivas y “recursos” de la literatura escrita: “Pienso que si los trascribiera tal como me los relataron, es posible que los encontraran muy rudimentarios, ya que necesariamente debo prescindir de técnica oral del buen relator de cuentos. El relator -añade- “dispone de un buen caudal de recursos para hacerlos atractivos”. El relato se concreta no sólo en las palabras, “sino en las entonaciones de la voz, en las expresiones que le va dando al relato, ya intencionado, juguetón o triste, según el caso requiera”. Agréguense a esto mímicas y gestos, pausas y silencios, inquietantes suspensos, guiños y miradas, que dicen más que un fardo de palabras. Esa es la razón que lleva a Polo Godoy Rojo a reelaborar los cuentos aprendidos de palabra para tratar de reemplazar con la escritura la prodigiosa riqueza expresiva del relator oral.

Ahora bien, es bueno advertir que la bibliografía de nuestro autor no se reduce a los relatos costumbristas y los cuentos tradicionales.  Polo Godoy Rojo es gestor de una valiosa y prolífica obra que merece ser mejor estudiada y clasificada. En efecto, el escritor puntano ofrece, por lo menos, tres modos importantes. En primer lugar, sus grandes y difundidas novelas entre las que se destacan Campo Guacho, Donde la Patria no Alcanza y Secreto Concarán. En segundo lugar, cabe anotar su obra poética con títulos como Nombro la luz y Comarca Azul. Por último, en un maestro de alma, no pueden faltar los poemas y obras de teatro para niños. Agregamos, por cierto, estas Andanzas de Juancito el Zorro en San Luis. Lo expresa dos veces en su prólogo: “Pensando en ustedes, mis pequeños lectores…”; y, más adelante refiriéndose a los relatos: “Mi deseo es que mis pequeños lectores gocen con ellos como lo hacían aquellos niños campesinos rodeando la luz de la lámpara en noches en que todo era amor y paz”.

Leer estos cuentos es reencontrarse de buenas a primeras con Juancito el Zorro, el tío Tigre, el compadre Peludo, el Pitojuan, la Bandurria, el Gato Montés; y la amenaza perenne del hombre y sus perros. Para los que venimos de comunidades criollas del interior son bichos familiares, hermosas prosopopeyas que encarnan las habilidades y mañas de los humanos, que a través de los años nos siguen hablando, enseñando, advirtiendo, en una ronda sinfín. Voces queridas reviven en sus nombres y dichos, figuras de seres siempre pobres y con hambre, deslucidos y amenazados, pero llenos de astucia, de inteligencia para sobrevivir y hasta disfrutar de la vida, aunque a veces salgan apaleados como Juancito y su cumpa el Peludo en “Cuando los compadres visitaron una pulpería”.

Viéndome obligado a elegir un cuento breve, los convido con “El Zorro y el Labrador” en que aparece el zorro bailando de alegría porque el hombre le va proveer alimento; pero, por desgracia, se da, de golpe, con la ingratitud.

2.- El Zorro y el Labrador

“Después que Juancito el Zorro salvó al Labrador de las garras de su famoso tío Tigre y le permitió, con su astucia, meterlo en una bolsa y molerlo a palos, el Labrador quedó tan agradecido que no halló mejor manera de pagarle tal servicio que regalarle algunas gallinas y así se lo prometió.

Quedó el Zorro esperando echado a las sombras de unas jarillas y relamiéndose por anticipado del exquisito manjar que iba a saborear tan a gusto.

Así estaba, cuando por un sendero abierto en la espesura del monte, vio venir al labrador arreando un burro cargado con dos grandes árganas. Cuando el impaciente Juan escuchó el cacarear de las gallinas se puso a corretear de arriba abajo, sin poder contenerse de alegría.

– Amigo Zorro, le dijo el Labriego quitándose respetuosamente el sobrero al llegar, aquí tiene la paga prometida.

– Gracias, amigo Labrador, respondió el Zorro en tanto se acercaba muy confiado a recibir la recompensa por el lado donde la pareció que era más prometedor el cacarear de las aves.

Apenas había alcanzado a pararse en seco por un raro olor que alcanzó a percibir su fino olfato, cuando en eso, ¡Señor mío! el Labrador volcó de repente las árganas y, si de un lado cayeron las gallinas prometidas, del otro saltaron dos perros que daban miedo de grandes y bravos.

– ¡Patitas pa’ qué las quiero!, gritó el Zorro y apretándose el gorrito echó a correr. Allá, desde muy lejos, cuando por fin les pudo sacar una ventaja a sus terribles perseguidores, agitadísimo todavía, pudo gritarle al Labrador:

– ¡Ingrato! Un bien con un mal se paga, ¿no? Y continuó su veloz carrera, lleno de resentimiento hasta alcanzar su oculta guarida.

Así fue como aquella vez, Juancito el Zorro salvó raspando su perseguido cuerito.”

Lindo cuento. De cuando había monte. Y da para mucho pensar y elucubrar. Lo cierto es que, al pobre, haga lo que haga para sobrevivir, solo la salva su astucia y lo sostiene su “re-sentimiento”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, febrero de 2020