por Jorge Torres Roggero

Estas elucubraciones sobre dos libros claves de Leopoldo Lugones son una celebración. Hace 35 años se realizó en Córdoba una maravillosa reedición de Romances del Río Seco. Lleva prólogo de Jorge Luis Borges e ilustraciones de Carlos Alonso. Responsables de esta vindicación y obra de arte a la vez: Juan Maldonado y Alción Editora.

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Aunque Romances del Rio Seco de L. Lugones se publicó después de su muerte, los críticos (Irazusta, 1968, 197) suelen aparearlo cronológicamente a Poemas Solariegos publicado diez años antes. En ambos libros, Lugones vuelve a la tierra de sus ancestros (al solar o suelo) en busca de fundamento. Las siguientes reflexiones tratan de aportar algunas precisiones a lo que formuláramos en un ensayo nuestro acerca de los romances del Río Seco y que, inserto en el tratamiento de un tema diverso, pareciera exigir una mayor sustentación. Afirmábamos allí: “… asistimos al último ejemplo de heroísmo lugoniano, a la aplicación máxima de la doctrina que consiste en la abnegación”.

Es el intento de renunciar al propio lenguaje para hablar con una lengua regional y demostrar que las altas verdades que predica no pueden ser comprendidas por los soberbios y los “doctores de la ley”. Señalaremos, entonces, algunos elementos que nos permitieron el anterior aserto.

Romances del Río Seco culmina un paulatino despojamiento de lo puramente individual (afán de originalidad) para ir vistiéndose cada vez más de lo supra individual. Paradojalmente, libra en sí mismo la batalla contra la originalidad, o sea, contra el individualismo.  No en vano había traducido al máximo rapsoda o cantor de la cultura grecolatina (Homero) y había exaltado al cantor de la cultura nacional en El payadorEn Romances del Río Seco, rescata el canto y sus voces profundas. Tal como enunciáramos anteriormente, introduce la vocalización del pago. Resultan así los romances una zona de trueque entre la oralidad y la escritura  que solicita el ritmo y la tonada,  las pausas y el tiempo de los paisanos de Río Seco erigidos como arquetipos de un modo de estar con todo el ser. En una comunidad que se expresa a través del ritmo de los ganados y las “mieses, de los malones y las revoluciones, de las leyendas y las recetas mágicas, nadie es “iletrado”. Salvo, por supuesto, el letrado. Por eso, al entrar en la lectura de este libro, escuchemos bien las recomendaciones del cantor a  los letrados y los sabios instalados en el campo de la escritura:  “Ustedes que son letrados/ lo saben mejor, señores”. O esta otra certeza que nace de su fe en los propios saberes y, por lo tanto, marcada por una poderosa cultura popular: “habrán de creerme esos sabios/ mas que su copete abajen”.

Resaltamos, sobre todo, esta copla en que insiste en la necesidad de no conformarse con echar una mirada superficial sobre las “cosas” de su tierra: “A las cosas de mi tierra/ tal como son las divulgo./ No saboreará el pastel/ quien se quede en el repulgo”. En otras palabras, quien se castre en la “letra muerta” o pura literariedad, no podrá entender, y menos participar del “goce” de estos romances. Algo de esto les pasó a los jóvenes ultraístas de la década del veinte. En su afán de denostar a Lugones, sólo se comportaron como porteños “pillados”, como cajetillas: “Acaso alguno desdeñe/por los criollos mis relatos./Esto no es para extranjeros,/Cajetillas ni pazguatos.

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En consonancia con la renuncia a la originalidad y con la elección de lo inscripto sobre lo escrito como fuente del mensaje, Lugones se adentra decidida y heroicamente en lo oral. Este es un rasgo común a toda gran literatura, y sobre todo, de la gran literatura hispanoamericana: la busca de los restos de lo maravilloso en la lengua de la rutina y la cotidianeidad. Pero no de la rutina alienada de los letrados, sino de los aparentemente iletrados porque ellos guardan en el secreto de los dichos la experiencia histórico-cultural que carga de sentido las palabras esgrimidas para “vivir la vida”, las que usamos como arma y alimento del mero sobrevivir. De allí la recurrencia al “dicho” y a la “frase hecha” cuya exploración es “una técnica no superada de la poesía popular tradicional” de carácter oral, maestra en el arte de la connotación. Los romances lugonianos suponen más que un lector (en el sentido habitual del término), un oyente presente. Alguien que se sienta parte de un conjunto (o común) que también escucha “lo que canta este romance”. Esa lengua de la familiaridad anula las contradicciones en su raíz y las convierte en trama de un destino (o discurso) tejido con el vivir de todos.

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Si los romances no son lo leído, son entonces lo contado (en el doble sentido de narrar y calcular) por la comunidad a través del hilo de las generaciones. Los principales encargados de la transmisión son los viejos: J. Rojas, el capataz; el ciego violinista y cantor; el rengo cautivo; Sixto Tolosa, Juan Lescano, testigo que no deja mentir, Audifacio Cabrera y Federico Galán, rastreadores. Pero también la familia, el  pueblo, es decir, el mero hablar de la comunidad, del sujeto social: “dicen los que de esto saben” ¿Y qué se transmite? Costumbres, comidas, modos de ser amigo, de servir a la Patria, de amar, de celar. También utensilios, vestimentas, flora, fauna. Cómo cazar, cómo bolear, cómo sobrevivir en la sequía y el desierto. Es la vida de la comunidad hablando y ordenándose por la palabra fundada en soportes seguros: la familia, lo sagrado, la patria. Y la guerra: al indio o al godo; a la fiera o al hombre. Pero siempre un discurso tensionado por un llamado al heroísmo sin límites. Lo sagrado ocupa, a su vez, un lugar preponderante: desde el obispo Esquiú al cura tahúr; desde la salamanca al Señor de Renca; desde la Delfina a La Cautiva. Siempre yendo y viniendo entre lo sagrado y lo profano. Por eso al “enseñar a rezar” y “dar buen ejemplo, se lo considera parte del salario que el ciego otorga al muchacho que lo acompaña. En  boca del pueblo la experiencia histórica se hace así discurso; y el discurso canto o habla poética en el cantor: voz de todos en la paideia de la conversación familiar del fogón fortinero, de la “minga de las frutas”, del comité o la fiesta patronal.

En  Romances…, Lugones se desencarna de tal modo de los metalenguajes de la escritura, que llega a incorporar como propias las maneras de ver el mundo de la “sencilla gente” protagonista.  Hoy la dificultad cierta para entender a Lugones finca en que nos hemos desconectado del vivir de la comunidad; la rueda del mingado es sólo un recuerdo de la vieja solidaridad criolla, pero hasta no hace mucho era un hecho y un dicho. Cuando, perdidos en la urbanidad del cemento, los amigos se reúnen para hacer la losa de la casita propia y luego se celebra comiendo y bebiendo juntos, se ha trasladado la antigua  “minga” a la ciudad. A lo mejor no lo supieron, pero repitieron un gesto ancestral lleno de sentido comunitario.

Así es como acepta lo maravilloso como normal y parte integrante del vivir “porque con el otro mundo/ la guapeza está de más” o porque un aviso o aparición oportuna “puede venir de un finado/ que nos debe algún favor”, o a lo mejor, “la mano del pordiosero/ trae la gracia de Dios”. Los romances nos proveen además un estupendo recetario de medicina popular: “Ella sabe sus palabras/ para voltear la verruga./ Destapa los ojos nublos/ con la hiel de la tortuga”. Recetas “de palabra y de ingrediente” de las cuales Lugones se guarda muy bien de mofarse porque “quizás esto hasta a los sabios/ podría servirles de estudio”. De tal modo se siente Lugones transmisor de lo maravilloso tradicional  y su  sentido profundo que elige para diseminarse el cuchicheo incesante de los relatos populares. Baste recordar que en 1917, Ambrosetti, en su valioso libro Supersticiones y leyendas    comenta la leyenda del “tigre capiango” que le ha sido referida “por el distinguido poeta argentino L. Lugones” (p. 96). Dicha leyenda será  luego “co/a/ntada” en los Romances. Ambrosetti, desde el ángulo de la ciencia positivista, estudia el relato como una de las supersticiones de “esas pobres gentes” y le sirve para probar que esa leyenda es un trait d’unión entre el área guaraní y la quichua calchaquí. Diez años después, Lugones escribe el romance del “tigre capiango” “Para que vean ustedes/ que en esto no todo es charla” y cuenta la experiencia personal de “cómo nombrar el daño, hace que se presente”. Esto es cierto, asegura, ahí están mis paisanos de testigos, y así quedará “hasta que alguno lo explique”.

Advertirnos también en los romances lugonianos la pérdida del maniqueísmo a que nos tienen acostumbrados los historiadores cultos cuando se refieren a las guerras civiles, a los caudillos federales o unitarios. El pueblo admira la belleza, el coraje, la lealtad, cualquiera fuere el bando; y abomina y teme la crueldad, la traición y el pillaje. Comprende los defectos porque “al mejor por contingencia/ le toca engendrar a un malo” o porque “a veces en esas cosas/ es calumnia hasta lo visto”. A alguien le “achacaban, dando fe”, una ristra de fechorías; pero “siempre bien lo recordaron”. Al que es desleal y no cumplió la palabra dada, aun cuando el perjudicado se trate de un perseguido por la justicia patria, “todos desde esa ocasión/ le huyeron como la plaga”.

Hallaremos así, a cada paso, la exaltación de los valores que construyen la comunidad: no importa de qué bando o de qué categoría social provengan. Así como también el escarmiento a los que transgreden la ley del corazón (lo ejemplar y no lo causal) que cobija a todos y cuya mayor pena consiste en no ser recibido por los demás, en tener que irse por la vergüenza que causa la pérdida de la propia dignidad. ¿Hay mejor hospitalidad que la de “La Visita” y su modo digno de mercar? El patriotismo de las “sencillas gentes” del Río Seco, el Chañar, Candelaria, San Justo y Chaco adentro ¿estará tan lejos dentro de nuestro corazón que ya no despierta las resonancias del canto?

Ningún argentino debería renunciar al derecho de leer Romances del Río Seco. Nadie  debería privarse de la oportunidad de vivir todo esto que humildemente les hemos hecho notar y mucho más que la tiranía del espacio nos manda callar.

Sólo hemos pretendido oficiar de lazarillos para preparar una entrada a esa tierra adentro, para saber codearnos con gentes “compasivas con el pobre/ avenidas con el rico”, “sencillas más nada zonzas/ y con unos corazones/ de mejor ley que sus onzas” y que saben a carta cabal que: “En lo amable y en lo cruel/  la Providencia es pareja./ Y de la misma flor saca/ miel y ponzoña la abeja./ Pero culpas y delitos/  en el canto se redimen/ cuando triunfa la justicia/ con el castigo del crimen.”

3.- El solariego: el esplendor de la poesía

En Poemas Solariegos, Lugones nos viene a dejar oir, sólo un eco, el canto de sus pagos cordobeses de Villa de María del Río Seco y de sus aledaños santiagueños de Ojo de Agua: “En Villa de María del Río Seco,/ al pie del Cerro del Romero, nací/ y esto es todo lo que diré de mí,/ porque no soy más que un eco/ del canto natal que traigo aquí”. En El Payador, ya había trazado la genealogía de los poemas solariegos.

Revisando la crítica, descubrimos que este poemario podría ser considerado “el in-leído”. En efecto, se transcriben siempre las mismas estrofas de los mismos poemas (“Dedicatoria a los antepasados”, “El canto”), a veces aparecen fragmentos, en antologías, de “Juan Rojas” o “Los ínfimos”.

En El Payador, Lugones postula que el lenguaje literario está subordinado a un doble canon. Esta doble sincronía  lo paraliza, pues debe estar atento a dos preceptivas: la que denigra y la que pretende imponer. Por eso,  despreocuparse de la lengua literaria, permitirá poner en la pluma la misma lengua que en la boca. Lo más característico de un escritor es irrepetible. Los retóricos –postula- calculan el éxito artístico por la dificultad con la cual su procedimiento resulta contrario al modelo. En realidad, todo artista creador engendra su retórica sin el menor esfuerzo. Aunque no lo explicite, Lugones no oculta el trasfondo anarquista de su poética. Sostiene que el arte por la vida es opuesto al arte por el arte. La invención de artista está siempre bien dicha aunque viole las reglas porque tiene la facultad de engendrar.

Por ese camino, Lugones se interna en las profundidades de las poéticas de la cultura popular cuyas manifestaciones son el canto, la música, la danza y las múltiples formas de su creatividad inmanente. El arte  erudito -piensa- se suicida cuando pretende enmendarla porque los artistas populares saben más de la verdadera música que los contrapuntistas de conservatorio.

Regresa así a los ritmos y a los ritos del “común” o sea la comunidad criolla del norte cordobés. La música desechada por los vanguardistas es considerada por Lugones una ley universal relacionada con las matemáticas. Sostiene que la ley de la vida conlleva una condición fundamental de existir: todo lo que es complejo se articula mediante una ley de proporción. La armonía, ecuación matemática, no es resultado de relaciones entre  iguales sino del juego y contrajuego de las diferencias. Es una vibración (movimiento y forma a la vez) de elementos desemejantes (valores musicales, metáforas, órganos biológicos). Es el ritmo fundamental de la sístole y diástole del corazón, el ritmo de la vida “engendrado en la misma raíz del árbol de la sangre”. La armonía universal (rotación/oscilación, pulsación cósmica, organización rítmica de las mayores o menores longitudes de onda), manifiesta los diversos tonos de la periodicidad cotidiana: despertar/dormir, día/noche, verano/invierno y  todas las fases binarias del ritmo terráqueo y sus movimientos giratorios. Nada que ver, entonces, con la retórica blandiendo su alpargata puesto que ya  no se trataría de un producto,  sino de un “en acto” (“in fieri”).

Por eso Lugones es el primero en reconocer en los alrededores de 1913 la obra “del modesto profesor argentino, don Andrés Chazarreta”. En El Payador,  resalta su fidelidad a los anónimos autores, sin deformación alguna, inmerso él mismo en el anonimato. Lugones edita  en su libro las partituras del músico santiagueño, transcribe las letras y describe las danzas. En otras palabras, los ritmos y los ritos. Téngase en cuenta que en 1911, se le había negado a D. Andrés Chazarreta el teatro oficial de Santiago del Estero. En ese mismo año, tras una primera exitosa función en Tucumán, el empresario lo expulsó con todo su elenco porque el Intendente de la ciudad “consideraba indecoroso – escribe don Andrés-  que las botas sucias de mis paisanos pisaran las tablas de un teatro donde asistía lo más aristocrático de la sociedad”.

Lugones considera al verso como una inmanencia del suelo porque tanto para el pueblo como para los grandes poetas es “un lenguaje de hablar y no de hacer literatura”. Es así como en El Payador están prefigurados los Poemas Solariegos. Hay acciones, actitudes, saberes, que luego van a aparecer estilizados en el libro de 1928. En primer lugar, la figura del cantor. Recuerda a un mozo llamado Serapio Suárez que se ganaba la vida recitando Martín Fierro en los ranchos y los caseríos: “Vivía feliz y no tenía otro oficio (…) Recuerdo haberme pasado las horas oyendo con admiración devota a aquel instintivo comunicador de belleza”. Busca entonces el origen de los romances circulantes entre los criollos de su pago en las “tensiones provenzales”.

Por otro lado, es extraño que no se haya tenido en cuenta la importancia que Lugones atribuye a la cultura árabe. Los “trovadores del desierto”, según su criterio, continuaron y sistematizaron el género provenzal. En las reuniones intertribales se suscitaban las “justas en versos”. Eran verdaderos contrapuntos en que ya germinaban las payadas de los cantores gauchos. Es importante su rescate  de las cassidas. Dicho género valoraba el arte de discurrir en versos y le otorgaba especial relieve a las palabras. Los pensamientos, como en el Martín Fierro, “jugaban”, pero las palabras constituían el objeto principal. En la cassida se despliegan verbos mágicos, remolinos de comparaciones que, dirigidos siempre a un público presente, alaban o vituperan. Son poemas monorrimos, con métrica cuantitativa (grecolatina), con rima consonante y cantidad variable de versos.

Por otra parte, las rimas musicalizan el habla cotidiana de las comunidades criollas del norte cordobés: adivinanzas, juegos infantiles, retahílas sin sentido. Es en esta línea que Lugones evoca las canciones de su madre a quien tantas veces oyó cantar los versos de “La Sultana” y “El hado”.

Pero en sus pagos también asistió a las “querellas” del cura Hinostrosa, párroco de la aldea natal, que le reveló en el ritmo de sus primeros versos al payador infantil de sus adentros. Ni qué hablar de sus primeros ensayos de contrapunto con el comisario Federico Roldán.

Es una poesía de carácter social. Una habladuría incesante en que se respeta al mendigo, al peregrino, al caminante, al portador de historias y noticias. Es un conjunto  capaz de abrirse, perplejo,  a la imaginería del circo trashumante como luego se verá. Las cosas hablan, según la ley de la proporción, en verso octosílabo o en el murmullo melodioso del relator de cuentos y sucedidos. El poema se recitaba junto al fuego en la velada. Los relatos seleccionaban los acontecimientos del día o recordaban el pasado. Por todos lados las marcas de la oralidad, una lengua rica en sustantivos para designar lo desparejo del suelo, el ciclo de las lluvias, para enyuntar en una sola palabra las cualidades y defectos de los seres. El poeta como historiador y genealogista, como informante y antropólogo. Los poemas solariegos/juglarescos desbordan de vitalidad estructural y se emparientan así con el desparpajo y la imaginación de las vanguardias.     Interesa su perfil colectivo y solidario. Y sobre todo el amor geográfico, la erótica de la tierra, manteniendo y reelaborando momentos culminantes de la vida tradicional tanto desde la oralidad como de la escritura. Es una dialéctica entre pasado y presente, entre vida y muerte, entre los reprofundos y las claridades porque “sabido es, decían refraneando,/ que sin canto y amor no hay vida”(El Arpista).

4.- La ley del canto

Tratemos ahora de tejer una red en que solariego, genealogía, común y canto comiencen a confesarnos lo que la tradición murmura detrás de las palabras: la comunicación que sólo parece realizarse en la historia mediante la dialéctica interna del significante (sentido y forma en acto). La inicial “Dedicatoria a los antepasados (1500-1900)” que aparentemente no guarda relación con el sentido general del libro responde a la organización formal de la cassida. Los “juglares del desierto” solían iniciar su largo recitado trazando la genealogía de la tribu. La cadena de las generaciones legitima al poeta como “eco”, como suave y anhelante murmullo que se amplifica en el “canto” de las cosas, de la comunidad, de los sujetos históricos encargados de que la tradición no se calle y que la historia continúe siendo un proceso no acabado. Lugones nombra la cadena de antepasados, sus contradicciones y su justificación por el “apego al suelo”.

Bartolomé Sandoval “a manos de indios de guerra/ perdió vida y hacienda en servicio real”; Francisco de Lugones combatió en el Perú, consumó la empresa de los Valles Calchaquíes y ya enviudado “se redujo a la iglesia tomando en ella estado”: lucha del cuerpo y del alma. Juan de Lugones, hijo y nieto de los anteriores, es el encomendero. Es el que re-puebla, el solariego, el apegado a la tierra. Pensemos que la “encomienda indiana” es el sucedáneo americano del “solariego” de Castilla. Mediante probanzas, datas y calidades, obtiene dos encomiendas “más por carga que en pago”. Este apego a la tierra, este arraigo como servicio al común, culmina en el coronel Lorenzo Lugones que salió a libertar naciones en el primer ejército de la patria “y como buen soldado de aquella heroica edad/ falleció en la pobreza, pero con dignidad”. El suelo, como principio inmanente de estar en la tierra, no da al sujeto ninguna propiedad: solo la dignidad de pertenecer al territorio. El habitante solariego construye la circunstancia. Lo mío se disuelve en la distancia, en “el común”, por eso la impetración final: “que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido/ por estos cuatro siglos que en ella hemos servido”.

El primer poema de la serie Poemas Solariegos se titula “El Canto”. Desde el título tiende a un despojamiento de la individualidad, a un renunciamiento a la originalidad. El “yo” se presenta como “eco” del “canto natal”. Es apenas un retumbo. El suelo natal es texto, es templo, es laberinto, es un cuerpo que hay que recorrer templando las cuerdas de la analogía. El juego laberíntico de las metáforas que los vanguardistas veneraban como toque de gracia de la poesía es  en Lugones flor de la tierra. Canto de los cuatro elementos: “la tierra palpitada de pasos, resonante de llantas”, es decir, poblada; el sol (fuego) “en la fortaleza rugosa de la leña, / y en el logro del pan, la miel y el vino”; el agua, “en el arroyito que retoza contento,/ y en la plácida flor de la regadera”; el viento (aire), “en la alegría de la hoguera”. El canto como aliento cósmico desciende al paisaje ya organizado por el hombre: el  árbol, la montaña y, por fin, se cobija en el cuerpo microcósmico del hombre y la mujer, en sus trabajos y sus días: “el hombre en el amor y en el deber”: “Canto del hogar en la serenidad/ inocente y cariñosa/ de las cunas donde reposa/ la ternura antigua de la Humanidad./ En el gobierno de la madre hacendosa/ y en el nombre heredado con legitimidad.” Todo canta: la ocupación doméstica, la madera del obraje, la herramienta, el redil, el aroma de la flor del aire, los parrales, la huerta, el jardín y la noria. Todo es canto en que lo desemejante se armoniza y es al fin ingenio en la boca del cantor y en el chirrido de la noria que extrae su extraña música de las profundidades: “Canto del ingenio en la copla espontánea/ como la margarita, la lágrima y estrella. / Y en la noria profunda, musical y bella/ como el órgano de una catedral subterránea”.

Como es imposible detenerse en cada poema, vamos a relevar los modos en que el canto se expande en los textos y cómo va dilucidando con humor la polémica de la rima del joven Marechal, la exaltación del arte popular, del cuerpo de la mujer y la especial dedicatoria a la estética ultraísta.

Los utensilios cantan: “rompe a cantar la roldana” y la muchacha que saca agua del pozo lanza “al sol caliente el cántico del esfuerzo y el gozo”. Todos cantan. Como todo es armonía, el silencio también canta: “Canta el silencio, / canta el oro del trigal, canta la sazón labriega…” El silencio viene de las profundidades y es un elemento esencial de la música que eterniza el espacio y lo transporta a otra dimensión, a un espacio/tiempo: “El remoto silencio se eterniza en el ser” (El Almuerzo)// “el silencio suspenso en la claridad/ impone la belleza de su inmensidad” (Paseo Matinal)// “su profundidad, cual la del pensamiento,

es un silencio magnífico”(Paseo Matinal)// “el silencio delira murmurados desvelos” (El Traspatio) // “el silencio dilata su ámbito de barril” (El Almuerzo) // “y es tan clara y tan pura la calma de la hora/ que parece que el mismo silencio             se dora” (Arroyito Vecinal)// “El silencio se acuesta/ junto a la vaca echada” (El Traspatio)// “El silencio suspenso en la claridad/impone la belleza de su inmensidad”(Paseo Matinal)// “A hondos aldabonazos el silencio taladra/ la agresión previsora del cabrero que   ladra” (Regreso crepuscular).

La ley de periodicidad que gobierna el ritmo organiza los sonidos, las disonancias y las acciones de los vivientes: “De cuando en cuando, la ranita bruja/ gorgotea escondida,/ veraniegas/ como una botella sumergida”(Arroyito vecinal), “chisporroteantes langostas parece que se fríen de amor sobre las matas” (Los burritos) y “la última rana seguía tecleando/ su imitación de gota alternativa” (La muerte del manantial); “el ritmo tetrasílabo de su marcha sugiere cantos silvestres y absurdos” (Los burritos). Como, según Lugones, las matemáticas rigen los ritmos y los ritos, el trote del burrito viene  a complejizar el ritmo binario del espondeo y el troqueo.

Si bien hay un poema especial dedicado al cantor, en Poemas Solariegos, todos los personajes cantan en distintos registros y casi en son de fiesta y de juntada. Tal el caso de Juan Rojas que sabía contar y cantar y que “lo único que no había aprendido/ era a leer y escribir y a usar pantalón”. Vestía a la antigua usanza y no había saber que estuviera ajeno a su baquía porque conocía “la derecera/ en aire, tierra y agua, del pájaro y la res,/ el reptil y el insecto, la alimaña y la fiera” pues “a él no le equivocaban huella ni maña de ave (porque para él era ave todo animal montés)”. Su búsqueda había incursionado en las regiones misteriosas “del otro lado”: “Había buscado con paciencia felina/ al pájaro Carbunclo que por la noche espanta/ y sólo se ve dicen para Semana Santa;/ y la piedrita adivina/ que en los sesos de la golondrina/ suelen algunos hallar”. El cura Henestrosa canta; el gendarme de la villa, Cantalicio Roldán, puntea cielitos; el colla vendedor de amuletos canta; también el hombre orquesta, ese gringo que “reinó en una tarde con su murga y su lata” y un día dejó de lado “la musical maravilla”, se quedó de “hortelano en la villa”, “casó allá y tuvo un hijo que ahora es diputado”. El destino de este gringo nos advierte que los Poemas Solariegos vienen de los adentros pero son historia viva, que no se ha cerrado. Junto al hombre orquesta viene el turco que vendía “cosa linda, barata”, contaba las historias de Aladino y Simbad el Marino que en fábula campesina, acriollados, circulaban como el Niño Ladino y Sinibaldo Medina. Dos mestizajes gozosos: el de los cuerpos, el gringo y el de los relatos, el turco.

En “El Arpista” aparece toda la vitalidad y apertura de la cultura popular. El músico estaba presente con su arte y su canto en toda fiesta, funeral o contrapunto. Representa, además, la libertad del cuerpo figurada, a pesar de su soltería, en su afición a las mujeres y a la danzas de Chazarreta: “Pues sabido es, decían refraneando,/ que sin canto y amor no hay vida”. El arpa entre sus brazos le ocupaba el lado del corazón. A él le es dado morir en la ley del canto: “Murió en la ley del canto como una cuerda rota, / y cuando lo enterraron en la aldea remota,/ su cajón parecía, ya al olvido entregado,/ una pobre arpa vieja que se había quebrado.” Era  capaz “de hacer bailar un mortero”; en sus bailes, “ni las viejas planchaban, pues se volvía audaz/ el más tímido mosquetero” y parecía que  hasta las puertas “iban a bailar en sus jambas”. Cuando volvía de parranda y debía acudir a una misa “urgente de promesa o de manda”, floreaba “los quiries con música de gato” ante el “furor del cura con aquel mulato/ verdadero carbón de Satanás”.

Pero el modelo hernandiano de cantor es Serapio Suárez. Su historia lleva un título antonomásico: “El Cantor”. Esta “versada” va incluida en la sección Coplas de Payada en que Lugones vuelve al metro popular octasilábico que monpolizará Romances del Río Seco. En realidad, estas coplas son un anticipo del libro póstumo. Al estilo lugoniano, se organizan en cuartetos con rima consonante en los versos pares.

Serapio era un cantor errante. Podía juntar fortuna y, a la vez, perderla entera en el juego. Lo cierto es que todo se lo agenciaba “con la guitarra y el canto”. Y cuando rodaba tierras para remediar su escasez cantaba las coplas de Martín Fierro. Nótese, en el ejemplo que sigue, cómo Lugones se representa a sí mismo. En efecto, en el paradójico canto,  el escritor  se autorreferencia como un cantor que dirige a un público presente: “Yo lo oí una vez, señores”: “Y de nuevo amadrinaba/la fortuna a su cencerro,/cantando por esos pagos/ las coplas de Martín Fierro/ De memoria las sabía/ recitar a pierna suelta./ Yo le oí una vez, señores,/por junto la ida y la vuelta.

El cuerpo de la mujer laboriosa se tensiona con la roldana del pozo y lanza “al saliente sol el cántico del esfuerzo y del gozo (El Pozo)”. Ella porta en su cuerpo un don ancestral y es capaz de amasar “el rudo pan antiguo” y lograr que los meros conceptos devengan, “sabrosos”,  un goce sensual: “Y el rudo pan antiguo que amasa la consorte/ elogia en la eucarística equidad de su corte/ sus manos olorosas de honradez y de cedro.” (La Merienda). O, “De la madre laboriosa/que con honradez sabrosa/se está dorando en el pan.”(Quietud Meridiana)

Poemas Solariegos se caracteriza , además, por el uso constante de una las figuras predominantes de la cultura popular: la prosopopeya. Todo baila, salta, se desnuda y canta: “La serenidad es tan limpia y pura/que con gracia sencilla, la luz se desnuda en la orilla como una doncella segura” (Paseo Matinal) // “la tarde, clara todavía,/vuelve del baño, suelto el pelo” (El arroyito vecinal) // “El silencio delira murmurados desvelos/en que un remoto arrullo se distingue.”(El traspatio)

Los relatos y creencias populares tienen reservado un lugar especial en este libro. Los posibles del fantástico pueblan espacios, objetos, tiempos. No cabe duda de que Lugones llevaba en sus adentros el secreto susurro de la tradición como masa de imaginación, afectos y misterio. Una natal familiaridad con las “fuerzas extrañas” lo señalaba para ser, sin discusión alguna, el iniciador de la literatura fantástica en la Argentina. Veamos algunas apariciones de este rico imaginario popular.

En la sobremesa aparece una receta de medicina empírica: curar el aire con una infusión de topasaire. Se lo prepara en agua santiguada por tres signos de la cruz que le haga un zurdo al largar el hervor. Como digestivo, se recomienda  la “tisana de los nueve yuyos” a los que según la prescripción hay que ponerlos de tres en tres: poleo, tomillo y verbena; toronjil, suico y yerbabuena; bergamota, paico y cedrón. El Colla, errabundo vendedor ambulante “que venía del fondo de los Andes”, vendía medicinas y magias: astas de ciervo y de bezoar, cebadillas de estornudar, agallas contra las hemorragias, jaborandi, quina y estoraque. Las illas, “cabritas y llamitas de cobre/ que traían buena suerte para salir de pobre /y librar los rebaños de todo ataque” y la “sortija de piedra imán/ contra los celos y el olvido”. De su alforja, era posible que saliera cualquier maravilla. Pero cuidado con osar burlarse o despreciarlo: “sabía la palabra que evoca/ a la hormiga y a la isoca/ con que la chacra habíale plagado a más de un necio”. El colla, tras vender sus productos continuaba corriendo las tierras del mundo “hasta que el horizonte profundo/ se cerraba tras él como una puerta”. Dejaba sin embargo una intriga entre los aldeanos: “La curiosidad de saber de qué modo/ aquella alforja nunca llena del todo/ tampoco se acababa nunca”.

Un poema dramático es “La Muerte del Manantial” que va marcando a través de las acciones de los animales y los hombres cómo poco a poco se va secando “el ojo de agua” que da nombre al pueblo. No hubo rito capaz de detener “las malas  señas”, las causas de la “mala suerte” . Cuando llegó la fiesta de la Patrona rezaron la novena por la vertiente, le echaron palmas el Domingo de Ramos pero solo brotó, a la semana, “una enredadera de Flor de la Pasión”. Obsérvese cómo en este poema no habla un sujeto individual, sino un nosotros. Poco a poco, a medida que Lugones  se va despojando del “yo literario”, se interna en la travesía que va del yo al nosotros: “Todos acudimos a ver aquello”.

Antonia, la mujer de Juan Rojas, por “temor al mal de hora, siempre andaba sahumada/ con azúcar y salvia morada:/ y Juan solía prepararle también,/ con incienso de molle parches para la sien”. El capataz sabía “hasta curar por conjuro”. Él le enseñó al poeta “la estrella que da rumbo en los campos sin huella”, cuáles son las nubes portadoras de granizo y huracán y que un “galope puede provocar la centella” sobre todo si el montado es “ un blanco” y hay algún algarrobo cerca. Al rancho de la Nemesia, “curandera y algo bruja a la vez” y facultada por el juez, acuden para alivio del mal de amor: “…ella cura con dos oraciones, / una de pares y otras de nones”. La primera para el matrimonio; la otra, para el celibato. El secreto de esas oraciones está en saberlas “componer” “dentro de un escapulario/ con dos clavos de olor y un alfiler”.

5.- El floreo: “una rima forzada en equilibrio”

En este libro ningún verso queda sin su correspondiente rima consonante. Además, ninguna rima es “pobre”. No sólo eso, la rima es un recurso para florearse como suelen contrapuntear los cantores gauchos: “con oros, copas y bastos/ juega allí mi pensamiento” salmodiaba Martín Fierro. El floreo sucedía cuando el cantor mostraba su maestría en el manejo de los metros, estrofas y rimas ante un público iletrado pero entendido en el goce sonoro de la lengua propia: “lengua encendida en el evangelio/ y apagada en la retórica”.  Veamos en el poemario de 1928 la gozosa respuesta a la crítica de sus detractores de la revista Martín Fierro y la excelencia de la parodia  al preceptismo ultraísta. El poema como puro juego, tal como ocurre en las adivinanzas, las canciones infantiles de alegre glosolalia, da pie: 1) para que la rima intervenga como un elemento necesario, según la visión lugoniana, de la creatividad; 2) o como una burla criolla al ultraísmo y la nueva sensibilidad. De todos modos, cualquiera sea el “tono” el libro es una asombrosa proliferación de metáforas que los jóvenes vanguardistas consideraban el núcleo de la creación poética. En estos ejemplos la rima aparece como una necesidad para dar rienda suelta a la imaginación. Refiriéndose al grave estanciero criollo que lo ha invitado a almorzar, expresa: “Nuestro anfitrión es un maduro hidalgo/ que por raza y por consonante/ostenta en su talante/algo/de galgo”.

El “consonar” (rimar) construye la figura del hidalgo tanto en su aspecto físico como psicológico. En la imagen siguiente, en que urente es clave, se puede advertir como la rima es un operador mágico  y no sólo rítmico. Crea en solidaridad con el sol un “chisperío” que, a la vez, es ficción y fenómeno visible: “Bajo el alero van, de cuando en cuando,/las urentes avispas/-que la rima y el sol truecan en chispas- /al árido avispero regresando.”

En el poema XXXI de “Los ínfimos” la rima aparece como una posibilidad semántica que el poeta puede “combinar” a gusto, arbitrariamente. De tal modo, entra en un juego de esdrújulas: “Y la cucharada de cuajada trémula/ que ante el nácar y el ópalo puede rimar con émula”.

La parte del libro titulada  Circo Romántico ha sido considerada por algunos críticos aquejados de i-lectura como un elemento extraño al campo noético de lo “solariego”. Sin embargo, representa la irrupción de lo funambulesco e hiperbólico en la sobria rutina serrana. Lugones hombre reconoce que al circo trashumante le debía la raspa de lo maravilloso que portaría para siempre en su alma: “Pronto advertí que nunca yo/ tales glorias alcanzaría,/ y esta es la funambulería/ que en el alma se me quedó”. Ese “se” trasvasa  desde una nostalgia de oralidad al texto escrito y da pie al juego libre. Obsérvese cómo en este terceto del soneto titulado “El cartel” reproduce la engañosa propaganda del circo para atraer al público campesino con palabras raras como motivo de la inevitabilidad de la rima para nombrar la vulgar “cabra del monte” por todos conocida : ““Todos, sin excepción, todos al circo,/a admirar la onza negra, a ver el hirco/(cabrón montés y rima inevitable)…”

El climax de este uso consciente y creativo se produce en el soneto “La Bola” donde el objeto es rima y trasto a la vez, luna y perinola, cometa y gato. Imprevistas “pruebistas”, las rimas internas vuelan de aquí para allá dentro de los versos: “La bola-rima y trasto-rueda sola/en la punta del verso y en la pista…”/“Con virola de plata la cabriola…”// ¡Hola la rima en ola!…Cacerola/ que con fugaz piola ato a la cola/ de un cometa erizado como un gato

Los detractores de la rima suelen postular que la rima anula posibilidades;  hacen previsible y mínimo el arsenal de palabras disponibles por el poeta y atentan contra su creatividad. Ahora bien, un segundo aspecto de este muestrario o rimero que Lugones destila en este poemario es su intencionalidad. Inmerso en no deseadas polémicas formales, crítico fervoroso de la sumisión a la retórica, dedica con picardía, como dirían los paisanos del norte cordobés, no sólo unas rimas sino también un poema completo a los ultraístas o neosensibles. En “Loa del fuego alegre”  imagina al elemento como un juglar,  le atribuye la capacidad de “fraguar” en el verso “la singularidad de una rima forzada en equilibrio”. Es una aplicación de la “ley de proporción” que rige el universo y que, con elementos desiguales, crea la armonía.  Sin duda, su inevitable resultado será el ludibrio que los martinfierristas construyeron para desmerecer   su oficio de poeta:” Juglar que en el verso fragua/ la singularidadde una rima forzada en equilibrio/para inevitable ludibrio/de la Nueva Sensibilidad

Cabe destacar, sin embargo, un poema que aparentemente no armoniza con los contenidos solariegos pero que funciona como núcleo de irradiación de la libertad creadora de Lugones. Me refiero a “Estampas Porteñas”. Irrumpen de golpe las disonancias y el movimiento espasmódico de la ciudad en que sólo se respira hollín, ácidos, hulla. La ciudad es una mole con luz artificial: rayos de linterna, lóbrego nácar de kerosene y “la última lavaza de luz crepuscular/ entre una gelatina de ópalo verdemar”. El clima artliano, ferruginoso, predomina en el poema apenas licuado porque se entreabren Centauro y Orión mientras que detrás de Palermo “la tarde blanca y yerta,/ cae en el horizonte como una garza blanca”. El ser se disloca en los reverberos del río, la sombra es una mancha de mono y, tangente a la vía, “llevamos por pareja nuestro propio fantasma”. Es un poema ultraísta de la mejor factura al que no le faltan la incursión por el mundo reo, el loro calavera que “silva la milonga” e “insulta con la madre”, el borracho que “rejura per Baco”. Luego la noche de Callao y Corrientes: “la noche ultramoderna/ que entre muslo y sandalia luce toda la pierna y emancipa una andrógina melena a la gomina”. Aparecen los términos extranjeros: rouge de letrero, cocktail cristalizado en hielo, “Sección Vermut” del cine, el corcho del brindis en estornudo de jazz, el éxtasis de rimmel, hasta los “lamentos de un tango degollado a serrucho”. Difícilmente se encuentre, en serio o en parodia, un poema más ultraísta, hasta con sesgos surrealistas, en la colección completa de MARTIN FIERRO. Girondo no desdeñaría el tranvía que se lleva el perfume de nardo al centro. Tampoco Olivari ni González Tuñón desertarían de los submundos reos de Corrientes y las dársenas. Pues bien, también en este poema Lugones se dedica  a lo que podríamos llamar el juego de la rima. Ahora la luna es un guiñapo. Lejos está la luna solariega, recurrente imagen del canto natal: “Como un guiñapo de luna en el obenque,/ maña y rima mediante, se amojama un arenque”.

En un tramo de puerto en que las farolas son “lúgubres” y su luz una “deyección dorada”, promete al “anzuelo ultraísta” la creación de  “frituras de sabor inaudito”. Metafóricamente son dorados y anguilas pero, en realidad, son figuraciones de las creaciones de los neosensibles como “frituras” de distintas estéticas. Para colmo, el pescador de frituras es “Simón el Bobito”: “Ya las barcas prendieron sus lúgubre farolas/ que en el canal parecen verter a cacerolas/ su deyección dorada, donde al través rutila/ la dársena que escurre su lividez de anguila,/ prometiendo frituras de sabor inaudito/ al anzuelo ultraísta de Simón el Bobito,/ pues así con un poco de lampo y agua negra,/ se fabrica un dorado que vista y gusto alegra…”

Otro poema que parece dislocado del resto es “Salutación a Embeita”. Se trata un escrito  por encargo. En efecto, el Centro Laurak Bat tomó la iniciativa de rendir homenaje a un popular poeta vasco y encargó a Lugones un panegírico.

Pedro Embeita Rentería era un poeta labrador. Sólo pudo asistir unos pocos meses a la escuela porque su aldea se quedó sin maestro. Cuando se reanudaron las clases, como no sabía hablar castellano, debió abandonar sus estudios porque los niños euskaldunas eran brutalmente vejados. En cierta ocasión, tiró el “anillo infamante” en un techo del caserío y recibió una brutal paliza en la escuela nacional. El “anillo infamante” era uno de los peores castigos para los niños que hablaran euskera en clase. Entre los siglos XVIII  y XX, rigió este sistema inquisitorial en todo el país vasco. Tendía a convertir a los niños en delatores porque, como el anillo pasaba de mano en mano,  denunciaban a cualquier compañero al que oían decir algo en euskera. Esto sucedía porque el que quedaba con el anillo al fin de semana era molido a palos. Se tendía, además, a que el niño estigmatizado sintiera rechazo y vergüenza por su lengua materna.

Un sacerdote le enseñó las primeras letras. De la tradición oral, recibió el venero de los cuentos tradicionales. Vuelto a su caserío natal comenzó sus improvisaciones poéticas. Embeita era un improvisador, o sea, un payador. Era el cantor de los anhelos de libertad de la patria amada. Su última improvisación concluía: “guarda, Señor Bueno, guarda a nuestro pueblo vasco”.

Lugones, según emerge de textos inéditos de 1927 reeditados recientemente por la Biblioteca Nacional, persistía con su idea anarquista de libertad. Todavía consideraba a la independencia de los “pueblos libres americanos” como una rebelión contra “el dogma de obediencia”, es decir, contra los grupos de poder y las instituciones represoras del Estado. Por eso aceptó gustoso el encargo del centro vasco y compuso “Salutación a Embeita” que es un canto “solariego” a las rebeliones de los vascos. El final del poema resume esta salutación que es una alabanza al pueblo vasco y un canto de libertad: Lo saludo en la Patria que toda gloria explica/ Lo saludo en el vástago del Árbol de Guernica./ Lo saludo en el Fuero de la honra y la equidad./Pedro de Embeita el vasco ¡Viva la libertad!

6.-  El arte por la vida

Volvamos al comienzo. El primer poema de la serie se titula “El Canto”. El canto es lo sustantivo, el sustento geocultural en que descansan las actitudes y se reproducen los deseos. Es el canto de y el poeta es apenas un eco, un sonido sin aliento en que resuena el ritmo implícito en el cosmos, el pago, el común, los animales y los elementos. Todo junto, configura el suelo, el arraigo, el amasijo informe del cruce en que cielo y tierra hablan (cuentan y cantan) sin cesar.

El poema de despedida se titula “Los Ínfimos”. Ínfimo, tiene dos sentidos habituales: a) lo último, lo que es menos que los demás; b) en sentido moral: lo más vil y despreciable. Ahora bien,  de nuevo la palabra inicial es canto, pero ahora es yo canto. Lugones se propone como un yo siempre presente entre el pasado cuya heredad ha asumido y el futuro que es la historia siempre haciéndose de la comunidad.  Reducido a su propia individualidad, escindido del continuum y del contiguum históricos, ínfimo entre los ínfimos, se convierte en su voz. Las dos primeras estrofas o micropoemas ( en lenguaje martinfierrista, membretes o greguerías) da comienzo a la alabanza de los insectos oponiendo a la hormiga afanosa, que de “ácido agresivo se avinagra”, la cigarra del apólogo que “a pleno sol deflagra” y pone “un cascabel al gato del amor”. La serie continúa con seres mínimos, aparentemente inútiles, pero que comparten la vida cotidiana de quienes hemos gozado desde niños la cotidianeidad del norte cordobés. Sobreabundan las onomatopeyas, los diminutivos afectivos, los aumentativos ponderativos. En otras palabras, la gramática y las señas de la afectividad del pueblo. Continúa luego con los más humildes vegetales: la malva, la violeta, el ajo. El sol será el “solcito polvoriento” de los patios,  la luna “un ochavo de luna”. Los ínfimos de la belleza: la muchacha fea y la bonita boba, tema de un mal soneto. Los animales que rondan la casa en declinación o fuga: el jamelgo mohíno, el cordero degollado, el minucioso ratón, el chingolo que “canta la miseria como un lazarillo”. Los personajes en derrota: el gringo murguista y el poetastro infeliz. No olvida la enumeración de los actos elementales del hombre y su materia viva: el bocado de pan, el trago de vino, la sed de agua, el grano de sal, la cucharada de cuajada, la última brasa y, ahí cerquita, el cuzco de la vieja. Se encolumnan luego los objetos desechados (tapera, hojas secas, viruta, el tiempo cotidiano y fugaz, “minuto de buena o mala suerte). Desfilan asimismo los excluidos como el “pobre diablo”, el “niño abandonado”, la costurera cuya actividad “fomenta la tisis y la virtud oscura”, la ollera. El adobe, materia de la casa, la “pava cantarina” y “el cántaro de agua”, pero también el perfume y el color.

Ahora bien, el verbo canto aparece una sola vez con sujeto tácito: el eco- Lugones, donde resuenan y se agolpan “los ínfimos”, es apenas una resonancia en las cosas mínimas de la totalidad heterogénea de la naturaleza y la cultura. Lugones deja hablar aquí todo lo que al canto natal calla sobre las marginadas comunidades criollas del antiguo Tucumán. El sujeto tácito lee en elipsis, deja hablar todo lo callado y para eso se vale de la enumeración y el polisíndeton. La repetición de la conjunción copulativa (y) configura una unidad en armonía con la repetición de modificaciones (cambios rítmicos, elaboración imaginaria de los elementos de cada parte, el contraste, la alteración melódica). Es fonología, semántica y música. Los copulativos atan un haz de cincuenta y una partes en que se enlazan lógica y afectivamente expresiones elogiosas o nostálgicas. El canto elíptico declina mansamente, “embellece la dicha y la pena”. La muerte se va colando en la retahíla: “Y el minuto de buena o mala suerte/  que como un cobre/ de pobre/ va cayendo en la alcancía de la muerte”. Ley de periodicidad que tantas veces acató el poeta. Juego armonioso de la libertad y el orden del anarco-federalista insumiso ante “el dogma de obediencia”. ¿Cómo será esa libertad completa como principio de organización social?: “Libertad completa que empezarán a disfrutar los hombres, tan luego como suprimida la propiedad desaparezca el gobierno cuyo objeto es defenderla. La libertad dentro del orden es el trajín monótono del pájaro en la jaula. El orden dentro de la libertad es la armonía de movimientos del ave suelta”.

Es la comunidad organizada del solariego. El antiguo común del canto natal. El ínfimo en que la historia es algo todavía no concluido, la unidad en que conviven el pasado y el futuro. Dijo todo lo que tenía que decir de sí. ¿Se apagará el eco de las generaciones? : “Y el pueblo en que nací y donde quisiera/dormir en paz cuando me muera”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

FUENTES:

Fondo Nacional de las  Artes, 1995, Revista MARTIN FIERRO (1924-1927), Edición Facsimilar, Estudio Preliminar de Horacio Salas, Buenos Aires.

KUSCH, Rodolfo, 1976, Geocultura del hombre americano, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro

LUGONES, Leopoldo, 1928, Poemas Solariegos, Buenos Aires, B.A.B.E.L. (Biblioteca Argentina de Buenas Ediciones Literarias, Dir. Samuel Glusberg). Cfr. et. LUGONES, Leopoldo,  1974, 3ª.Ed., Obras

Poéticas Completas, Madrid, Aguilar. Todas las citas corresponden a esta edición.

LUGONES, Leopoldo, 1984, Romances del Río Seco, Córdoba, Alción Editora

LUGONES, Leopoldo,  2011, Dogma de Obediencia (Estudio preliminar: María Pía López y Cecilia Larsen), Buenos Aires, Colección Los Raros, Biblioteca Nacional.

DEL CORRO, Gaspar Pío, 2005, Lugones, Córdoba, Ediciones del Copista. Vide et. Diario EL LIBERAL, Santiago del Estero, 3 de noviembre de 1948. Edición Especial.

TORRES ROGGERO, Jorge, 2000, El combatiente de la aurora. Lugones, Córdoba y los inicios de la modernidad literaria, Córdoba, Alción Editora

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Por Jorge Torres Roggero

LA GRANDE ARG.LIBRO TAPA1.- La ficción institucional

Voy a recordar un libro de Lugones que suele servir para denostarlo. Libro muy mentado; pero, poco leído y estudiado. Me refiero a La Grande Argentina. Vivir, se preguntaba Lugones: ¿es un oficio o un arte? La respuesta es una poética de la Patria que no podemos desarrollar ahora. Lugones estaba convencido que Argentina es una nación solar llamada a la luz suprema y el heroísmo. Pero como el propio poeta (que lleva un Lunones oculto en sus entrañas), la Patria alienta en su seno contradictorias huestes lunares. El juego de esos simbolismos nos atrae a un abysos ( abismo, lugar-espacio sin fondo).

Aclaro, entonces, que no es mi propósito aventurarme en los peligrosos derroteros del simbolismo hermético. Por cierto, el tema de La Grande Argentina no es ajeno a esas contradicciones que lindan con lo sagrado, lo trágico y el destino. Si alguien quiere averiguar cómo funciona el pensamiento metafórico (uso una expresión de Julio Requena) en el autor, puede vislumbrar algo en mi libro La cara oculta de Lugones.

Por ahora, echemos un vistazo a La Grande Argentina. Es un libro dedicado a la política que, si bien es el arte de lo posible, lo es apenas de lo posible contingente, según predicaba Leopoldo Marechal. Pongo, también, este texto sobre la mesa, porque vengo de una generación que se planteó como objetivo de lucha por una “Argentina potencia”, o sea liberada. Una patria luminosa, no la sombría colonia que padecemos. Algo de eso profetizaba Lugones en el dilema que, como se verá en las líneas que siguen, nos planteó en 1930.

Es en La Grande Argentina donde Lugones procura conciliar mito y ciencia en el riesgoso plano de las posibilidades históricas. Por eso presenta sus inquisiciones como “acto de fe” y como “diagnóstico”. El diagnóstico es una denuncia de la Argentina semicolonizada en la inauguración misma de la “década infame”; y en el momento mismo en que es de nuevo desoído por los encargados de trazar un modelo argentino. La denuncia cubre tres aspectos de nuestra realidad.

En primer lugar, marca a fuego la colonización cultural. Lugones va a la raíz del problema en cuanto denuncia la estructura política misma de la república. La democracia y la república, afirma, deben ser argentinas y no anglosajonas. Sobre las instituciones importadas, debe prevalecer la Nación: “Al pueblo no le interesa la constitución, máquina anglo sajona que nunca ha entendido”. La crítica no es a la democracia, sino a la ficción liberal que nos entrega atados al poder colonial. Lugones invita a hondos debates.

La segunda denuncia se refiere al imperialismo económico y sus consecuencias. Sólo citaremos la observación de L. Lugones sobre monocultura, bancos y marina mercante en poder del extranjero. Su conclusión es taxativa: “Un país no puede ser exclusivamente mercado sin degradarse en la poltronería cartaginesa. (…) Somos en realidad un colonia económica de los grandes compradores”.

Por último, su crítica se dirige al colonialismo interno. Bastaría esta simple cita: “Mientras en Buenos Aires se llega a mendigar con medias de seda, en el interior no se puede trabajar de alpargata”. La denuncias se fundan en la situación de 1930. Ahora, por cierto, la caída del pueblo y la degradación de la patria se han profundizado.

Las contradicciones que nos aquejan surgen claras si nos atenemos a los tres aspectos señalados. La hegemonía es ejercida por una república rural, latifundista, librecambista, es decir, por un Estado Colonial. A esa situación, es necesario oponer el crecimiento de una república industrial, con preeminencia de la siderurgia y la construcción, con control económico, o sea, con un Estado Nacional.

2.-Colonia o Potencia

En el plano contingente, postula, la Patria es un estado de necesidad: “la moral de la nación es distinta de la personal: es bueno lo que le conviene”. En tal caso, no deben ser las “ideas” las que gobiernen porque de nada sirve una constitución monumental pero inútil, sólo aplicable a un individuo genérico, a un ente abstracto. Deben gobernar en cambio las necesidades , lo que es eficaz y útil para el ciudadano argentino concreto, lo es para el país. “El objeto de la Nación no es la virtud, afirma, sino el bienestar y la seguridad de sus hijos”. Su deber “no es la moral sino la victoria”. Por supuesto que esa victoria será fruto de las virtudes de los ciudadanos. Y el ciudadano, como en las democracias griegas, debe ser un soldado, aclarando que, para Lugones, ser soldado es un estado del ser cualitativamente superior pues está relacionado con el aspecto solar y flamígero de la espada, símbolo del Verbo.

Llega, pues, un momento en que la lectura del texto exige cierto estado de gracia por parte del lector que, si se aferra a cierta grosera literalidad, queda ayuno sobre el significado profundo de los símbolos lugonianos. Sobreviene una simpar angustia a los que hemos sobrevivido a la conversión del “soldado” en “fuerza armada”, o sea, a la literalidad de la violencia y el apartamiento del destino superior de la Patria.

Por supuesto que estas contundentes afirmaciones de L. Lugones hacen poner los pelos de punta a nuestros politólogos cualquiera sea su pelaje. Pero de acuerdo con la poética que trazan tanto la vida como la obra de nuestro comprovinciano, no es difícil advertir que para él la historia no es historiografía; ni el conocimiento,  bibliografía. Otros son los instrumentos para zambullirse en la realidad. Lugones, en el estado contingente propio de su comunidad, reincide en el camino solar que ya señalara en Prometeo (1910): “La felicidad, o sea la salud del alma, es un negocio colectivo. Y así como la solidaridad de la higiene comporta un interés eminente porque de lo contrario las plagas infecciosas son el castigo del egoísmo, la solidaridad de la dicha constituye el supremo interés para las sociedades cuyo porvenir amenaza el egoísmo con un castigo peor: el odio convertido en tentadora voluptuosidad para los débiles y en vengativa satisfacción para los fuertes. (…) La nación que adoptara al nacer el sol como emblema, impúsose con ello un existencia de heroísmo sin término”.

La Grande Argentina es un llamado a la comunidad a cumplir con su destino solar, aunque deba pasar sobre la moral y las instituciones de los políticos, como exigencia impuesta por el “tiempo irreparable” del verso antiguo, “ya que habiendo para todo época propicia, la Nación tiene que aprovechar con acierto lo que podría llamarse la hora de su destino. (…) Hora grave, porque se trata de una opción definitiva. O empezamos a transformarnos en potencia, o nos conformamos con la subalterna situación de un país de segunda clase”.

Lugones traza, entonces, en La Grande Argentina, una ética de la nacionalidad en que los aspectos lunares, no del individuo sino de la comunidad, son conjurados e incorporados. La Argentina debe cumplir su destino solar. La disyuntiva es de hierro: COLONIA o POTENCIA.

La aplicación del simbolismo hermético en la organización de la potencia está dada en la propuesta de una comunidad jerárquica y solidaria. Así se manifestaría lo oculto en la realidad viviente, en el orden contingente de las patrias. Toda nación que no se organice de acuerdo con el modelo sagrado del cosmos ( “patria celeste”, según Marechal, “comunidad organizada”, según Perón), será presa fácil de la ley fatal que le reserva un destino de “país de segunda clase”, o sea, “servil”. Enfrentado al “racionalismo desenfrenado” y al “orgullo lógico”, Lugones desecha el cientificismo en la política, porque “la política no es una ciencia ni una filosofía. Es un arte. Vale decir una actividad en la cual predomina el acierto intuitivo, o, si se quiere, la inspiración, “dones por cierto, personalísimos y escasos”.

Y concluyo esta incursión lugoniana. Pero esto de la política como un arte, seguramente les hizo acordar a un Gran Conductor que decía en 1952: “Así como una “Piedad” de Miguel Angel no puede ser creada por un organismo técnico-escultórico, tampoco en la conducción política o militar puede surgir una obra de arte prescindiendo del artista. Con buenos técnicos y artesanos, sólo puede ejecutarse un buen trabajo. Para crear es menester un artista, y la conducción impone un permanente e ininterrumpida creación” (Perón).

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 21 de feb. de 19

Fuentes:

Lugones, Leopoldo, 1962, 1ª. Edic, 1930, La Grande Argentina, Buenos Aires, Huemul

Lugones, Leopoldo, 1962, Prometeo. En: Obras en Prosa, México, Editorial Aguilar

Torres Roggero, Jorge, 1977, La Cara Oculta de Lugones, San Antonio de Padua, Castañeda

Torres Roggero, Jorge, 2002, Elogio del Pensamiento Plebeyo, Córdoba, Silabario

por Jorge Torres Roggero

Imagen (38)1.- Manuel Ugarte: un maldito

En el prólogo del libro  La reconstrucción de Hispanoamérica, Manuel Ugarte (Bs.As., 1875/Niza, 1951) sostiene que lo que vamos a leer es “un testamento y una despedida”. Desde que, a comienzos del Siglo XX, inició su batalla cultural contra el imperialismo y por la unidad latinoamericana, solo tres libros suyos fueron editados en Argentina. Su lucha y su obra fueron silenciadas por el aparato cultural de la oligarquía. En gira de conferencias por toda América Latina, “agotó su fortuna personal, despertó la aversión de los cipayos, de derecha y de izquierda y fue expulsado del Partido Socialista por su “nacionalismo latinoamericano”. Sus libros principales fueron editados únicamente en España y Francia.

El libro póstumo, que vamos a recorrer juntos, fue editado en 1961 por Editorial Coyoacán. Su viuda, Thérese Desmard comenta: “Se le negó todo, hasta una jubilación como periodista a aquel que había invertido toda su fortuna en grandes campañas continentales, a principios de siglo, para pregonar la unidad de los pueblos de América Latina”. El desconocimiento deliberado de su obra asegura, es el resultado “de una confabulación del imperialismo contra el que luchó toda la vida”. Aislado y perseguido, se vio obligado “a asumir un destierro voluntario de cuarenta años”.

Los siete capítulos de La reconstrucción de Hispanoamérica que se publican fueron corregidos por Ugarte. Pero el prólogo es una recopilación de los apuntes que había preparado para una redacción ulterior. El manuscrito quedó inconcluso. Trabajaba en él cuando la sorprendió la muerte en 1951.

En 1945 había regresado fugazmente a la Argentina y, con disidencias, apoyó el movimiento popular naciente. Entre sus papeles, se encontró un texto en que sostenía: “Perón es la voluntad nacional y en ella se funda actualmente la salvación de la Patria. No he pertenecido nunca al bando de los aduladores y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa para votar a Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en los momentos difíciles porque atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos.” Y concluía: “Todos los presentimientos y las esperanzas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero.”

2.-Mestizaje: ¿el fuerte siempre gana?

Eva Perón hablaba del “derecho victorioso del más débil”. En consecuencia, a lo mejor  la  historia  de nuestras luchas por la vida, de la selección de las especies y del dominio del más fuerte, nos es la verdadera historia. Esas, diría Borges, son “nuestras imposibilidades”. Como en la microbiología, existen otras posibilidades. Está comprobado que, mediante la cooperación, el débil logra sobrevivir y sobreponerse a la agresión del más fuerte. Refiriéndose a esto, dicen los microbiólogos Lynn Margulis y Dorion Sagan en Microcosmos: “La competencia en la cual el fuerte gana ha recibido mucha mejor prensa que la cooperación. pero ciertos organismos superficialmente débiles han sobrevivido formando parte de entidades colectivas, mientras el representante de los fuertes, al no haber aprendido el truco de la cooperación, fueron arrojados a la pila de los residuos de la extinción evolutiva”.

También el sexo es un tipo de realimentación: ““El sexo, postulan, como la simbiosis, es expresión de un fenomeno universal, el principio de mezclarse y congeniar. Dos organismos, sistemas u objetos bien desarrollados y adaptados se combinan, reaccionan, vuelven a desarrollarse, definirse, adaptarse y surge algo nuevo”.

De tal modo, no seríamos seres autónomos, sino eslabones de una cooperación simbiótica. La vida es una forma de cooperación. Surgiendo de la confusión y el caos, se realimenta. La supervivencia no es una especialización de los más aptos; es, en cambio, la cooperación como la más potente operación de cambio evolutivo.

A partir de una intuición poética, Kropotkin postula una interpretación del origen de las especies de un modo diferente al determinismo positivista. En su libro Socorro Mutuo, plantea: “Si nosotros preguntamos a la naturaleza quienes son los más aptos, si los que continuamente guerrean entre sí o los que se respaldan mutuamente, vemos de inmediato que los animales que adquieren habito de socorro mutuo son indudablemente los más aptos. Tienen más oportunidades de sobrevivir y alcanzar, en sus clases respectivas, el mayor desarrollo de inteligencia y organización corporal”.

Estos aspectos que vuelven a ser tenidos en cuenta ante el peligro de disolución de la cultura occidental como catástrofe ecuménica, nos enfoca en la obra póstuma de Manuel Ugarte de la que daré cuenta somera como un modo de cultivo (cultura) de la esperanza. A nuestros pueblos todavía les es dado bregar por la autoorganización mediante la dependencia mutua. La coevolución está a nuestro alcance. La identidad está escrita en lo que hacemos. Recibimos información y recibimos caos: nuestro enigmático mestizaje genera pensamiento y conducta. A veces, los pensamientos son estereotipos, simplificaciones que seleccionan y abstraen sentimientos, sensaciones, matices, pero debajo de cada pensamiento fluyen nuevos reprofundos de sensaciones y sentimientos, florecen rizos de realimentación del cerebro con la palabra y la presencia de olvidados dioses.

3.-Un estuario de recuerdos

Ugarte postula que en Iberoamérica se intersectan dos vectores principales. Su presencia es tan poderosa que nada ni nadie puede desviar o suprimir estas dos grandes vertientes“la que emana de la América precolombina y la que irrumpe con la presencia hispana. Fundidas una y otra en estuario de recuerdos, realizaciones y esperanzas frágiles aun en ciertos órdenes, a pesar de todo un programa, una herencia y una brújula, hay que evitar que corran riesgo de desaparecer porque constituyen la promesa de una nueva modalidad humana, de un pensamiento distinto dentro de los valores universales” (p.9)

Fíjense en la poderosa metáfora: “estuario de recuerdos”. Los argentinos estamos marcados hasta en el nombre por un barroso estuario. Eso somos, una confusa patria, una barro que anda, cargado de vida bullente atacada por acosos externos, por agrotóxicos de toda laya. Somos un fluir de recuerdos y nuestras realizaciones y esperanzas son todavía frágiles. Sin embargo, postula Ugarte, hay que aferrarse a ellas. Siempre están en riesgo de desaparecer y siempre estamos evitando que desaparezcan porque ellas constituyen la promesa. Esa promesa es la de una nueva conciencia universal “una nueva modalidad humana, un pensamiento distinto dentro de los valores universales”.

4.-La Caldera

En la emergencia de América como etapa superior y “tiempo entero”,  sucedió que a los que se alejaban de la metrópoli no les quedaba otro remedio que elevar y aceptar al indígena dentro de la nueva nación. Por otra parte, es claro que la independencia nació del esfuerzo concordante del criollo de sangre blanca y de sangre mezclada. Cada grupo dio hombres que contribuyeron a alcanzar el resultado, volcándose todos, podríamos decir dentro de la caldera en que hervía la futura nacionalidad.

Empapados los dirigentes de ideas conservadoras hasta intentaron, en un momento,  la creación de monarquías o de imperios. Favorecieron, además,  dentro de la minoría blanca dominante, el nacimiento de grupos privilegiados, mitad aristocráticos, mitad plutocráticos. Fue un doble error que avivó la rebelión, la inseguridad y la indisciplina.” (p.27)

La oligarquía instaurada en la gesta libertadora asentó su justificación en una independencia teórica y estableció un cordón de hierro entre la minoría gobernante y las mayorías populares. A finales del XIX proliferan los conventillos en Buenos Aires. Guillermo Rawson publica en 1885 su estudio sobre las casas de inquilinato. La escasez y la miseria lo conmueven, pero, en el fondo, es una apelación al instinto de supervivencia de las clases dominantes todavía conmovidas por la fiebre amarilla de 1871. No basta la limosna, de esas “fétidas pocilgas” donde se cultivan gérmenes de terribles enfermedades salen las manos y los cuerpos que trabajan en los lujosos palacios. Así un buen día, el tifus, la difteria, atacan a ese hijo, “que es un ángel”. Este temor al pobre como amenaza innominada, puede palparse en dos conocidos cuentos de la literatura argentina “Tini” de Eduardo Wilde y “El hombrecito del azulejo” de Mujica Láinez en que los médicos Wilde e Ignacio Pirovano son personajes importantes.

De tal modo Buenos Aires es un taller de epidemias y el conventillo “tálamo en el cual la fiebre amarilla y el cólera se recrean”; pero, presenta, a la vez, una verdad más alegre. El conventillo es también “la olla podrida de la nacionalidades y las lenguas”: teatro de amores, de dramas y tragedias, lugar de encuentro, a través de una oralidad babélica, de milenarias recetas culinarias. Allí germinan las “multitudes argentinas” en la solidaridad de la pobreza, en los niños que en la escuela pública se “argentinizan”. La madre italiana de Nicolás Olivari canta junto al fuentón mientras lava la ropa. En la Musa de la mala pata, gringa canta “yo soy la morocha, la más agraciada”; y el poeta poetiza: “la primera palabra en argentino que le oí a mi madre”. Esa confusa patria alumbrará, como un todo de autoorganización poderosa, la chusma sagrada de Almafuerte e Hipólito Yrigoyen.

Esa creatividad secreta del pueblo estará siempre en contradicción con el odio secreto de la oligarquía que se convirtió en el mejor aliado del imperialismo.

Dice Ugarte:  “…se afianzó el prejuicio de que sólo me mantenía la dignidad con los títulos universitarios, el uniforme militar o las tareas de gobierno. Así resultó la independencia en cierto modo teórica. El colonialismo político pasamos al colonialismo económico. Se aceptó como natural que las riquezas nacionales – in nomine – fuesen explotadas y fiscalizadas por organismos ajenos a nuestro conjunto”(…) “…las empresas extranjeras se apoderaron del suelo y el subsuelo.”(…) “Se entorpeció, por encima de todo, la facultad de crear. Pese a la independencia aparente, toda iniciativa y todo esfuerzo siguió ajustándose a fórmulas importadas. Cuanto vivificó la tierra nueva continuó siendo accionado desde lejos. Cada empresa próspera dejó sus beneficios fuera de la colectividad. No se hizo sentir uno de esos movimientos unánimes que renuevan el espíritu y le permiten adueñarse de todo lo que le rodea”(p.28)

5.- Ponerse a deletrear hechos

Manuel Ugarte inicia así lo que él denomina un “modesto silabario para deletrear hechos y buscar soluciones”. Considera que la Segunda Guerra “proyecta una luz clara sobre la evolución del Continente. Percibe circunstancias y perspectivas nuevas que rebasan los panoramas habitualmente evocados. Hay situaciones que obedecen a “otras rotaciones”. Rescata una vieja palabra cara a su comienzos modernistas y que alude a sensibilidad especial para percibir aspectos no visualizados de la realidad: vibración. Lo que la mirada (teoría) europea no ve, es develado con los ojos penetrantes de la mirada propia. Persiste una vibración “que correponde a nuestra entidad geográfica, étnica y espiritual para favorecernos o salvaguardarnos en medio del trágico remolino”. (p.12)

Ante el silencio de los que mandan, se levantan tumultuosamente las preguntas: “¿Qué somos? ¿Cómo hemos vivido? ¿Qué nos aguarda? (…) La contemplación del horizonte todavía en llamas nos hace pensar en el futuro. Nunca se vio tan loca confusión de ideas, jamás estalló la desorientación en forma tan estruendosa. ¿A dónde vamos?

 

6.- Una radiografía heterodoxa

Todos recordarán el oscuro pesimismo de la Radiografía de la pampa. Munido de filosofía europea, de un primitivo psicoanálisis, de las doctrinas y símbolos de extremo oriente, Martínez Estrada condena a las multitudes argentinas y sus posibles caudillos a un laberinto sin salida, a importadores del subconsciente europeo y la cloaca de occidente.

Asimismo, la radiografía de Ugarte es mucho más alegre que “el pecado original de América”  de H. A. Murena que nos sumerge hasta la verija en la barbarie. “Al resplandor del incendio, postula Ugarte,  surgen perspectivas nuevas que ponen en evidencia errores endémicos y ofrecen, en cierto modo, una radiografía de nuestro estado” (p.12)

Entonces comienza su reivindicación del mestizaje como una energía genética y como apertura a una conciencia universal. Urge, por lo tanto, retomar “… problemas capitales que hasta ahora fueron olvidados: el de la convivencia de los diferentes componentes étnicos, el de nuestra debilidad en medio de los remolinos del mundo, el de la valoración de los elementos propios de riquezas nativas, para no citar más que algunos”. Para ello, es necesario no enfocar los problemas desde el punto de vista de las ideas generales (pura teoría) o de los apasionamientos instintivos como hinchas de un ininterrumpido match de fútbol. Dejemos de vivir “del contagio de Europa”, de las repercusiones de lo que allá dicen, piensan y hacen. Él, que fue expulsado del socialismo por su “nacionalismo latinoamericano”, es un vivo ejemplo. En efecto, “el socialismo fue enemigo en teoría del capitalismo nacional, pero no lo fue en ninguna forma del capitalismo extranjero” (p.102)

7.- Tumultos de la humanidad y horas confusas

Sin encarar la lucha antiimperialista, de nada valen las elucubraciones filosóficas y su carga de erudición prestada:  “Los imperialismos que nos supergobiernan tienen una verdad para ellos y otra para los pueblos que aspiran a seguir mediatizando” (p.13)“Francia en Marruecos, Inglaterra en la India y los Estados Unidos en Iberoamérica han seguido después ( la táctica de fingir favorecer las intrigas interiores exasperando los apetitos de los jefes como César)  la misma política, probando que el supremos peligro de los pueblos débiles suele residir, más que en la fuerza del enemigo, en la infidencia de los connacionales, en la deserción de una minoría que enlaza sus intereses con el invasor”(p.54) 200.000 soldados dio Iberoamérica bajo otras banderas en la guerra del 14 pero muy pocos acompañaron a Sandino cuando se “lanzó a reivindicar la libertad de Nicaragua”(p. 55)

Sin embargo, los imperialismos llevan en sus entrañas los gérmenes de su destrucción. “La misma captación unilateral, basada en privilegios comerciales, que representa la manera más perfeccionada del colonialismo, implica a la larga, desangramientos tanto más importantes cuanto más amplio es el radio en que se ejerce la acción. Resulta dudoso que un pueblo pueda sacar todo de otro durante mucho tiempo sin dejarle nada. Por disciplinados y estrictos que sean los procedimientos, siempre hay un desgaste que resta fuerza. El organismo conquistador se desvirtúa y decae en proporción a la distancia que le separa de sus bases. Esta ha sido en todas las épocas la causa que determinó la caída de los núcleos dominantes, inferiorizados por civilizaciones tributarias o sorprendidos por sublevaciones de esclavos”.

Hoy en día, pensamos, la flecha del tiempo se ha invertido. Los Estados Unidos han entrado en una fase entrópica y China ha salido desde la profundidades de su cultura milenaria al encuentro del futuro. Es una hora de tumultos; y el tumulto es un don iberoamericano. Han anunciado su presencia ciertas estructuras disipativas, cierto caos activo, caliente y energético, indemne a las pistolas táser y la vigilancia electrónica.

El caos turbulento que cada vez opaca con más fuerza el orden occidental, anuncia en silencio la desintegración del sistema y la emergencia de nuevos equilibrios. Es necesario restaurar el carácter abierto de la historia, “en los grandes tumultos de la humanidad unos núcleos naufragan y otros resurgen. Conviene familiarizarse con los defectos y las cualidades nuestras, con los puntos fuertes y los puntos vulnerables ajenos para encarar resueltamente el porvenir en el ring trágico de posibles victorias o derrotas de los siglos”(p.35) Ante este panorama, es necesario ensayar modos de ver propios y no dejarse sugestionar por constelaciones extrañas, ajenas a nuestro acontecer y a nuestros avatares concretos como sujetos históricos. Ugarte llama a: “Examinar en horas confusas nuestros intereses especiales, regionales, inalienables desde un punto de vista propio, desligado de extrañas sugestiones” (p.10)

En medio del desorden, hay que “sacar enseñanza de los errores pasados para preservar en la parte del planeta en que nacimos las formas de vida, de pensamiento, de acción que integran las distintivas, los resortes, la atmósfera sin la cual seríamos tributarios de otros pueblos y, a poco andar, virtualmente vasallos”. (p.10). Es claro que el idealismo, el derecho, la justicia, las fuerzas espirituales, en la historia fáctica, sólo triunfan fugaz y fragmentariamente. Es parte de nuestro conocimiento de la historia universal tener en cuenta que el punto de partida es un cruce o intersección: el de la América autóctona con la conquista ibérica. Idioma y cultura hispanas se sobrepusieron y de tal modo constituyen las bases dominantes. Por lo tanto, mientras más cerca de las fuentes, más personalidad; cuanto más pasado, más patria. Por supuesto, deberá tenerse en cuenta que el componente hispano es solo un aglutinante; pero el componente nativo es volumen vital que gravita sobre el porvenir. Los nativos, mal pagados, mal nutridos, llevan “sobre sus espaldas la riqueza que se va”. (71-74).

Ugarte no acepta el indigenismo ingenuo: “El indigenismo, o indianismo, significa regresión a la América precolombina y sólo puede tener curso como fantasía literaria.” “…cabe preguntarse en qué idioma se haría la campaña para exhumar el pasado” (p.72) La realidad de la nueva América es el mestizaje. La mezcla mantuvo mentalmente una jerarquía frente a las diferencias étnicas después de haberlas desmentido por la cohabitación en las costumbres.(p.60)

La independencia debe estar afirmada sobre cimientos vitales. “…el derecho, la justicia, la libertad no son leyes morales infalibles, sino consecuencias variables de los factores económicos y la situación material de los pueblos”(P.58) “El hueso de las naciones no está en sus preferencias filosóficas, políticas o sociales, sino en la organización de los recursos económicos que preservan la autonomía. (…)”De nada sirven principios o sistemas si el organismo material sucumbe y se extingue la fuerza vital sobre la cual aspiran los mismos teóricos bullangueros a ejercer acción”.(p.79)

8.- La Patria es un ser viviente

Como vemos, para Ugarte los “cimientos vitales” de un pueblo no residen en las grandes ideas, sino en lo que constituye su cuerpo vivo, sus vísceras humeantes, o sea, “los recursos económicos que preservan su autonomía”.

De entre esas materialidades emana “el alma” de un pueblo, su modo de plantarse en la historia y en la transhistoria individual y supraindividual: “Todo ser viviente –y la Patria es un ser viviente en la historia como puede ser un águila en el cielo – todo ser viviente, digo, por inferior que sea el rango que ocupa dentro de la zoología, tiene el instinto de perdurar. Hasta en la escala más rudimentaria, se precave, por un lado contra la agresión de las especies más fuertes, y por otro, contra los alimentos o climas que le son contrarios. Los pueblos que no quieren desaparecer muestran también esa doble preocupación de prevenir filtraciones extrañas y aportes que minan la salud y fortaleza. (p.79)

Nuestra América no tuvo en cuenta esta doble preocupación. ¿Cuál era el único peligro? Sin duda las acechanzas de las grandes naciones imperialistas. Sin embargo, organizó sus defensas pensando en las hermanas repúblicas limítrofes y las abrió de par en par a los poderosos imperios. Fue así como entregó las riquezas del suelo y subsuelo; aumentó desorbitadamente la deuda pública y derrochó su tiempo enredándose en debates estériles, en gritos de tero destinados a esconder el nido de iniquidad de la entrega por parte de los vendepatria. De tal manera, los extraños se apoderaron de la regulación de las funciones vitales del pueblo. ¿Si no accedemos a las exigencias de la usura internacional, dicen, ¿cómo venderemos nuestros productos? Ugarte daba el ejemplo del Pacto Roca/Runcinam. Funda, desde una perspectiva nacional y latinoamericana, en qué consiste estar “aislado del mundo” y “de las inversiones”.

Ugarte concluye con una apelación que implica una cambio en la flecha posible/duración. Paradójicamente, las naciones no pueden vivir sin una mística. Las patrias se van haciendo día a día: “La evolución de las patrias que aspiran a durar es una carrera de antorchas en el curso de la cual las generaciones se van pasando la llama encendida en vista de una finalidad que ninguno concreta en sí y que solo se cumple con la solidaridad en el curso de los tiempos”. Si es necesario que cada república mantenga su demarcación, sus costumbres y su gobierno; que, por lo menos, “en las líneas básicas y vitales, exista una esperanza, un orgullo y un derrotero común”. Estos son algunos lineamientos de un libro inconcluso cuyas últimas páginas fueron firmadas, a modo de despedida, en Niza, noviembre de 1950.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

FUENTES:

Briggs, J. y Peat R.D., 1990, Espejo y Reflejo: del caos al orden, Barcelona, Gedisa Editorial

Martínez Estrada, Ezequiel, 1961, 5ª Edic., Radiografía de la pampa, Bs.As., Losada

Mujica Láinez, Manuel, 1994, Misteriosa Buenos Aires, Barcelona, Seix Barral

Murena, H.A., 1954, El pecado original de América, Bs.As., Sur

Olivari, Nicolás, 1966, El gato escaldado, Buenos Aires, CEAL.

Páez, Jorge,1970, El conventillo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina

Wilde, Eduardo, 1938, Prometeo & Compañía, Bs.As., Ediciones Anaconda

Ugarte, Manuel,1961,  La reconstrucción de Hispanoamérica, Buenos Aires, Coyoacán

por Jorge Torres Roggero

Peron trabajadores1.- Introducción

El extraño escrito del Gral. Perón que voy a compartir parcialmente con Uds. llegó a mis manos de un modo insólito. Ocurrió que, revolviendo papeles, me llamó la atención un folleto sin tapas ni señas editoriales. Comienza en la página 5 con este texto aclaratorio: “El 16 de octubre del Año del Libertador General San Martín, 1950, el presidente de la Nación Argentina, general Juan Domingo Perón, reunió en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno a los delegados obreros latinoamericanos, invitados especialmente por la Confederación General del Trabajo con motivo de la celebración del Día de la Lealtad. En esa circunstancias, el primer magistrado pronunció las siguientes palabras”.

Con tono coloquial y cálido, el presidente da la bienvenida a los delegados y les ruega que se sientan como en su propia casa. Les asegura que podrán moverse con absoluta libertad, nadie les va a preguntar de adónde son, ni de dónde vienen.

Les aconseja que, aunque los compañeros trabajadores argentinos quieran agasajarlos mucho y acompañarlos siempre, vayan solos a todas partes. Vayan a los mercados, para saber cómo come y vive la gente; “y después a los lugares de trabajo, que es donde se observa cómo anda el país y cómo se trata al pueblo”.

Comienza, entonces, un breve relato de lo que “ha hecho, cómo lo ha hecho y por qué lo ha hecho su gobierno”. Expone, brevemente, sobre la situación imperante en la República Argentina en 1943. En lo político, fraude. En lo económico, “estábamos en las garras de los pulpos representados por los grandes capitalistas; y sufríamos la consecuencia directa de la explotación de los imperialismos (…) No mandábamos nosotros, lo hacían los imperialistas representados por esos grandes consorcios capitalistas”.

Como consecuencia, el estado social era lamentable. Nuestros obreros eran explotados por esos grandes consorcios que exportaban los dividendos a sus metrópolis. Éramos una colonia y nuestra gente era explotada como en todas las colonias.

Por lo tanto, hubo que estructurar una política que nos permitiera obtener la independencia económica: “Mientras no exista en un país independencia económica, no hay solución para el problema social”. ¿Qué pasaba en Argentina? “Aquí los ferrocarriles constituían un monopolio inglés; el teléfono, un monopolio americano; el gas, un monopolio inglés; la cosecha, un monopolio inglés con testaferros criollos; los seguros, un monopolio inglés y canadiense; los reaseguros, un monopolio inglés; la marina mercante pertenecía a monopolios ingleses y americanos”.

La mitad de la producción nacional se iba a las metrópolis. ¿Qué hicimos nosotros? Compramos los ferrocarriles, los teléfonos, el gas; argentinizamos los seguros y reaseguros. Compramos una marina mercante y hoy, esos cuatro mil millones de pesos que iban afuera, los repartimos entre los trabajadores argentinos. Por eso viven mejor.

2.- Los trabajadores al gobierno

Luego de este racconto, se inicia una especie de introducción a lo que Perón llama “un estado sindicalista”. Postula, de entrada, que para revertir del sometimiento del pueblo se necesita una sola cosa: “que los trabajadores estén en el gobierno”. Con los capitalistas en el gobierno, nada se hubiera podido realizar porque son sirvientes de los monopolios. Los capitalistas argentinos que, en su momento, organizaron el gobierno de la República Argentina,  se alquilaron siempre a los intereses de los monopolios.

Hoy en día, sostiene, el movimiento obrero es el que maneja el gobierno tal como antes la manejaba el capitalismo. Pone como ejemplo la nacionalización del Banco Central. Sobre 12 directores, 8 eran puestos por la banca extranjera. Hoy, el “dinero de la República Argentina lo maneja la República Argentina”.

La reforma económica permite utilizar todos los recursos de la República para el pueblo. Por eso hay una reforma de fondo en lo social. Se ha dignificado el trabajo. El justicialismo transformó una constitución capitalista en una constitución justicialista. Se han agregado los Derechos del Trabajador. Se ha creado la Justicia del Trabajo que es la que hace cumplir la Constitución y la Ley. Se ha creado el Ministerio de Trabajo y Previsión “que está en manos de los obreros y que deberá estar siempre en manos de un obrero”: “Nosotros no creemos en la eficacia de un Ministerio de Trabajo que esté en manos de un industrial, de un capitalista o de un oligarca. El Ministerio de Trabajo, para que sea efectivo y eficaz, debe estar en manos de un obrero auténtico.”

Por eso la Constitución transformó el régimen capitalista en un régimen de economía social. La economía ya no está al servicio del capital; es el capital el que está al servicio de la economía.

Sería interesante reconsiderar, aunque es bien conocida, la crítica que Perón despliega sobre lo que denomina “el principio hedónico” del capitalismo: “Yo sostengo lo contrario: es el capital el que debe estar al servicio del consumo “que es un ciclo de la economía”. Rechaza así la idea de “punto óptimo” según la cual se privilegia la ganancia sobre la producción para el consumo del pueblo.

Por último, señala la importancia de la independencia económica por cuanto, gracias a ella, la Argentina puede hacer “su voluntad”: “¿Voluntad de quién? Del pueblo”.

Es a esta altura de su charla cuando el Gral. Perón introduce un tema que considera prioritario: “Me refiero al orden de la organización social, es decir, cuál es la teoría justicialista sobre organización sindical y de dónde parte el principio justicialista de la organización social”.

3.- El Estado Sindicalista

Esta es la parte de la charla de Perón que me parece interesante destacar y repensar. A lo largo del texto hay advertencias y enseñanzas que podrían ser orientadoras tanto para los sindicalistas de hoy, como para quienes pretenden llevar a la práctica la doctrina del justicialismo. A partir de ahora, salvo algunas aclaraciones, se reproduce, en cursiva, el original.

“Nosotros hemos dicho que somos en gobierno de obreros. (…) Por eso yo tengo los dirigentes obreros en mi gobierno, y algunos son ministros. En el Congreso, tanto en la Alta Cámara como en la Cámara Joven, el pueblo está representada por obreros auténticos que salieron de su trabajo para ir a la función legislativa, y si no hemos puesto el 90 por ciento de ellos es porque yo he querido ir despacio para no hacer fracasar la primera intentona. Pero el número de representantes obreros ha de ir aumentándose. Y esto no es una cosa que obedezca solamente a mi simpatía, a que yo quiero a los obreros y ellos me quieren a mí. Yo he hecho esto con una alta especulación científica, porque además de ser eso grato a mi corazón, es también grato a mi entendimiento y a mi inteligencia.(…)

El justicialismo está en la idea que el futuro de la humanidad será la constitución de estados sindicalistas. Y observen ustedes que la historia nos va dando la razón. Hace veinte años, en cualquiera de nuestros países el factótum era el partido político. Hoy vemos qué poca influencia tiene ya el partido político. Yo observo que en los estados capitalistas, cuando alguien le mueve el piso al gobierno, no son nunca los partidos políticos, porque ellos están trenzaditos entre ellos; son los sindicatos obreros. Eso quiere decir que el sindicalismo va afirmando su línea en la acción y los dirigentes gremiales van teniendo por primera vez en el mundo la representación a que tienen derecho, encabezando las organizaciones de varios millones de hombres que están detrás de ellos para apoyar la voz y la acción de los compañeros de trabajo. Eso lo hemos interpretado aquí hace siete años y vamos con esa dirección.

Me dirán: “Pero usted tiene partido político y tiene sindicatos”. Sí; tengo partido político, pero yo estoy ayudando a la evolución. Y estoy ayudando a la evolución hacia el sindicalismo, apoyando de todas maneras a los sindicatos, que se van desplazando paulatinamente. Y quizá llegue en esta tierra el día en que le hagamos un entierro de primera con seis caballos a los partidos políticos, y constituyamos el Estado Sindicalista. ¿Por qué lo hacemos así? Porque nosotros no podemos producir por revoluciones; es necesario llevar adelante por evolución, que es un sistema incruento, siempre mejor que el cruento. Nuestro movimiento no ha costado una gota de sangre, y esta misma revolución, en otros países, ha costado millones de muertos, lo que quiere decir que nuestro sistema no es tan malo; nosotros vamos andando despacio, pero andamos. Vamos despacio, pero con firmeza y determinación (…).

Señores: El Gobierno quiere sindicatos fuertes, vale decir, con mucha gente bien unida. En segundo lugar, deben ser económicamente fuertes. ¿Por qué? En dos palabras se lo voy a explicar.

En principio, yo creo que el sindicalismo no puede reducirse a una comisión directiva formada por cuatro o cinco hombres capaces, que luchen por la defensa de los intereses profesionales. Porque sería muy magra la cosecha de un sindicato si su acción sólo se redujese a propugnar la lucha. Por otra parte, la lucha sindical casi ha desaparecido en nuestro país, porque hoy se forman comisiones paritarias y en ellas se discuten los problemas. Los obreros argentinos están bien asesorados y saben bien cuánto gana el patrón y cuánto les pueden dar de salario. Y cuando el patrón no dice la verdad, aparece el Gobierno detrás y le dice: “El año pasado usted ha ganado siete millones de pesos. ¿Por qué no deja dos o tres millones para sus pobres obreros, que son los que trabajan?”

Pero entonces, sintetizo,  entran a tallar los fueros sindicales. Perón explica cómo los sindicatos pasaron de ser “asociaciones ilícitas” a contar con la “personería gremial” que los hace inviolables dentro del régimen justicialista. Nadie, ni el Gobierno, puede intervenir un sindicato porque son absolutamente libres e inalienables: “Todo esto se puede garantizar no para ahora, sino para la reacción capitalista.” “Ahora la solución de los problemas se reduce a una discusión generalmente amable. Es de ver cómo se han acostumbrado los patrones a tratar con los obreros, ellos, que antes consideraban el trato con los obreros como un deshonor.” (…)

4.- Sindicatos multimillonarios

“Si los obreros abandonan el apoyo que prestan al régimen justicialista, el justicialismo se viene abajo en el día. Pero los obreros no habrán ganado mucho el día en que el régimen justicialista caiga. Por esa razón, si ellos nos apoyan a nosotros, nosotros los apoyamos a ellos y así, apoyándonos mutuamente, en el panorama social, económico y político argentino, nosotros somos invencibles. Y lo seremos mientras nos comprendamos y nos sirvamos mutuamente.

Por esta razón yo quiero sindicatos fuertes. El capitalismo lucha por destruir esas representaciones, subdividirlas en pequeñas fracciones y de esa manera crear veinte o treinta centrales obreras, que es la forma de romper a la Central. Nosotros, en cambio, luchamos por tener un solo sindicato. Pero esto no lo hacemos por ahora, sino por lo que pudiera suceder en el futuro, porque cuando todos los trabajadores estén unidos en una sola central, vale decir, en un solo sindicato, ellos estarán prácticamente en el Gobierno. Eso ocurrirá mientras permanezcan unidos, pero el día en que se dividan pierden el gobierno. Los capitalistas, que son pocos, pero organizados, mediante esa organización vencieron al número y explotaron a los trabajadores. ¿Qué ocurrirá entonces cuando los pueblos se organicen? y ¿qué harán los capitalistas? En todas esas concepciones se basa el justicialismo. Pero se basa, señores, en una conducta leal y sincera, en que ellos no nos engañan nunca y nosotros no los engañamos jamás. Yo quiero sindicatos fuertes y hay muchos de ellos que actualmente en servicios sociales, en propiedades, etcétera, tienen muchos, pero muchos millones de pesos. Eso es lo que yo quiero.

Quiero hacer de cada sindicato un asociación multimillonaria. No quiere decir que los obreros se van a enriquecer con eso. Ellos seguirán teniendo lo suyo, pero estarán apoyados y defendidos por asociaciones ricas y poderosas.

Observen ustedes. Cuando se organizaron los capitalistas, ¿los patrones qué hicieron? ¿Fueron ellos los que salieron a pelear a la calle con los obreros en huelga? No. Los obreros pelearon con la policía. ¿Y por qué iba la policía a pelear con los obreros? Porque los obligaban las asociaciones capitalistas, que los financiaban, los pagaban y los manejaban. Eran organizaciones poderosas. Cuando los obreros salían a la calle y se hacían romper la cabeza por la policía en los tumultos callejeros, el dueño, el capitalista, estaba en el Jockey Club fumando un habano y jugando una partida de ajedrez, o con una señorita.

¿Por qué podía él estar con una señorita o tomando un café mientras se dilucidaban sus intereses en calle, a balazos, entre los obreros y la policía? Porque él tenía una organización poderosa que manejaba al gobierno y a la policía. Entonces, ¿por qué los obreros no van a poder hacer lo mismo? Han de poder hacerlo porque en el futuro esas organizaciones poderosas son las que apoyarán a las organizaciones obreras.”(…)

No faltará ocasión de comentar este texto. Un ejemplo. Perón sostiene que las organizaciones deben ser multimillonarias, pero no los dirigentes sindicales porque entonces se convertirían en capitalistas y burócratas. O sea, se pasarían al enemigo. Serían traidores a su clase, a su pueblo y a la patria.

5.- Perón profetiza el neoliberalismo

“Pensamos que la situación del futuro no va a ser sonriente para el mundo, como muchos optimistas suponemos”. En ese momento, piensa, se está produciendo una larga guerra de desgaste. Se refiere, por supuesto, a la llamada “guerra fría”. Cuando termine, saldrá un ganador. Y ahí está el peligro para nosotros, “de todos estos pueblos de naciones chicas”.

Perón no cree que el comunismo gane la guerra. Va a ser aplastado y va a ganar el capitalismo.

“Y después, ¿qué va a pasar en el mundo? Va a venir una reacción capitalista en el mundo entero. ¿Por qué? Porque habrá que pagar esa guerra, y no va a haber en el mundo plata suficiente para pagarla, y además porque los capitalistas nunca han pagado las guerras que hacen. Se las hacen pagar a los otros, a los pobres y débiles.

Eso es lo que tenemos que ver. Tenemos que estar en la causa que es de todos, pero tenemos que precavernos creando nuestras organizaciones para que no volvamos a caer en la explotación, en la miseria y en el dolor de los pueblos latinoamericanos. Esas es nuestra concepción justicialista. Por eso quiero sindicatos fuertes, sindicatos poderosos. Yo he morir mañana o pasado y quiero dejar en manos de ellos su propio destino, formando sindicatos que sepan defenderse, que puedan defenderse. Por eso he organizado también un grupo de opinión, porque sé que lo primero que va a hacer el capitalismo en su reacción, será entrar en nuestro pueblo con la prédica, quizá inocente, de los diarios capitalistas, engañando a los propios obreros y llevándolos a apoyar una causa que les es perjudicial. Por eso he querido dejar a los trabajadores argentinos la organización de un grupo de opinión, para que tengan posibilidad de llegar al pueblo con sus propias ideas y convencerlo de la verdad”.

Obviamos algunos aspectos muy importantes de esta conversación con los delegados obreros latinoamericanos. Perón insiste en que los sindicatos no pueden reducirse a la lucha por los intereses profesionales. Pone como ejemplo a los ferroviarios que cuentan con mutuales, hospitales, cooperativas y locales propios en todo el país. Insiste en la importancia de las escuelas sindicales. En todo lo que es tarea común y paso del yo al nosotros.

Por último, considera un gran logro el haber interesado a todos los argentinos en la solución de nuestros problemas. Hasta el más humilde, casi analfabeto, sabe lo que debe defender porque tiene conciencia de que es de él. Los países en que los ciudadanos se desentienden de los problemas están perdidos.

“Yo he querido salvar a la Argentina llevando al hombre humilde para que él discierna con su buen sentido de humilde -que es el menos contaminado de todos- y pueda dar opinión, pesando en las decisiones del país. No creo que solamente los inteligentes o los más evolucionados tengan ideas buenas, porque ésos son muy alambicados y muy llenos de intereses, de pasiones y de vicios. En cambio, el hombre que trabaja primariamente suele tener sus sentimientos menos contaminados y menos obligados por los interese y pasiones”

6.- Inconclusiones

En una breve busca por mi memoria, traté de recordar algún antecedente en Argentina de esta concepción sobre el sindicalismo expuesta por el Gral. Perón en octubre de 1950. Me retrotraje, entonces, a los debates entre las ideologías revolucionarias en los alrededores del Centenario (1910). Entre las diversas corrientes anarquistas, revisten especial interés para nosotros, “los sindicalistas”. Algo podemos entrever en un libro que publicó en 1914 el francés Pierre Quiroule. Se titula La ciudad anarquista americana. Obra de construcción revolucionaria. Con el plano de la ciudad libertaria. El autor, cuyo verdadero nombre es Alejo Falconnet (Lyon,1867/Bs.As.,1838), traza una utopía y, como expresa en el subtítulo, hasta dibuja el plano “la ciudad libertaria”. Ahora bien, el autor imagina cuáles serán los problemas que se suscitaron en la época postrevolucionaria.

Y miren qué curioso. Antes de llegar a la etapa firme de la “comuna libertaria” (una singular “comunidad organizada”) se instaura un régimen sindicalista centralizado que posibilitó la erradicación del parasitismo de clase en la etapa previa a la instauración de las comunas agrícolas-industriales. En estas comunas quedan descartadas todas las posibilidades de imposiciones de unos sobre otros: “comunas de hombre libres, buenos, animosos y sabios: una fraternal civilización”.

Queda para el lector, interesado en la búsqueda de las raíces filosóficas del movimiento peronista, investigar las indudables relaciones del pensamiento de Perón con el anarquismo. Recordemos que, en gran parte, los primeros sindicatos peronistas fueron obra de militantes anarquistas. No por casualidad el primer secretario general de la CGT se llamó Libertario Ferrari.

Perón estaba en contacto diario con los obreros, hablaba con ellos, aprendía de ellos. Iba de la práctica a la teoría: “Y no es esto una cosa que obedezca solamente a mi simpatía, a que yo quiero a los obreros y ellos me quieren a mí. Yo he hecho esto con una alta especulación científica, porque además de ser eso grato a mi corazón, es también grato a mi entendimiento y a mi inteligencia”.  Corazón, entendimiento, inteligencia. Porque todo “eso” era un comunitario “quererse”.

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Fuentes:

Perón, Juan Domingo, 16 de octubre de 1950, “Palabras a los delegados obreros latinoamericanos”, Edición Oficial, s/d.

Weimberg, Félix, 1976, Dos utopías argentinas de comienzos de siglo, Bs.As., Solar Hachette