por Jorge Torres Roggero

LIBRO MI MENSAJEUNO

Mientras leo y releo, oh doliente muchacha, tu mensaje/ y resuella mi aliento deletreando tu dura profecía, / flamean en mi alma las banderas de octubre, / retumba el corazón, bombo profundo, / sube el clamor de tantos compañeros caídos. /

Desde las hondas vísceras del gran cuerpo del pueblo, / vuelvo a escuchar tu voz que oía desde niño/ anunciando un gran tiempo, un alba inexorable.

DOS

El primer enemigo se llama imperialismo. / Desde cuevas blindadas, sus garras usureras / obligan a los pueblos a bajar la cabeza (invocando tu nombre, oh democracia) / y a aceptar su rapiña para no ser tildados / de eje del mal, de centro de barbarie. / Pero, todos sabemos, / ningún pueblo es pequeño cuando se ha decidido / a ser justo, a ser libre y soberano. /

¡Qué importa el sacrificio! / Siempre se puede resistir: / con armas o sin armas, de frente o por la espalda, / con luz de mediodía o entre nocturnas sombras, / con un gesto de rabia o con una sonrisa, / con llanto o con canciones, / o con los mismos medios / que el imperio ha inventado para quebrar / el lomo de los pueblos en lucha.

TRES

El segundo enemigo es más abominable/ que el mismo imperialismo. /Son las oligarquías nacionales / que se entregan, se venden y, hasta a veces, / regalan por monedas la alegría del pueblo. / Son los que siempre dicen: “Nada se puede hacer” / con los tonos melosos de la inmunda mentira; / son gobiernos cobardes sin convicción ni ideas; / son las corporaciones enemigas / declaradas de todo proyecto popular e inclusivo; / son los caudillos egoístas, lívidos de codicia, sin conducta, / que trabajan para ellos / sedientos de dinero, de poder y de honores; / son los sindicalistas mareados por la altura,/ sin calle, /y entregados a  la raza maldita de los explotadores / por sonrisas, banquetes y sobres con traiciones; / son jueces genuflexos ante los embajadores del imperio, / y fiscales lacayos de la corpo mediática, / con ojos ciegos, con oídos sordos, para los lavadores de dinero / y para los saqueadores de la sangre del pueblo. / A todos, vos lo anunciaste, compañera, / (y tu palabra / se cumple sí o sí/  hoy y mañana, siempre) / los marcaremos en la frente / con el sello infamante de la traición y la ignominia.

 CUATRO

Presentarse: / los dispuestos a todo, los fanáticos, / los resueltos a morir por la causa. / El fanatismo es luz, vela encendida / en el profundo corazón del pueblo / puesta por Cristo que vino a traer fuego / y quiere que arda. / Por eso venceremos. Los que tienen dinero, / privilegios, poder y jerarquías / no tienen corazón. / Militantes y unidos, / en la raíz secreta de la vida, / el amor es un canto de victoria. / La vida es ritmo: sombra y luz. / Somos de la gloriosa raza de los pueblos / y solo conocemos dos palabras mezcladas: odiamor. /

Frente a las oligarquías de la tierra, / como la luz que alumbra y quema / y como el viento que despeja nubarrones / o siembra desolación en su camino, / levanten a los cielos la indignación descamisada. / No dejemos que manden, como antaño, / botas que pisan, látigos que humillan. / Hombres del pueblo, clase que trabaja, / no se entreguen ya más / a la raza oligarca de los explotadores.

CINCO

Mastico letra a letra tu mensaje, oh gloriosa, / saboreo su amargo dulzor, oh muchacha de octubre, / (¡oh esperanza, oh vigía eterna de la revolución!), / y siento resonar por páramos y selvas / cascos de redomones que vienen del pasado. /

Dicen algunos, otros los han visto, / que cruzan como rayo entre el cielo y la tierra. / Alzando polvaredas luminosas ya asoman, resoplando, / el blanco de Bolívar que es inmortal y vive; / el moro de Facundo que adivina los sucesos futuros; / el oscuro de Rosas sorteando vizcacheras; / el bayo del Gran Jefe, muerto y resucitado en San Lorenzo; / y, buscando a Belgrano, anda un rosillo errante / mientras vuelve, sonriendo, el Coronel del Pueblo / montado en su picazo.  Y a horcajadas del Ande, / sobre el lomo furioso de volcanes dormidos, / resuena la voz de Evo, de nombre misterioso, / que anuncia el Alba de Oro, el prometido Pachacuti, / el nuevo sol de América Profunda. La luminosa hora de los pueblos que Vos y el General profetizaron.

Jorge Torres Roggero

Este texto fue escrito ritmando retazos de Mi Mensaje de Eva Perón. Ella lo dictó.

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1.- Paradojas y presenciasBanquete de Severo

En estos días ocurren sucesos paradójicos. “La gente” celebra, con cierto gozo indescifrable, la maldad concentrada de funcionarios, jueces y medios de comunicación. Saboreando empalagoso odio, saca a relucir la última raspa de mala inclinación de su alma en estado de coma, de su conciencia empastillada. Estas increíbles noticias diarias me llevaron, otra vez, a repasar El Banquete de Severo Arcángelo publicado por Leopoldo Marechal en 1965 diez años después de haber sido “depuesto” del canon literario argentino por la Revolución Libertadora.

Pero, como voy a hablar del Malo, les quiero contar antes risueños recuerdos de mi feliz infancia en cierto campamento de “chelqueros”, ferroviarios de Vías y Obras, en un perdido pueblo de provincia. Como ustedes saben, en la cotidianeidad de la cultura popular, cohabitan con nosotros ángeles y demonios. Son presencias reales de las “fuerzas extrañas” del universo. Por cierto, lo numinoso suele ser inobservable para los instrumentos de precisión. Y también para las comunidades cuando han desactivado las entradas que conectan “al móvil hombre” con lo sagrado: olvidan, así, cómo ir al “otro lado”, lugar de las energías profundas. Y también cómo volver de esos “re-profundos”.

Y bien, uno de esos juegos enigmáticos que ocurrían entre los chicos, aparte del de “aguantar” la mirada, era “remedar”, sin su permiso, al otro. Imitar cada gesto, cada movimiento, cada ojeada, cada modo, cada palabra del que estaba al frente que terminaba furioso e intranquilo. Entonces el remedado decía: “Lo que hace el mono, hace el demonio”. Sin saberlo, estábamos trasmitiendo una sabiduría ancestral que algún iniciado desconocido resguardó en la memoria del pueblo. Oculta en nuestra risa niña, en una época de oscurecimiento de la verdad, titilaba la luz viva de la Palabra Perdida.

En efecto, mucho tiempo después y tras muchas y entonces impensadas lecturas, (te saludo, René Guenon) descubrí que el mono es el símbolo de Gran Engañador. En algunas tradiciones le llaman el Mico de Dios porque imita todo lo que Dios hace, pero al revés. Es capaz de mentir multiplicando apariencias que parecen realidad, de adornar la nada con globos de colores. Por supuesto, el mundo así creado es falible y perecedero.

Esta presencia de lo engañoso en lo cotidiano también era señalada por nuestra madre con un cuentito. De paso, nos entretenía cuando nos arreglaba para alguna fiesta. Ropa sobria cosida en su Singer; cabeza sin “calchas”; alpargatas no baqueteadas por “la pelota”; nada de ostentación. Y para explicarnos que no debíamos desvelarnos por tanto arreglo, recurría a un dicho: “No nos vaya a pasar como al diablo que, tanto hizo con el hijo, que al final le sacó un ojo”. La historia, sintetizada y sin su gracia original, era que la Virgen y el Diablo estaban arreglando a sus hijitos para ir a un cumpleaños. La Virgen le lavó la cabeza y le arregló el pelo con esmero; pero, el Diablo, como quería que su hijo fuera el mejor peinado, lo trajinó tanto, que al fin le sacó un ojo con el peine. Así que de nada le valieron el traje nuevo recién estrenado, lo zapatos lustrosos, la “gomina” del pelo y los “tiradores” elásticos.

2.- Colofón y el Gran Mono

Los convido, ahora sí, al banquete de Severo Arcángelo. Entro a los arrabales del infinito texto. Me detengo frente a un extraño personaje que vive aislado en una covacha entregado a la tarea de acelerar el advenimiento de lo que ha dado en llamar el “hombre final”. Es necesario que la humanidad culmine su camino descendente para que se cumpla de una vez la catástrofe que la “insectificación del hombre” va a desatar. Para ello, el Hermano Jonás ha creado un robot al que ha bautizado Colofón. ¿Quién es Colofón? Es el “hombre cero”, “la tabula rasa”, el “consumidor absoluto” de apariencias. Es la obra maestra del Gran Mono en su último grado de “vaciedad metafísica”. Le habrán tachado enteramente y con método la conciencia de saberse imagen de su Principio Creador. “Terminará por creerse hijo de la nada, que salió de la nada y ha de volver a la nada.” ¿Y quiénes realizarán ese vacío? Según el hermano: “El Gran Mono, sus apóstoles negros y sus “idiotas útiles”. Pero ¿con qué metodología? Y Jonás concluye: “La que yo apliqué a Colofón en mi laboratorio: profundos lavajes de cerebro, intensivas mutilaciones del alma. Colofón es ahora un frasco vacío. ¿Vacío de qué? ¡De su esencia metafísica!” Como el Gran Macaco “remeda” a Dios, pero al revés, su criatura es “un archivista loco, respondiendo a botones/ o teclas numerados por la triste cordura” con “un alma/ de mil quinientos voltios”. En lugar del hombre de carne, el hombre de hierro.

Por cierto, y de ahí la razón de la esperanza, Colofón sigue siendo una criatura de origen divino y conserva, aunque oscuramente, una apetencia no ajena a la voz del corazón, a la armonía y a la trascendencia. Pero, aunque Colofón ignore su escondido tesoro, el Gran Macaco no. Por eso el Gran Mono tratará de satisfacer esas apetencias por vía de la parodia, de la tergiversación, el marketing, la falsificación, la mentira, el montaje de grandes escenas con apariencia de restauración moral y de justicia. ¿Y cómo es el nuevo orden del Gran Macaco?

El nuevo poder tiende a formular un gobierno global con su correspondiente religión. Predica una sociedad mundial sin tensiones (sin grieta) donde todo sea controlado y administrado por el sistema. Este poder transnacional supone la disolución de los estados nacionales y la abolición de la memoria e identidades culturales. Se ejercerá un control total sobre la producción de alimentos, agua, energía, industria, sistema impositivo. Oculto tras la máscara benigna de organizaciones internacionales (ONU, OEA), avanzará, asimismo, el control global de la salud, física y mental, por las corporaciones de servicios médicos, laboratorios y organizaciones no gubernamentales complementarias. Se implantarán microchips subcutáneos, recargados con energía corporal, para control biológico de la población mundial. El que lo lleve, un trabajador, por ejemplo, será controlado por las empresas en todos sus movimientos diarios sin que ellos lo sepan. Será una grave intromisión en la entraña del sujeto individual, una irrupción en la privacidad.

Se llegará así, con la tarjeta de débito y la moneda electrónica, a una sociedad sin dinero efectivo: un dios invisible y todopoderoso que está “en todo lugar”. Quienes no porten la marca (el chip, el código de barras) no podrán comprar, ni vender. Oponerse al avance de esas tecnologías, en vista de las ventajas que parecen aportar, será motivo para ser considerado bárbaro o, por lo menos, estúpido. Ciertamente, pronto los instrumentos biométricos estarán en pleno desarrollo. Entonces, el esclavo del Gran Mono podrá olvidarse del pin, dejar en casa el documento de identidad y hasta perder las llaves.

Hay ciertas corrientes de pensamiento que señalan el “fetichismo”, o idolatría de la mercancía. Avistan una singular analogía entre el encadenamiento de las mercancías y el encadenamiento de las palabras típico del lenguaje. El mundo del mercado, con su lógica y su lengua, se cree y se ve transparente. Pero no hay nada más opaco. La apariencia (la irrealidad) parece volverse realidad en el capitalismo. El sujeto se deja llevar por el mundo y el lenguaje de las mercancías. En consecuencia, el contenido de la forma se difumina. Hace falta un gran esfuerzo de reflexión para romper el “fetichismo” de la mercancía que reemplaza las relaciones sociales entre los productores por las relaciones entre las cosas producidas. En el mundo de las mercancías cada objeto es un signo. De tal modo, el signo del conjunto de los objetos, el dinero, funciona de manera que puede ser reemplazado por signos de sí mismo, por signos de segundo grado: billetes de banco, letras de cambio, cheques, tarjetas. Se llega así a la invisible moneda electrónica, a los paraísos fiscales desde donde legisla el mundo el Dios Dinero.

Eduardo A. Azcuy, en un pequeño libro de lectura imprescindible[1], expone algunos aspectos de lo que denomina “reordenamiento cultural” y “telepolítica”. Describe la desigual lucha por sobrevivir de los estados nacionales y señala: “Los modelos trazados por el poder trasnacional para la apropiación del planeta enfatizan como presupuesto básico y previo “el reordenamiento cultural”: “Las tecnologías comunicacionales están remodelando y reestructurando los patrones de la interdependencia social y cada uno de los aspectos de nuestra vida privada. Cambian lo positivo en negativo, los valores en subvalores, las tradiciones culturales en fragmentos desarticulados a los que posteriormente recomponen en una síntesis prefabricada. Los medios electrónicos ofrecen información a millones y millones de hombres, achican el mundo y ensanchan el conocimiento formal. Pero esa información es seleccionada, filtrada, manipulada, condicionada, exaltada o minimizada de acuerdo con los intereses del poder económico y financiero.”

El mensaje electrónico, postula Azcuy, reduce las defensas psicológicas, atenta contra el verdadero conocimiento, ataca las raíces de la noción de cultivo (cultura) y, de a poco, vacía la interioridad. Ahora bien, en las sociedades gobernadas por la alta tecnología “el hombre cero actúa como servomecanismo de la máquina, pero el Sistema lo compensa”. Es lo que se da en llamar “calidad de vida”, o sea, el goce del confort y el bienestar material.

Es en este punto donde se perfila el personaje de Leopoldo Marechal. Colofón, una prefiguración del “hombre final”; y su amo, el Anticristo apocalíptico: “Entonces el Gran Mono tomará de facto y multiplicará la riqueza del mundo; y la volcará demagógicamente sobre todos los Colofones extasiados. No habrá Colofón que no tenga su departamento de lujo, su automóvil, su refrigeradora eléctrica y su televisor. En su terrible parodia, El Gran Mono curará la sífilis, el cáncer, la tartamudez o la ceguera de Colofón mediante raras y asombrosas penicilinas. (…) Y como única recompensa de su generosidad, el Gran Macaco sólo exigirá al Colofón redimido un simple y llano tributo de adoración, un incienso incondicional, un credo sostenido, que será el siguiente: “En el principio era el Gran Mono, en el fin será el Gran Mono”. A los Colofones que se resistan a ese credo y a esa figura simiesca (y no serán muchos) se les retirará el carnet de aprovisionamiento, se los exilará del régimen o se los ejecutará en sillas eléctricas bien esterilizadas. (…) El Hombre Robot del Anticristo…será como un número aritmético, desprovisto de cualquier “esencia”: una simple unidad abstracta que, añadiéndose a otras, igualmente vacías, formará el “múltiplo” imbécil que necesitará el Gran Mono para ser adorado.”[2] Pero ¿qué pasa en los países en desarrollo como nuestra Argentina? Las tecnologías pierden hasta su aspecto positivo. Al ser manejadas por grupos concentrados de poder económico y comunicacional, practican algo así como un etnocidio electrónico de la cultura de los pueblos: “Millones de adolescentes desechan la comprensión de la historia y optan por la frivolidad de la evasión electrónica”. Se remacha, así, “la colonización ideológica” y la sumisión de la política a la economía como alerta el Papa Francisco en Laudato Si. Allí se advierte (como la ya lo hiciera Juan Perón desde la década del 40 del S.XX) acerca del sometimiento de la economía a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. El mercado crea un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos y las personas se sumergen en una vorágine de compras y gastos innecesarios. El consumismo obsesivo resulta, entonces, el reflejo subjetivo del paradigma tecno burocrático. El ser humano termina por «aceptar los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado (Romano Guardini)». Ese paradigma (cambio cultural se le llama ahora) le hace “creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero” (Francisco).

Azcuy sostiene que el poder trasnacional “diseña una juventud sin rebeldías trascendentes, apta para el hedonismo y el consumo; satisfecha con una falsa y calculada liberación”. La curiosa convocatoria de Francisco a los jóvenes latinoamericanos para que “hagan lío” es, a poco que se entre en una precaria contemplación, la respuesta sudamericana a la apostasía formal y verdadera del capitalismo salvaje como expresión del misterioso poder del espíritu que ha entronizado al Dios Dinero que es el Gran Macaco, el Simio de Dios, el Gran Mono. En Argentina, por desgracia, la especie más difundida, nociva, cruel y carnicera lleva el nombre popular de Gran Gorila.

3- El Salmodiante de la Ventana y la promesa de la Ciudad Cuadrada

Pero hay otro personaje interesante, el Salmodiante de la Ventana, que nos da la clave de la esperanza. Los creyentes del cristianismo popular peronista sabemos que la gran tribulación (los días del Gran Macaco) serán abreviados para que “no perezca toda carne”. Fue así como, en “un arrabal sin color ni sonido”, le fue revelado al Salmodiante el teorema de la cruz en movimiento, la “orientación” perdida por un Adán en fuga y el enigma de la “palabra” a la que se aferra como a un barril flotante. Colofón, el hombre robot, después de todo, “es el final obligatorio del Hombre descendente: ya desconectado de su Principio” y “no es más que un fantasma lleno de vistosidades externas” como el diablito tuerto de mi infancia.

El arrabal del Salmodiante, lugar real y nombre simbólico, es Ciudadela, en el Gran Buenos Aires: “Un arrabal sin color ni sonido, casitas y almas de techo bajo. Así es la Ciudadela visible. Pero a ciertas horas, en un reducto no más grande que una nuez vacía, estallan voces e himnos que perforan el techo bajo del hombre y el techo bajo del alma, y que abren allí escondidos tragaluces. ¿Quiénes hablan así en la nuez vacía de Ciudadela? Los que hallaron el Nombre perdido y a él se agarran como a un barril flotante. ¿De dónde vienen ellos? De Avellaneda y sus fundiciones quemantes, del Riachuelo y sus orillas grasosas, de los talleres en escarcha o en fuego, del hambre y del sudor. ¿Qué los anima? La promesa de una Ciudad Cuadrada; el pan y el vino de la exaltación en los blancos manteles del Reino”. Cosa curiosa, este suceso definitivo, tuvo ya tu tipo o figura en la sudestada de octubre que Scalabrini Ortiz embelleció para siempre como una prefiguración gloriosa del instante en que el Gran Mono, el Gran Oligarca de la violencia y el mal, será arrojado para siempre al abismo. Será La Ciudadela o “contrafuerte” generador de las energías simbólicas que sirven para vivir  y autorganizarse.

Según parece, ese instante eterno sucederá en esta tierra. Más aún, hay quienes, desde esa jornada memorable de 1945, llaman Comunidad Organizada a la Ciudad Cuadrada que baja de lo alto. Más aún, a la celebración del banquete sagrado le han dado en llamar, y así lo predican, “la hora luminosa de los pueblos”.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 9 de nov. de 2017

Las fuentes de este escrito son las siguientes: El banquete de Severo Arcángelo y El Poema de Robot” de Leopoldo Marechal; el capítulo “El estiércol del diablo” de mi libro Ultimas noticias sobre el Anticristo; Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina de Eduardo A. Azcuy y Laudato Si del Papa Francisco. No olviden que el lenguaje de los símbolos puede ser una apertura al delirio o el inicio de un viaje de retorno a las realidades más profundas. “El surubí le dijo al camalote:/ no me dejo llevar por la  inercia del agua,/ y remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río” (L. Marechal). Surubí o camalote: ¿esa es la cuestión?

[1] AZCUY, Eduardo A., 1985, Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina, Buenos Aires, Centro de Estudios Latinoamericanos

[2] MARECHAL, Leopoldo, 1965, El banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Sudamericana.

 

LAS INTERROGACIONES DEL POETA

Publicado: 30 octubre, 2017 en Ensayos

Por Jorge Torres Roggero

NUÑEZ, Ángel, 2017, Estancia. Epigramas, Posadas/Buenos Aires, Imprenta ideal.

ESTANCIAS. NÚÑEZ

Entre las preguntas que acosan al autor de Estancia. Epigramas en la específica segunda parte del libro, sobresale una, muy breve y última: “¿Es que acaso tiene alguna explicación la poesía?” Una posible respuesta: si tiene explicación, no sería poesía; si no tiene, carecen de sentido estas líneas.

Recurrimos, entonces, a otras preguntas. Por ejemplo, la del poema “Ars poetica” en que se nos avisa que las vivencias y lugares representados en el libro “ya no están”, “el tiempo los diluyó”, pero siguen presentes en el poema que resultaría así un especie de “lugartiempo”, una pura y extrema representación. Y, de nuevo, la acuciante pregunta: el salto a un registro cualitativo del lenguaje es una victoria sobre el diluyente tiempo o “¿es tan solo un sueño?, una especie de no-lugar de la memoria.

Ante la multiplicidad de respuestas sobrevinientes, todo inclina a considerar la poesía como un misterio. El misterio, ciertamente, no tiene explicación, no pertenece al orden estricto del significado, sino al del sentido. El misterio es inaprensible para la “razón frígida”, pero no es oscuro, es luminoso porque se abre a realidades múltiples y maravillosas: “¿qué quiere decirme el teru-tero?” Las lechuzas están calladas, pero miran “al universo/ con las preguntas de sus grandes ojos”.

Algo insólito ocurre en este breve poemario cuya clave es el “estar siendo”, la “línea blanca” del pensamiento mestizo, latente y latiente, de una niñez impregnada de naturaleza (elementales originarios: tierra, agua, fuego, aire); del galpón (hogar de la comunidad criolla siempre participante y contradictoria) y el caballo ( olor del cuero, de los arreos, del trabajo, o sea, del acto lleno de los imprevistos de “andar”: “Un recuerdo de los tres años/ el galpón/ con aroma a pasto/ y el olor del cuero/ del caballo o los arreos”; o, “esperando llegar a la estancia/ al galpón, el caballo y la marcha”.

El misterio ronda e ilumina este poemario: “Una línea blanca y lejana/ muy delgada/ y un mugido, como siempre, ¿señal acaso/ del misterio del campo?”

Cuando en un párrafo precedente aludí a la expresión “línea blanca” estaba, en realidad, marcando un figura clave de circula por todos los textos. Se supone, tal como se expresa en la contratapa, que los poemas expresan una “visión del mundo” a partir de recuerdos infantiles (el recuerdo es siempre una construcción imaginaria, una representación), de una “imago” surgida de “escenas en la antigua región “de ganados” de los jesuitas, en Garupá, en Santa Inés, en la estancia Núñez, provincia de Misiones”.

Parece sólo un índice geográfico, pero son nombres que retumban, sonidos, voces, saberes, marchas sin término, en que “las estrellas, el horizonte, los cerros/ la tierra respira/ dice su misterio.” La tierra habla, vive. La misteriosa “línea blanca” es la zona confusa de los recuerdos que se borronean en el adulto: niebla, rocío, hielo, zona en que “se diluye el presente”, o sea, comarca del “tiempo pleno”, lugar de tránsito o salida desde la dispersión en lo múltiple y transitorio. Es el paso al recuerdo de la unidad primera con la tierra, el agua, el fuego y el aire, con la vida tumultuosa y feliz del trabajo no como lucro, sino como “función”, como “movimiento de gentes y animales”, como cuerpos acompasados por el baile,  porque “la naturaleza tiene su ritmo”. Es la mirada sorprendida del chico cuando en Misiones llueve sin cesar: “Un día, ¿cuántos días/ en la galería/ viendo llover?/ Y el chico que mira/ sorprendido”. Comarca de aguas y ríos a donde se llega desde el aire en hidroavión, suelo para “caminar descalzo por el monte” o empantanarse en una tierra barrosa, entre los matorrales que bordean el arroyo, donde los carritos “dejan huellas hondas,/ imborrables”. Extrañas escrituras mudas, como las del fuego cuando aprieta la seca, las bestias se atropellan y la dirección del viento salva o amenaza. Todo habla en esta San Inés mítica, lugar numinoso, en que un niño lejano imagina y crea un mundo (imago mundi) que habla sin cesar y un adulto no cesa de preguntar. Vuelvo, entonces, a las preguntas que se corresponden con la forma epigramática elegida por el autor.

Los que compartieron “esta tierra” también compartirán el “campo santo”. Esa estancia de los Núñez es “esta tierra”. La de los que le dieron el nombre y también la de las cruces perdidas y sin nombres (“ estos peones y sus mujeres”). Lugar de pasar “estos empeños” para purificarse “¿de qué/ de cuál pecado?”.

El piso jesuita (también lejana “línea blanca”), cerca de un alambrado, guarda respuestas nunca oídas a las preguntas fundamentales: “con piedras se hace un paisaje/ y se construye una civilización”.

Por otra parte, la palabra bautiza “donde vivir y morir” y las aguas del río Uruguay bautizan una vida nueva del autor, Ángel Núñez, que cruza en lancha al exilio brasileño. Inefable modo de expresar la angustia del que debe abandonar sus pagos y acogerse a tierra ajena: “En otro idioma/ otro será tu nombre”. Pero también es un exiliado de la originaria “imago mundi” que ha venido construyendo. Por eso en la noche clara, llena de estrellas, se pregunta: “¿Y yo”.

Esta pregunta, sin duda, escarba en las profundidades tanto del sujeto histórico como del sujeto individual. Yo le llamaría un sujeto cuya totalidad dialogante incluye una respuesta que se resuelve en la simplicidad de la paradoja como expresión epigramática de lo inefable. Me refiero al título final: “Oración”.

No es casual que el poema esté dedicado a la investigadora y poeta misionera Olga Zamboni, de feliz memoria. En sus textos dialogaron siempre la razón y la fe; y sus indagaciones se dirigieron a escrutar los insondables saberes de la cultura popular.

El poema evoca la Navidad, “misterium magnum”, desde la práctica ritual de los pobres: “Adoración de peones y arrugadas/ sufridas mujeres/ que en este día del nacimiento esperan su hora de alabanza.”.

Es entreverarse de nuevo en un andar por “esta tierra”. Es, además, un acto comunitario. La procesión cruza el monte con el Niño en andas. Como una culebra, se desliza la hilera de celebrantes: va a nacer el Niño Dios, “lo besarán con devoción”, “agradecerán a la Virgen/ por el trabajo/ pidiendo por el bien de todas las familias/ de esta estancia.”

Podría continuar en la procesión andante de Estancia. Epigramas , ir y venir por los reprofundos de una “tierra que dice”. Los misteriosos caminos de una poesía que parte de la fe: poesía conjuro pidiendo el “bien”, y poesía como un don “de todas las familias/ de esta estancia”. Una poesía “in fieri”, haciéndose, “¿tiene alguna explicación?”

Ángel Núñez, iniciándonos en los misterios del “ser que vive”, nos introdujo en las vivencias del “ser que piensa”.

SOBRE ÁNGEL NÚÑEZ (1939)

Es un misionero de Santa Inés (…aunque nació en Buenos Aires). Hombre de letras de variado registro (ensayo, docencia universitaria), su poesía a lo largo de muchos años recorre “la restitución de un legado histórico para reconocer el hombre en toda su riqueza, su dolor, sus sueños, su rebelión, su júbilo y su fe” (B.Sarlo). Y en La construcción de la selva “abarca lo cosmológico y lo filosófico para comprensión del mundo e instalación en él” (J. Torres Roggero). Instalado en la ciudad de Sao Paulo, en el obligado exilio en Brasil o en la Provincia, nos dice que la poesía lo coloca “en un eje con polos a la tierra y el cielo, al Paraná y al mar, a la selva y a los caballos que galopan entre el pajonal” (presentación de Poemas fundamentales). Obra poética de Núñez: Nosotros Piedra (1972); Narraciones del destierro (1979,1984); Poemas de la búsqueda (1993,1998), Geografía de mi ansia y otros poemas  (1994); Poemas fundamentales (1996); Los versos del tiempo (2004,2009,2011); La construcción de la selva (2011,2012).

Datos tomados de la solapa del libro comentado. J.T.R.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 12/10/17

 “Cuando de estar estando me acuerdo de ¡cuaaanta…!”
Polo Giménez
“El pensamiento que semejante a un pececito dentro de un acuario, toca el fondo y las paredes y no puede seguir más profundamente. Las ideas dogmáticas”
M.M. Bajtin
“Todo aquello que nuestra civilización rechaza, pisa y mea encima, sirve para la poesía”
Manoel de Barros

Confusa Patria

I.- Para empezar

Poco antes morir, Luis Jorge Prieto dio una última vuelta por Córdoba. Trataba, al parecer, de legarnos algunas advertencias sobre la cuestión de la docencia y la investigación en las universidades. (LA VOZ DEL INTERIOR: 1993).

Recordamos estas tres: a) Los investigadores/docentes tienden a trazarse una vía o método de una vez y para siempre. Esto dificulta el diálogo con los colegas porque se carece de tiempo “para aprender el lenguaje del otro”, o sea, lo dialógico queda obturado; b) “Ya no se discute más sobre la realidad que se estudia, sino sobre lo que ciertos autores de moda han dicho sobre el tema”. De tal modo, la angurria bibliográfica veda la “reflexión directa sobre el objeto que se estudia”; c) Postula una teoría del conocimiento que, a diferencia de la clásica, tiene en cuenta al sujeto. Cuando un semiólogo clasifica los sonidos, más que sonidos de laboratorio, obrará a partir del uso diario de los hablantes en sus operaciones de sobrevivencia. “Para mí –decía- lo esencial es la práctica; y la primera no es la comunicación sino la supervivencia “.

También en el campo del conocimiento, y en la etapa global, de eso se trata: de sobrevivir. O nos dedicamos a manipular ideas y a sacar sobresalientes con las conclusiones sobre los libros leídos, o ensayamos nuevas posibilidades a partir de una reflexión propia.

En tal sentido es bueno recordar a otro maestro de nuestra Universidad de Córdoba, Gaspar Pío del Corro. En un artículo de la revista SILABARIO (Del Corro: 2000) denuncia: “Nuestra impotencia está condicionada por muchas formas de opresión; pero en el campo […] del conocer, lo está entre otras causas por una imposición reductiva de la noción de conformidad en relación con la verdad: una conformidad pasiva que consiste en limitar a una sola dirección el tránsito posible – de ida y vuelta- entre objeto y sujeto: la dirección única que desde la cosa urdida se viene imponiendo al pensamiento”.

Pero, a la vez, los superpoderes condicionantes ejercen sin límites la otra dirección, también viable, “la que impone su pensamiento como cosa histórica “.

Del Corro nos habla de una impotencia condicionada y de unos superpoderes condicionantes. Somos sujetos condenados a la humillación, a las Horcas Caudinas de epistemologías que han urdido la cosa, de pensamientos impuestos como cosa histórica. ¿Cómo salir de la “encerrona” (Del Corro: 2000)? Proponemos un diálogo insólito entre Rodolfo Kusch y Miguel Bajtin, entre dos “confines de Occidente” marcados por sus poderosas culturas populares.

II.- Geocultura: sentido profundo

Las reflexiones que siguen son apenas, como las coplas de Martín Fierro, “agua de manantial” (Ida, XI, v.1886). El manantial a que ahora me refiero, es el “estar estando”, o sea la simple operación de vivir. El agua que de allí mana es el “cuaaanta” o tiempo cualificado de la zamba “El tiempo’i mama” de Polo Giménez, o, en otras palabras, el “sentido profundo” (Bajtin, 1985: 392) o “reprofundos” como diría nuestro Draghi Lucero (1981: 271, sigs.) para referirse a una lugar-tiempo en que reside el sí-mismo, tanto de la “unidad humana”, como de la “totalidad humana” (Mendé, 1983:19, sigs.).

Como verán, estoy dejando manar fuentes vitales y librescas que nos conducen a lo que, cuando reflexionamos dentro de nuestro grupo, hemos dado en llamar con Kusch (1976) geocultura: lugar de encuentro con el otro, del codo con codo, de la comunidad. La podríamos definir como una red preexistente, un texto radiante anterior a la escritura que es así una formalización sincrónica de un sentido profundo, que es siempre acrónico, masa confusa del “gran tiempo” bajtiniano.

El sentido no nace ni muere, está-estando en la geocultura. Desde esta perspectiva es que tomamos de Bajtin (cit.: 313-14) la idea de la palabra como drama. En este drama participan tres personajes. No es un dúo: autor y oyente-lector. Están también presentes las voces que suenan en aquello que el autor encuentra como lo-dado, la geocultura. No hay palabras mostrencas, bagualas. Toda palabra pertenece a alguien. La geocultura es el espacio de un sujeto cultural colectivo, preexistente y subsistente, que siempre está y habla sin parar: es el que nos plasma como unidades humanas o sujetos individuales, el que nos da el amor y el nombre (Bajtin: 52): “Las palabras amorosas y los cuidados reales se topan con el turbio caos de la autopercepción interna, nombrando, dirigiendo, satisfaciendo, vinculándome con el mundo exterior como una respuesta interesada en mí y en mi necesidad, mediante lo cual le dan una forma plástica a este infinito y movible caos de necesidades y disgustos…”

Ese sujeto cultural colectivo es el que determina (plasma, da forma) a los textos literarios en el acto de la escritura: “Las profundas y poderosas corrientes de la cultura (sobre todo las corrientes bajas, las populares), que determinan de una manera efectiva la obra de los escritores, permanecen sin descubrir y a veces resultan desconocidas a los investigadores. Con semejantes enfoques es imposible penetrar en la profundidad de las grandes obras y la literatura misma llega a parecer un asunto insignificante y poco serio. (Bajtin, cit.: 348).”

Advertimos cierta analogía entre R. Kusch y M. Bajtin en la consideración del enunciado concreto como un nudo de densificación y contacto con el sentido profundo, sitio geocultural, espacio-tiempo cuyo sujeto es el pueblo que se presenta, además de profundo, como poderoso, determinante efectivo de la obra literaria, remanente, oculto y desconocido para los investigadores. Es además portador del repertorio activante que en la práctica dialógica utilizamos con seguridad y destreza, pero “teóricamente podemos no saber de su existencia” (cit.: 267).

La concepción bajtiniana supone asimismo estas dos premisas: a) la vida más intensa de la cultura se da sobre los límites (en las fronteras) entre diversas zonas geoculturales productoras de sentido; b) la zona geocultural es el espacio de la “serie semántica de la vida” en tanto “tensión cognoscitiva y ética desde su interior mismo”. Se trataría, por lo tanto, de un espacio interespacial donde las impresiones están “preñadas de palabra” (palabra potencial, id est, vectorizada a la formalización) y en que el cuerpo mismo es “texto potencial” (cit. 348/49).

Cuando esas zonas se cierran en su especificidad, aparecen las categorías. En su origen forense esta palabra significaba acusación. En consecuencia, toda categoría es acuseta, está botoneando sobre algo. Son, para usar un término que no espante a los académicos, paradigmas, o en sentido matemático, conjuntos, y se perciben “en los procesos lingüísticos lógicos, profundamente inscritos en una cultura donde determina las visiones del mundo, los mitos y las ideas, las actividades y las conductas” (Morin, 1991: 235). A estas organizaciones internas de una geocultura es a las que llamamos operadores: son modelizaciones y modelizadores a la vez, retroactividad activante y desactivante: configuraciones. Las zonas de modelización serían, en consecuencia, campos de fuerzas donde se cosifican los sentidos a través de planes, sistemas educativos, medios gráficos, teleinformación. No es extraño que desde allí se determinen los tonos valorativos, las estéticas, las categorías, el gusto, los deseos en un intento por construir un todo cerrado, clauso.

La geocultura es, en cambio, una totalidad abierta, es el lugar de lo teóricamente no existente, el baldío, lugar sin construcción formal, lugar donde se arroja la basura, pero sede de un dueño, de un sujeto oculto. Todo texto escrito, aún los textos clausos (clausurados, tapiados) llevan tatuada (inscrita) la figura del estar, de lo popular, de la palabra potencial.

Una geocultura, intersección de pensamiento, cultura y suelo (Kusch, cit.) es el domicilio (la red preexistente y radiante) del estar y el estar es el “no más que vivir”, “es la radicación en la realidad” (Kusch, 1977). Una región geocultural es, entonces, una interpenetración vectorial de campos de fuerza transversales, una zona vital que reconstruye incesantemente las “redes rotas”, produce (acto de producir, no producto) géneros discursivos cuyo “valor y tonalidad” (Bajtin) pueden constituir una literatura en que el modelo regional implicaría pluralidad (totalidad abierta) y dialogicidad (sujetos interculturales).

La región sería así una “fuente seminal”, un espacio geocultural vivo y actuante en la cotidianeidad de su habitante. En ella las contradicciones operan como tensión incesante, construyendo y deconstruyendo estructuras paradojalmente vivas, núcleos de sentido.

Cabría, entonces, ampliar el papel del vector seminal en la zona geocultural de la región como lugar de la tonalidad afectiva, de la “razón sensible” (Mafessoli, 1997), destinada a mediatizar la oposición entre la abstracción crítica y el sentimiento para dar cuenta de la “compleja tonalidad de la conciencia” (Bajtin, 385). Los núcleos en que la densidad del sentido profundo ensaya las respuestas fundamentales (el sentido es respuesta) son poderosas corrientes que nos impiden “tocar fondo”.

Focalizar las densificaciones geoculturales nos pone en el ojo de la tormenta, en el centro de la “generación creativa de un texto” (Bajtin), no del arte, sino del “acto artístico” (Kusch, 1986), en otros términos, de la escritura. Podríamos suponer que en una geocultura, en tanto lugar de intersecciones y campo de fuerzas cultural, la contradicción se vuelve tensión. La noción de contradicción implica siempre la muerte de uno de sus términos para que el otro tenga validez. En la tensión los opuestos son términos antinómicos como los polos negativo y positivo de una pila eléctrica. Proudhon daba este ejemplo para destacar por un lado la indestructibilidad y por otro la capacidad de causar movimiento implicados en la polaridad (R. Aron, 1949: p. 1854). El progreso consistiría, entonces, no en lograr la fusión de las antinomias (la muerte de uno de los opuestos), sino el equilibrio cuyo fruto final es la armonía.

Mantener la tensión de los elementos antinómicos, es perder el miedo a “dejarse estar”, el miedo a “vivir lo americano” (Kusch, 1977: 235): “¿Será que mi crítica lo enfrentaba entonces con su inmaduro miedo, de que, si no defendía el progreso, denunciaba su “dejar-se estar”, con lo cual perdería su prestigio de hombre civilizado? ¿O será también que, en el fondo, es muy débil la actitud racional, ya que el pensamiento antagónico, el seminal, que se mueve entre extremos innombrables y que pasó a segundo plano, sin embargo, sigue acompañando muy de cerca, aún las más “racionales” de las afirmaciones?”

El pensamiento seminal supone la no supresión de lo vital e informe, la persistencia de las dificultades y la lucha por la vida. Es la pérdida de la fascinación “ante las cosas nombrables y la posibilidad de que se aventure a indagar las innombrables” (p. 240).

Si las estructuras se convierten en casamatas, en refugios miedosos, en totalidad clausa, estamos condenados a escuchar un eterno monólogo: el de la síntesis autoritaria y el punto muerto. En la geocultura, región vital, podemos reconstruir las redes, organizar los campos de fuerzas, coordinar las independencias y las libertades.

III.- In-conclusiones

Cuando trato de tejer alguna conclusión, luego de estas deshilachadas y contradictorias reflexiones, no puedo menos que recordar, ya que nuestras operaciones se concretan en el campo de la lectura, estas palabras de Chartier/Cavallo (1998): “La lectura no es solamente una operación intelectual abstracta: es una puesta a prueba del cuerpo, la inscripción en un espacio, la relación consigo mismo y con los demás.”

Puede suceder que, como el pececito de Bajtin, toquemos fondo en la pecera de la totalidad clausa, por miedo a parecer bárbaros y nos conformemos con el canon:  “El pensamiento que semejante a un pececito dentro de un acuario, toca el fondo y las paredes y no puede seguir más profundamente. Las ideas dogmáticas”. Pero hay otra posibilidad. A lo mejor, como Martín Fierro, enderezamos hacia tierra adentro”, “derecho ande el sol se esconde” (Vuelta, XIII, v. 2205), lugar de la opacidad de la razón abstracta, de lo innombrable (lo que no puede ser dicho por el habla). Fierro nos asegura que “así habremos de llegar” y que recién entonces sabremos “adónde”. Incitante tarea, hallar el “adonde” del “ande”, lo nombrable (“las luces”) de lo innombrable (“los oscuros reprofundos”).

El espacio geocultural es entonces un domicilio, la casa en que lo ajeno se hace propio. A esa zona ningún hombre es inmune, más aún, en ella pasamos el más alto porcentaje de nuestras vidas reales. En ella la civilización y la barbarie no se degüellan, digamos que resuellan, viven en libertad creadora.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Fuentes. En: Torres Roggero, Jorge, 2002, Elogio del Pensamiento Plebeyo. Geotextos: el pueblo como sujeto cultural en la literatura argentina, Córdoba, Silabario.

BIBLIOGRAFÍA

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