Archivos de la categoría ‘radicalismo’

por Jorge Torres Roggero

Poetica de1.-

Nací en 1938 y me pregunto: ¿qué pensaban los reformistas del 18, veinte años después, sobre los logros de la Reforma Universitaria? Reviso y encuentro textos de importantes actores de esos inicios. Su currículo los signa como escritores, pensadores, cineastas, políticos, científicos de relevante actuación en la vida cultural argentina. Rebeldes todavía, y llenos de propuestas, se despliegan textos de Noel Sbarra, Diego Luis Molinari, Alcides Greca, Julio V. González, Ernesto Giudice, Pablo Lejarraga, Enrique Puccio y Héctor P. Agosti.

Noel Sbarra fue un gran propulsor de la pediatría en la Provincia de Buenos Aires y promovió la fundación del hospital que hoy lleva su nombre. En 1938, denunciaba “la avilantez de los vende-patrias, en inescrupuloso afán de enriquecerse; el predominio de los consorcios extranjeros, la adopción -por “snobismo”- de doctrinas exóticas; la falta de solidaridad nacional y desprecio por las cosas del espíritu”. Su conclusión sobre los logros de la Reforma incluye esperanza y autocrítica: “La Universidad, después del 18, no fue lo que ha de ser, pero dejó de ser lo que había venido siendo”. Y este otro aserto todavía vigente:“La Universidad ya no es oligárquica, pero tampoco es popular.”

Se distinguen, asimismo, con nitidez, los comunistas Ernesto Giudice ( en 1973, renuncia al Partido con un texto memorable: Carta a mis camaradas) y Héctor P. Agosti. Ellos concretizan importantes aportes al pensamiento político-social argentino y dan testimonio con su militancia llena de persecuciones, prisiones y censuras. Baste recordar que, en 1936, Agosti responde una encuesta sobre la Reforma de la revista “Flecha”: “desde la cárcel”.

Pero me voy a detener, sobre todo, en los irigoyenistas (ya se verá por qué). Ellos sufrieron persecución, cárcel o exilio a partir de 1930. Provenían de familias inmigrantes de numerosa prole y escasos recursos. Los socialistas (la mayoría, algunos muy importantes, entre ellos Julio V. González y Deodoro Roca) estuvieron contra Yrigoyen e incluso, por lo menos en sus comienzos, esperanzados con el golpe.

Veamos el primer irigoyenista: Diego Luis Molinari. De padres italianos y numerosos hermanos, fue uno de los autores de la ley de nacionalización del petróleo, del proyecto de Código Nacional del Trabajo para sumar nuevos derechos a los trabajadores, de una ley general de asistencia social. Yrigoyen lo nombró Presidente del Departamento Nacional del Trabajo que luego fue hábitat político de cierto coronel del pueblo. En 1930, a la caída de Yrigoyen, “se refugió en la embajada japonesa y, en una nave de ese país, llegó al exilio brasileño junto a su familia”. Fue un excelente y olvidado historiador revisionista, profesor en las universidades de Buenos Aires y La Plata. En 1945, Molinari formó parte de los radicales que se unieron al peronismo. De tal modo, llegó a ser senador nacional tanto de Yrigoyen como de Perón. Sostuvo con solidez la defensa de lo nacional y popular en la investigación científica y esa postura se plasmó en una copiosa obra que habría que revisar. En 1938, Molinari consideraba que en el fenómeno de la Reforma Universitaria había que tener en cuenta a la inmigración. Postulaba, además, que la Reforma “bregó por idénticas oportunidades para las familias humildes como las de los que a sí mismos se tildaron de decentes y distinguidos”. ¿A la Reforma de Córdoba, la hegemonizaron los “decentes y distinguidos”? Consideraba, además, que la “tarea del 18 todavía está en sus principios”. El 18 inició una tarea, pero no está concluida “como no está concluida la etapa esencial de nuestra libertad tal como la quisieron y predicaron quienes en 1810, solo la concibieron posible como consecuencia de una democracia integralmente realizada”. En 1955, volvió al exilio; esta vez, Panamá.

Vayamos ahora al otro “gringo” radical, el santafesino Alcides Greca: ¿Qué pensaba de la Reforma, quien había sido uno de sus protagonistas, en 1938?

2.-

Alcides Greca fue abogado, periodista, cineasta, profesor, escritor y político nacido en 1889 en San Javier, provincia de Santa Fe. Falleció en Rosario en 1956. Algunas de sus obras: Viento Norte (1927); La Torre de los Ingleses (1929); Cuentos del Comité (1931); Tras el alambrado de Martín García (1934); La Pampa Gringa (1936). Además, se lo debe considerar como uno de los iniciadores del cine argentino ya que produjo y dirigió El Último Malón (1917 ) que versa sobre la rebelión de los mocovíes en 1910. Hijo de padre italiano y madre francesa, fue el segundo de doce hijos. En el pueblo natal, compartió la escuela pública con sus compañeritos mocovíes.

Reduzcamos nuestro ángulo de visión. ¿Qué decía este protagonista no cordobés sobre la Reforma en 1938? Veamos algunos breves fogonazos.

En un discurso titulado “El camino que debe seguir la Reforma”, observaba “apesadumbrado” que pueden ser contados con los dedos de  las manos los reformistas que no se hayan deslizado hacia “el silencio y la molicie de la vida burguesa”.

En general, en 1938, veinte años después, los reformistas del 18 piensan que, si bien se han logrado ciertos avances en la burocracia académica, se ha perdido el “impulso” inicial, la “rebeldía”, la conquista de la “calle” y el “codo con codo” con los trabajadores: “La Reforma en el 18 luchó en las calles con el apoyo de los gremios obreros y las fuerzas representativas de la opinión pública”.

Alcides Greca recobra, además, la idea de Patria Grande:  “ Hay que mirar a América que debe formular sus ideas para la gran misión futura. ¿Por qué América ha de seguir buscando en Europa, en los conflictos de Europa, la solución a sus propios problemas? Por otra parte, añade la idea irgoyenista (Ortiz Pereyra) de que Argentina debe cumplir la tercera gran etapa (tercera emancipación) de la batalla nacional y continental, “su liberación espiritual y económica”: “Liberad a América del imperialismo capitalista y extranjero, liberad al hombre americano de la miseria y el hambre, liberadlo de la ignorancia y la incultura”. Por lo tanto, concluye, ¿cuál es el camino de la Reforma?: “Debe salir de las aulas, de los claustros de la disputa casera y pueril. Su misión está hoy en la calle, en la prensa, en las mil tribunas del pueblo” (en los movimientos sociales diríamos hoy). Y concluía:  “Cuando la Reforma esté en todas partes, convertida en un teoría político social, las camarillas, los santones y los viejos infolios se verán aventados por algo más violento y expeditivo que las protestas, más o menos líricas, de los delegados estudiantiles.”

Haciendo una autocrítica, reafirma que  la Reforma Universitaria no debió estancarse limitando su acción a los problemas de la enseñanza: “La generación el 18 ha envejecido, aunque su vigoroso espíritu siga orientando a la juventud presente (…) La Reforma tiene que salir a la calle y convertirse en un credo americano. Ya no basta designar autoridades y delegados, rever programas de estudios, auspiciar la investigación científica, combatir las camarillas y el nepotismo”. La consigna es clara: hay que salir a la calle y tomar contacto con el pueblo. Recordemos que estamos en plena Década Infame y la Argentina, en manos de una “oligarquía maléfica” (José Luis Torres dixit) es, en la práctica, una colonia de su majestad británica.

Aparecen, además, las urgencias de la preguerra, el rechazo al fascismo, al nazismo y la condena a la violencia ejercida por los imperios y las oligarquías sobre los pueblos del mundo. Concluimos con este párrafo que nos parece significativo y que revela la importancia para la Reforma del populismo político, social y cultural que desemboca en el APRA peruano: “La Reforma debe estar con los perseguidos de todo el mundo, con los bravos apristas peruanos, con sus presos del Panóptico, de la isla “El Frontón”, de las casamatas de El Callao y los campos de Madre de Dios (infierno verde), con los perseguidos y encarcelados de Brasil, con agrarios (campesinos) de Brasil, con el frente popular de Francia y con los portoriqueños oprimidos por la plutocracia yanqui”.

Luego de revisar cómo veían la Reforma en 1938 dos protagonistas no cordobeses y de raíz irigoyenista y, quedándonos con la subsistencia, a través de los tiempos, del “vigoroso espíritu inicial” y la vocación de unidad americana y justicia social de la Reforma, en los puntos que siguen, voy a ir dejando diferentes hilos de entrada a la gran trama de la Reforma Universitaria como un texto lleno de sentido que nos abarca a todos: los de antes, los de hoy, los de mañana.

3.-

El principal y siempre flamante costado de la Reforma Universitaria es su clamorosa carátula de revuelta juvenil. Fue un impulso redentorista y liberador de la juventud universitaria de Córdoba, Argentina y América Latina. Tras la Revolución Mejicana, la Gran Guerra y la Revolución Rusa, toma la palabra la juventud en nombre de una nueva sensibilidad.

En el ámbito estrictamente universitario, es una rebelión contra la burocracia de una oligarquía que se había adueñado de las cátedras como de un bien hereditario y contra el dogmatismo tanto clerical como cientificista. La juventud reclama “maestros”; no quiere más, son sus palabras, “sobadores de textos”, “fríos coleccionistas de saber”, “domésticos doctorados”, “dómines verbalistas”, “parásitos de la cultura”, “mutiladores de la vida”. Es un relato abierto al futuro. Rechazan, por lo tanto, un magisterio que “tiraniza, insensibiliza, seniliza y burocratiza” la cátedra. Por eso, el manifiesto postula: “en adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien”. Todavía en 1936,

Deodoro Roca, resumiendo una encuesta realizada en la revista “Flecha”, que él dirigía, bajo el título de “Encuesta. Dictadura+Burocracia=Universidad de Córdoba”, escribe:

“La enseñanza se ha mediatizado de tal suerte que el profesorado, en el mejor de los casos, solo produce “apuntes”, o sea, saber “congelado”. Son gente que no producen. “Reproducen”. Y reproducen mal (…) Todos reproducen. Y -lo que es más grave- se reproducen. //// En la Universidad prolifera una “burocracia” astuta. Características del burócrata cordobés (variedad ya famosa en la Argentina) que halla en la Universidad, en sus adyacencias y subyacencias, su mejor caldo de cultivo.”

4.-

En mi libro Poética de la Reforma Universitaria, procuro remarcar las distintas tramas discursivas que transita la rebelión estudiantil mediante un recorrido por la oratoria, que es el género predominante hasta cuando teorizan.

La elección de la antigua tríada (verdad, belleza y bien), el tono profético referido a la decadencia de Europa y advenimiento de lo que llaman “la hora” de América, marcan el tono expresivo predominante. Consideran que la guerra mundial y la explotación del hombre en Occidente, son consecuencia de la propiedad privada y el Estado en manos de la burguesía, el militarismo y el clero. Saúl Taborda, en “Reflexiones sobre Ideal Político de América”, postula que “Europa ha llenado con su nombre veinte siglos de historia, pero todos los siglos que llegan pertenecen a la gloria de América”. Es una visión de la historia de la humanidad desde la teoría (el ojo, la mirada) y canto.

En la escritura y en la oratoria reformista reproducen, en un mestizaje enfático, el discurso auguralista del modernismo-arielismo (Rubén Darío, Rodó) por un lado; y, por otro, la utopía anarquista de la rebelión contra el Estado por ser una creación capitalista. Taborda elige sus guías: Platón,  Kropotkin y el krausista Rafael Altamira. Deodoro Roca, por su parte, sostiene que “necesitamos maestros a la manera socrática”. Son “los que comprendieron el sentido profundo de la vida”. Circula, entonces, en lo que llamo “poética de la Reforma Universitaria”, una polémica interna entre la postura de una vanguardia vitalista y la estética modernista que explico largamente en mi libro. Por otra parte, es marcada, en ese momento, la influencia de Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones. Este último apoya ostentosamente la Reforma y escribe El dogma de obediencia. Arturo Capdevila sólo se animó a publicar un capítulo “La historia del dogma” en el reinaugurado Boletín de la Facultad de Derecho. Vale la pena releer y repensar ese texto para valorar sus aportes críticos a la interpretación histórica y su fuerte tono anarquista. El texto completo recién fue publicado en 2011 por la Biblioteca Nacional con prólogo de María Pía López y Cecilia Larsen. Es el único texto de fe reformista que vindica la “condición de la mujer” mal que le pese a los detractores de Lugones.

5.-

Ahora bien, otra de las preguntas que uno puede hacerse sobre la Reforma es esta: ¿tuvo repercusiones políticas?

Hubo, en ese momento, tres vanguardias que reivindicaban la “vida” como fundamento de libertad, democratización y despliegue de las posibilidades de encuentro entre estética, saber y justicia social. En primer lugar, una vanguardia estética que comprendía a los escritores que venían a democratizar las normas de la vieja retórica (revistas “Prisma”, “Martín Fierro”). En segundo lugar, la Reforma Universitaria. Los jóvenes estudiantes hablan de “abrir las puertas a lo que viene”, “tomar lo suyo sin pedírselo a nadie” y sueñan con unir a los estudiantes revolucionarios con la “sangre generosa de los obreros” en la calle.

Ahora bien, propongo que periodicemos de en modo retrospectivo: 1922, vanguardias artísticas; 1918, vanguardias estudiantiles. Pero hay una vanguardia predecesora sin la cual carecen de sustento las dos mencionadas arriba. En 1916, surge una nueva fuerza social. Según el reformista socialista Julio V. González, se manifiesta como “rumor de la tierra” y “tiniebla del futuro”. Es un factor propio de nuestro país: se trata del advenimiento del radicalismo al poder. Llegaba, sostiene González, con el ímpetu y la ceguera de las corrientes renovadoras. Lo califica como “avasallador y brutal”. Despreció las instituciones, destruyó todas las normas, escarneció todos los hombres del régimen que abatía. No traía nada, llegaba a destruir. Era una fuerza demagógica, anárquica, disolvente; era la sensibilidad popular llegando al gobierno.

En esa pieza oratoria, Julio V. González muestra una enfática lucidez analítica y, al mismo tiempo, las limitaciones que, desde su nacimiento (“ab ovo”) caracterizan a la Reforma: la incomprensión de los gobiernos populares. Por eso conspirará y participará activamente (salvo excepciones individuales) en el derrocamiento de Yrigoyen y Perón.

Recordemos 1938.  Alcides Greca,  protagonista de la Reforma en Santa Fe publica “El camino que debe seguir la Reforma”. Ese discurso, que hemos revisado parcialmente, fue pronunciado en la Facultad de Ciencias Médicas, Rosario, en el Aniversario de los XX años de la Reforma. Alcides Greca, insistimos, fue uno de los iniciadores de nuestro cine con su película “El último Malón” (1917) y autor de una novela que debería estudiarse de nuevo en nuestras facultades, “La Pampa Gringa” (1936). Veinte años después del brote reformista, Alcides Greca sostenía que, en 1918, la “juventud estudiosa era víctima de una camarilla ultrarreaccionaria que usufructuaba la universidad con el criterio ecónomico rural de nuestros terratenientes”. Y que la “elite agrofeudal, desalojada del poder por el empuje de la voluntad popular, se atrincheró en las universidades”. Los estudiantes de la Facultad de Derecho inician la lucha con la cooperación del “primer gobierno de origen auténticamente popular que surgiera en el país. Alcides Greca, era radical, con la caída de Yrigoyen estuvo preso en Martín García y publicó su novela en el exilio chileno. También Ricardo Rojas estuvo preso en Martín García por ser radical. Por supuesto, eso no los hace mejores o peores escritores o críticos. Solamente muestra los avatares de la inteligencia en la Argentina, los criterios que incluyen o excluyen del canon estéticas, obras, temas, tendencias que merecen una revisión.

6.-

Aunque la Reforma se nos presenta, a veces, un poco borrosa, a lo mejor es bueno preguntarse si hubo factores culturales caseros, propios de Córdoba y  tratar de saber cómo era la ciudad en 1918.

Desde la generación del 80 se había producido en Córdoba cierta laicización de un sector de la oligarquía gobernante que entra en contradicción consigo misma. La polémica entre católicos y liberales, la aparición de los inmigrantes, la presencia de los sindicatos y las ideas libertarias, hacen de Córdoba una ciudad de creciente modernidad. No era ya la ciudad beata: se construyen diques, avanzan las líneas férreas, crece la clase media criollo-inmigratoria, prosperan las industrias de la cal, del calzado, las cervecerías. Advienen los tranvías. La escuela normal (Carbó) y la Academia de Artes, promueven a la mujer en la profesión docente. Las universidades argentinas pasan de 5000 estudiantes en 1910, a 12.000 en 1920. (¡Pensar que hoy en la UNC, solamente, concurren más de 110.000 alumnos!) Proliferan organizaciones culturales. En fin, debe recordarse que, en la Universidad de Córdoba, ya hubo rebeliones estudiantiles a finales del S.XVIII, en época del Deán Funes. El reformista peruano Antenor Orrego postulaba que Córdoba fue la ubicación fortuita de un impulso vital que estaba pugnando y madurándose en todo el continente. De ahí su repercusión y contaminación ecuménicas.

Por eso, es bueno recordar, que de esos acontecimientos borroneados en la memoria colectiva, queda en pie, aparte de las conquistas de los claustros que todos conocemos y practicamos, la tensión hacia la Patria Grande. Se retomó la epopeya de San Martín y Bolívar como impulso y utopía, y no como realidad dada y conclusa. Aquí corresponde vindicar Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Rufino Blanco Fombona, a los reformistas peruanos, a Raúl Haya de la Torre y a las Universidades Populares “González Prada”. La creación del APRA. Hoy se vuelve a hablar de ellas en Córdoba; y se propende a su restauración. Pero no de abajo para arriba como entonces, sino de arriba para abajo. No es lo mejor, pero es. Los reformistas peruanos, César Vallejo, Antenor Orrego, José Carlos Mariátegui, Raúl Haya de la Torre, “andinizan” el pensamiento europeo hegemónico (anarquismo, marxismo) y descubren que, en América, el pueblo explotado es el indio, el cabecita negra.

7.-

Ahora bien, si por ahí, me dicen, ¿a cuál de los reformistas cordobeses recordarías especialmente? Pasarían por mi mente, entre otros, Enrique Barros, Deodoro Roca, Tomás Bordones, Arturo Orgaz, Gregorio Bermann, Arturo Capdevila. Percibimos luces, sombras, vaivenes ideológicos, pero nunca renuncian al impulso vital inicial. Algunos se burocratizan tempranamente (los georgistas: Orgaz y Capdevila); otros, entran en frecuentes contradicciones (Roca); otros, persisten en una denuncia permanente contra la traición al ideal reformista (Barros, Bordones).

Ahora, de acuerdo con mi criterio, quien sostiene hasta el final los ideales y la fe creadora de la Reforma es Saúl Taborda. Además, se proyecta en discípulos y en obras. Él descubre, a mediados de la década infame, el “espíritu facúndico” y la tradición comunalista criolla. Ilumina, así, sus investigaciones pedagógicas. Nacen, de este modo, institutos educacionales pioneros en renovación pedagógica tanto en la ciudad de Córdoba como en Villa María. Difunde, además, una propuesta política revolucionaria destinada a sustituir el democratismo anglosajón de la oligarquía. La titula “Temario del comunalismo federalista”: una utopía de raíz criolla en que resuena la vertiente vital del anarquismo del 18 y el principio federativo de Proudhon.

8.-

Y para terminar, ¿podríamos establecer alguna clase de relación entre las Reforma del 18 y el Cordobazo?

En el 18 se frustró, porque no había llegado la hora a pesar de incipientes luchas comunes, una universidad abierta a los trabajadores. Algunos reformistas yrigoyenistas, después de 1930 (Homero Manzi, Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo, entre otros) fundaron un fecundo movimiento político: FORJA. Ellos fueron la columna inicial del movimiento nacional, popular y democrático del 17 de octubre de 1945. Hicieron, en su momento, una importante contribución a la ampliación del concepto de pueblo. Falta estudiar esta veta de la Reforma. El peronismo, que fue acusado por la FUA oficial (reformismo burocratizado) de “dictadura de las alpargatas”, decretó la gratuidad de la enseñanza universitaria, fundó la Universidad Obrera e industrializó a Córdoba. Eso procuró que en las jornadas del Cordobazo hubiera un poderoso núcleo de estudiantes que eran a la vez trabajadores. Trabajaban tanto en las grandes fábricas metalmecánicas y en las pymes autopartistas, como en los emprendimientos del Estado: mis queridos Talleres del Ferrocarril General Belgrano, Forja y las industrias mecánicas del Estado (aviones, motos, rastrojeros). Eso permitió una interpenetración social que, a pesar de trágicos avatares históricos, persiste. Restaría una pregunta final que casi no me animo a formular: Córdoba, ¿es la del Cristo Vence y el “Sí, se puede”, o la de Reforma Universitaria y el Cordobazo?

Fuentes:

Del Mazo, Gabriel (compilación y notas), 1941, La reforma Universitaria, Ensayos críticos (1918-1940), tomo III, La Plata, Edición del Centro de Estudiantes de Ingeniería.

Taborda, Saúl, 1918, Reflexiones sobre el Ideal Político de América, Córdoba, s/d.

___________, 1918, Julián Vargas, Córdoba, Imprenta “La Elzeviriana”

Torres Roggero, Jorge, 2009, Poética de la Reforma Universitaria, Córdoba, Ed. Babel.

Jorge Torres Roggero

14 de setiembre de 2018

Anuncios

por Jorge Torres Roggero

Almafuerte.jpg1.- El chusmaje querido

En un “Discurso político” de 1914, confesaba Almafuerte:  “El Partido Radical me contó, allá por el año 1892, entre sus adherentes y propagandistas de la primera hora, y recita y aclama y recubre de ardorosos aplausos mi “Sombra de la Patria”, en sus tumultuosas juveniles asambleas” (O.C, p.367)[i]. Advierte, además, que los socialistas reúnen “en sus logias a las multitudes de trabajadores para comentar la obra de Almafuerte y recitan, con fervor, “La inmortal” (Ib.) Más aún, a pesar de haber sido maltratado con “despectivos apóstrofes”, el anarquismo “aplaude todavía con los ojos ungidos en lágrimas y la voz entorpecida por los sollozos, mi tolerante, mi piadoso “¡Dios te salve!” (Ib.).

Ese índice de popularidad de la poesía de Almafuerte, abarcante y universal, no es raro que se mantenga aún. En 1961, en mi primer día como ferroviario, al enterarse de que era estudiante de letras, en la media hora del mate, en el taller de fraguas, los compañeros me recitaron a modo de bienvenida, con unción y énfasis, los más conocidos de los “Siete sonetos medicinales”. Fue en esa época, cuando este joven poeta de poses vanguardistas comenzó a escuchar las voces del corazón.

Sin embargo, todavía es dificil aceptar a Almafuerte. Es, sin duda, un caso singular en nuestra literatura. Mirado desde los cuadros sinópticos del canon, es imposible encasillarlo según los criterios habituales de periodización. Para Manuel Gálvez, que lo visitó en su mísero sucucho de La Plata, “Almafuerte era de una ignorancia asombrosa”.[ii] Ernesto Morales, por su parte, sostiene: “Despreciaba el libro. Excepto una Biblia y un Diccionario, a los que consultaba constantemente.”[iii]

En efecto, un recorrido por su obra nos informa sobre su desdén por las ideas y estéticas de su época. Además, es incontrovertible que, por debajo del fárrago de retóricas populares mezcladas, resuena el hálito bíblico. Es “la voz de Biblia” de que hablaba Rubén Darío, su coetáneo hiperestésico. Pero es también el hálito confuso de la “chusma” el que resuena en sus apóstrofes.

Le tocó vivir una época de ruptura y cambio. La Argentina criolla moría disfrazada con una máscara coruscante de progreso:  era la careta de su flamante condición colonial, de su sometimiento consentido al imperio inglés. La vieja clase dominante dejó de ser una oligarquía patricia para convertirse de una oligarquía plutocrática entregada a la especulación, a la usura y a la venta del patrimonio nacional en la Bolsa de Londres. La chusma irigoyenista tocaba las puertas de la historia y empezaba a tomar la palabra.

Si bien Almafuerte pensaba que la gesta de Mayo “no fue casual”, sino que fue un acto “preparado y dirigido por la providencia misma del pueblo argentino”,  consideraba que se había perdido el “espíritu patriarcal bíblico de las provincias”(366). De ahí sus actitudes aparentemente conservadoras. Se representaba como  el último superviviente de una “subraza” que ya había cumplido su misión en la historia:

 “El gran poeta, el gran pensador, el gran cerebro americano (…) no está, no puede estar, dentro del viejo esqueleto de este viejo criollo ignorante, atávico, bilioso con la amarguísima bilis de los que ya no encajan en el ambiente circunstante ni como estirpe, ni como costumbre, ni como lenguaje, ni como soñación, ni como ideas adquiridas, ni como nada. (…) Cuando yo vine al mundo la obra de mi raza, la tarea encomendada a mi raza, por los designios inescrutables de Dios, ya estaba concluida(…). De manera que yo llegué tarde, de manera que yo surgí a la vida como un gaucho holgazán, que cae a la tierra bien empilchado y jacarandoso, cuando ha cesado el trabajo y comienza la fiesta.(,,,) Realizada la misión, producido el hecho histórico a que mi pobre raza estuvo destinada, ella tiene que sucumbir por aniquilamiento, por inadaptación, por ineptitud, por repulsión por odio a lo mismo que ella creó, que carece de facultades para continuar y que se ve en la circunstancia dolorosa de abandonar profundamente triste”.

El pueblo ha sido descartado y predestinado al vilipendio y el escarnio. No sirve nada más que para estorbo.

Sabemos que el Proyecto del 80 se impuso mediante la represión, la demonización de lo criollo popular como barbarie, la explotación del peón rural, de los inmigrantes urbanos y los chacareros gringos sometidos a voraces arriendos. Entretanto, una minoría oligárquica acumulaba tierras, entregaba el comercio exterior y los servicios a Gran Bretaña. Mientras el pueblo padecía hambre, desnudez y desamparo, los estancieros tiraban manteca al techo en París y compraban títulos nobiliarios haciendo casar sus hijas con aristócratas europeos en decadencia. Era el “régimen falaz y descreído” que mentó Yrigoyen.

La Argentina había pasado a ser un cúmulo de colectividades y no una comunidad organizada. No había algo en qué creer. Éramos un aluvión, estábamos formados por acumulación. Sin embargo, Almafuerte piensa que a pesar de esa tumultuaria “invasión de tantos ideales, de tantas tradiciones y de tantas sangres y costumbres”, a pesar del “espectáculo de ancianidad escandalosa” que nos trae Europa, se está generando una “raza nueva”, es decir, un pueblo nuevo. ¿Y dónde germina? Almafuerte responde que en la Babel actual, o sea, en las grandes ciudades. Buenos Aires, nueva cosmópolis, es el lugar donde gime la chusma, el barro elemental con que se configura, larvado, el rostro confuso del hombre nuevo. Emergerá del “juicio entumecido de los que gimen en las cárceles espantosas, en esos hospitales inmundos que se llaman grandes ciudades” (353).

Ese hombre nuevo es, para el poeta, “el hombre mismo”; y el hombre mismo, es el “hombre dolorido”. Es el que se acepta conscientemente a sí mismo y a su realidad. En la materialidad (o maternidad) difusa de la chusma, el hombre a la intemperie, el justo sufriente, abandonado de la mano de Dios como Job o Jesucristo, en el torbellino de un amasijo de larvas, engendra la “raza nueva americana”.

Almafuerte postula que la chusma “siente(…) sobre sus huesos, sobre sus nervios, sobre su alma misma, con una intensidad de puñaladas, el dolor crónico, inmanente, desconocido, acumulado, superpuesto, amontonado, estibado en pilas monumentales, de los azotes de los siglos, de las amarguras de todos tiempos, de las tiranías de todas la cosas, de las estupideces de todas las épocas, de los vicios conjuntos, encajonados, acoplados unos a otros, de todos sus antepasados, desde el padre Adán, hasta su padre mismo”.

El padecimientos de la chusma es ancestral. Realiza una experiencia inconsciente de la miseria humana, de los cataclismos de la naturaleza, de la condición humana misma. Es la plebe heroica, la chusma clásica. De ese “estar no más ahí” se siente participar Almafuerte. Él no es “de los que se echan de bruces sobre los balcones de hierro de su propio egoísmo ante los cataclismos humanos”. En realidad, basta una sola condición para no caer: tener conciencia de la propia miseria, apegarse al suelo con voracidad de raíz. Por haber llegado a ese estado, se compromete con la realidad concreta. Redime: es un apóstol, un Cristo. Asume la miseria para salvarla.

Por otra parte, como “…no hay acto humano que no repercuta en los siglos y que no se expanda como un gas por la supeficie de la tierra”, “los justos sufrientes”, los Cristos, son la base de un necesario progreso moral de la chusma. “Progreso, postula Almafuerte, que no es otra cosa aquí y en todas partes que el progreso de la libertad, de la justicia, de la verdad, de la belleza, de la felicidad común, de la fraternidad humana, de la perfección universal”(348)

Pero la chusma también es histórica, es la chusma radical que sigue, tumultuosa, la reparación predicada por Hipólito Yrigoyen. Es concreta, no es figura ni símbolo de ninguna elucubración poética, filosófica o religiosa. Ya no es sujeto confuso en autogeneración ameboidal, es sujeto histórico sometido a la opresión inmediata de un ordenamiento histórico-social injusto. Juan Pueblo siente el sometimiendo de la mentira democrática. La clase dominante, se siente tan impune y se cree tan dueña que a las trampas institucionalizadas con el “democrático” título de elecciones, las llama “fraude patriótico”. Pero junto con el fraude, la chusma criolloinmigratoria es víctima de la represión. “Creo, reclama Almafuerte, que un país donde hay “razones políticas” para mantener al frente de una ciudad -de un pueblo, de un pueblecito cualquiera- a hombres sin escrúpulos, a analfabetos sanguinarios y viciosos, es un mal país, es una tierra maldita que debiera ser sembrada de sal”(358).

Por eso, en las “Milongas clásicas” canta al “chusmaje querido”, esperanza de la Patria, a pesar de la traición y de la entrega, a  pesar de que “se fabriquen sacros panes/ profiriendo sacrilegios;/ y hospitales y colegios/ con limosnas de rufianes”.

Caído en la videncia, percibe la degradación, contempla el cuerpo prostituido de la Patria. Es una sombra, es “un fantasma horrible”, y profiere entonces los anatemas del profeta, las visiones terribles del “justo sufriente”.

2.- La sombra de la Patria

Con los cabellos sueltos, derramados sobre el busto encorvado, adusta, pálida, desencajado el rostro, una mujer va. Es una visión teratológica: los cabellos son un “velo de angustia,  una “sombría melena de león”.

Esa mujer causaría risa a Horacio. En efecto, en el inicio de su Arte Poética, se burla de un pintor que, al dibujar un “humano semblante”, le pusiera cuello de caballo, la adornara de diferentes plumas, y rematara una hermosa cara de mujer en pez (“Spectatum admissi, risum teneatis, amici?)[iv].

Sin embargo, la mujer de Almafuerte, en lugar de risa, produce espanto: “…la vergüenza/ no tiene la pupila más opaca,/ ni la faz de Jesús, al beso infame,/ se contrajo más rígida. Adelanta./  Con medroso ademán…¡Oh!¡La ignominia/ con paso triunfador nunca se arrastra!/ La voraz invasión de lo pequeño/ no hiere como el rayo, pero amansa”.

Ese horrible fantasma, es la Patria. Trágica prosopopeya de un ser cuya “alma inmortal” cayó de rodillas, cuya “material mortal” se ha desintegrado. Hundida en el abismo, ha quedado a merced de la canalla, “de lo ruin, de lo innoble, de lo fofo/ que flota sobre el mar como resaca,/ como fétido gas en el vacío,/ cual chusma vil, sobre la especie humana”.

Esa es la imagen de la Patria que horroriza al vidente: una joven ultrajada sin rostro, imagen de la pura desolación. Una mezcla de bestia y mujer, símbolo mítico de la fatalidad. Parece una evasión. En realidad, Almafuerte está configurando su situación de argentino desde la experiencia concreta de su ser disgregado, de su estar de viejo criollo  vilipendiado. La Patria es una imagen en disolución, sin rostro (mujer-león). La chusma vil, el pueblo, ha caído, como la mujer, bajo la invasión de las abstracciones: “lo pequeño”, “la canalla”, “lo ruin”, “lo innoble”, “lo fofo”.

La Patria no tiene rostro ni valores. Pero desde lo profundo, eleva sus gemidos como si quisiera “ablandar a su dios con sus plegarias”. Son gemidos resonantes que “en la mitad de las tinieblas cantan”.¿Cómo gime la patria? A través de seres aislados, disgregados, separados en una horrorosa individualidad. Son “los que”. Los que piensan, los que lloran, “los que yacen/ más allá de la luz y la esperanza”. ¿Quién la siente gemir?  Yo, dice el poeta y repite infinitamente un incesante “me”. Sus gemidos, “saetas del pesar”, me despedazan, me paralizan, me anonadan, “sus gemidos/ sobre mi frágil corazón estallan”. Todos los vientos de la tierra gravitan sobre las espaldas del poeta, todo el dolor del universo agolpado en una sola vida, “toda la sombra de los siglos/ en una sola mente refugiada”. Disgregado el pueblo, todo se reduce al “me”, o sea, que la sola experiencia individual es el único testimonio acerca de los otros. Revela así su vocación de cargar con el sufrimiento de todos: es el bíblico “justo sufriente”. La del “justo sufriente” es una figura de la literatura sapiencial que no puedo expandir acá[v]. Un género literario didáctico que emanaba de la entraña de Almafuerte que siempre se consideró “maestro”.

Por ahora, observemos cómo el gemido de la Patria se expande al cosmos, más allá de los individuos. Se desencaja “la bóveda azul”, parece que Dios se derrumbara, que la naturaleza entera asumiera voz y proporción humana: “Me parecen que vienen y se postran/ sobre la regia púrpura de mi alma,/ y la pupila ardiente de las cosas/ un miserere trágico levantan”.

Deja, entonces, “las voces” o gemidos, y vuelve a las “visiones” que constituyen un estado superior al mero sentido de la vista: “Yo la siento cruzar ante mis ojos/ y es una estrella muerta la que pasa,/ dejando, en pos de su fulgor, la nada!”. “La imagen desgreñada y torva” le arranca la pupila como si, en vez de visión, fuese una garra: “es una aterrante procesión fantástica”. ¿ Y qué hay detrás de la imagen? Sólo la nada. Sí, la Patria es un fantasma, una apariencia, ¿qué más hay? Hay biblias del deber que ya no enseñan, apóstoles del bien que ya no hablan. Los laureles no honran, los inspirados de Dios ya no cantan. Las patenas, estolas, panes eucarísticos, banderas celestes, símbolos sagrados, ahora envilecen, manchan, envenenan y se arrastran: “Yo la siento cruzar…¡Seres felices/ que carecéis de luz en la mirada!/ ¡Ah! ¡yo no puedo soportar la mía/ bajo el fantasma horrible de la patria!”

Ahora el poeta, desesperado, clama a Dios. Cómo los antiguos profetas bíblicos, como Job, como el Cristo abandonado, enfrenta a Jehová, el nombre justiciero de Dios y lo acosa con preguntas urgentes. ¿Dónde estás? ¿Dónde te ocultas? ¿Por qué no  levantas a la doncella caída? ¿ Por qué dejas echar sobre su casto seno “la vil caricia de la gran canalla”?

El cuerpo de la patria (el pueblo) es sagrado, proclama. Tan sacro como las hostias santas, pero tu “miras echar sobre la patria nuestra/ el hediondo capote del esbirro”.

Jehová, le dice, ¿dónde estás? ¿Desde que abismo negro ves su profanación y no fulminas a los profanadores? Dios oye la voz de su poeta, pero se calla. Su poeta, clama, lo siente, lo aclama, lo adora, “en el día y en el alba”, en lo secreto de su pecho y en público, pero  Dios ha callado como un ídolo sin lengua, como un muñero sin alma. El poeta, intermediario entre la justicia de Dios y la patria, ¿es un engañado, un fanático que lo supuso un viviente o un ignorante que le atribuyó justicia?

Evoca, entonces, todo lo que la patria “era” (virtud, leyes, derecho, religión, libertad, patria, tradición gloriosa, consigna inviolable), pero, ahora, sólo es “un sueño, una mentira, una palabra/ una cosa que suena”, “una boca que grita y que no habla”.

Así es como la voz del poeta ha terminado por ser un grito mudo, una inmensa abertura oscura y sin sonido. Porque ahora en la patria reinan la doblez, la astucia, la codicia, “la vileza del sable que amenaza”, la insidia ruin que deshonra a la virtud. Es el mal desatado, su negro imperio sojuzgando las cosas y las almas.

Pero la creación lleva en sus entrañas “la genésica fuerza inconstrastable/ el fiat inicial del protoplama”. Aparecen así las multitudes, la plebe, la chusma: “Esos son la verdad, Dios de los pueblos,/ a cuyos pies la humanidad se arrastra/ como van los rebaños trashumantes/ hacia donde los vientos arrebatan.” El viejo dicho: no se puede barrer contra el viento de la historia.

Después de los apóstrofes que intentan despertar a Dios, sacarlo de su silencio e indiferencia ante el dolor humano, realiza un alegato dirigido ahora a un “Dios providente/ que todo lo precaves y lo mandas”. Apela al “arquitecto invisible”, “al poderoso caudillo”, “al tragediante inmortal”. Eleva al “Dios de justicia,/ a cuyo tribunal siempre se llama”, un oratorio irónico. En efecto, él ha hecho del placer “un ancho cauce/ que conduce a la muerte o la nostalgia”, deja “indefensa a la gacela” y, sobre todo, “has dividido el mundo de los hombres,/ en los más, que padecen y trabajan,/ y en los menos, que gozan  y que cumplen/ la misión de guiar la recua humana”. Estos pocos, esta oligarquía, más grande es “mientras más miente” y más noble es “mientras más mata”.

Llegado al colmo de la intemperie, abandonado de Dios, le sigue preguntando dónde está, dónde se oculta, por qué lo deja blasfemar y calla: “¿Mi rebelión airada no sofrenas,/ mi pequeñez pomposa no anonadas, mi razón deleznable no enloqueces, y esta lengua de arpía no me arrancas?”

Entonces, en la última extensa estrofa, se dirige, otra vez, “a los que”. Pero esta vez, esa masa es expresión de un componente nuevo: “los que sabéis de amor excelso”. Es un amor que “recorre la arteria y la dilata”, “reside en el pecho y lo ennoblece”, “palpita en el ser y lo agiganta”. Esos son los “nobles mancebos”, son los jóvenes, sujetos de valores desinteresados, capaces de salir de sí y practicar los ritos de la vida dándose enteros: “fuertes, briosos, púdicos, sin mancha,/ que recién penetráis en el santuario/ de la fecunda pubertad sagrada”.

A estos jóvenes de “alma entusiasta”, que todavía honran a sus madres con un beso en la frente, los convoca a rescatar a la mujer gimiente, golpeada, violada: a la Patria prostituida: “Volved los ojos a la reina ilustre/ que prostituida por los viejos, pasa,/ y si al poner los ojos en los suyos,/ ojos de diosa que del polvo no alza, no sentís el dolor que a los varones/ ante el dolor de la mujer ataca;/ si al contemplar su seno desceñido,/ (…) no sentís el torrente de la sangre,/ (…) si al escuchar sus ayes angustiosos, /-ayes de leona que en la jaula brama-./ no sentís una fuerza prodigiosa/ que os empuja a la lucha y la venganza;/ ¡Arrancaos a puñados de los rostros,/ las mal nacidas juveniles barbas, / y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”

Aunque parezca demasiado extensa, la cita anterior ilustra cómo el autor sintetiza las imágenes básica del inicio del poema y de su desarrollo y apela a un nuevo actor, la juventud. La patria es una reina ilustre, pero prostituida por los viejos; la patria ha sido ultrajada y debe sentirse como un dolor; la patria gime (“ayes”) y como una leona enjaulada (guedejas como melena de león), brama. Toca a una nueva generación reaccionar ante el oprobio del seno desceñido, obedecer al torrente de la sangre, sentir una fuerza prodigiosa y lanzarse “a la lucha y la venganza”.

Este era el canto de guerra de los jóvenes radicales. Pero, atención argentinos, el encargo contiene un anatema implícito: si no se lanzan a la lucha y la venganza, pierden su condición de varón, de custodios de la dignidad de la patria sojuzgada y prostituida. Por lo tanto, deberán arrancarse a puñados “las mal nacidas juveniles barbas”. Hay también un insulto implícito: por elipsis,“mal nacidas” también puede aplicarse a los portadores de las barbas, o sea, a los jóvenes.

Si una juventud “mal nacida” renuncia a defender la soberanía, si  la justicia social es una entelequia, la patria será un fastasma, una sombra, y la escoltará, en procesión trágica,  un coro de mujeres gimientes y solas: “¡Y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 31/05/2018

[i] ALMAFUERTE, 1964,3ª. Ed., Obras Completas. Evangélicas-Poesías-Discursos, Buenos Aires, Editoria Zamora. Todas las citas de Almafuerte están tomadas de esta edición.

[ii] GÁLVEZ, Manuel, 1944, Amigos y Maestros de mi Juventud,Buenos Aires, Editorial G.Kraft

[iii] MORALES, Ernesto, “Significación de la obra de Almafuerte”, en: NOSOTROS, N° 234, 1928.

[iv] El Arte Poética de Horacio o Epístola a los Pisones, 1777, traducción de D. Tomás de Yriarte, Madrid, Imprenta Real de la Gazeta,1777.Sive :www.traduccionliteraria.org/biblib/H/H101.pdf

[v] Recomendamos, como un primer acercamiento al tema, un libro de Alejandro Losada Guido en que concepto está aplicado al Martín Fierro. Cfr. LOSADA GUIDO, Alejandro, 1967, Martín Fierro. Héroe-Mito-Gaucho, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra: “El género sapiencial posee un fin bien definido: la comunicación de una determinada visión de la existencia. Enseñanza en el sentido más digno y amplio de la palabra, que poco tiene que ver con la instrucción, al usar preferentemente instrumentos poéticos y simbólicos. En el sentido antiguo, donde precisamente la materia que debía comunicar el maestro no era la “ciencia” libresca, sino la “sabiduría” (p.73).

por Jorge Torres Roggero

1.- Un fiscal revolucionario

Naciortiz-pereyra-473x1024ó en Corrientes en 1883; falleció en Buenos Aires en 1941. Desde su puesto de fiscal federal, desafió a los leguleyos con insólitos dictámenes que revolucionaban la jurisprudencia de una semicolonia: se proponía humanizar la justicia.

Su principal interés se dirigía a preservar el interés social de la Nación. En un país en que la tradición jurídica es fallar a favor de los monopolios extranjeros y en contra del Estado, se animó a revisar los libros de la Liga Patriótica y la Asociación Nacional del Trabajo para demostrar que esas entidades que perseguían con crumiros y rompehuelgas a las, por ese entonces, ilegales organizaciones sindicales del proletariado criollo, eran sostenidas por las empresas extranjeras que explotaban la Patria.

En pleno gobierno de Alvear, levantó su voz contra “la férrea dictadura económica” (Cfr. Galasso) que la oligarquía ejercía sobre el pueblo argentino. En 1926, publica el libro Tercera Emancipacion. Actualidad económica y social de la República Argentina. Sostenía allí, entre otras cosas, que mientras estimulábamos la inmigración de personas, “íbamos organizando la emigración de nuestras ideas”. Denunciaba la sobresaturación de europeísmo que afectaba nuestras cabezas. Esa colonización mental nos podía conducir a cualquier parte, menos a la solución de nuestros problemas: “Si los extranjeros piensan por nosotros, ¿qué necesidad tenemos de sustituirlos en esa tarea? Así es como los extranjeros han arreglado a su gusto nuestra vida jurídica, social, cultural y económica.” Y añadía: “ Lo que ya no se puede discutir, lo que está demostrado y comprobado, lo que hoy es un hecho tangible, material, (…) es esa realidad grande como una catedral que soportamos todos los habitantes del país: la tiranía con que nos comercian los capitalistas ferroviarios, tranviarios, los dueños de la luz, del teléfono, de las empresas de navegación, de las cuatro o cinco firmas que gobiernan los precios de nuestras carnes y de nuestros cereales, todos, todos absolutamente todos extranjeros”.

Por supuesto, esta postura le costó pasar a encabezar la lista de los “malditos” y lo sumió en el destierro de la maquinaria de colonización cultural ejercida por los grandes medios de difusión y los suplementos culturales cuyos guardias pretorianos son los intelectuales cipayos que “lamen la cadena del amo” (Jauretche dixit).

El fiscal de que hablamos fue el primero en concebir al sujeto de conocimiento como históricamente construido. Todo sujeto individual es portador de un mundo “a través del cual sus juicios deben necesariamente reflejarse o refractarse”. En consecuencia, un sujeto colonizado, un hombre cero, con el cerebro lavado y “antropológicamente distorsionado” (cfr. F. Chávez), es una víctima de sugestiones sistemáticas, de abstracciones o juicios deformados “que penetran en su cerebro y este los asimila sin la menor sospecha de la conciencia”. En conclusión, los grandes medios, así como pueden constuir conocimiento, lo más común es que construyan ignorancia. En otras palabras, como dice el Papa Francisco, incitan al pueblo a la “coprofagia”, id est, a comer mierda.

2.- Los aforismos sin sentido

Ya en 1928, el fiscal que nos ocupa, publicó un libro titulado Por nuestra redención cultural y económica. Allí dirigió su crítica hacia los parlamentarios colonizados, esos que nos entregan con las manos atadas al capital financiero y/o a los oligopolios agrarios o mineros. Los llamó, por su afición a los discursos enfáticos, “zorzales en jaula de oro”. El fue el inventor inicial  de las “zonceras argentinas” que luego amplió y desarrolló brilantemente Arturo Jauretche: las llamó “aforismos sin sentido”.

Denunciaba nuestra debilidad por lo literariamente sonoro. Frases que suenan bien, que se nos pegan al oído y las adoptamos como canon, como “muletilla para razonar”. Hasta las tarareamos como “motivo musical cuando estamos solos.” En ningún momento se nos ocurre analizar, “menos dudar”. Nos sirven para charlar, para tomar decisiones individuales o para “componer el país”.

Estos son algunos de  “los aforismos sin sentido” que Jauretche llamó “zonceras argentinas”: a) “América para la humanidad”; b) “Debemos ahorrar sobre el hambre y la sed del pueblo”; c) “Capitales extranjeros, brazos extranjeros, libros extranjeros. ¿Qué dirán los extranjeros?”; d) “Comprar a quien nos compra”; e) “La ley de la oferta y la demanda”; f) “El Estado es mal administrador”.

Lo planteaba en El S.O.S. de mi pueblo (1935) y agregaba: “sin gozar independencia económica, todas las demás libertades son un mito”. La conclusión es, por cierto, un tanto escéptica: “¡Qué amigos somos de decir pavadas en solemne! Resultado: “Somos una factoría elegante”.

3.- Conservar la izquierda

Pero, ¿cuál fue la conducta de este fiscal federal cuando la oligarquía volteó, encarceló y pretendió entregar a una justicia “perduélica” a Hipólito Yrigoyen?

La Corte Suprema de Justicia, que debiera tener, ayer como hoy, la custodia de la Constitución Nacional, legalizó el golpe argumentando que la fuerza es un derecho. Fue lo mismo que sustentó en 1955. Por eso alguien escribió un libro titulado La fuerza es el derecho de las bestias.

Volvamos a nuestro fiscal federal. Estaba, evidentemente, ante un dilema: ¿podía asumir el papel de acusador público “de los militares y civiles que defendieron con las armas al gobierno legítimo contra los golpistas triunfantes?” Entonces decidió actuar como acusador público de la tiranía “ante el tribunal supremo de la conciencia argentina”. ¿Cuál fue, entonces, su proceder? Renunció como fiscal y se ofreció a Hipólito Yrigoyen como abogado defensor: se convierte así en fiscal del honor nacional ante la apostasía infame de los jueces.

Con su estilo campechano, criollo, asegura que se lanzó “desde el quinto piso del Palacio de Justicia a la plaza pública para defender los amenazados intereses de la nacionalidad, la dignidad del partido del cual era miembro y la libertad de su abanderado, cautivo en Martín García, cuyo nombre se pretendía por todos los medios, enlodar y escarnecer”.

Ayer como hoy, los aduladores, las “chinches gordas” no sólo se pasan al enemigo de la patria y el pueblo, sino que se ponen a la cabeza de los que combaten el “personalismo” y decretan la muerte política de los conductores/as populares.

Por eso el ahora ex-fiscal, cuando sus correligionarios burócratas, con Alvear al frente, negociaban “gobernabilidad”, “institucionalidad”, “república”, alzó su voz para convocar a los radicales para mantener en alto las banderas de la “reparación”, a poner en movimiento los postulados fundadores. Con el partido gangrenado, advierte a sus correligionarios: “Convengamos patrióticamente en que desde años atrás ambulábamos los radicales sin rumbo, nos agitábamos sin razón y buscábamos los defectos de los otros para objeto de nuestras críticas”.

Es, sin dudas, un momento de repliegue del movimiento nacional. Los radicales navegan, como decía el P. Benítez de los peronistas del 55, “en un mar de cagones” y desoyen cualquier llamado a la “radicalización”. Pero la oligarquía cívico-militar sí toma nota de la alerta del ex-fiscal, y lo recluye en la Penitenciaría Nacional en aplicación del estado de sitio. Opta por el exilio y va a parar a Montevideo. Ocho meses después, regresa. Los radicales trenceros y complacientes habían instaurado un slogan autodenigrante: “Gobernar no es payar”. Sólo un núcelo duro, entre los que se encuentran Julio R. Barcos y nuestro ex-fiscal , se proponen “radicalizar” al radicalismo.

Su consigna: “Ciudadano radical, ¡conserve su izquierda!” La ironía y el doble sentido es fácil de entender si se recuerda que, en esa época, imitando al amo inglés, era obligatorio circular por la mano izquierda en las rutas y calles. La realidad era que reconocían a Hipólito Yrigoyen como el abanderado de la orientación izquierdista de la U.C.R.

En 1932, funda el periódico Bandera Radical. En 1933, muere Hipólito Yrigoyen. El pueblo humilde lo acompaña en doliente muchedumbre, pero solo un grupito de militantes permanecen fieles a la intransigencia radical. Alvear, entre tanto, confiesa que le “causa mala impresión apretar la mano callosa de los correligionarios humildes.”

El ex-fiscal permanece firme en la brecha. Son los llamados “radicales fuertes”, los que que lanzan con Pomar a la patriada de Paso de los Libres. Allí estuvo el joven Jauretche e inmortalizó la gesta en un poema gauchesco.

Como último y frustrado intento de derrotar la conducción oligárquica de Alvear, de resucitar la rebeldía radical, el ex-fiscal, en el atardecer del 29 de junio de 1935, se encuentra con un grupo de jóvenes (Arturo Jauretche, Homero Manzi, Juan M Fleita y Félix Ramírez García, entre otros) y fundan FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) para dar batalla al Comité Nacional conciliador con el régimen. Allí nació su lema: “Somos un Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre”. Desde esa trinchera, anunciaron, sin saberlo, la alborada feliz del 17 de octubre de 1945.

4.- Manuel Ortiz Pereyra

El fiscal nacido en 1883, uno de los fundadores de FORJA, se llamaba Manuel Ortiz Pereyra. Como escritor, periodista y ensayista sufrió el boicot del silencio tanto de la crítica como de la prensa. Fue sepultado en las “trastiendas de las librerías”. Pero sus libros continúan hablándonos con el lenguaje corriente. Con la lengua viva del hombre común, nos desafía enarbolando el humor y la risa como arma poderosa de la cultura popular. Su impronta se inmortalizó en el “difícil arte de hablar fácil” de su “discípulo” Arturo Jauretche.

Así como Oliverio Girondo escribió sus “membretes” y Scalabrini Ortiz sus “connotaciones de fugacidades”, Ortiz Pereyra creó sus “cartelitos”. Aquí va uno: “Lord Vestey es dueño de tres mil carnicerías que en Londres venden carne argentina. La adquirió a vil precio, por un frigorífico Anglo de su propiedad y la transporta en la flota Blue Star, también suya. Se halla en Buenos Aires este feliz caballero inglés desde hace tres días. No se suscribió al empréstito patriótico aunque pertenece a la Liga Patriótica Argentina pero visitará al Gral. Justo porque es muy cortés con los argentinos”.

En otro texto, titulado “Un fakir hecho y derecho”, confiesa: “Después de haber sacrificado mi fortuna, la de mi esposa y la de mis hijos, dispongo lo bastante para vivir (modesta pero tranquilamente) entre los esplendores de la civilización europea, y sin embargo, prefiero (ríase usted de mí) volver a ser encarcelado en la Penitenciaría y seguir la suerte de mi pueblo antes de renunciar a mi ideal (¡si seré bárbaro!) de trabajar hasta la muerte por la redención económica, política y cultural de mis compatriotas. Un fakir hecho y derecho.”

Concluimos con esta elegía de Norberto Galasso: “El 23 de mayo de 1941, un puñado de forjistas despidió los restos mortales de Ortiz Pereyra (…) Ya nadie se acordará de él. Ni los radicales, renegados del irigoyenismo(…), ni el peronismo, de quien en cierto sentido ha sido el precursor”. Repudiado por amigo del pueblo: “Sólo en alguna “librería de viejo” aparece
, de vez en cuando, ajado y amarillento, alguno de sus libros. Sin embargo, este luchador infatigable convertido en “maldito”, fue la conciencia lúcida de  un momento de la Revolución Nacional”.

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito U.N.C.

Fuentes consultadas:

GALASSO, Norberto, 1984, Testimonio de un precursor de FORJA: Manuel Ortiz Pereyra, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina. Además de la fantástica introducción, nos provee una representativa antología de Ortiz Pereyra, y dos anexos de particular interés: “Ortiz Pereyra: el político con una política”, de Julio R. Barcos, tomado del libro Por el pan del pueblo, Edit.Librería Renacimiento,1933. Reviste, asimismo,gran importancia, el siguiente texto: “Alguna facultad argentina debería llevar su nombre”, proemio de Fermín Chávez a La recuperación de la conciencia nacional, Peña Lillo Editor, 1983. Véase: “Entrevista al Papa Francisco en el semanario católico belga Tertio”.(ACI Prensa, 07/12/2016). Juan Domingo Perón es el autor de La fuerza es el derecho de las bestias. Hay múltiples ediciones.

Principales obras de Manuel Ortiz Pereyra:

ORTIZ PEREYRA, Manuel, 1926, La tercera emancipación. Actualidad económica y social de la República Argentina, Buenos Aires, J.Lajouane y Cía. Editores.

                                              , 1928, Por nuestra redención cultural y económica. Apuntes de crítica social argentina, Buenos Aires, Editorial Peuser.

                                              , 1929, La Liga Patriótica y La Asociación Nacional del Trabajo. Instrumentos del capitalismo antiargentino, Buenos Aires, Vistas Fiscales, Edit. Democracia.

                                               , 1935, El S.O.S. de mi pueblo. Causas y remedios de la crisis económica argentina, Buenos Aires, Colección FORJA.

“Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba.”(Hipólito Yrigoyen)

Imagen libro jauretcheSegún J. J. Hernández Arregui, Jauretche “realizó en Buenos Aires diversas tareas y unió la característica rapidez mental del porteño (…) con aferradas raíces provincianas, que impregnan sus escritos de una gracia sencilla e inconfundible. Es uno de los periodistas polémicos (subrayamos) argentinos más eficaces, dotado de una intuición certera para comprender los problemas y organizarlos en la idea central que ha ocupado su vida: el país argentino. Su acción política, literaria y humana, cubre con su personalidad abundosa la literatura de FORJA y le da esa tónica profundamente nacional que ubica al movimiento en un lugar único dentro de las ideas políticas en la Argentina. Desde el punto de vista popular, FORJA fue Arturo Jauretche, creador de slogans y propulsor de tumultos juveniles. A él se deben los vocablos incorporados al pensar nacional directo, como ‘cipayos’, ‘vendepatrias’, ‘el estatuto legal del coloniaje’, etcétera.”

Era nuestra intención obviar el recuerdo de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), nos parecía redundante. Sin embargo, tres razones nos mueven a perfilar los caracteres de este fecundo movimiento juvenil que sentó escuela en nuestra historia política al inculcar (las doctrinas se inculcan, no se enseñan) su apotegma básico e inicial: “Sentir y obrar como argentinos”.

1) Es el mismo Jauretche quien nos induce a ser redundantes cuando en la introducción del Manual de zonceras argentinas (1974) asegura que “redundar es necesario, porque el que escribe a ‘contra corriente’ de las zonceras no debe olvidar que lo que se publica o se dice está destinado a ocultar o deformar su naturaleza de tales. Así, al rato no más de leer lo que aquí se dice, el mismo lector será abrumado por la reiteración de los que las utilizan como verdades inconcusas”.

2) Si como dice León Bloy (1975) todo hombre es “simbólico y en la medida de su símbolo es que resulta un viviente” y la historia es como un inmenso texto litúrgico “donde las notas y los puntos valen tanto como versículos y capítulos enteros”, recién cuando se cumple una vida o un destino, podemos saber “qué ha venido a hacer a este mundo”. Hoy podemos afirmar que FORJA fue el acontecimiento nuclear del destino que debía realizar Jauretche. En lenguaje de L. Bloy, FORJA fue su acto libre y necesario, a la vez, de lo que resulta una “armonía incomprensible entre el libre albedrío y la presencia”.

Según Hernández Arregui, Jauretche junto con Scalabrini Ortíz, representaban el ala de “acción proselitista popular” y la “proyección en las masas del esclarecimiento nacional”. Era, además, el fundador de un lenguaje cuyo principal exponente expresivo estaba constituido por el tan vilipendiado “slogan” que pasaremos a llamar “apotegma”. El apotegma, en efecto, puede ser un instrumento de propaganda bastarda. Pero también ha sido siempre, en todos los pueblos, el discurso vivo de las doctrinas; en ese sentido, es adoctrinamiento tomando la palabra, para usar un término marechaliano, en sentido “mejorativo”.

¿Por qué, nos podrían preguntar, el apotegma es el discurso de las doctrinas? Respondemos:

porque “las doctrinas, básicamente, no son cosas susceptibles sólo de enseñar, porque el saber una doctrina no representa gran avance sobre el no saberla. Lo importante en las doctrinas es inculcarlas, vale decir, que no es suficiente conocer la doctrina: lo fundamental es sentirla, y lo más importante, amarla.” (Perón, 1971)

Una doctrina implica, por lo tanto, conocimiento, sentimiento y mística y está relacionada con la acción, porque ella surge del ejemplo.

Los que tienen bien claras las síntesis doctrinarias enarbolan, según Perón, una sólida verdad o creencia que da como resultado la “unidad de concepción”. Por eso “marchan unidos a los que sienten y obran como él y se conduce a sí mismo”, es decir, “lleva en su mochila el bastón de mariscal”. Con esto queremos decir que FORJA (cuya conducción asume Jauretche en 1940) constituye el acontecimiento nuclear de su vida, y por lo tanto, un contexto básico capaz de marcar todos los signos con que a lo largo de su existencia tratará de aprehender el duro sentido del acontecer histórico argentino. En FORJA halla una causa por la cual luchar, por la cual vivir y morir, porque toda causa está siempre en el comienzo, en el proceso y en el significado final de un destino, ya se manifieste en un plano personal, grupal, nacional o ecuménico. Recordemos que también Yrigoyen predicaba la “unidad de concepto” como base de la militancia radical. Para él, el radicalismo era un Movimiento histórico que vuelve a las bases espirituales y sentimentales de la Nación y no sólo una simple parcialidad política. Más aún, es la “concepción política como mística humana y no como simple partido”, es la “religión civil de la Nación, una fraternidad de profesos, un planteamiento anterior y superior a la simple parcialidad” (Del Mazo, 1951; Yrigoyen, 1984).

3) La tercera razón que nos mueve a resumir las aspiraciones básicas de FORJA es que constituye, en la historia argentina moderna, el único ejemplo de regeneración política del movimiento nacional (al menos hasta ahora).

A través de FORJA se descubre el hilo conductor que une la cultura criolla ancestral con los dos grandes movimientos de nuestra historia en el S.XX: el yrigoyenismo y el peronismo. Ellos significan, en conjunto, la manifestación de nuestras posibilidades creativas, el atisbo de la potencia que germina en la oscura y denostada entraña de la chusma y el aluvión zoológico.

¿Qué era FORJA? Hernández Arregui señala algunos de sus rasgos típicos.

1) Volver a colocar como centro de la vida personal, social, económica y política, a la Nación. Se unía así a las tradiciones federalistas de la Argentina criolla de antes de 1852.

2) Retorno al contenido originario de los postulados de la Reforma Universitaria de 1918 entre cuyas exigencias había una que rezaba de la siguiente manera: “En adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien.”  (Manifiesto de Córdoba, 1918)

Ciertamente, la trilogía precedente no parece expresión de un materialismo reductivista, Funciona, más bien, como engarce con respecto a una vieja cultura que no se funda en el interés, la competencia o la producción como fin. Los jóvenes reformistas mezclaban el culto de los maestros griegos con la pasión anarquista. Saúl Taborda (1918), uno de los ideólogos de la reforma, postulaba, en Reflexiones sobre el ideal político de América, que los únicos maestros dignos de tal nombre eran Platón y Kropotkin. Taborda denunciaba, asimismo, la “plebocracia” irigoyenista. Es una contradicción que explayaremos más adelante: la Reforma Universitaria era inconcebible sin las masas plebeyas del irigoyenismo, pero los estudiantes se opusieron, conspiraron y festejaron la derrota de los gobiernos populares tanto de Yrigoyen como, posteriormente, de Perón.

3) Un importante rasgo de FORJA es su carencia de influencias europeas inmediatas (rasgo que no comparten nuestros nacionalismos) puesto que sus raíces se hunden en el doctrinarismo de Yrigoyen. Es decir, en aquello que no fue enseñado sino inculcado con la palabra y el ejemplo del primer conductor del S. XX.

4) Usando una expresión de Jauretche, podríamos asegurar que no eran “novios asépticos de la revolución”, sino que cifraban las esperanzas de una Nueva Argentina en la acción de las masas populares. En otras palabras, venían a mostrarnos que la realidad efectiva es más amplia que nuestros esquemas que más de una vez se han paralizado de horror ante un descamisado porque no figuraba en ningún texto europeo ni capitalista ni marxista. Jauretche pensaba que la revolución no es como una casa nueva recién pintada y con jardín al frente. Por lo contrario, todo está en construcción y por terminarse. Por eso “el viejo revolucionario debe resignarse a ser un espectador donde creyó ser actor de primera fila” (1984).

“Su actitud en ese momento es la prueba de fuego; ella nos dice si el luchador estaba en lo profundo de los acontecimientos que reclamaba o sólo en la superficial, pues debe resignarse al drama del silencio, tironeado entre lo que anda mal y el mal que hará al proceso que ayudó a crear si lo combate pues pronto es arrastrado a la posición de sus adversarios irreductibles”.

Ese es, sin duda, un error irreparable, porque “una cosa son las críticas a las imperfecciones del proceso y otra el plan revanchista de los vencidos por la historia”. Ese es un momento de sumo riesgo. Si se niega a sí mismo, puede convertirse en instrumento de la revolución antinacional.

6) Por su enfoque nacional y latinoamericano era natural en los forjistas una posición antiimperialista frente a la hegemonía británica y las pretensiones norteamericanas. Su enfrentamiento era frontal y totalizante: comprendía una confrontación cultural.

En síntesis, resulta imposible hablar de descolonización del pensamiento en Argentina sin hablar de FORJA que fue el último bastión del radicalismo ya entregado al pensamiento colonial y a la oligarquía. FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) fue fundada en 1935. Su proclama postulaba que:

 “…el proceso histórico argentino en particular y el americano en general revelan la existencia de una lucha permanente del pueblo en procura de su soberanía para la realización de los fines emancipadores de la Revolución Americana, contra las oligarquías como agentes de los imperialismos en penetración económica, política y cultural, que se oponen al total cumplimiento de los destinos de América” (CALGARO: 1976).

Reconocen que la Unión Cívica Radical fue desde sus orígenes la fuerza destinada a realizar la soberanía popular y los fines emancipadores; que, en ese momento, a raíz del golpe oligárquico de 1930, han recrudecido los obstáculos para el ejercicio de la voluntad popular y por lo tanto se ha agudizado “la realidad colonial, económica y cultural del país”. Por ello es necesario precisar “las causas y los causantes” del enfeudamiento argentino al privilegio de los monopolios extranjeros, proponer los modos de reivindicación y adoptar una “táctica de lucha” de acuerdo a la naturaleza de los obstáculos. Desde esos principios y de acuerdo a esos fines, los jóvenes radicales se dirigen a todos los argentinos “que aspiran a invertir sus esfuerzos en la construcción de la Argentina grande y libre soñada por Hipólito Yrigoyen”. De tal modo, FORJA canceló la concepción abstracta de unidad y emancipación nacional y la desplazó hacia los hechos concretos.

En esa línea, Jauretche se distingue como el propulsor del carácter netamente popular de FORJA. Fue creador de “eslóganes” y protagonista de tumultos juveniles. A él se debe una retórica basada en la realidad e incorpora expresiones que luego serán bandera de lucha de las jóvenes generaciones: “cipayos”, “vendepatria”, “estatuto legal del coloniaje”, entre otras.

Los muchachos de FORJA colocan como centro de la vida personal, social, económica y política a la nación mediante la puesta en movimiento de la democracia federal de las montoneras del S.XIX. Retoman los postulados americanistas de la Reforma Universitaria de 1918, simpatizan con las posturas del APRA, apoyan la campaña continental de Manuel Ugarte e influyen en MNR boliviano (Paz Estensoro). Su apego a la realidad desnuda destruye sin compasión los esquemas de intelectuales, políticos y grupos minoritarios que todavía se paralizaban horrorizados ante los chusmas, los chinos, los guasitos del campo, los gringuitos de la chacra. Germinaban todavía en el subsuelo los descamisados, cabecitas y grasas. En 1945, los forjistas les darían una bienvenida alborozada. Es que, a pesar de ser universitarios, ponían especial énfasis en la “universidad de la vida”.

Los críticos suelen asegurar que FORJA carece de ideología y no les falta razón. Los forjistas postulan la primacía del debate y de la acción política. Ellos abrazan una causa, la viven y la formulan como un balbuceo. Pero ese balbuceo es el inicio de un pensar propio, de una razón ajena al racionalismo impuesto. Producen, por lo tanto, una ruptura del discurso alienado para dejar que se manifieste la lengua viva del pueblo. Jauretche practicará el “difícil arte de hablar fácil”.

            De tal modo sus enunciados devienen signos de inmediatez. Sus palabras son una resonancia del amasijo informe de la realidad y, a la vez, la multiplicidad deforme de la imagen que devuelve el espejo resquebrajado de la patria. Parten de una realidad que “pronuncian” y al pronunciarla, afrontan acusaciones de pesimismo. Ponen de manifiesto que los medios de comunicación y transporte, las empresas monopolizadoras del comercio exterior, la mayor parte de las empresas de servicios públicos, las más grandes estancias, las mejores tierras de la Patagonia, todas las grandes tiendas, todas las empresas que tienen ganancias y están protegidas por el Gobierno Argentino, los directores del Banco Central que manejan la moneda y el crédito y las Islas Malvinas son inglesas. Pero también la educación, los grandes medios periodísticos, las instituciones culturales, las sociedades de escritores, han sido tomados por el pensamiento colonial. Porque el sometimiento ocurre primero en las mentes. Por eso el dominio colonial no necesitó en Argentina un ejército de ocupación: la oligarquía se ocupó de organizar las instituciones y las leyes para favorecer el dominio extranjero y reprimió con saña todo intento popular de rebelión. El intelectual ejerció con eficiencia, a cambio de prestigio y prebendas, su principal función en el aparato legal del coloniaje: oficiar de policía epistemológica sobre la mente de los argentinos. Así fue cómo se consumó la ominosa separación entre lo que se piensa y lo que se vive. Mientras, los “radicales fuertes” resistían la política de Marcelo T. de Alvear y denunciaban la convivencia de los falsos dirigentes con las fuerzas imperialistas: “…desde el 6 de septiembre, el país llegó a ser desembozadamente la factoría de los trusts que habían pagado el alzamiento”.

            Los forjistas se reunían en un sótano para discutir la realidad nacional, elaboraban sus panfletos y luego realizaban actos relámpagos en las esquinas. La policía los disolvía, a veces metía presos a algunos, pero volvían a reagruparse en una especie de guerrilla epistemológica destinada a denunciar el imperialismo, el fraude, la explotación y la colonización cultural. Algunos historiadores dicen que, en realidad, nadie los escuchaba y que su influencia fue mínima en el accionar posterior de las masas populares. Tendríamos, sin embargo, que reivindicar en ellos una actitud poco frecuente en los intelectuales por más des-coloniales que parezcan: la humildad que les permitió, en su momento, perderse en un codo con codo en la inmensa marea de la muchedumbre del 17 de octubre de 1945. No se consideraron artífices de revolución alguna, no tomaron ninguna pose de iniciadores de nada, no reclamaron méritos ni reconocimientos. Como alguna vez reconoció Jauretche, la cuestión se resolvía de un modo simple: “¡Humildad, humildad, y menos cientificismo y mejor conocimiento de la realidad!” (Jauretche, 1984)”. En realidad, el postulado forjista predica que la supuesta carencia teórica no excluye el desarrollo de una doctrina nacional y aun de carácter general. Pero la condición es que nazca de la naturaleza misma de la nación y se proponga fines acordes con la misma: “Promover un modo nacional de ver las cosas como punto de partida previo a toda doctrina política del país, precisamente lo inverso de lo que hacían los partidos de doctrina”.

Los intelectuales coloniales, según Jauretche, consideraban al hombre una entelequia, una abstracción y no se reconocían en el hombre de carne y hueso que está a su lado. Derramaban lágrimas y discurseaban encendidas protestas por todas las muertes violentas que se producían en el mundo. Sin embargo, en 1955, cuando fusilaban obreros ante sus propios ojos, las palabras más injuriosas y los calificativos más denigrantes para los masacrados insurgieron desde el campo intelectual. De ahí que, en tren de caracterizar algunos rasgos perdurables de los forjistas, Jauretche sostiene que los que han actuado en FORJA, cualquiera sea la línea política que hayan seguido, siempre lo hicieron dentro de la línea nacional. Los forjistas renunciaron a toda posibilidad de preeminencia personal. Se dedicaron a la docencia cívica en un momento en que todas las perspectivas nacionales estaban clausuradas por la traición del radicalismo. Lo mismo que los movimientos federales del S.XIX, carecen de doctrina explícita y de programa, de definiciones formales. Predominan las soluciones intuitivas dictadas por los acontecimientos (historia real) y las aspiraciones nacionales (populares). Son una pequeña minoría que intentó recuperar el radicalismo para su función histórica y no lo logró. Tampoco pudieron confirmarse como una fuerza política de sustitución. Fracasaron. En ningún intento tuvieron éxito material. Pero, dice Jauretche, comprendieron, por fin, que su aporte al pensamiento argentino consistía en practicar un método y un modo de conocer la realidad y de señalar el rumbo cierto de una política nacional. Como los mestizos, indios y mujeres de la independencia, vencen con sus derrotas. Mantienen viva la brasa invisible en las cenizas, auscultan el corazón de la Argentina latente. Convencidos de que los hechos unifican y las abstracciones dividen, esperan confiados los vientos de octubre. En las dictaduras, al desaparecer el pueblo del Estado, por genocidio o por escarmiento, el país real es sepultado. Entonces aparecen aquellos que llaman saldo exportable a los faltantes del consumo popular. Proclaman una divisa fuerte para un pueblo débil; y reducen el poder de compra para que el mercado interno no interfiera en el precio de las exportaciones:

 “Los estancieros argentinos tiraban manteca al techo en cabarets de París, tal vez la manteca que faltaba en los hogares argentinos. Y 1910 es su momento cumbre, la euforia de la granja constituida como nación” (1984).

Ya en 1956, durante otro golpe militar, ocurrió el primer genocidio del siglo XX en Argentina. Pero, confiesa Jauretche, ningún intelectual del mundo movió una tecla para protestar. Claro, eran “cabecitas negras”, “descamisados”, “malevos peronistas” y para el saber colonial no entraban en ninguna de sus “categorías modelizadoras”. Por eso Jorge Luis Borges se negó a firmar un petitorio a favor de Ernesto Sábato, que, a pesar de no ser peronista, había renunciado a la dirección de Mundo Argentino tras denunciar las torturas aplicadas a los obreros peronistas y estas fueron sus razones: “Después la gente se pone sentimental porque fusilan a unos malevos” (29/06/1956, Bioy Casares, 2006).

 Las palabras de Borges, sacadas de su contexto burlesco, obedecen a la misma matriz intelectual que el decreto 4161 del 5 de mayo de 1956. En él se dispone la prohibición del pensamiento peronista cualquiera fuere su soporte: “imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrina, artículos y obras artísticas que pretendan tal carácter o pudieran ser tenidas por alguien como tales”.

Américo Ghioldi, líder del Partido Socialista, ante la resistencia de los obreros peronistas, justificó las masacres de León Suárez, de Lanús, de Berisso, de tantos otros lugares y los quince mil presos, con la sentencia: “La letra con sangre entra” y, demostrando que había leído Macbeth, incitó a la represión indiscriminada con una adaptación “lácteo-sangrienta”, dice Jauretche, del odio de la señora inglesa: “Se acabó la leche de la clemencia”.  He ahí un terreno fértil para los intelectuales que, desde los campus del norte, especulan sobre los avatares de la descoloniedad. ¿Por qué no hablar del odio al pueblo como matriz colonial del poder y por qué no llamar por su nombre a los “profetas del odio”?  Patalear en el suelo de la historia viva es “actualizarse” porque es en ella cuando se sabe si uno es colonial o descolonial. Postular la teoría cuando ya todo pasó, no tiene gracia. Según Jauretche, en 1945, los socialistas, que siempre habían hablado de la “blusa obrera”, se horrorizaron cuando vieron por fin las masas revolucionarias porque venían “descamisadas”; y los comunistas, novios eternos de la revolución, le exigieron “certificado pre-nupcial”. Por eso para arrebatar la cultura de manos de los coloniales hay que decir las cosas como se dicen en el café, en la casa, en el trabajo. Así se podrá salir de la trampa.

            El pensamiento colonialista, postula Jauretche, intenta adaptar los hechos nacionales a los “cuadros sinópticos” confeccionados con lo que pasa afuera. Habrá que bucear testimonios directos o aviesamente ocultos porque su “rumor no se ha apagado para quien se recuesta, con el oído pegado a la tierra en que nació, y oye el pulso de la historia como un galope a la distancia” (1967).

            En un país colonial se enseña a ver la historia fuera del espacio y del tiempo. Se pierde de este modo conexión con la realidad y, con ella, la noción de la continuidad e “inmediatez del país presente con el de ayer”. Aunque, por supuesto, “saber cómo fueron las cosas no implica olvidar que lo pasado pasó” (1967).

             La colonialidad del saber consiste, de acuerdo a este criterio, en llamar intelectual, no al que ejercita la inteligencia, sino al ilustrado en cosas nuevas. Son los que aclaran a cada rato su “actualización”: “los estudios actuales”, “en la actualidad”, “la crítica actual”. Jauretche propugna que para llamar a las cosas por su nombre será necesario desaprender y como decía Scalabrini Ortiz: “perforar las olas de lo contingible, resistir la compresión, soportar el ahogo y discernir en la profundidad” (1973,26):

“La incapacidad para ver el mundo desde nosotros mismos ha sido sistemáticamente cultivada en nuestro país. No pretendo desdeñar los factores lógicos que hacen gravitar lo universal, sino señalar cómo se ha evitado la compensación natural con lo propio y la síntesis equilibrada en la expresión de nuestra personalidad. De aquí que el iletrado se desoriente mucho menos que el             culto cuando trata nuestros    problemas “in-concreto”. No lo digo en elogio del analfabetismo, como apuntará maliciosamente alguno,       pero sí en demérito de la mala ilustración.” (JAURETCHE: 1967)

Jauretche postula que la cultura, la civilización, los derechos del hombre se refieren en la mentalidad del poder colonial, en lo íntimo de su pensamiento y hasta en su subconsciente a una humanidad de muy estrechos límites. Hay metrópolis, hay centros de poder, hay imperialismo internacional del dinero, hay etnocidio electrónico ejercido con violencia sobre aquellos que pertenecemos a “un suburbio de su ciudad humana”. Por eso Jauretche piensa que los ignaros, los humildes, que se regulan por las normas vivenciales de la proximidad histórica, económica, geográfica, cultural, aciertan con más eficacia que los “chicago boys” y toda la caterva de “boys”, en nuestros problemas porque su “método se parece más al método de la ciencia”. La Libertad es su libertad. Su economía es el efecto que percibe y “perciben los de su gremio, su clase, su ciudad, su provincia, su nación”.

FORJA nació de una semilla echada en la oscuridad de la cárcel, después de la fracasada revolución de Paso de los Libres. Nace en 1935, crece y fructifica a lo largo de diez años, hasta que en octubre de 1945 vuelve a la tierra de donde salió y se pierde en ella: la muchedumbre innúmera cuerpo grandioso y comunitario, según Scalabrini Ortiz, del Espíritu de la Tierra.

Los forjistas abrazan una causa, la viven, y la formulan con un balbuceo. Ese balbuceo es un germen de luz de futuras proyecciones, es el comienzo de un pensar propio, de una razón que no será racionalismo impuesto.

Como decía Oliverio Girondo (1968): “la tartamudez es preferible al plagio”. La palabra FORJA supone también una fe: la fe en la palabra que emana del acontecer específico e irreductible de nuestra Patria.

En el momento en que Europa comenzaba a manifestar las evidencias de la declinación de su proyecto histórico, estos jóvenes venían a proclamar la fe en el destino argentino, a destruir la distancia entre el dicho y el hecho.

¿Por qué era una fe? Porque como decía Scalabrini, sus palabras:

“podrían haber sido embellecidas, adecuándolas a técnicas comprobadas de retórica, pero así se hubiera desvirtuado su fealdad primitiva de germen. El germen no se talla sin riesgo de destruir el tiempo venidero que la vitalidad de su misteriosa estructura contiene. He preferido el germen vivo a la perfecta talla inerte.”

FORJA es, entonces, la ruptura de un discurso enajenado para dejar que se manifieste la lengua viva de la Patria. Por eso se proyectan más allá de los golpes de Estado y las dictaduras, como la palabra latente del pueblo.

En una época en que los marxistas llamaban fascismo a toda tentativa social que enarbolara como divisa la bandera argentina y en que los nacionalistas denominaban marxismo a todo intento de descifrar el enigma de la invisible cadena económica que nos uncía, los hombres de FORJA se comprometieron con los perdedores, con los ayunos de poder, de dinero y cultura, para ganar el alma y el corazón de la Nación, la imagen sin sombras de la Patria.

Jorge Torres Roggero (Cap. V, del libro Jauretche, profeta de la esperanza)