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por Jorge Torres Roggero

Almafuerte.jpg1.- El chusmaje querido

En un “Discurso político” de 1914, confesaba Almafuerte:  “El Partido Radical me contó, allá por el año 1892, entre sus adherentes y propagandistas de la primera hora, y recita y aclama y recubre de ardorosos aplausos mi “Sombra de la Patria”, en sus tumultuosas juveniles asambleas” (O.C, p.367)[i]. Advierte, además, que los socialistas reúnen “en sus logias a las multitudes de trabajadores para comentar la obra de Almafuerte y recitan, con fervor, “La inmortal” (Ib.) Más aún, a pesar de haber sido maltratado con “despectivos apóstrofes”, el anarquismo “aplaude todavía con los ojos ungidos en lágrimas y la voz entorpecida por los sollozos, mi tolerante, mi piadoso “¡Dios te salve!” (Ib.).

Ese índice de popularidad de la poesía de Almafuerte, abarcante y universal, no es raro que se mantenga aún. En 1961, en mi primer día como ferroviario, al enterarse de que era estudiante de letras, en la media hora del mate, en el taller de fraguas, los compañeros me recitaron a modo de bienvenida, con unción y énfasis, los más conocidos de los “Siete sonetos medicinales”. Fue en esa época, cuando este joven poeta de poses vanguardistas comenzó a escuchar las voces del corazón.

Sin embargo, todavía es dificil aceptar a Almafuerte. Es, sin duda, un caso singular en nuestra literatura. Mirado desde los cuadros sinópticos del canon, es imposible encasillarlo según los criterios habituales de periodización. Para Manuel Gálvez, que lo visitó en su mísero sucucho de La Plata, “Almafuerte era de una ignorancia asombrosa”.[ii] Ernesto Morales, por su parte, sostiene: “Despreciaba el libro. Excepto una Biblia y un Diccionario, a los que consultaba constantemente.”[iii]

En efecto, un recorrido por su obra nos informa sobre su desdén por las ideas y estéticas de su época. Además, es incontrovertible que, por debajo del fárrago de retóricas populares mezcladas, resuena el hálito bíblico. Es “la voz de Biblia” de que hablaba Rubén Darío, su coetáneo hiperestésico. Pero es también el hálito confuso de la “chusma” el que resuena en sus apóstrofes.

Le tocó vivir una época de ruptura y cambio. La Argentina criolla moría disfrazada con una máscara coruscante de progreso:  era la careta de su flamante condición colonial, de su sometimiento consentido al imperio inglés. La vieja clase dominante dejó de ser una oligarquía patricia para convertirse de una oligarquía plutocrática entregada a la especulación, a la usura y a la venta del patrimonio nacional en la Bolsa de Londres. La chusma irigoyenista tocaba las puertas de la historia y empezaba a tomar la palabra.

Si bien Almafuerte pensaba que la gesta de Mayo “no fue casual”, sino que fue un acto “preparado y dirigido por la providencia misma del pueblo argentino”,  consideraba que se había perdido el “espíritu patriarcal bíblico de las provincias”(366). De ahí sus actitudes aparentemente conservadoras. Se representaba como  el último superviviente de una “subraza” que ya había cumplido su misión en la historia:

 “El gran poeta, el gran pensador, el gran cerebro americano (…) no está, no puede estar, dentro del viejo esqueleto de este viejo criollo ignorante, atávico, bilioso con la amarguísima bilis de los que ya no encajan en el ambiente circunstante ni como estirpe, ni como costumbre, ni como lenguaje, ni como soñación, ni como ideas adquiridas, ni como nada. (…) Cuando yo vine al mundo la obra de mi raza, la tarea encomendada a mi raza, por los designios inescrutables de Dios, ya estaba concluida(…). De manera que yo llegué tarde, de manera que yo surgí a la vida como un gaucho holgazán, que cae a la tierra bien empilchado y jacarandoso, cuando ha cesado el trabajo y comienza la fiesta.(,,,) Realizada la misión, producido el hecho histórico a que mi pobre raza estuvo destinada, ella tiene que sucumbir por aniquilamiento, por inadaptación, por ineptitud, por repulsión por odio a lo mismo que ella creó, que carece de facultades para continuar y que se ve en la circunstancia dolorosa de abandonar profundamente triste”.

El pueblo ha sido descartado y predestinado al vilipendio y el escarnio. No sirve nada más que para estorbo.

Sabemos que el Proyecto del 80 se impuso mediante la represión, la demonización de lo criollo popular como barbarie, la explotación del peón rural, de los inmigrantes urbanos y los chacareros gringos sometidos a voraces arriendos. Entretanto, una minoría oligárquica acumulaba tierras, entregaba el comercio exterior y los servicios a Gran Bretaña. Mientras el pueblo padecía hambre, desnudez y desamparo, los estancieros tiraban manteca al techo en París y compraban títulos nobiliarios haciendo casar sus hijas con aristócratas europeos en decadencia. Era el “régimen falaz y descreído” que mentó Yrigoyen.

La Argentina había pasado a ser un cúmulo de colectividades y no una comunidad organizada. No había algo en qué creer. Éramos un aluvión, estábamos formados por acumulación. Sin embargo, Almafuerte piensa que a pesar de esa tumultuaria “invasión de tantos ideales, de tantas tradiciones y de tantas sangres y costumbres”, a pesar del “espectáculo de ancianidad escandalosa” que nos trae Europa, se está generando una “raza nueva”, es decir, un pueblo nuevo. ¿Y dónde germina? Almafuerte responde que en la Babel actual, o sea, en las grandes ciudades. Buenos Aires, nueva cosmópolis, es el lugar donde gime la chusma, el barro elemental con que se configura, larvado, el rostro confuso del hombre nuevo. Emergerá del “juicio entumecido de los que gimen en las cárceles espantosas, en esos hospitales inmundos que se llaman grandes ciudades” (353).

Ese hombre nuevo es, para el poeta, “el hombre mismo”; y el hombre mismo, es el “hombre dolorido”. Es el que se acepta conscientemente a sí mismo y a su realidad. En la materialidad (o maternidad) difusa de la chusma, el hombre a la intemperie, el justo sufriente, abandonado de la mano de Dios como Job o Jesucristo, en el torbellino de un amasijo de larvas, engendra la “raza nueva americana”.

Almafuerte postula que la chusma “siente(…) sobre sus huesos, sobre sus nervios, sobre su alma misma, con una intensidad de puñaladas, el dolor crónico, inmanente, desconocido, acumulado, superpuesto, amontonado, estibado en pilas monumentales, de los azotes de los siglos, de las amarguras de todos tiempos, de las tiranías de todas la cosas, de las estupideces de todas las épocas, de los vicios conjuntos, encajonados, acoplados unos a otros, de todos sus antepasados, desde el padre Adán, hasta su padre mismo”.

El padecimientos de la chusma es ancestral. Realiza una experiencia inconsciente de la miseria humana, de los cataclismos de la naturaleza, de la condición humana misma. Es la plebe heroica, la chusma clásica. De ese “estar no más ahí” se siente participar Almafuerte. Él no es “de los que se echan de bruces sobre los balcones de hierro de su propio egoísmo ante los cataclismos humanos”. En realidad, basta una sola condición para no caer: tener conciencia de la propia miseria, apegarse al suelo con voracidad de raíz. Por haber llegado a ese estado, se compromete con la realidad concreta. Redime: es un apóstol, un Cristo. Asume la miseria para salvarla.

Por otra parte, como “…no hay acto humano que no repercuta en los siglos y que no se expanda como un gas por la supeficie de la tierra”, “los justos sufrientes”, los Cristos, son la base de un necesario progreso moral de la chusma. “Progreso, postula Almafuerte, que no es otra cosa aquí y en todas partes que el progreso de la libertad, de la justicia, de la verdad, de la belleza, de la felicidad común, de la fraternidad humana, de la perfección universal”(348)

Pero la chusma también es histórica, es la chusma radical que sigue, tumultuosa, la reparación predicada por Hipólito Yrigoyen. Es concreta, no es figura ni símbolo de ninguna elucubración poética, filosófica o religiosa. Ya no es sujeto confuso en autogeneración ameboidal, es sujeto histórico sometido a la opresión inmediata de un ordenamiento histórico-social injusto. Juan Pueblo siente el sometimiendo de la mentira democrática. La clase dominante, se siente tan impune y se cree tan dueña que a las trampas institucionalizadas con el “democrático” título de elecciones, las llama “fraude patriótico”. Pero junto con el fraude, la chusma criolloinmigratoria es víctima de la represión. “Creo, reclama Almafuerte, que un país donde hay “razones políticas” para mantener al frente de una ciudad -de un pueblo, de un pueblecito cualquiera- a hombres sin escrúpulos, a analfabetos sanguinarios y viciosos, es un mal país, es una tierra maldita que debiera ser sembrada de sal”(358).

Por eso, en las “Milongas clásicas” canta al “chusmaje querido”, esperanza de la Patria, a pesar de la traición y de la entrega, a  pesar de que “se fabriquen sacros panes/ profiriendo sacrilegios;/ y hospitales y colegios/ con limosnas de rufianes”.

Caído en la videncia, percibe la degradación, contempla el cuerpo prostituido de la Patria. Es una sombra, es “un fantasma horrible”, y profiere entonces los anatemas del profeta, las visiones terribles del “justo sufriente”.

2.- La sombra de la Patria

Con los cabellos sueltos, derramados sobre el busto encorvado, adusta, pálida, desencajado el rostro, una mujer va. Es una visión teratológica: los cabellos son un “velo de angustia,  una “sombría melena de león”.

Esa mujer causaría risa a Horacio. En efecto, en el inicio de su Arte Poética, se burla de un pintor que, al dibujar un “humano semblante”, le pusiera cuello de caballo, la adornara de diferentes plumas, y rematara una hermosa cara de mujer en pez (“Spectatum admissi, risum teneatis, amici?)[iv].

Sin embargo, la mujer de Almafuerte, en lugar de risa, produce espanto: “…la vergüenza/ no tiene la pupila más opaca,/ ni la faz de Jesús, al beso infame,/ se contrajo más rígida. Adelanta./  Con medroso ademán…¡Oh!¡La ignominia/ con paso triunfador nunca se arrastra!/ La voraz invasión de lo pequeño/ no hiere como el rayo, pero amansa”.

Ese horrible fantasma, es la Patria. Trágica prosopopeya de un ser cuya “alma inmortal” cayó de rodillas, cuya “material mortal” se ha desintegrado. Hundida en el abismo, ha quedado a merced de la canalla, “de lo ruin, de lo innoble, de lo fofo/ que flota sobre el mar como resaca,/ como fétido gas en el vacío,/ cual chusma vil, sobre la especie humana”.

Esa es la imagen de la Patria que horroriza al vidente: una joven ultrajada sin rostro, imagen de la pura desolación. Una mezcla de bestia y mujer, símbolo mítico de la fatalidad. Parece una evasión. En realidad, Almafuerte está configurando su situación de argentino desde la experiencia concreta de su ser disgregado, de su estar de viejo criollo  vilipendiado. La Patria es una imagen en disolución, sin rostro (mujer-león). La chusma vil, el pueblo, ha caído, como la mujer, bajo la invasión de las abstracciones: “lo pequeño”, “la canalla”, “lo ruin”, “lo innoble”, “lo fofo”.

La Patria no tiene rostro ni valores. Pero desde lo profundo, eleva sus gemidos como si quisiera “ablandar a su dios con sus plegarias”. Son gemidos resonantes que “en la mitad de las tinieblas cantan”.¿Cómo gime la patria? A través de seres aislados, disgregados, separados en una horrorosa individualidad. Son “los que”. Los que piensan, los que lloran, “los que yacen/ más allá de la luz y la esperanza”. ¿Quién la siente gemir?  Yo, dice el poeta y repite infinitamente un incesante “me”. Sus gemidos, “saetas del pesar”, me despedazan, me paralizan, me anonadan, “sus gemidos/ sobre mi frágil corazón estallan”. Todos los vientos de la tierra gravitan sobre las espaldas del poeta, todo el dolor del universo agolpado en una sola vida, “toda la sombra de los siglos/ en una sola mente refugiada”. Disgregado el pueblo, todo se reduce al “me”, o sea, que la sola experiencia individual es el único testimonio acerca de los otros. Revela así su vocación de cargar con el sufrimiento de todos: es el bíblico “justo sufriente”. La del “justo sufriente” es una figura de la literatura sapiencial que no puedo expandir acá[v]. Un género literario didáctico que emanaba de la entraña de Almafuerte que siempre se consideró “maestro”.

Por ahora, observemos cómo el gemido de la Patria se expande al cosmos, más allá de los individuos. Se desencaja “la bóveda azul”, parece que Dios se derrumbara, que la naturaleza entera asumiera voz y proporción humana: “Me parecen que vienen y se postran/ sobre la regia púrpura de mi alma,/ y la pupila ardiente de las cosas/ un miserere trágico levantan”.

Deja, entonces, “las voces” o gemidos, y vuelve a las “visiones” que constituyen un estado superior al mero sentido de la vista: “Yo la siento cruzar ante mis ojos/ y es una estrella muerta la que pasa,/ dejando, en pos de su fulgor, la nada!”. “La imagen desgreñada y torva” le arranca la pupila como si, en vez de visión, fuese una garra: “es una aterrante procesión fantástica”. ¿ Y qué hay detrás de la imagen? Sólo la nada. Sí, la Patria es un fantasma, una apariencia, ¿qué más hay? Hay biblias del deber que ya no enseñan, apóstoles del bien que ya no hablan. Los laureles no honran, los inspirados de Dios ya no cantan. Las patenas, estolas, panes eucarísticos, banderas celestes, símbolos sagrados, ahora envilecen, manchan, envenenan y se arrastran: “Yo la siento cruzar…¡Seres felices/ que carecéis de luz en la mirada!/ ¡Ah! ¡yo no puedo soportar la mía/ bajo el fantasma horrible de la patria!”

Ahora el poeta, desesperado, clama a Dios. Cómo los antiguos profetas bíblicos, como Job, como el Cristo abandonado, enfrenta a Jehová, el nombre justiciero de Dios y lo acosa con preguntas urgentes. ¿Dónde estás? ¿Dónde te ocultas? ¿Por qué no  levantas a la doncella caída? ¿ Por qué dejas echar sobre su casto seno “la vil caricia de la gran canalla”?

El cuerpo de la patria (el pueblo) es sagrado, proclama. Tan sacro como las hostias santas, pero tu “miras echar sobre la patria nuestra/ el hediondo capote del esbirro”.

Jehová, le dice, ¿dónde estás? ¿Desde que abismo negro ves su profanación y no fulminas a los profanadores? Dios oye la voz de su poeta, pero se calla. Su poeta, clama, lo siente, lo aclama, lo adora, “en el día y en el alba”, en lo secreto de su pecho y en público, pero  Dios ha callado como un ídolo sin lengua, como un muñero sin alma. El poeta, intermediario entre la justicia de Dios y la patria, ¿es un engañado, un fanático que lo supuso un viviente o un ignorante que le atribuyó justicia?

Evoca, entonces, todo lo que la patria “era” (virtud, leyes, derecho, religión, libertad, patria, tradición gloriosa, consigna inviolable), pero, ahora, sólo es “un sueño, una mentira, una palabra/ una cosa que suena”, “una boca que grita y que no habla”.

Así es como la voz del poeta ha terminado por ser un grito mudo, una inmensa abertura oscura y sin sonido. Porque ahora en la patria reinan la doblez, la astucia, la codicia, “la vileza del sable que amenaza”, la insidia ruin que deshonra a la virtud. Es el mal desatado, su negro imperio sojuzgando las cosas y las almas.

Pero la creación lleva en sus entrañas “la genésica fuerza inconstrastable/ el fiat inicial del protoplama”. Aparecen así las multitudes, la plebe, la chusma: “Esos son la verdad, Dios de los pueblos,/ a cuyos pies la humanidad se arrastra/ como van los rebaños trashumantes/ hacia donde los vientos arrebatan.” El viejo dicho: no se puede barrer contra el viento de la historia.

Después de los apóstrofes que intentan despertar a Dios, sacarlo de su silencio e indiferencia ante el dolor humano, realiza un alegato dirigido ahora a un “Dios providente/ que todo lo precaves y lo mandas”. Apela al “arquitecto invisible”, “al poderoso caudillo”, “al tragediante inmortal”. Eleva al “Dios de justicia,/ a cuyo tribunal siempre se llama”, un oratorio irónico. En efecto, él ha hecho del placer “un ancho cauce/ que conduce a la muerte o la nostalgia”, deja “indefensa a la gacela” y, sobre todo, “has dividido el mundo de los hombres,/ en los más, que padecen y trabajan,/ y en los menos, que gozan  y que cumplen/ la misión de guiar la recua humana”. Estos pocos, esta oligarquía, más grande es “mientras más miente” y más noble es “mientras más mata”.

Llegado al colmo de la intemperie, abandonado de Dios, le sigue preguntando dónde está, dónde se oculta, por qué lo deja blasfemar y calla: “¿Mi rebelión airada no sofrenas,/ mi pequeñez pomposa no anonadas, mi razón deleznable no enloqueces, y esta lengua de arpía no me arrancas?”

Entonces, en la última extensa estrofa, se dirige, otra vez, “a los que”. Pero esta vez, esa masa es expresión de un componente nuevo: “los que sabéis de amor excelso”. Es un amor que “recorre la arteria y la dilata”, “reside en el pecho y lo ennoblece”, “palpita en el ser y lo agiganta”. Esos son los “nobles mancebos”, son los jóvenes, sujetos de valores desinteresados, capaces de salir de sí y practicar los ritos de la vida dándose enteros: “fuertes, briosos, púdicos, sin mancha,/ que recién penetráis en el santuario/ de la fecunda pubertad sagrada”.

A estos jóvenes de “alma entusiasta”, que todavía honran a sus madres con un beso en la frente, los convoca a rescatar a la mujer gimiente, golpeada, violada: a la Patria prostituida: “Volved los ojos a la reina ilustre/ que prostituida por los viejos, pasa,/ y si al poner los ojos en los suyos,/ ojos de diosa que del polvo no alza, no sentís el dolor que a los varones/ ante el dolor de la mujer ataca;/ si al contemplar su seno desceñido,/ (…) no sentís el torrente de la sangre,/ (…) si al escuchar sus ayes angustiosos, /-ayes de leona que en la jaula brama-./ no sentís una fuerza prodigiosa/ que os empuja a la lucha y la venganza;/ ¡Arrancaos a puñados de los rostros,/ las mal nacidas juveniles barbas, / y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”

Aunque parezca demasiado extensa, la cita anterior ilustra cómo el autor sintetiza las imágenes básica del inicio del poema y de su desarrollo y apela a un nuevo actor, la juventud. La patria es una reina ilustre, pero prostituida por los viejos; la patria ha sido ultrajada y debe sentirse como un dolor; la patria gime (“ayes”) y como una leona enjaulada (guedejas como melena de león), brama. Toca a una nueva generación reaccionar ante el oprobio del seno desceñido, obedecer al torrente de la sangre, sentir una fuerza prodigiosa y lanzarse “a la lucha y la venganza”.

Este era el canto de guerra de los jóvenes radicales. Pero, atención argentinos, el encargo contiene un anatema implícito: si no se lanzan a la lucha y la venganza, pierden su condición de varón, de custodios de la dignidad de la patria sojuzgada y prostituida. Por lo tanto, deberán arrancarse a puñados “las mal nacidas juveniles barbas”. Hay también un insulto implícito: por elipsis,“mal nacidas” también puede aplicarse a los portadores de las barbas, o sea, a los jóvenes.

Si una juventud “mal nacida” renuncia a defender la soberanía, si  la justicia social es una entelequia, la patria será un fastasma, una sombra, y la escoltará, en procesión trágica,  un coro de mujeres gimientes y solas: “¡Y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 31/05/2018

[i] ALMAFUERTE, 1964,3ª. Ed., Obras Completas. Evangélicas-Poesías-Discursos, Buenos Aires, Editoria Zamora. Todas las citas de Almafuerte están tomadas de esta edición.

[ii] GÁLVEZ, Manuel, 1944, Amigos y Maestros de mi Juventud,Buenos Aires, Editorial G.Kraft

[iii] MORALES, Ernesto, “Significación de la obra de Almafuerte”, en: NOSOTROS, N° 234, 1928.

[iv] El Arte Poética de Horacio o Epístola a los Pisones, 1777, traducción de D. Tomás de Yriarte, Madrid, Imprenta Real de la Gazeta,1777.Sive :www.traduccionliteraria.org/biblib/H/H101.pdf

[v] Recomendamos, como un primer acercamiento al tema, un libro de Alejandro Losada Guido en que concepto está aplicado al Martín Fierro. Cfr. LOSADA GUIDO, Alejandro, 1967, Martín Fierro. Héroe-Mito-Gaucho, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra: “El género sapiencial posee un fin bien definido: la comunicación de una determinada visión de la existencia. Enseñanza en el sentido más digno y amplio de la palabra, que poco tiene que ver con la instrucción, al usar preferentemente instrumentos poéticos y simbólicos. En el sentido antiguo, donde precisamente la materia que debía comunicar el maestro no era la “ciencia” libresca, sino la “sabiduría” (p.73).

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por Jorge Torres Roggero

1.- La oligarquía maléfica

Lo sacrificó tLOS PERDUELLISodo: tranquilidad, trabajo, libertad. Para salvar la integridad de la patria, luchó y denunció incansablemente los negociados y maniobras entreguistas en la década de 1930. La bautizó para siempre: Década Infame. Sufrió prisiones. En aquel entonces, los políticos oficialistas, como en el Jujuy de hoy, daban órdenes a policías y jueces; y, lo más común era que se detuviera al denunciante mientras los entreguistas gozaban de absoluta libertad. Más aún, se procesaba a los denunciantes para silenciarlos, mientras los representantes de los monopolios extranjeros eran amparados para que saquearan el país.

Estoy hablando de José Luis Torres (1901-1965), el periodista tucumano que en sus artículos y sus libros denunció los negociados y fraudes del gobierno de Agustín P. Justo; señaló la defección de Alvear en el negociado de la C.H.A.D.E. (la casa radical se construyó con los ladrillos de la traición); desocultó el negociado de tierras del Palomar (origen de la fortuna Noble-Clarín); fustigó la violación de los derechos humanos y laborales en los ingenios “Leach’s Argentine  States” y “Ledesma Sugar States” (verdaderos estados en la entraña de la patria). Los dueños de los ingenios “El Tabacal” (Patrón Costas et caterva), “La Mendieta”, “Concepción” traían a los zafreros en vagones jaula y hacían nombrar diputados provinciales a sus capataces que, de acuerdo al sistema de entonces, los nombraban senadores nacionales en las asambleas legislativas. Como senadores, sólo levantaban la mano para traicionar la patria. Pero, sobre todo, J.L. Torres puso al descubierto las maniobras antinacionales de Federico Pinedo, Ministro de Hacienda de la Nación, famoso por recibir diez mil libras esterlinas para redactar un proyecto de ley favorable a los monopolios ingleses del transporte.

Si realmente no queremos caer presos de la coyuntura ni en el cotorreo de las internas como campo de caza de caudillitos “perduellis”, volvamos a leer Algunas maneras de vender la Patria (1940), Los Perduellis (1943), La Década Infame (1945), La Oligarquía Maléfica (1953) de José Luis Torres. Lectura siempre atrapante, seremos arrebatados por ráfagas de indignación e impotencia, pero con esta certeza: los “perduellis” que hoy quieran restaurar ese mundo ideal de la oligarquía en su peor acepción (“conjunto de algunos poderosos negociantes que se aúnan para que todos los negocios dependan de su arbitrio”, RAE), deberán sortear, todavía, si es que realmente hemos sido dignificados por Evita y empoderados por Cristina, la “grasa militante”. Pero, ¿por qué resistir y combatir a los “perduellis”?

2.- Los “perduellis”

La palabra “perduellis” sirvió para identificar en la Roma republicana a los traidores a la patria. El crimen contra la patria, el “perduellio”, era el más grave de todos después del sacrilegio. ¿Por qué era el más grave? Porque las maquinaciones y deslealtades contra la patria, si bien dañan al individuo, destruyen, sobre todo, la solidaridad, el tejido social de la comunidad política. Si es punible infligir un daño al prójimo, ¿cuánto más infligírselo a la comunidad?

Curiosamente, el crimen gravísimo del “perduellio” desapareció de los códigos, de los diccionarios y hasta de la conciencia colectiva. Con el advenimiento del capitalismo individualista, los trusts,  las corporaciones sin patria, adoradoras del “dios-dinero” (Francisco dixit) y dueñas, hoy en día, del control mediático, ejercen el “etnocidio electrónico” de los pueblos y avanzan en la construcción del “hombre cero” que resulta presa fácil de los “shocks” económicos que destruyen los estados nacionales.

Te hacen creer que todas las ideas, incluso las que atentan contra la supervivencia de la patria, pueden convivir en un consenso bobo en que nos distraemos mirando volar globitos, mientras los CEOS de las corporaciones se sientan al festín de los buitres, cierran las puertas  de la Casa de Gobierno, las plazas y las calles al pueblo, y se arrodillan frente a Jefes de Gobierno que han desatado el odio, la destrucción, el despojo, las migraciones trágicas (verdaderas deportaciones), la destrucción del planeta, de los pueblos, de los estados y las culturas.

En Los Perduellis, José Luis Torres publicó la presentación, ante el juez de instrucción Ramón F. Vásquez, de un escrito contra la sucesión Otto Sebastián Bemberg y Josefina Elortondo de Bemberg por defraudación en el impuesto hereditario. La querella contra Bemberg estaba destinada a recuperar para el estado fondos millonarios e indispensables para el fomento de la instrucción primaria, pero el juez no hizo lugar al “pretendido rol de querellante” del periodista porque introduciría un “verdadero desorden jurídico”. O sea, el orden jurídico consistía en mantener para siempre la impunidad de los poderosos. Recordemos que el justicialismo sancionó a Bemberg, pero la Revolución Libertadora le devolvió lo mal habido.

3.- Algunas acciones perduéllicas

a) Juventud traicionada por sus maestros

José Luis Torres denuncia cómo el “feudalismo financiero” colocó en los gobiernos, en los ministerios públicos, en los congresos y en las cortes de justicia, a hombres dóciles y dispuestos a cumplir su designio maléfico.  A esos mismos les entregaron las cátedras de las universidades. Los maestros de las generaciones del porvenir debían ostentar los mismos atributos que los encargados de gobernar, legislar o dictar fallos.

El periodista tucumano ofrece una lista de profesores de la Facultad de Derecho (todavía sus textos ofician de manuales) que, a la vez, eran abogados y/o directores de los grandes monopolios  británicos. Transcribo una lista precaria, pero pido que se consulte en el libro La oligarquía maléfica (Freeland, 1973) para completar la nomenclatura de las cátedras a su cargo y de su participación en las empresas extranjeras: Juan Agustín Moyano, Agustín N. Matienzo, Manuel F. Castello, Clodomiro Zavalía, Eduardo Bidau, Félix Martín y Herrera, Juan Antonio González Calderón, Rodolfo Bulrich, Adolfo Orma, Vicente C. Gallo, Carlos Meyer, Alejandro Shaw, Atanasio Iturbe, Emilio F. Cárdenas, Alejandro Unsain, Carlos Saavedra Lamas. Según Torres, “los encargados de los intereses de los cuervos de las finanzas en el país de los argentinos, eran las encargados de la formación de las mentes juveniles”. El autor rescata, sin embargo, en la cátedra universitaria, a Rafael Bielsa: “un buen servidor del país”.

Me detendré en uno de estos seudogogos. En 1957, cuando ingresé a la universidad, regía el decreto 4161: uno podía marchar preso sólo por nombrar en voz alta a Perón. Las hogueras de la Revolución Libertadora ya habían consumido, en la Plaza de Mayo, los ejemplares del libro La traición de la oligarquía, de Armando Cascella. Mis profesores (la mayoría sin títulos universitarios, con secundario incompleto, maestros normales, profesores de enseñanza media con inquietudes filosófico-literarias) habían sido nombrados a dedo con el solo título de gorilas. Recuerdo que la profesora de Literatura Hispanoamericana nos recomendaba, con elogios, un libraco de alrededor de 600 páginas. Era una historia de la literatura hispanoamericana escrita por Guillermo Leguizamón. Transcribo, botón de muestra, el párrafo que le dedica José Luis Torres:

“Guillermo Leguizamón (sir William), profesor de Derecho Romano y de Literatura, Director de los ferrocarriles ingleses, Presidente de los directorios locales de los ferrocarriles “Oeste”, “Sud”, “Nor” y “Este”; de la “The Western Telegraph Co. Ltd.”; del “Ferrocarril de Ensenada y Costa Sud”; de “The Buenos Aires Southern Dock Co. Ltd.”; de la “Compañía Muelles y Depósitos del Puerto de la Plata”; representante legal de la “Compañía de Aguas Corrientes de Bahía”; negociador de convenios de carnes con los gobiernos de su Graciosa Majestad Británica en representación del gobierno argentino. ¡Y tenía tiempo para enseñar literatura!” Los invito a consultar el libraco en la biblioteca de mi amada F. F. y H, U.N.C; y a revisar el pacto Roca-Runciman para calibrar al negociador.

Ninguno de los profesores arriba nombrados era CEO de menos de dos empresas extranjeras. ¿Por qué será que los predicadores del diálogo y el consenso quieren mirar para adelante, donde no hay nada; y odian sumergirse en la historia viva donde está agazapado el porvenir?

b) Los jueces perduellis

Según José Luis Torres, el Poder Judicial es el enemigo “nato, virtual y necesario” de cualquier gobierno de orientación nacional, popular y democrática. Todo gobierno que afecte privilegios (“el noli me tangere de los jueces burócratas”), “provoca –dice- la hostilidad de quienes siempre han actuado en los tribunales, en forma simultánea con políticos sucios, con parlamentarios sometidos y venalizados, porque (…)  son inamovibles y el juicio político solamente existe en la letra de las leyes que se sancionaron para no aplicarse nunca.” Tanto en la Corte como en la Cámara Federal, se designan hombres de toda confianza de las grandes empresas y monopolios.

Torres da como ejemplo algunos nombres de conjueces de la Corte: Rodolfo Bullrich, abogado jefe de los Ferrocarriles Sud y Oeste; Miguel Laphitzondo, co-director, con Federico Pinedo, en La Continental; Carlos Saavedra Lamas, abogado de la Sociedad Anónima Puerto de Rosario, director de CITRA, filial de CADE, ambas dependientes de SOFINA; Diógenes Taboada, director del Ferrocarril de Buenos Aires al Pacífico; Emilio Cárdenas, vicepresidente del Banco Central de la República, presidente del Ferrocarril Santa Fe, ex presidente de la Junta Consultiva de Abogados de Ferrocarriles Extranjeros de Argentina y ex profesor de Derecho Administrativo. La lista sigue.

Pobre el litigante argentino en contra de las empresas del imperialismo que recusara a un juez. Los monopolios extranjeros tenían un buen número de conjueces de brillantes antecedentes para llenar la “grieta”. Por eso, todos los pleitos iniciados por razones de bien general contra las corporaciones, sobre todo las más grandes, extranjeras y con incidencia en la economía popular, eran fallados a favor de las empresas. Además, todos los decretos leyes de orden económico-social eran declarados inconstitucionales. Siempre es inconstitucional, de acuerdo a los fallos de los tribunales, todo lo que se opone a los designios de la oligarquía o las pretensiones de los monopolios.

Según Torres, los interesados en mantener el imperio de la mentira argumentaban que la remoción de jueces daba la sensación de inestabilidad. En realidad, eran los argumentos de la prensa capitalista que siempre estuvo al servicio de los “trusts”, de los monopolios, de los “holdings”, de las oligarquías y privilegios. Es la prensa que publicaba los avisos de Bemberg a cambio de su silencio cómplice. Lo mismo sostienen “los abogados de las empresas; los políticos en disponibilidad que reciben sueldos de los monopolios y consorcios a título de adelantos para cuando se encuentren en el gobierno, esperanza esta que a ratos los pone alegres, mientras los patriotas están invadidos por una razonable angustia”.

c) La historia “perduéllica”

Paso a citar este angustiado párrafo de José Luis Torres. ¿Cómo no sentirse turbado?

“Los argentinos del futuro sufrirán así una confusión tremenda. La historia la escribirán en su día los historiadores de alquiler, y se harán desaparecer los trabajos de quienes traten de ilustrar la conciencia de la posteridad con espíritu de honradez y justicia. Ya ha ocurrido lo mismo, con respecto al pasado. Tal vez la historia del futuro la escriban los hijos de los hombres que forman el equipo de intelectuales y técnicos extranjeros que ahora escriben subvencionados por la CADE y la SOFINA, para empresas editoriales de la SOFINA  y de la CADE, los tratados de economía, los opúsculos de las finanzas, que ahora se están publicando profusamente para convencer a los argentinos de las ventajas que para nosotros tiene el coloniaje como sistema político, de la honradez de los holdings, de la legitimidad de los monopolios, de la necesidad de los trusts, del desinterés e idealismo de los mercaderes, del patriotismo de los “carteles” económicos mediante los cuales un escaso número de hombres de presa influyen en la vida de los argentinos desde el extranjero, despreciando un país que lo acepta todo, antes y después de revoluciones salvadoras”.

4.- Pueblo alegre y oligarquía rabiosa

La obra de José Luis Torres se dirige, como signo nuclear, a denunciar un sistema de gobierno de venalidad y entrega, organizado especialmente por Federico Pinedo, “monstruo del perduellio” y “augur de catástrofes” que acusó al autor de “falta de respeto al derecho establecido”.

¿Alcanzaría con recordar la creación del Banco Central? El trámite fue clandestino y sorpresivo la sanción. El proyecto se trajo escrito desde Inglaterra, fue presentado al Congreso sin traducir y aprobado en una noche por ambas cámaras sin leerlo. En el directorio de Banco solo se daba lugar a tres representantes oficiales. Los otros once representantes eran de bancos privados extranjeros y nacionales. Pero los bancos denominados argentinos eran, a su vez, sociedades anónimas cuyas acciones estaban en poder de empresas capitalistas, también anónimas, domiciliadas en el extranjero. El Banco Central, creado por ley, resultaba así  un banco privado manejado por capitalistas de imposible individualización. De tal modo, los enemigos de la patria estaban en condiciones de apoderarse del Directorio del Banco y del manejo de nuestra moneda. La lista de acciones “perduéllicas” es enorme y el espacio mínimo. Invito a buscar los textos, a hundirse en el pasado como en las propias entrañas. Todo futuro viene del pasado. Allí podemos ver lo que nos espera. Sólo hay dos caminos posibles: patria o colonia.

En un escrito de Pinedo sobre el inicial peronismo lo acusaba de ciertos errores con palabras que  parecen de la prensa vendepatria de hoy. Según el gran oligarca, nos encontrábamos “solos, aislados y débiles”, y además, “pobres, sin reservas y desunidos”. Por supuesto, con un estado hipertrófico. ¿Les suena ese lamento?

José Luis Torres postula que, a un pueblo alegre, corresponde una oligarquía rabiosa. Pinedo sostenía que “volcándose sobre la colectividad una masa inmensa de recursos, todo el mundo se sintió más rico, todo el mundo tenía la sensación de que podía gastar más, y los gastos de unos creaban los recursos de los otros”.

¿Por qué la rabia por la alegría de todo el mundo? ¿Por qué no alegrarse de crear recursos para otros y todos entre sí? A la oligarquía le da rabia cuando un gobierno termina con la “economía de la escasez”, “impuesta desde arriba, porque nunca, que se sepa, anduvieron “escasos” ni Pinedo, ni Groppo, ni Patrón Costas, ni Bemberg, ni Justo, ni Dreyfus, ni Alvear, ni Ortiz, ni Bunge, ni Culaciatti, ni ninguno de los que mantenían en su país, pero solo para el pueblo, la “economía de la escasez”. La lista de “perduellios” es larga, pero aquí concluyo.

Sólo quería recordar, contra los que exaltan “el silencio”  del Gral. San Martín, que nuestro Libertador jamás calló su condena a los traidores: “Lo que no puedo concebir, dijo, es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española. Una tal felonía, ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”. La execración de los “perduellis”, o “vendepatrias” en el lenguaje de Perón, no caduca. Como entre los romanos, perdura más allá de la tumba.

Dejo, por fin, las últimas palabras de José Luis Torres en La oligarquía maléfica: “Con la verdad no se traiciona. Se traiciona con hechos, realizados con el ojo encandilado por la codicia y con la mano abierta como garra de buitre. Lo dicho, dicho queda, para siempre. Y detrás de lo dicho, mientras viva, estoy yo, LAUS DEO.”

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 22/02/16