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por Jorge Torres Roggero

El retrato de Ramón Carrillo es obra de la pintora Ángeles Crovetto

Carrillo, 35x50 Angeles1.- Una vanguardia sanadora

Acabo de leer ( agencia Hispan tv, 8/4/20) que Siria denuncia a la inteligencia turca. La acusa de estar planeando propagar el CoronaVirus en Idlib para que contagie a todo el país. Por otra parte, señala que los embargos de Occidente sabotean los esfuerzos del estado sirio para combatir la epidemia global. Dada la fuente, pienso: ¿ esta  noticia también podrá leerse como parte de la previsible guerra psicológica entre los contendientes?

Como simple literato, inexperto en estrategias bélicas y relaciones internacionales, me limito a develar en la noticia cómo, a pesar de desmentidas múltiples de grandes potencias, no se puede descartar, los ejemplos sobran,  el sobrevuelo trágico de la guerra bacteriológica ni el aleteo torpe de  la guerra psicológica como posibilidad cierta de estos tiempos peligrosos.

Esta comprobación me recordó al gran sanador argentino, el Dr. Ramón Carrillo. Todos sabemos, o deberíamos saber, que en apenas ocho años cambió la idea de salud en Argentina. Organizó un sistema de prevención y asistencia cuyos despojos subsistentes (tras la depredación de golpes y gobiernos oligárquicos) aún cobijan a los argentinos. Su objetivo era poner la ciencia al servicio del pueblo y, en armonía con el corazón, como soporte básico en la tarea de construcción de la comunidad organizada. Para ello, creó una secretaría para desarrollar  la ciencia-arte de la cibernología. Pero como esta temática nos llevaría a impensadas digresiones, los invito a  revisar la realización concreta del humanismo peronista y la relación prodigiosa entre Perón/Carrillo/Evita, en mi libro Ramón Carrillo. El Ángel Sanador. (Editorial Fundación Ross, Rosario).

2.- La guerra bacteriológica

Recordemos ahora a Carrillo a través de dos textos anticipadores. En Contribuciones al Conocimiento Sanitario del Hombre nos es dado acceder a las clases dictadas en 1950 ante los señores jefes y oficiales de la Escuela de Altos Estudios. Se publicó con el título  La guerra psicológica. Carrillo incita en esas páginas, con lenguaje llano y riguroso, a la coordinación entre médicos y militares para preservar la salud de los cuadros y lograr una relación integral con la comunidad. Todo como manera de organizar el poder de la Nación.

En 1953, Carrillo pronuncia, ante los altos mandos militares, una conferencia titulada La guerra bacteriológica. La exposición va encabezada por un detonante epígrafe. Su autor es Benjamín Cohan, delegado norteamericano ante las Naciones Unidas. El 19 de agosto de 1952 dijo: “…los Estados Unidos no se atarán las manos para el uso de cualquier arma atómica, química o bacteriológica contra la agresión.”

Carrillo comienza advirtiendo que se habla en todas partes de guerra bacteriológica. El propone que se la denomine, más bien, guerra biológica. Y se pregunta: ¿es un arma ofensiva, defensiva y/o de sabotaje?

En realidad, sostiene, poco se han estudiado las “nuevas técnicas que han de ser utilizadas en esta nueva forma de lucha”. Por lo tanto, conviene encarar el problema “sine ira et studio”: “Nadie quiere la guerra, ni la guerra soluciona nada. Pero hete aquí que la guerra existe y que incluso es considerada por muchos como ineluctable…La guerra es una consecuencia del poderío y no de la debilidad”.

Reflexiona luego sobre la relación entre el mejoramiento de las condiciones de vida y el progreso técnico que la guerra procura. Reconoce que conocimientos biológicos debidos a las últimas guerras hubieran demorado siglos en épocas de paz.

Ahora bien, la guerra biológica, como toda guerra, tiende a ejercer violencia “sobre las fuentes mismas de la vida espiritual y material más que sobre los cuerpos mismos y las cosas inmateriales”. La guerra biológica es un procedimiento bélico todavía inédito. “Pero no ocultemos que, en estos momentos, miles de hombres de ciencia, en varios países se ocupan y trabajan con ahínco en el tema de la guerra biológica”.

Carrillo asegura que si bien los argentinos “no fabricamos armas secretas, no tenemos laboratorios de guerra, no preparamos saboteadores ni planes de invasión”,  tenemos sí o sí que enfrentar los problemas que puede aparejar una guerra “con armas gérmicas”. Se trata de “organizar la defensa, las previsiones médicas”, es decir, todo cuanto puede connotarse con la expresión “frente sanitario interno”.

Surge, entonces, la pregunta: ¿Carrillo avisó, quizá inconscientemente, sobre peligros sobrevinientes tipo Corona Virus e ideó las formas de organizar la defensa de la comunidad organizada? Pensemos que la pandemia actual es considerada por las principales potencias como “un poderoso enemigo invisible” y cotejan las acciones en su contra con una “guerra”. Por más que se disimule, todos rumian en sus adentros lo que Carrillo ya anticipó en 1953: ¿si efectivamente la pandemia es un acto bélico? En tal caso, resulta del todo imposible identificar al agresor.

Ante esta destrucción de la vida por medio de otras vidas, vidas animales y vegetales porque “hasta el mundo silencioso de las plantas podrá intervenir en una guerra humana”, Carrillo registra los propósitos de la guerra biológica y la relación entre epidemia y  guerra. Rompe los  eslabones de la cadena de agresión mostrando cómo una pulmonía se convierte en epidemia. Distingue las epidemias artificiales con fines militares y se pregunta si es posible desencadenar una guerra bacteriológica y cuáles son los gérmenes patógenos utilizables y sus características. Por fin, se detiene a describir las posibles armas bacteriológicas de una próxima guerra. Clasifica, básicamente, cuatro grupos de posibilidades: a) gérmenes que se propagan por contacto; b) gérmenes que necesitan vectores; c) gérmenes de infección hídrica y alimentaria, y d) gérmenes de transmisión por vía aérea.

El punto d) es el que nos aproxima, de un modo singular, al virus que en este momento nos azota. Por eso nos vamos a detener, con Carrillo, a revisar el problema de los gérmenes de propagación aérea.

carrillo sanador3.- Los gérmenes de propagación aérea

Los gérmenes que se propagan por vía aérea son numerosos y, por supuesto, de verdadera importancia en una guerra bacteriológica. Carrillo cita los virus de la gripe epidémica o influenza, el bacilo diftérico, el virus de la viruela, los bacilos del muermo y de la peste pulmonar, los virus de la neumonitis y de las enfermedades eruptivas de la infancia, entre otros.

Sobre los gérmenes de los grupos anteriores (a,b,c) tienen una gran ventaja estratégica: su fácil diseminación de persona a persona porque se reproduce a pesar de las medidas profilácticas individuales y colectivas. A los saboteadores sólo les toca elegir cuál germen es más conveniente usar. Por supuesto que ante cada caso concreto, los encargados de la ejecución de un plan de ataque bacteriológico deberán estudiar las condiciones de “inmunidad colectiva de la ciudad elegida y usar el germen infeccioso que más ajeno haya estado a las epidemias o endemias registradas allí en los últimos años”.

Es claro que la preparación del material infeccioso no es tan fácil técnicamente. Los virus requieren “cultivos en estrictas condiciones”. Como se desarrollan en embrión de pollo (1953), son de peligroso manejo y difícil ocultamiento al contraespionaje. ¿Cómo infectar colectividades? Carrillo presenta algunas posibilidades. Por ejemplo, la pulverización de virus liofocilizados, en condiciones artificiales, pero ¿“tiene el mismo poder difusivo que cuando son transportados en gotitas de saliva y mucosidades que se expelen al toser, estornudar, hablar”? Estoy seguro de que estas palabra de hace 67 años resultan familiares a un lector actual.

También, piensa Carrillo, hay que conocer “el grado de concentración óptimo, la duración del poder infectante, la resistencia del virus a las inclemencias naturales, luz, humedad, calor, etc. antes de pretender su empleo como arma biológica”.

A esta altura, Carrillo hace un balance del estado actual (1953) de las armas biológicas y llega a la conclusión de que se sabe poco y que no sabemos los que otros saben: “Como se ve, aquí y en esta materia, es más  lo que  se ignora que lo que se sabe, o mejor aún, no sabemos lo que posiblemente otros ya saben, en especial aquellas naciones que están en estado de pugnacidad bélica”.

Eso sí. El disertante deja constancia de que los “gérmenes de transmisión aérea” constituyen una de las armas bacteriológicas más peligrosas. ¿Por qué? “Porque se utilizan virus para los que no tenemos todavía una terapéutica eficaz.” En este punto, Carrillo deja una advertencia: el virus de la gripe epidémica (la “gripinha” de Bolsonaro) “tiene sobre los demás la ventaja estratégica de que no sólo es más activo, sino que los enfermos que no mueren por infección quedan por mucho tiempo incapacitados en una penosa convalecencia”. De paso, el Ministro se vanagloria de que la viruela como arma de guerra no tendría efecto en la Argentina: la población está bien vacunada y los pequeños brotes que se han registrado se extinguen sin tener apenas difusión.

4.- Estrategia de la nueva arma y un final hegeliano

Según Carrillo, el arma bacteriológica sirve lo mismo para una incursión aérea como para un incursión de saboteadores. En tal caso, “sería casi imposible la demostración de que se trata de un ataque deliberado de esa especie”. Ante esta aseveración, ¿nos surge alguna inquietud referida a la cuarentena que estamos sobrellevando? ¿Y si los murciélagos son inocentes y el pangolín es un calumniado cuasi quirquincho asiático?

Ahora bien, la guerra biológica también puede ser adaptada a la guerra psicológica. En efecto, nada hay mejor que una epidemia (pandemia) “para crear un estado de angustia y terror, principio y fin de los objetivos de la guerra psicológica”. Lo que sí es cierto es que un arma gérmica puede ser usada para provocar una cifra importante de muertos, o simplemente para discapacitar, por un tiempo pero a discreción, a determinado núcleo de población. A veces es más importante acrecentar “el número de inválidos, físicos o psíquicos, que matar ese mismo número de personas”. Y aquí nos acucia otra pregunta actual: ¿por qué la covip 19 prefiere el pellejo guañusco de los ancianos? No hace mucho, Cristina Lagarde, vieja conocida, dijo que la excesiva cantidad de viejos era un lastre para la economía mundial.

Carrillo, en el curso de su disertación, continúa con una hipótesis que combina guerra bacteriológica y atómica. Sin embargo, nos interesa resaltar la insistencia de Carrillo en la necesidad de lograr “mantener la moral de la población”. Con esa expresión quiere significar que es fundamental lograr un pueblo sin epidemias y con un “elevado potencial psicológico”.

Por eso, fiel a su misión, desarrolla la metodología sanitaria para afrontar una guerra biológica. Considera importante que el Ministerio de Salud Pública de la Nación tenga “un programa de paz con todos los elementos de movilización para la guerra bacteriológica”. Todo está pensado en función de la soberanía científico-técnica, alimentaria y productiva.

Habrá que desarrollar personal técnico, institutos de fabricación de materiales curativos (sueros, antibióticos), vacunas, para las fuerzas armadas y para la población. Habrá que tener suficiente stock de medicamentos y materiales de diagnóstico, utensilios y máquinas de uso en las campañas profilácticas y saneamiento de localidades infectadas. También habrá que formar personal encargado de la educación sanitaria del pueblo y desarrollar institutos de investigación de nuevas técnicas ofensivas y defensivas con armas bacteriológicas. ¿Cómo no emocionarse ante esta visión de una Argentina potencia en que las fuerzas armadas son “un pueblo en armas” y el pueblo el objeto de todos los desvelos de sus gobernantes? Si no hubiera sido interrumpida esta cadena virtuosa de creatividad y solidaridad, ¿podríamos imaginar el resplandor de la Nueva Argentina?

Carrillo, que era un gran humanista, concluye con una referencia filosófica. Recuerda que Hegel era hostil hacia “la ciencia experimental” y daba innumerables ejemplos de la “amoralidad del saber científico”: “No hay ningún descubrimiento científico  -terminaba Hegel- y no habrá ninguno, en el futuro, que no ostente el doble aspecto: el bueno y el malo de la ciencia”. Quería demostrar la falta de ética del saber científico. Sin embargo, sostiene Carrillo,  Luis Pasteur y Roberto Koch demuestran lo contrario: “fundadores de la bacteriología”, salvaron de la muerte a millones de vidas humanas. De tal modo, los anti hegelianos aseguraron que la ciencia no podía ser instrumento de destrucción.

Carrillo concluye así: “Hasta la fecha, a pesar de todos los proyectos y preparativos de guerra bacteriológica, los hechos han dado la razón a los anti hegelianos. Quiera Dios que el arma bacteriológica jamás sea dirigida contra el  hombre y ojalá -en este terreno al menos- Hegel no tenga razón. He dicho.”

Jorge Torres Roggero

8 de abril de 2020.

Fuentes:

Torres Roggero, Jorge, 2019, Ramón Carrillo. El Angel Sanador, Rosario, Editorial Fundación Ross

Carrillo, Ramón, p.d.f., La Guerra Bacteriológica, en Electroneurología, Buenos Aires. http.://electroneubio.secyt.gov.ar/index2.htm

Carrillo, Ramón, 1951, La Guerra Psicológica, Contribución al Conocimiento Sanitario, Buenos Aires, Talleres Gráficos Ministerio de Salud Pública de la Nación.

por Jorge Torres Roggero

Imagen (44)1.- Avatares del símil del río

Desde que Heráclito, 500 años antes de Cristo, nos legó un retazo de su pensamiento con el símil del río, los filósofos se encargaron de despojar la sentencia de su valor simbólico (iniciático) y encolumnarla en el pensamiento causal. El río dejó de ser un simbolismo secundario del profundo simbolismo de las aguas y pasó a ser una alegoría del pensamiento causal (la vieja sinécdoque), recurso retórico para expresar la traducción concreta de una idea difícil de captar o de expresar en forma simple.

Platón (en Crátilo) fue el primero en dar la versión que se cita con más frecuencia: “no se puede entrar dos veces en el mismo río” para centrarse en el movimiento del agua. El fragmento del Oscuro de Éfeso dice en realidad: “En el mismo río entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)”. Heráclito se centra en el juego de las contradicciones opuestas y complementarias que rigen el universo: el río cambia (corriente) y no cambia (cauce) que es lo permanente  y guía la dirección del agua. Como no es tema de estas líneas, resumamos: el cauce del río es el Logos que “todo rige”, la “palabra” que ordena y organiza el cosmos: ¿puede existir una “unidad armónica” hija del azar y de la ciega fatalidad? ¿Hay una ley fatal regida por odio? ¿Hay una ley del corazón regida por el ritmo sagrado de la totalidad viviente? ¿Por qué dice Heráclito que “El pólemos ( la guerra) es el padre de todas las cosas”? ¿Cómo el conflicto es al mismo tiempo armonía, “respiración”  del universo? Pero veamos otro río.

Alguna vez, en nuestros desvelos escolares, nos topamos con un río trágico. Es aquel de Jorge Manrique que nos interpelaba, adolescentes, con la rotunda verdad de la conciencia de la muerte. ¿Quién no se levanta, alguna mañana, recitando inconscientemente, disfrutando belleza y palpitando finales: “Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar,/ que es el morir:/ allí van los señoríos,/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos;/ y llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos.” Da mucho rollo para escribir la estrofita. Por ahora, se la dediquemos, solemnemente, a Magnetto et caterva.

Siguiendo con las alegorías recordemos que nuestra Patria tomó su nombre de un río. Cuando era chico me rompía la cabeza para saber por qué el Río de la Plata era  “el río epónimo”. En 1910, Lugones lo enalteció como creador de “nuestro linaje”. “A tu linaje/ como en la gloria mágica de un cuento,/ ser habitantes del País del Plata/ con orgullo magnífico debemos”. Y ya refiriéndose al destino solar y civilizador que el iniciado Lugones atribuía a nuestra patria, lo emparienta con los ríos sagrados: “Moreno como un inca, (…)/  formas con el Ganges de los dioses/ con el Danubio azul de los Imperios,/ la noble tribu de aguas que penetra/ de cara al sol en el Océano intérmino/ como mueren los héroes antiguos/ en la inmortalidad de un canto excelso”.

Así la cosa, como literatos, no nos deja de halagar que llevemos el nombre de un poema: La Argentina del lujurioso arcediano del Barco Centenera. Allí se habla del “argentino reino”, del “argentino río”: “De nuestro río Argentino y su grandeza/ tratar quiero en el canto venidero”. Sabemos que el Río de la Plata fue una trágica obsesión de los conquistadores, río de miserias y hambrunas, donde, según Borges, “ayunó Juan Díaz y los indios comieron”. Oviedo, el primer cronista de Indias, lo llama “una de las más notables cosas del universo” que esconde secretos y  tesoros. Por eso lo consagra “como una esperanza en lo de adelante”. Los herederos del nombre (no en vano relativo a la “edad de plata”), andamos todavía en busca de esas “cosas misteriosas”. Nuestros escritores trataron de descifrarlo en vano hasta en sus afluentes: El Mar Dulce,(Roberto J. Payró), El río oscuro (Alfredo Varela), La ciudad junto al río inmóvil (Eduardo Mallea), El río de las congojas (Libertad Demitrópulos). Son muchos más y alargaríamos la lista en vano. ¿Qué decir de los autores jóvenes del Conurbano que, en sus novelas, transitan simbolismos de aguas contaminadas que “zombifican”, producen monstruos teratológicos y catástrofes (Berazachussets de L. Ávalos Blacha, El campito, de D. Incardona)? Aunque tengo más rollo por si se precisa dar lazo como dice el sabio Martín Fierro, vuelvo, tras algunas aproximaciones que podrían ser incontables, a ciertas alegorías actuales del río

2.- Mauricio Macri: el río del cambio sin brújula

Macri, desde su reposera de Villa la Angostura, nos invita a brindar “por el tiempo que está por venir” de modo que, el año nuevo, sea un “nuevo comienzo”. Su propósito evidente es alentarse a sí mismo y alentar a sus seguidores que se derriten en lamentaciones “porque el cambio que comenzamos a hacer en 2015 quedó inconcluso”. Y aquí viene la alegoría. Dentro de la lógica cotidiana, nada puede detener que las cosas cambien. El cambio es una ley fatal y es independiente de los gobiernos. Pero el cambio por sí mismo no garantiza algo mejor. Para Macri, el cambio es la “dirección en la que íbamos”, o sea, “todo igual pero más rápido” como le confesó Vargas Llosa. El cambio, supone, es una “fuerza transformadora de la época”. “Dirigirse hacía ahí”, obedecer a “la energía del cambio”, son todas apelaciones aspiracionales sin referencias concretas (destino, dirección, lo no existente o sea el futuro). En once renglones repite nueve veces la palabra cambio sin definirla, salvo “la dirección en que íbamos”. No hace falta definir ese cambio: los argentinos lo sentimos en cuero propio. Solo el vano consuelo de estar incluidos en la expresión vulgar: “todo cambia”.

Ante la necesidad de decorar el vacío de su pensamiento, Macri (o sus redactores) recurre a la tradicional alegoría del río: Si tuviera que usar una imagen diría que el cambio es como un río. Avanza de forma imparable. Si el río encuentra obstáculos, los supera. Si esos obstáculos son grandes se desvía todas las veces que sea necesario pero siempre vuelve a su rumbo. El zigzag no cambia ni un milímetro el destino del río. Es más, a veces, cuando un obstáculo trata de encerrar al río, el río se acelera, adquiere más fuerza y se vuelve más poderoso. Por eso, entremos en esta época nueva que comienza con la alegría y la convicción de saber que el cambio nos llevará al destino que anhelamos. El río avanza sin parar.”

Muy extraño el río del cambio. Cuando se desvía, cómo hace para volver “a su rumbo” si no sabemos nada del cauce. ¿Cuál es el destino del río? ¿Cuál es el obstáculo? ¿El obstáculo acelera? El río nos llevará al “destino que anhelamos” porque el “cambio” es un río que “avanza sin parar”. Somos un río sin cauce, una fuerza ciega, que va, ¿a dónde? Falta el sustrato cultural que, cuando es auténtico, comprende tanto a la cultura popular como a la ilustrada, y además una historia y una filosofía de la historia.

3.-Juan Perón y los aluviones del pueblo

Juan Domingo Perón (Descartes), en su libro Política y Estrategia  recurrió a la alegoría del agua que fluye y a la fuerza del cambio. El símil aparece en un capítulo titulado “Lucha contra los pueblos”.

Para ello hace pie en una premisa que sostiene que los dirigentes políticos piensan que ellos “son quienes dirigen y encauzan la evolución de los pueblos”. Obsérvese cómo en el texto citado ya está la imagen del río. En efecto, Perón dice “encauzan” y no es una falta de ortografía: “encauzar” significa “abrir cauce”. No se refiere a “encausar”, de “causa”, o sea lo que está en el pasado.

En realidad, dice Perón los que “abren cauce” son los pueblos: “Es así como las grandes transformaciones político-sociales se encauzan por los grandes movimientos populares que llevan a “LA HORA DE LOS PUEBLOS”. En las grandes revoluciones, postula, “los hombres son el instrumento del pueblo y las oligarquías se destruyen o desaparecen”.

Y aquí viene la parte del texto en que se nota que Perón, a diferencia de Macri y sus amanuenses, atados al sentido común de una clase media seudoilustrada, es poseedor de una cultura humanista superior. Tiene, por lo tanto, una mirada abarcadora de la historia de la humanidad. Plantea, entonces, que la historia del mundo “ha sido la lucha del pueblo con la oligarquía”. Considera que Grecia, Roma, Edad Media, son sólo largas etapas de esa lucha. Por su parte, la Revolución Francesa y la Revolución Rusa “son dos fases violentas que la patentizan”. Por último,  quedan los imperialismos actuales que sólo son nuevas etapas “de los pueblos en lucha contra la esclavitud interna e internacional”. La conclusión de la introducción no deja dudas, no es el vacío de contenido, no es la indeterminación estéril o el optimismo bobo: “Hoy, como en todas las épocas de la historia universal, deben vencer los pueblos”. Como decía Heráclito, el “pólemos”, “padre de todas las cosas”, se realiza en sujetos históricos concretos. Y aquí viene la alegoría del río de Perón que él llama “la táctica del agua”: son los aluviones del pueblo como la famosa sudestada de octubre que inmortalizó Scalabrini Ortiz, cuando el río de las congojas entró a la ciudad:

“Muchos han despreciado el ingenio y el poder del pueblo, pero, a largo plazo, han pagado caro su error. Los pueblos siguen las tácticas del agua. Las oligarquías, la de los diques que la contienen, encauzan y explotan. El agua aprisionada se agita, acumula caudal y presión, pugna por desbordar, si no lo consigue, trabaja lentamente sobre la fundación minándola y buscando filtrarse por debajo; si puede, rodea. Si nada de esto logra, termina en el tiempo por romper el dique y lanzarse en torrente. Son los aluviones. Pero el agua pasa siempre, torrencial y tumultuosamente, cuando la compuerta es impotente para regularla. Con los pueblos pasa lo mismo, los dos,  torrente o pueblo, son fuerzas de la dinámica universal y actúan con leyes y mecánicas semejantes. Los viejos diques del imperialismo, las oligarquías y las plutocracias comienzan a ceder, esta vez en el mundo, como cedieron en Francia en 1789 y en Rusia en 1918 ante el impulso incontenible y avasallador de los pueblos”.

Evidentemente en el texto de Macri, fuere quien fuere su autor, hay un plagio clandestino y vergonzante al texto del General. Se lo desvistió de todo lo concreto y verdaderamente significativo. En Perón, el obstáculo o dique tiene nombre propio: oligarquías, imperialismo, capital y poder político, dentro de cada pueblo hay procesos en marcha (cambio). Se refiere a la historia concreta que está viviendo el Continente Americano: a la lucha de Getulio Vargas (Brasil), Velasco Ibarra(Ecuador), Paz Estenssoro (Bolivia), Ibañez (Chile). De un modo u otro, con distintas formas de ejecución, en plena guerra fría, era tratar de que los imperialismos no metieran “a los pueblos detrás de la cortina del dólar”. Al final del capítulo, Perón nos regala una yapa. Es “La parábola de la gallina”. Alguna vez la hemos expuesto y merecería un tratamiento especial que prometemos.

Para concluir y, como un modo de relajarnos, rescatamos el uso humorístico de la “orilla del río”, otra posible alegoría,  por esta copla popular rescatada por Leda Valladares y María Elena Walsh: “A la orilla de un hombre/ estaba sentado un río/ afilando su caballo/ y dando agua a su cuchillo”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 5/2/20

por Jorge Torres Roggero

Candelaria1.- Barroco y pensamiento popular

El  barroco fue (y es)  una fuerza histórica y cultural generadora de formas políticas originales y representativas. Pero, en América, fueron rechazadas,  dejadas de lado y oprimidas. Sin embargo, el barroco  está, en sentido kuscheano,  instalado como momento inabolible e inabordado de la no-identidad, de lo diferente que completa y despliega nuestra identidad. “Historia inconsciente”, “cuenca semántica”,  se manifiesta como multiplicidad contradictoria y desdramatiza las situaciones de dependencia  prestando oídos a las voces de lo profundo y aceptando con humildad, como dice Leonardo Boff, que “estamos todos envueltos en una tela de inter-retro-relaciones“, es decir,  en el  remolino  dialéctico  del instinto articulador de la vida.

En consecuencia,  circunscribir  el barroco a lo meramente artístico es entregarlo a la mutilación iluminista que lo petrifica reduciéndolo a forma recargada y perversa. Su perduración en América es signo de la marginalidad, de la  jungla epistemológica en que se extravía el logos  de la razón dominante.

El barroco considerado  como un tipo de modulación y formulación europea pareciera destinado  a suprimir lo carnavalesco, lo bajtiniano y, por lo tanto, a negar la posibilidad de pensamiento en la cultura popular. En realidad, el control como mera formalidad incumplida, fue un intento de la jerarquía, tanto monárquica como eclesiástica, de encarcelar   la historia como presente y futuro que viene hacia nosotros. Los sínodos  de Lima, y los del antiguo Tucumán a comienzos del S.XVII,  vedan  la fiesta, la borrachera, los rituales. Algunas disposiciones rezaban: “Ordenamos y mandamos, so pena de excomunión mayor, que ninguna persona baile, dance, taña, ni cante bailes ni cantos lascivos, torpes ni deshonestos, que contienen cosas lascivas, y los introdujo el demonio en el mundo para hacer irremediables daños con torpes palabras y meneos”

Manda a decomisar libros: las Dianas, la Celestina, los de Caballería y “las sátiras y enfados y las poesías torpes y deshonestas”. Encargan, asimismo, que se controlen los indios hechiceros, “los llantos y ritos supersticiosos” y las “borracheras que son origen de idolatrías y horribles incestos, principalmente en el tiempo en que cogen algarroba.”

Ya en el siglo XVIII, cuando Tupac Amaru se rebela,  las autoridades prohibieron  la vestimenta tradicional del indio  porque era portadora en sus bordados de  la historia del pueblo; descolgaron los retratos y cuadros porque narraban la historia de la no-identidad; silenciaron las lenguas naturales que hilvanaban el relato de un pasado liberador que  venía hacia el pueblo como porvenir. Todavía en la época de la independencia las lenguas quichua, aimará, guaraní, se hablaban cotidianamente. Y otra vez las mujeres funcionaban como articuladoras de los distintos mundos lingüísticos puesto que se comunicaban con la servidumbre en lengua nativa. En ese sentido, es preciso revisar el papel de la represión en el pensamiento iluminista de los patriotas y el  relevante  papel de las masas populares y las mujeres en la revolución.

La modernidad que sube desde  Buenos Aires es una modernidad impuesta. Desde los Borbones, S. XVIII, cuando decidieron que esto no era el Reino de Indias sino una colonia, se inicia la dominación como acto  de enterrar viva la tradición. La clase dirigente se olvida siempre que, en realidad, está enterrando una semilla, un “estar siendo” que, como el palán-palán , brota hasta en los techos de las iglesias y la universidades. Sabemos que el palán-palán  se cría en las casas viejas, en los techos y paredes agrietadas, en los rincones y en los terrenos baldíos donde hay escombros. Pero sus hojas tienen la virtud de cicatrizar las heridas cortantes. ¿Ahora, quién escarba los rincones hedientos, para recibir su virtud? Solo cirujeando en el revés de lo conocido hallaremos jirones,  flecos, de pensamiento propio, pensamiento sin ninguna traición escondida.

2.- La modernidad alienante

Sin embargo, la provincia de Buenos Aires,  a lo largo del siglo XVII, incluso del siglo XVIII, era un escenario de gente errante, de gauderios, que trajinaban sus llanuras y las de  Santa Fe,  pasaban a Entre Ríos y a Uruguay transportando  cueros y  grasa. La ciudad de Buenos Aires, por su parte, era un nido de contrabandistas de esclavos y de telas. Y ser contrabandista era ponerse fuera del formalismo y la jerarquía del Imperio. La Revolución de Mayo sería, en cierto sentido, el desencadenante  de una lucha entre los sectores mercantiles, contrabandistas que vivían del comercio , y los ganaderos entrenados en desjarretar vacas para contrabandear cuero y sebo. Con esto queremos decir, que si había un lugar no moderno, ese era Buenos Aires. Proponer lo contrario dejaría  sin explicación a Rosas y a Sarmiento sin argumentos. 

En realidad, la modernidad alienante fue impuesta por la generación del 37 y partir de ella.  Mitre, Sarmiento, Alberdi, y  los positivistas del 80 eligen, y son claros en sus enunciaciones, un modelo de crecimiento y de construcción del país dependiente del modelo anglosajón. Pero los subordinados a ese  modelo eran las clases altas: adoptaban sus costumbres  mientras  las institutrices entrenaban a los futuros dirigentes en la admiración y la glosofilia del colonizador.  Jauretche, a través del  ejemplo emblemático de  Victoria Ocampo y Borges,  sin juzgar a los individuos, valorándolos,  desentrañó los  aspectos culturales de una clase convencida de su destino hegemónico y de su superioridad étnica y social. Asisten a la ceremonia del  té de las cinco, y el deber es mostrarse  fruncido, victoriano. ¿Cómo no se iban a asustar y sentir rencor frente al advenimiento de la chusma irigoyenista primero y, luego, de  los cabecitas negras? La clase media, por su parte, expoliada de su dignidad, remedó con soltura pero sin dignidad  a la clase alta. El resultado son los “locos” de Roberto Arlt y  la “euforia de una cabeza decapitada” como postuló Ezequiel  Martínez Estrada(1961:69) .

 Entonces ¿qué es la modernidad, cómo funcionó entre nosotros? Como una imposición colonialista, imperialista. Porque nosotros entramos en la modernidad en la etapa de la primera crisis del capitalismo. O sea, en la crisis del 90. Entre 1888 y 1892 los gobernadores, en  Córdoba, apenas duraban un año: era un tiempo de ruptura y cambio.

Repensar el barroco nos induce a reconsiderar  la modernidad en general. El método consiste en tirarse al cauce semántico de cierta  discursividad que fluye por los accidentes  de textos olvidados de nuestra historia, por  las pretericiones que opacan nuestra literatura, por la oralidad oculta en los libros de nuestros escritores. Deletrear esa oralidad oculta nos puede conducir hacia formas nuevas, a lo nuevo de lo que ya está.

3.- La Virgen de la Candelaria y los “lugares luz”

En Puno, en el Altiplano, junto al Lago Titicaca, se celebra  el 2 de febrero  la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Quienes han descripto esta fiesta, la representan como “jornadas incansables de lucha, danzas, cantos y esperanzas”. Junto a la liturgia religiosa, los cantos y poemas anónimos.

La Virgen, de “rostro cholo”, es la madre de Jesucristo y es la madre Tierra. El hombre arraigado a la naturaleza, al sustento de la vida, deja que el Santoral marque la vida social de la ciudad, del barrio, de la familia: “Ahí nacen, dice Paniagua Núñez, las grandes amistades, en la festividad de la Candelaria, los negocios, los compromisos matrimoniales, los grandes amores de juventud. Los amores prohibidos se levantan espontáneos, al calor de la danza y la bebida, de modo imprevisto, como acciones ruidosas o inadvertidas”.

Como en toda fiesta popular se mezclan lujo y derroche. La liturgia religiosa se conecta con la celebración del carnaval. Las “diabladas” , con sus costosos disfraces fruto de las privaciones del tiempo de la producción (no sagrado), llenan las calles de exceso y mezcla. No es de extrañar, en consecuencia, que la celebración culmine  meses después con el bautizo de los “hijos de la fiesta”: “A los nueve meses de la festividad de la Virgen de la Candelaria, que en algunos años, se junta con los carnavales, es costumbre en estos lares, realizar una parodia de bautizo religioso, con una “guagua de bizcocho” (muñeco de masa dulce que lleva una careta con rostro de niño), donde la sátira y el chascarro aluden a los desbandes y excesos sexuales del mes de febrero, en que cerca de un centenar de comparsas, participan activamente, algunas por devoción y otras acaso la gran mayoría por diversión, paganismo y lujuria”.

La parodia y la burla,  formas de lo innombrable,  no tienen lugar en la racionalidad urbana impuesta por occidente. Cuando éramos niños, había algo que nos sacaba de casillas y nos inducía a reacciones violentas: que nos “remedaran”. El remedo es el nombre barroco americano de la crítica del pueblo al pensamiento urdido; y es, sobre todo, un acto de fecundidad. El derroche, la danza, la música, no son posibles para el solo. La fiesta es solidaridad. Los  participantes contribuyen con su aporte: bebida, comida, dinero, disfraz Y a veces sobra para donar y dar servicios.

En Puno, según  Paniagua Nuñez,  se guarda la fotografía de un cuadro quemado. Representa a la Virgen: en un brazo carga al Niño Jesús; en el otro, porta una candela (una vela). A sus pies, el diablo, ataviado con el disfraz color arcoiris, el de las “diabladas”, se aferra al blanco vestido y la mira con ternura y actitud de imploración.

Redundemos. Volvamos al barroco cordobés. Luis de Tejeda relata la liturgia de  esta festividad llamada de la purificación. La procesión con las velas recuerda que la  Virgen da a luz a Jesuscristo, Luz del Mundo: “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc.2,32). Ella se sometió al rito de la purificación como era costumbre ( Lev. 12, 6-8).  Se conjugan en la celebración,  el ritual judío, las tradiciones paganas de purificación y los cultos originarios de América. Las  velas bendecidas en la fiesta religiosa no se empleaban para el consumo, sino que se reservaban  para usos de carácter religioso.

Esto que parece cosa del pasado está vivo. Consúltese una agenda de celebraciones del 2 febrero en el Noroeste argentino y se podrá advertir cómo la fiesta de la Candelaria convoca multitudes. Por otra parte, al  habitante de  Córdoba que ausculte el mapa de su provincia, le sorprenderá la proliferación de lugares luz (Candelaria) y su ubicación estratégica en un espacio que no  es aventurado nominar mítico. Cultos solares y cultos lunares, cultos de purificación y cultos de fertilidad, se enhebran para deletrear un cauce semántico enfocado hacia la vida y la esperanza. En la Guía de números postales, Encotel, 1981, se mencionan doce lugares Candelaria: cuatro en Córdoba, dos en Catamarca, dos en Santiago del Estero y uno en Salta, San Luis, Misiones y Santa Fe. Agrénguense los parajes no registrados por carecer de estafetas y todas las fiestas patronales de numerosos pueblos y ciudades.

4.- El barroco peronista

Ya que hemos venido insistiendo en la figura de la redundancia, redundemos otra vez. Retornemos la figura de la baraja de Martín Fierro: apenas hemos construido un pobre argumento jugando con “oros, copas y bastos”. Hemos notado el espacio de América como acción no del solo, sino de un todo abierto: los pueblos. Desde “los adentros” y desde los “reprofundos”, el pueblo formaliza estrategias  culturales de supervivencia, pero  los intelectuales  padecemos cierta impotencia para nombrarlas porque exceden en bloque el repertorio de categorías académicas de uso erudito.

Aceptemos la no-identidad, lo diferente, lo no detectado por el sistema. Nuestra entrada en el pensamiento de la modernidad, nos convirtió en apátridas, en proscriptos de nuestra raíz humana: la reconquista de nuestro hogar de humanidad  es la única posibilidad de aceptar nuestra diferencia como reunión de identidad y no-identidad. Desde el barroco, el pueblo americano nos viene indicando el camino con su práctica de lucha y esperanza, con su “remedo” burlesco de  las jerarquías religiosas y civiles.

Es un modo de pensamiento negado; pero, a través de él, se futuriza lo que viene del pasado. Pasado liberador y que viene hacia nosotros como porvenir es el modo en que Carlos Astrada definiría a esta acción del pueblo que se ha dado en llamar barroca. En tal caso, queda pendiente esta pregunta: ¿No será que el infamante y difamado populismo es una de las versiones actuales del barroco americano?. Esta pregunta final, de dudosa pertinencia, estuvo a punto de ser suprimida de este apartado. Una nota titulada “Signo: CGT dio la palabra a Duhalde y a De la Sota” la decretó necesaria y le dio certificado de supervivencia al barroco como forma reprimida de la cultura popular. Firma  la crónica Ezequiel Rudman y se refiere al traslado de los restos del Gral. Juan Domingo Perón. Tras sostener que “la cede (sic) de la central sindical se transformó en el “hall of fame” del paganismo peronista“, agrega: “Allí lo recibió el cacique taxista Omar Viviani en medio de un paisaje dominado por el barroco peronista”. (Ámbito Financiero, 18/10/2006)

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. U.N.C.

Fuentes: En el capítulo “Persistencias: formas de la cultura popular barroca”(pp.57-101) de mi libro Confusa Patria, Editorial Fundación Ross, 2007, Rosario, se podrá encontrar una abundante bibliografía y las claves de lectura de este fragmento.

por Jorge Torres Roggero

El cura Brochero y su tiempo.jpg1-. Santos Guayama

En 1863, Sarmiento manda asesinar al Chacho Peñaloza. Todas las fuerzas de la  Nación se habían concentrado en La Rioja y los extensos llanos fueron arrasados. Sólo ruinas humeantes y cadáveres destrozados y dispersos. Peñaloza, vencido,  se detiene bajo un algarrobo. Pide a su escolta que se dispersen. Mira con tristeza a esos heroicos llaneros, gauchos del curato de Minas, gauchos del curato de Pocho que rumbean hacia las abruptas serranías de Córdoba. Reprimida a sangre y fuego la resistencia popular, las últimas montoneras vagaban dispersas por los inmensos llanos. La justicia y la clase dirigente los usaban o los perseguían según conviniera o no a sus intereses. En épocas de Brochero, el más famoso jefe de estos contingentes fue un mestizo huarpe: Santos Guayama.

Entre San Luis, San Juan, La Rioja y el Oeste de Córdoba median unas vastas regiones ahora casi desérticas pero que en el XIX estaban cubiertas de montes nativos, de churcales,  polvorientos guadales, casi sin una sed de agua. Sólo baquianos o rastreadores como la Juana Chapanay y las errantes montoneras conocían sus secretos. Ellos eran letrados en el arte de sobrevivir. Las llamaban travesías. Sarmiento las inmortalizó en el Facundo cuando incluyó como inicio de  una biografía el primer cuento perfecto de nuestra literatura. Es aquel que culmina con esta confesión del hasta ese momento desconocido narrador y protagonista: “Entonces supe qué era tener miedo”, decía el general don Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso”. Sabemos que Sarmiento armó lo mejor de Facundo con los relatos orales que circulaban entre el pueblo en medio de las guerras civiles y los saqueos, pero dichos alrededor del fogón, en los momentos de estar juntos. Juan Alfonso Carrizo recopiló en el Cancionero Popular de La Rioja un romance sobre la muerte de Facundo en que cada estrofa se corresponde casi textualmente con cada párrafo del relato sarmientino. Siguiendo esa tradición, rescato este cuento popular para asediar la figura de Santos Guayama.

Ocurrió en la travesía Los Matagusanos. Los viajeros juraban haber visto pasar al montonero Santos Guayama escoltado por el “Marucho”. Así llamaban al muchacho que solía encabezar las arrias montado en la mula o la yegua madrina. Hasta rejuraban que habían oído el cencerro. ¿Si Sarmiento invocó a la sombra terrible de Facundo, por qué no sentir la aparición de Santos en esas soledades llenas de fantasmas y espectros?

Según cuentan, el implacable caudillo había asaltado una tropa cargada de valiosas mercaderías, había sacrificado a todos los troperos pero cuando llegó al “marucho”, el muchacho le pidió que antes le dejara rezar la Salve. Mientras el niño recitaba la oración como un conjuro contra la muerte, el gaucho fue cambiando de talante. Guayama se había descubierto e inclinaba, contrito, la cabeza.

La interpretación popular asegura que el montonero  había recordado de golpe a su madre cristiana cuando le enseñaba esa oración. Cuando el “marucho” concluyó la súplica, lo levantó, lo hizo montar de nuevo sobre la madrina, lo acompañó hasta las cercanías de un poblado y lo dejó libre. Según se supo, el Marucho murió pocos años después. Pero cuando asesinaron a Guayama, al frente del cortejo,  se oía sonar un cencerro que lo acompañó hasta la tumba.

2.- El Santo y el Montonero

Esta extraña entrada es el camino que nos traza la cultura popular para ingresar al famoso episodio de Santos Guayama y el Cura Brochero. Sólo podremos comprenderlo en su magnitud si sabemos de dónde vienen, qué misteriosos caminos los hermanan.

Santos Guayama, mestizo huarpe como Martina Chapanay, fue un famoso cuatrero que asolaba los ganados de San Juan, Mendoza, La Rioja y San Luis. Fantástico jinete, rastreador infalible, baquiano de todos los andurriales del desierto y la sierra, manejaba como nadie las armas del gaucho que eran, a la vez, su instrumento de trabajo. Perseguido por la justicia se internaba en los cerros o en el refugio seguro de los pantanos de Huanacache. El pueblo estuvo siempre de su parte. Por eso lo  protegía, como a todos  los buscados sin fundamento por la justicia.

Convertido en caudillo, los paisanos lo ayudaban a burlar sus enemigos. También autoridades y personajes ilustrados lo amparaban. Intervino en la guerra que Mitre y Sarmiento llevaron contra las montoneras. Acompañó a Felipe Varela.

La patria vieja agonizaba. Santos Guayama, en 1872, se apostó con sus gauchos en Uspallata y comenzó sus exacciones contra viajeros y comerciantes de Cuyo. No faltó un gobernador que festejó por haberlo tomado prisionero en Santa Clara y por haberlo ajusticiado,  ni faltó la prensa celebratoria, pero todo había sido una ruinosa equivocación.    Y fue hacia 1876 que Brochero y Guayama se encontraron y merecieron el noble título de amigo. En 1894 el cura le escribe al inspector de escuelas Cipriano Báez Mesa respondiéndole algunas preguntas que le ha formulado sobre del montonero. En esa carta nos fundamos.

Brochero declara haber andado en diligencias por “su buen amigo Santos Guayama”. Conocedor de su “gran fama”, cuenta que aprovechó una ida a los llanos de La Rioja para tener una conversación con el gaucho. Desde Chepes, pidió a unos amigos íntimos del gaucho que se lo “campiaran” y le mandó una carta en que lo invitaba a tener una conferencia “toda en beneficio suyo”, en “el punto que él eligiese” y hasta en el desierto mismo. El amigo, a su vez, le garantizaba  la sinceridad del cura y le pedía que aceptase sin trepidar “cuanto yo le decía” “porque Dios lo venía buscando por mi intermedio”.

El contesto de Guayama, “que hecho pedazos conservo aún”, carta sin fecha ni lugar, le decía que elegía el sábado próximo para la entrevista, a doce leguas de Chepes, casi entrando a San Juan. Brochero acudió a la cita, esperó todo el día y recién a las once de la noche llegó un enviado del caudillo avisándole que no había venido porque el caballo de tiro que traía para entrar al poblado se les escapó y se había vuelto con la tropilla. Era un pretexto como después le confesó Guayama. Quería espiar quiénes lo acompañaban.

 Al día siguiente, domingo, el amigo llanista llegó con el señor Guayama: “Y después del saludo, presentación y estrategias de estilo, le hice la siguiente propuesta: 1° Que yo pagaría a Don Patricio Llanos, vecino de Pozo Cercado (La Rioja), la deuda de 700$ que con él tenía y cualquier otra que tuviese. 2° Que le sacaría indulto del Gobierno Nacional. Y 3° que le haría dar una ocupación militar en Buenos Aires o en otra Provincia con tal que no fueran ninguna de las cuatro mencionadas (San Juan, San Luis, Mendoza, La Rioja)”. Aquí conviene aclarar que era habitual en épocas de reacomodamiento institucional que antiguos  caudillos alzados y aun matreros fueran indultados y pasaran a prestar servicios al Estado. Piénsese en Baigorrita, el coronel Baigorria, que dio nombre a un pueblo.

¿Qué pidió el cura a cambio?: “Y que por su parte únicamente se comprometiese a entrar a Ejercicios en la Casa del Tránsito con 300 de sus amigos, dándoles yo todo lo que necesitasen hasta volver a sus casas”.

Dos cosas se pueden observar. Por un lado, la absoluta fe del cura en la gracia de Dios y en el método de los Ejercicios para dar un viraje en la vida individual y social; por el otro, la suma pobreza de los llanistas que el cura ofrece aliviar hasta que vuelvan a sus casas.

Recuerda entonces Brochero que ya desde la época en que “abría los cimientos del Colegio y la Casa de Ejercicios decía a mis feligreses en mis pláticas y en mis conversaciones: “Traeré a Guayama con todos sus amigos a esta Casa”. Los feligreses, a su vez, le decían: “Si tal lo hace, le ayudaremos con plata, vacas y cuanto tengamos y lo recibiremos con arcos triunfales”.

Se advierte también la fe de los feligreses. No tienen la actitud de ciertos sectores medios actuales o de la monja que no quiere chinitas en el colegio. Están dispuestos a dar lo que no tienen para que los grupos marginados por la injusticia y la pobreza pudieran ser incluidos en la comunidad. El cura, por su parte, tenía bien presente a todos los que le habían prometido ayudar con los gastos. Unos eran finados; otros, vivían diseminados en sus aisladas estancias.

¿Qué respondió Guayama? En primer lugar, que la única deuda que tenía era con el Sr. Llanos; en segundo lugar, que aceptaba las generosas propuestas pero era escéptico sobre el indulto. Él ya lo había intentado por medio de poderosos personajes pero nada había conseguido. “En cuanto a la ocupación militar, se permitía rehusarla, porque estaba ya cansado con  18 años de andar con armas, y que aun ese trabuco que llevaba a la cintura le molestaba como una penosa necesidad para defender su vida.”

3.- Amistad criolla, burocracia civilizada

El cura se pone manos a la obra. Se fue a Pozo Cercado, a 35 kilómetros de Chepes y 95 del punto de conferencia, a lo de Señor Llanos y le dijo: “Mi amigo: de lo perdido algo recogido es gran negocio. Le haré a Ud. siete funerales por los  700$ que le debe S. Guayama, y Usted me dará el recibo de haberle él pagado satisfactoriamente. Convino en ello el Sr. Llanos, y con esto me fui a Catuna (a 70 kilómetros de Pozo Cercado) a verme con el señor Tránsito Tello, hombre acaudalado y amigo de Guayama”.  Es de advertir las tremendas distancias que desanda Brochero para incluir a los montoneros sin que nadie los persiguiera y sin que ellos tuvieran que recurrir al robo y al saqueo. Por otro lado, la red cultural que hace que en los llanos todos fueran amigos de Guayama y la profunda lealtad que implicaba la palabra amigo, como aquel a quien se le tiene confianza. “Decir amigo, amigo, amigo, es decir confidente” (Bertucelli, 1986).

Misterio  de la amistad. Obsérvese el inmenso capital simbólico del discurso secreto de los “gérmenes de Verbo” de que ya hemos hablado y de sus múltiples manifestaciones en la vida de la comunidad. ¿Acaso el libro de Job (6.14-15) no es un himno a los avatares de la amistad?: “Al amigo que sufre se le ama/ aunque olvide el temor del Todopoderoso”. Más aún, la amistad es superior a las relaciones de parentesco: “pero mis hermanos me traicionaron como un torrente/ como un arroyo cuando se queda sin agua”.

Era el señor Tello un hombre acaudalado y amigo de Guayama. Brochero le refiere su conferencia con el caudillo y la contestación que obtuvo. Entonces le dijo: “Quiero que a su amigo le dé una de sus estancias con 200 vacas, para que viva y trabaje en ella así que salga de los Ejercicios, adonde irá inmediatamente que yo le saque el indulto. La contestación del Señor Tello fue franca diciéndome: “con mucho gusto, y será la mejor de las que poseo”.

Tras estas diligencias, “y bien contento”, Brochero regresó a su curato y ahí no más pasó a Córdoba. Su gestión se dirigió al Doctor Castellano (luego obispo) y al canónigo Juan Martín Yaniz, su condiscípulo y compañero de ordenación, para que lo ayudaran a conquistar a Guayama. Les pidió que se hicieran cargo de los funerales y se haría cargo del pago de los músicos y derechos de velas. Aceptaron con la mejor voluntad. Hicieron los funerales y le extendieron los correspondientes recibos “los que presenté al Señor Patricio Llanos, quien me dio el de haberle pagado Guayama a satisfacción los 700$”. ¿Qué prestamista “civilizado” aceptaría que le paguen una vieja deuda con siete funerales”?

En los tiempos de Peñaloza, Guayama había tomado preso a Llanos y este, muerto de miedo, le había prestado la suma a modo de rescate. Lo curioso es saber qué hizo Guayama con esa suma y con el prisionero. El relato de Brochero no deja lugar a dudas sobre la singularidad de las relaciones sociales en la convulsionada Argentina criolla: “Guayama me dijo que este valor (en cóndores de oro) los distribuyó a sus soldados en presencia del mismo Señor Llanos, poniéndolo inmediatamente en libertad.”

Pero faltaba lo más difícil: el indulto. Acudió en primer lugar al senador nacional Víctor Lucero, otro de sus condiscípulos pidiéndole que le preparara el terreno con Avellaneda que era el presidente: “Hizo Lucero más de lo que yo le pedía, y el resultado fue negativo”. Se valió entonces de su condiscípulo y amigo Miguel Juárez Celman que era Ministro de Gobierno de Córdoba y concuñado del ministro de guerra, General Roca. Hizo la diligencia telegráfica y el general respondió que ordenaría a los fiscales de las cuatro provincias arriba citadas para que no pusiesen acusación alguna contra Guayama, ni lo molestasen en ningún sentido.

“Con ese telegrama me fui a los llanos, prosigue Brochero,  hice “campiar” a mi amigo Santos para enseñarle ese documento.” Le mandó a decir que lo esperaba en Ñoqueve, casa de Angel Tello. Santos vino, vio el telegrama y consideró que no era suficiente porque no venía firmado por el Presidente y por el Senado.

Manda entonces una carta al “querido amigo Juárez Celman” con la contestación de Guayama para que solicitara nuevamente al General Roca lo que exigía el montonero. Miguel le contesta que debía hacer una solicitud formal y mandarla. Entre Córdoba y Ñoqueve había trescientos kilómetros por eso pidió a un amigo que abriera la carta de Juárez antes de llevarla a Traslasierra y que, si había alguna dificultad, buscara el medio de salvarla en Córdoba. Así lo hizo. Comprendió que ni el cura ni Guayama podrían guardar “la forma militar” en su escrito. Entonces le pidió a Juárez Celman que la hiciera de modo que Guayama sólo tuviese que firmarla. Luego de firmarla, Guayama hizo sacar copia de la solicitud y “con esta copia andaba entrando en las poblaciones”.

4.- Escribir la ley con la punta de la espada

Cierta vez que Brochero fue a San Juan por un pedido al obispo, saludó de paso a Guayama y le dijo que “no hacía bien en entrarse en los pueblos sin haberle obtenido el indulto”. El gaucho le respondió que enseñaba aquella copia a las autoridades orilleras (suburbanas), les decía que ya estaba indultado y así lo dejaban entrar y salir.

Así fue que, “en una de esas idas a San Juan, lo hizo a llamar a su casa un Señor Lloveras (…) con el pretexto de darle un dinero para que le comprase un ganado. Fue él con toda sencillez y sin armas, y allí vino o estaba apostada la partida que lo tomó”. Fue una mañana de 1878. El capitán Mateo Cano al mando de quince soldados rodeó la manzana, penetró a la casa de Lloveras e intimó la entrega del “bandolero”. Simuló protestas el dueño de casa ante la violación de domicilio y Guayama fue encerrado en el cuartel de San Clemente. Le levantaron sumario pero el sumario desapareció al poco tiempo. Parece que había declaraciones comprometedoras para personas de “hondo arraigo” en San Juan.

Guayama le hace un chasque a Brochero. Echó tres días entre San Juan y el Tránsito. Le pedía que fuera para salvarle la vida. Brochero contestó que creía inútil su ida a San Juan porque no conocía ni tenía influencia sobre el gobernador Gómez. Que lo que  él pudiera hacer, lo harían el obispo Achával, el Vicario Laspiur y un querido condiscípulo, Doctor Juan Crisóstomo Albarracín, a quienes les escribía pidiéndoles que se empeñaran enérgicamente con el Gobernador para que no dejasen que le quitaran la vida: “Y para que él viese la energía con me empeñaba con las personas referidas, le mandé abiertas las cartas para dichos señores, y que él las hiciera entregar después de leerlas, y que yo inmediatamente me iría a Córdoba a hacer telegramas a Buenos Aires en donde esperaba poder salvarle la vida”.

Antes de irse a Córdoba,  mandó un telegrama a la mujer del presidente para: “que pidiese a su esposo que influyera con las autoridades de San Juan que no le quitasen la vida a Guayama, sin perjuicio de aplicarle la pena que merecían sus fechorías.”

Todo fue inútil y, a lo mejor, insuficiente: “La Señora de Avellaneda no me contestó hasta hoy, y a los cinco días vi en un diario –con profundo dolor de mi alma – que Guayama había sido muerto en la cárcel pública. Y varios sanjuaninos me dijeron que había sido fusilado allí. Lo mismo me confirmó el Doctor Oros que fue el abogado de Guayama”.

La pregunta es: ¿Por qué Brochero no viajó de inmediato a San Juan? ¿No quiso exponerse? ¿Juzgó que eran más eficaces sus gestiones a través de sus amigos con altos cargos eclesiásticos en San Juan y con el recurso de tocar el corazón del presidente a través de su mujer? Por los intersticios se cuelan enigmas de difícil respuesta. En la carta de Brochero se puede leer una denuncia sobre el fusilamiento de Guayama. En efecto, la versión oficial sostiene que a los dos meses de estar preso, Guayama promovió una sublevación sofocada con nutrido tiroteo y muertos. Cuando se interrogó al Gobernador Gómez en virtud de qué ley había procedido, respondió lacónicamente: “Hay leyes que es preciso escribirlas con la punta de la espada”.

Era la mentalidad de la clase dominante de San Juan. Su  mentor, Domingo Faustino Sarmiento, fue quien ordenó escarnecer a la Victoria Romero,  mujer del Chacho Peñaloza. El himno que los escolares cantan en loor del gran maestro celebra su lucha “con la espada, con la pluma y la palabra”. Gómez lo resumió con un oxímoron borgiano: “escribir la ley con la punta de la espada”.

5.- Lealtad popular, miedo “civilizado”

El cura narró con ingenuidad sus esfuerzos por Guayama: “He ahí lo que hice por este amigo, y he ahí el cómo y el dónde acabó su vida”. Siente frustrados sus esfuerzos por moralizar a Guayama y sus amigos.

Al final, Brochero se queda del lado de acá: no logra entender del todo a esos “semibárbaros y salvajes”, pero se siente amigo de ellos y sabe valorar su amistad: “No debo concluir sin declararle que Guayama habíame dado ya pruebas de sincera lealtad. Y entre otras me había recomendado a sus amigos que –aunque semibárbaros y salvajes – se mostraban conmigo atentos, complacientes y comedidos hasta la exageración, llegando varios de ellos a darme limosnas para mis obras, sin que yo las pidiera, y acompañarme en todo el trayecto en el mencionado viaje a San Juan.” Había salido con un solo amigo de Guayama y llegó a San Juan con cinco. La amistad era respetada en los llanos y travesías.

Brochero podía cruzar seguro y la “amistad firme y sincera” de Guayama lo protegía donde quiera que fuera. Cierta vez llegó a hacer noche en un paraje llamado Los Papagayos. No bien se aseguraron quién era, le abrieron la casa y le hicieron notar que se sentían honrados con su presencia. Era un parador en que vendían a precio de oro el maíz, la alfalfa y demás provisiones, pero al cura se la procuraron gratis y abundante: “una suculenta cena para nosotros y nuestras bestias”. Allí se enteró que Guayama le había dejado el encargo de convidar a todos los laguneros para que fueran a los Ejercicios.

Es una carta preciosa, pero llena de indicios de que Brochero  ha dudado mucho en el momento de seleccionar qué contar, cómo contarlo, cómo construir su participación en semejante tragedia. Lo consigna con claridad, y nos traslada sus dudas, en la fórmula de despedida: “Sin más, lo saluda su Cura, que no tiene tiempo para quitar los borrones que lleva ésta”.

Mejor así. Al no disciplinar su memoria, construyó una historia de amistad, de lealtad y un testimonio del miedo secreto del “civilizado” que también acomete a los más santos propósitos. El miedo del civilizado, ¿enturbia a veces nuestra fe y nuestra mirada hacia los hermanos marginados, excluidos, explotados, injustamente tratados por una justicia y una policía que mira la realidad con el ojo del amo? Acá en América, hasta a los santos les pasa. Y los intelectuales, ¿a qué le llamamos lucidez si tenemos miedo de pensar?

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

7 de ene. de 20

Fuentes:

Bertucelli, Sebastián, 1986, Proyecto Brochero. Control de tuberculosis, Córdoba, Dirección de Familia. Gobierno de la Pcia. de Córdoba. Versa sobre el trabajo en redes y la fabulosa “Minga de la Tuberculosis”.

Brochero, José Gabriel del Rosario, 1999, El cura Brochero. Cartas y sermones, Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía a cargo de la Lic. Liliana de Denaro y del Pbro. Dr. Carlos I. Heredia.

Estrada, Marcos, 1962, Martina Chapanay. Realidad y mito, Buenos Aires, Imprenta Varese

Sarmiento, Domingo Faustino, 1962, Facundo, Eudeba, Buenos Aires