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por Jorge Torres Roggero

Almafuerte.jpg1.- El chusmaje querido

En un “Discurso político” de 1914, confesaba Almafuerte:  “El Partido Radical me contó, allá por el año 1892, entre sus adherentes y propagandistas de la primera hora, y recita y aclama y recubre de ardorosos aplausos mi “Sombra de la Patria”, en sus tumultuosas juveniles asambleas” (O.C, p.367)[i]. Advierte, además, que los socialistas reúnen “en sus logias a las multitudes de trabajadores para comentar la obra de Almafuerte y recitan, con fervor, “La inmortal” (Ib.) Más aún, a pesar de haber sido maltratado con “despectivos apóstrofes”, el anarquismo “aplaude todavía con los ojos ungidos en lágrimas y la voz entorpecida por los sollozos, mi tolerante, mi piadoso “¡Dios te salve!” (Ib.).

Ese índice de popularidad de la poesía de Almafuerte, abarcante y universal, no es raro que se mantenga aún. En 1961, en mi primer día como ferroviario, al enterarse de que era estudiante de letras, en la media hora del mate, en el taller de fraguas, los compañeros me recitaron a modo de bienvenida, con unción y énfasis, los más conocidos de los “Siete sonetos medicinales”. Fue en esa época, cuando este joven poeta de poses vanguardistas comenzó a escuchar las voces del corazón.

Sin embargo, todavía es dificil aceptar a Almafuerte. Es, sin duda, un caso singular en nuestra literatura. Mirado desde los cuadros sinópticos del canon, es imposible encasillarlo según los criterios habituales de periodización. Para Manuel Gálvez, que lo visitó en su mísero sucucho de La Plata, “Almafuerte era de una ignorancia asombrosa”.[ii] Ernesto Morales, por su parte, sostiene: “Despreciaba el libro. Excepto una Biblia y un Diccionario, a los que consultaba constantemente.”[iii]

En efecto, un recorrido por su obra nos informa sobre su desdén por las ideas y estéticas de su época. Además, es incontrovertible que, por debajo del fárrago de retóricas populares mezcladas, resuena el hálito bíblico. Es “la voz de Biblia” de que hablaba Rubén Darío, su coetáneo hiperestésico. Pero es también el hálito confuso de la “chusma” el que resuena en sus apóstrofes.

Le tocó vivir una época de ruptura y cambio. La Argentina criolla moría disfrazada con una máscara coruscante de progreso:  era la careta de su flamante condición colonial, de su sometimiento consentido al imperio inglés. La vieja clase dominante dejó de ser una oligarquía patricia para convertirse de una oligarquía plutocrática entregada a la especulación, a la usura y a la venta del patrimonio nacional en la Bolsa de Londres. La chusma irigoyenista tocaba las puertas de la historia y empezaba a tomar la palabra.

Si bien Almafuerte pensaba que la gesta de Mayo “no fue casual”, sino que fue un acto “preparado y dirigido por la providencia misma del pueblo argentino”,  consideraba que se había perdido el “espíritu patriarcal bíblico de las provincias”(366). De ahí sus actitudes aparentemente conservadoras. Se representaba como  el último superviviente de una “subraza” que ya había cumplido su misión en la historia:

 “El gran poeta, el gran pensador, el gran cerebro americano (…) no está, no puede estar, dentro del viejo esqueleto de este viejo criollo ignorante, atávico, bilioso con la amarguísima bilis de los que ya no encajan en el ambiente circunstante ni como estirpe, ni como costumbre, ni como lenguaje, ni como soñación, ni como ideas adquiridas, ni como nada. (…) Cuando yo vine al mundo la obra de mi raza, la tarea encomendada a mi raza, por los designios inescrutables de Dios, ya estaba concluida(…). De manera que yo llegué tarde, de manera que yo surgí a la vida como un gaucho holgazán, que cae a la tierra bien empilchado y jacarandoso, cuando ha cesado el trabajo y comienza la fiesta.(,,,) Realizada la misión, producido el hecho histórico a que mi pobre raza estuvo destinada, ella tiene que sucumbir por aniquilamiento, por inadaptación, por ineptitud, por repulsión por odio a lo mismo que ella creó, que carece de facultades para continuar y que se ve en la circunstancia dolorosa de abandonar profundamente triste”.

El pueblo ha sido descartado y predestinado al vilipendio y el escarnio. No sirve nada más que para estorbo.

Sabemos que el Proyecto del 80 se impuso mediante la represión, la demonización de lo criollo popular como barbarie, la explotación del peón rural, de los inmigrantes urbanos y los chacareros gringos sometidos a voraces arriendos. Entretanto, una minoría oligárquica acumulaba tierras, entregaba el comercio exterior y los servicios a Gran Bretaña. Mientras el pueblo padecía hambre, desnudez y desamparo, los estancieros tiraban manteca al techo en París y compraban títulos nobiliarios haciendo casar sus hijas con aristócratas europeos en decadencia. Era el “régimen falaz y descreído” que mentó Yrigoyen.

La Argentina había pasado a ser un cúmulo de colectividades y no una comunidad organizada. No había algo en qué creer. Éramos un aluvión, estábamos formados por acumulación. Sin embargo, Almafuerte piensa que a pesar de esa tumultuaria “invasión de tantos ideales, de tantas tradiciones y de tantas sangres y costumbres”, a pesar del “espectáculo de ancianidad escandalosa” que nos trae Europa, se está generando una “raza nueva”, es decir, un pueblo nuevo. ¿Y dónde germina? Almafuerte responde que en la Babel actual, o sea, en las grandes ciudades. Buenos Aires, nueva cosmópolis, es el lugar donde gime la chusma, el barro elemental con que se configura, larvado, el rostro confuso del hombre nuevo. Emergerá del “juicio entumecido de los que gimen en las cárceles espantosas, en esos hospitales inmundos que se llaman grandes ciudades” (353).

Ese hombre nuevo es, para el poeta, “el hombre mismo”; y el hombre mismo, es el “hombre dolorido”. Es el que se acepta conscientemente a sí mismo y a su realidad. En la materialidad (o maternidad) difusa de la chusma, el hombre a la intemperie, el justo sufriente, abandonado de la mano de Dios como Job o Jesucristo, en el torbellino de un amasijo de larvas, engendra la “raza nueva americana”.

Almafuerte postula que la chusma “siente(…) sobre sus huesos, sobre sus nervios, sobre su alma misma, con una intensidad de puñaladas, el dolor crónico, inmanente, desconocido, acumulado, superpuesto, amontonado, estibado en pilas monumentales, de los azotes de los siglos, de las amarguras de todos tiempos, de las tiranías de todas la cosas, de las estupideces de todas las épocas, de los vicios conjuntos, encajonados, acoplados unos a otros, de todos sus antepasados, desde el padre Adán, hasta su padre mismo”.

El padecimientos de la chusma es ancestral. Realiza una experiencia inconsciente de la miseria humana, de los cataclismos de la naturaleza, de la condición humana misma. Es la plebe heroica, la chusma clásica. De ese “estar no más ahí” se siente participar Almafuerte. Él no es “de los que se echan de bruces sobre los balcones de hierro de su propio egoísmo ante los cataclismos humanos”. En realidad, basta una sola condición para no caer: tener conciencia de la propia miseria, apegarse al suelo con voracidad de raíz. Por haber llegado a ese estado, se compromete con la realidad concreta. Redime: es un apóstol, un Cristo. Asume la miseria para salvarla.

Por otra parte, como “…no hay acto humano que no repercuta en los siglos y que no se expanda como un gas por la supeficie de la tierra”, “los justos sufrientes”, los Cristos, son la base de un necesario progreso moral de la chusma. “Progreso, postula Almafuerte, que no es otra cosa aquí y en todas partes que el progreso de la libertad, de la justicia, de la verdad, de la belleza, de la felicidad común, de la fraternidad humana, de la perfección universal”(348)

Pero la chusma también es histórica, es la chusma radical que sigue, tumultuosa, la reparación predicada por Hipólito Yrigoyen. Es concreta, no es figura ni símbolo de ninguna elucubración poética, filosófica o religiosa. Ya no es sujeto confuso en autogeneración ameboidal, es sujeto histórico sometido a la opresión inmediata de un ordenamiento histórico-social injusto. Juan Pueblo siente el sometimiendo de la mentira democrática. La clase dominante, se siente tan impune y se cree tan dueña que a las trampas institucionalizadas con el “democrático” título de elecciones, las llama “fraude patriótico”. Pero junto con el fraude, la chusma criolloinmigratoria es víctima de la represión. “Creo, reclama Almafuerte, que un país donde hay “razones políticas” para mantener al frente de una ciudad -de un pueblo, de un pueblecito cualquiera- a hombres sin escrúpulos, a analfabetos sanguinarios y viciosos, es un mal país, es una tierra maldita que debiera ser sembrada de sal”(358).

Por eso, en las “Milongas clásicas” canta al “chusmaje querido”, esperanza de la Patria, a pesar de la traición y de la entrega, a  pesar de que “se fabriquen sacros panes/ profiriendo sacrilegios;/ y hospitales y colegios/ con limosnas de rufianes”.

Caído en la videncia, percibe la degradación, contempla el cuerpo prostituido de la Patria. Es una sombra, es “un fantasma horrible”, y profiere entonces los anatemas del profeta, las visiones terribles del “justo sufriente”.

2.- La sombra de la Patria

Con los cabellos sueltos, derramados sobre el busto encorvado, adusta, pálida, desencajado el rostro, una mujer va. Es una visión teratológica: los cabellos son un “velo de angustia,  una “sombría melena de león”.

Esa mujer causaría risa a Horacio. En efecto, en el inicio de su Arte Poética, se burla de un pintor que, al dibujar un “humano semblante”, le pusiera cuello de caballo, la adornara de diferentes plumas, y rematara una hermosa cara de mujer en pez (“Spectatum admissi, risum teneatis, amici?)[iv].

Sin embargo, la mujer de Almafuerte, en lugar de risa, produce espanto: “…la vergüenza/ no tiene la pupila más opaca,/ ni la faz de Jesús, al beso infame,/ se contrajo más rígida. Adelanta./  Con medroso ademán…¡Oh!¡La ignominia/ con paso triunfador nunca se arrastra!/ La voraz invasión de lo pequeño/ no hiere como el rayo, pero amansa”.

Ese horrible fantasma, es la Patria. Trágica prosopopeya de un ser cuya “alma inmortal” cayó de rodillas, cuya “material mortal” se ha desintegrado. Hundida en el abismo, ha quedado a merced de la canalla, “de lo ruin, de lo innoble, de lo fofo/ que flota sobre el mar como resaca,/ como fétido gas en el vacío,/ cual chusma vil, sobre la especie humana”.

Esa es la imagen de la Patria que horroriza al vidente: una joven ultrajada sin rostro, imagen de la pura desolación. Una mezcla de bestia y mujer, símbolo mítico de la fatalidad. Parece una evasión. En realidad, Almafuerte está configurando su situación de argentino desde la experiencia concreta de su ser disgregado, de su estar de viejo criollo  vilipendiado. La Patria es una imagen en disolución, sin rostro (mujer-león). La chusma vil, el pueblo, ha caído, como la mujer, bajo la invasión de las abstracciones: “lo pequeño”, “la canalla”, “lo ruin”, “lo innoble”, “lo fofo”.

La Patria no tiene rostro ni valores. Pero desde lo profundo, eleva sus gemidos como si quisiera “ablandar a su dios con sus plegarias”. Son gemidos resonantes que “en la mitad de las tinieblas cantan”.¿Cómo gime la patria? A través de seres aislados, disgregados, separados en una horrorosa individualidad. Son “los que”. Los que piensan, los que lloran, “los que yacen/ más allá de la luz y la esperanza”. ¿Quién la siente gemir?  Yo, dice el poeta y repite infinitamente un incesante “me”. Sus gemidos, “saetas del pesar”, me despedazan, me paralizan, me anonadan, “sus gemidos/ sobre mi frágil corazón estallan”. Todos los vientos de la tierra gravitan sobre las espaldas del poeta, todo el dolor del universo agolpado en una sola vida, “toda la sombra de los siglos/ en una sola mente refugiada”. Disgregado el pueblo, todo se reduce al “me”, o sea, que la sola experiencia individual es el único testimonio acerca de los otros. Revela así su vocación de cargar con el sufrimiento de todos: es el bíblico “justo sufriente”. La del “justo sufriente” es una figura de la literatura sapiencial que no puedo expandir acá[v]. Un género literario didáctico que emanaba de la entraña de Almafuerte que siempre se consideró “maestro”.

Por ahora, observemos cómo el gemido de la Patria se expande al cosmos, más allá de los individuos. Se desencaja “la bóveda azul”, parece que Dios se derrumbara, que la naturaleza entera asumiera voz y proporción humana: “Me parecen que vienen y se postran/ sobre la regia púrpura de mi alma,/ y la pupila ardiente de las cosas/ un miserere trágico levantan”.

Deja, entonces, “las voces” o gemidos, y vuelve a las “visiones” que constituyen un estado superior al mero sentido de la vista: “Yo la siento cruzar ante mis ojos/ y es una estrella muerta la que pasa,/ dejando, en pos de su fulgor, la nada!”. “La imagen desgreñada y torva” le arranca la pupila como si, en vez de visión, fuese una garra: “es una aterrante procesión fantástica”. ¿ Y qué hay detrás de la imagen? Sólo la nada. Sí, la Patria es un fantasma, una apariencia, ¿qué más hay? Hay biblias del deber que ya no enseñan, apóstoles del bien que ya no hablan. Los laureles no honran, los inspirados de Dios ya no cantan. Las patenas, estolas, panes eucarísticos, banderas celestes, símbolos sagrados, ahora envilecen, manchan, envenenan y se arrastran: “Yo la siento cruzar…¡Seres felices/ que carecéis de luz en la mirada!/ ¡Ah! ¡yo no puedo soportar la mía/ bajo el fantasma horrible de la patria!”

Ahora el poeta, desesperado, clama a Dios. Cómo los antiguos profetas bíblicos, como Job, como el Cristo abandonado, enfrenta a Jehová, el nombre justiciero de Dios y lo acosa con preguntas urgentes. ¿Dónde estás? ¿Dónde te ocultas? ¿Por qué no  levantas a la doncella caída? ¿ Por qué dejas echar sobre su casto seno “la vil caricia de la gran canalla”?

El cuerpo de la patria (el pueblo) es sagrado, proclama. Tan sacro como las hostias santas, pero tu “miras echar sobre la patria nuestra/ el hediondo capote del esbirro”.

Jehová, le dice, ¿dónde estás? ¿Desde que abismo negro ves su profanación y no fulminas a los profanadores? Dios oye la voz de su poeta, pero se calla. Su poeta, clama, lo siente, lo aclama, lo adora, “en el día y en el alba”, en lo secreto de su pecho y en público, pero  Dios ha callado como un ídolo sin lengua, como un muñero sin alma. El poeta, intermediario entre la justicia de Dios y la patria, ¿es un engañado, un fanático que lo supuso un viviente o un ignorante que le atribuyó justicia?

Evoca, entonces, todo lo que la patria “era” (virtud, leyes, derecho, religión, libertad, patria, tradición gloriosa, consigna inviolable), pero, ahora, sólo es “un sueño, una mentira, una palabra/ una cosa que suena”, “una boca que grita y que no habla”.

Así es como la voz del poeta ha terminado por ser un grito mudo, una inmensa abertura oscura y sin sonido. Porque ahora en la patria reinan la doblez, la astucia, la codicia, “la vileza del sable que amenaza”, la insidia ruin que deshonra a la virtud. Es el mal desatado, su negro imperio sojuzgando las cosas y las almas.

Pero la creación lleva en sus entrañas “la genésica fuerza inconstrastable/ el fiat inicial del protoplama”. Aparecen así las multitudes, la plebe, la chusma: “Esos son la verdad, Dios de los pueblos,/ a cuyos pies la humanidad se arrastra/ como van los rebaños trashumantes/ hacia donde los vientos arrebatan.” El viejo dicho: no se puede barrer contra el viento de la historia.

Después de los apóstrofes que intentan despertar a Dios, sacarlo de su silencio e indiferencia ante el dolor humano, realiza un alegato dirigido ahora a un “Dios providente/ que todo lo precaves y lo mandas”. Apela al “arquitecto invisible”, “al poderoso caudillo”, “al tragediante inmortal”. Eleva al “Dios de justicia,/ a cuyo tribunal siempre se llama”, un oratorio irónico. En efecto, él ha hecho del placer “un ancho cauce/ que conduce a la muerte o la nostalgia”, deja “indefensa a la gacela” y, sobre todo, “has dividido el mundo de los hombres,/ en los más, que padecen y trabajan,/ y en los menos, que gozan  y que cumplen/ la misión de guiar la recua humana”. Estos pocos, esta oligarquía, más grande es “mientras más miente” y más noble es “mientras más mata”.

Llegado al colmo de la intemperie, abandonado de Dios, le sigue preguntando dónde está, dónde se oculta, por qué lo deja blasfemar y calla: “¿Mi rebelión airada no sofrenas,/ mi pequeñez pomposa no anonadas, mi razón deleznable no enloqueces, y esta lengua de arpía no me arrancas?”

Entonces, en la última extensa estrofa, se dirige, otra vez, “a los que”. Pero esta vez, esa masa es expresión de un componente nuevo: “los que sabéis de amor excelso”. Es un amor que “recorre la arteria y la dilata”, “reside en el pecho y lo ennoblece”, “palpita en el ser y lo agiganta”. Esos son los “nobles mancebos”, son los jóvenes, sujetos de valores desinteresados, capaces de salir de sí y practicar los ritos de la vida dándose enteros: “fuertes, briosos, púdicos, sin mancha,/ que recién penetráis en el santuario/ de la fecunda pubertad sagrada”.

A estos jóvenes de “alma entusiasta”, que todavía honran a sus madres con un beso en la frente, los convoca a rescatar a la mujer gimiente, golpeada, violada: a la Patria prostituida: “Volved los ojos a la reina ilustre/ que prostituida por los viejos, pasa,/ y si al poner los ojos en los suyos,/ ojos de diosa que del polvo no alza, no sentís el dolor que a los varones/ ante el dolor de la mujer ataca;/ si al contemplar su seno desceñido,/ (…) no sentís el torrente de la sangre,/ (…) si al escuchar sus ayes angustiosos, /-ayes de leona que en la jaula brama-./ no sentís una fuerza prodigiosa/ que os empuja a la lucha y la venganza;/ ¡Arrancaos a puñados de los rostros,/ las mal nacidas juveniles barbas, / y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”

Aunque parezca demasiado extensa, la cita anterior ilustra cómo el autor sintetiza las imágenes básica del inicio del poema y de su desarrollo y apela a un nuevo actor, la juventud. La patria es una reina ilustre, pero prostituida por los viejos; la patria ha sido ultrajada y debe sentirse como un dolor; la patria gime (“ayes”) y como una leona enjaulada (guedejas como melena de león), brama. Toca a una nueva generación reaccionar ante el oprobio del seno desceñido, obedecer al torrente de la sangre, sentir una fuerza prodigiosa y lanzarse “a la lucha y la venganza”.

Este era el canto de guerra de los jóvenes radicales. Pero, atención argentinos, el encargo contiene un anatema implícito: si no se lanzan a la lucha y la venganza, pierden su condición de varón, de custodios de la dignidad de la patria sojuzgada y prostituida. Por lo tanto, deberán arrancarse a puñados “las mal nacidas juveniles barbas”. Hay también un insulto implícito: por elipsis,“mal nacidas” también puede aplicarse a los portadores de las barbas, o sea, a los jóvenes.

Si una juventud “mal nacida” renuncia a defender la soberanía, si  la justicia social es una entelequia, la patria será un fastasma, una sombra, y la escoltará, en procesión trágica,  un coro de mujeres gimientes y solas: “¡Y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 31/05/2018

[i] ALMAFUERTE, 1964,3ª. Ed., Obras Completas. Evangélicas-Poesías-Discursos, Buenos Aires, Editoria Zamora. Todas las citas de Almafuerte están tomadas de esta edición.

[ii] GÁLVEZ, Manuel, 1944, Amigos y Maestros de mi Juventud,Buenos Aires, Editorial G.Kraft

[iii] MORALES, Ernesto, “Significación de la obra de Almafuerte”, en: NOSOTROS, N° 234, 1928.

[iv] El Arte Poética de Horacio o Epístola a los Pisones, 1777, traducción de D. Tomás de Yriarte, Madrid, Imprenta Real de la Gazeta,1777.Sive :www.traduccionliteraria.org/biblib/H/H101.pdf

[v] Recomendamos, como un primer acercamiento al tema, un libro de Alejandro Losada Guido en que concepto está aplicado al Martín Fierro. Cfr. LOSADA GUIDO, Alejandro, 1967, Martín Fierro. Héroe-Mito-Gaucho, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra: “El género sapiencial posee un fin bien definido: la comunicación de una determinada visión de la existencia. Enseñanza en el sentido más digno y amplio de la palabra, que poco tiene que ver con la instrucción, al usar preferentemente instrumentos poéticos y simbólicos. En el sentido antiguo, donde precisamente la materia que debía comunicar el maestro no era la “ciencia” libresca, sino la “sabiduría” (p.73).

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por Jorge Torres RoggeroLuis de Tejeda y Guzmán

En 1980, se nos encomendó la selección de algunos textos de Luis de Tejeda en su tricentésimo aniversario.[i]Como primera constatación, surgió la necesidad de desaprender: se astillaron viejas certezas acerca del culteranismo o conceptismo (manierismo) de nuestro primer poeta. No porque dichos estilos se excluyeran de la obra (constituían el discurso cristalizado de su época, era imposible no escribir así) sino porque, al ser trascendidos, concluyeron por no ser lo más significativo.

Descubrimos de pronto que la clave interpretativa de Tejeda no descansaba en una cuestión solamente retórica, sino de sentido. En efecto, algo más que mera escritura (dimensión de lo estrictamente mensurable) era el misterio de una vida inserta en un destino individual, pero también familiar, comunitario, cósmico y, por fin, escatológico. De tal modo, el registro dominante no era, ciertamente, el literario, sino el religioso (sagrado).

Por otra parte, el Libro de Varios Tratados y Noticias, (utilizamos el manuscrito anotado por Furt[ii], ya denunciaba en su título el carácter predominantemente medieval de sus enunciados. En efecto, a pesar de ciertas apariencias, se trata de una historia de salvación (“historia salutis”). Las leyes que organizan el texto no corresponden a ninguna causalidad profana (organización metonímica), sino más bien a una simple y decepcionante ejemplaridad, es decir, a un discurso prosopopéyico. Como afirma Luiz Roberto Alves: “La voz, los gestos y las cosas que hace el pueblo son una prosopopeya y su lugar está en la calle en medio del remolino (…) La prosopopeya es también un discurso vehemente y repentino por el cual llegamos al corazón de nuestras contradicciones: hablan los mudos, saltan los cojos, gritan los muertos, los tristes se alegran, se fortalecen los débiles. Es la temática de lo imposible hecho posible, o de lo desechado que se vuelve útil.”[iii]

No es, entre otras cosas, aventurado, considerar a Tejeda el primer “gaucho matrero” de nuestra literatura. Como Martín Fierro, debió largarse a las “sierras” para escapar de sus perseguidores: “…y abrió las puertas y vio entrar por ellas un hombre que más parecía salvaje; porque, aunque el talle y la disposición y edad eran de un mancebo briosso y bizarro la crecida y desgreñada melena y barba y el asseo de su persona mostraban que venia de havitar los montes; su lenguaje feo, rustico y placentero daba a entender que alguna mala fortuna le tenia en aquel estado”. Como Fierro, el mozo era cantor: “saco de debaxo del brazo un discantillo (guitarrillo o ¿charango?) y le tenplo”: cantó, entonces, romances y habló de haber vivido entre indios barbados (p.80-81). Luego fue a la ciudad y se hizo lego: se libró así de la Justicia Real. Muchos reputan que este “mancebo briosso” era el propio Tejeda; si no lo era, el episodio nos anticipa el “gaucho malo” o matrero.

Según Furt, Tejeda, que “vistió el hábito de los predicadores”, no desatendió sin embargo sus bienes “ni evitó las escapadas de viejo andariego y callejero por la ciudad y los ancones; pero fue desprendiéndose poco a poco de las cosas materiales y creciendo en espíritu”. Fray Luis no fue sacerdote, sino “el más oscuro e ignorante lego” (Genealogía) o a lo mejor sólo “novicio estudiante”(Furt) con libertad de entrar, salir y disponer de sus bienes. En ese contexto vital, su obra nos habla acerca de un destino que se realiza sobre una “patria terrestre” (Babylonia) y en vistas a una “patria celeste” (Jerusalén).

Ricardo Rojas tituló a la obra de Tejeda, Peregrino en Babilonia y Enrique Martínez Paz, Coronas Líricas: dos títulos arbitrarios, pero no ayunos de sentido. La “corona de Rosas del Rosario Santísimo” predica una estructura circular cuyo recurso retórico es la redundancia, propia del símbolo. Siempre se vuelve al mismo “nudo ciego” o Centro, que es, a la vez, absolutamente otro. Es la expansión de una historia sagrada que comprende muchas historias profanas. Tal el elemento unificante de los variados asuntos que se desenvuelven en la obra. Sólo un título: Libro de varios Tratados y Noticias podía enhebrar los misterios del rosario, el romance de su vida, el “Fénix de amor”, “Al Niño Jesús”, con la relación de la fundación del convento de las carmelitas descalzas, la vida de Santa Rosa de Lima y, además, la historia de Córdoba y los Tejeda.

El carácter medieval deviene precisamente de la concepción de “libro”. En efecto, resulta vano el empeño de ajustar el Libro… a las exigencia de la simplificación positivista ( o estética cartesiana, según la exacta expresión de María Rosa Lida[iv]): “Dios se revela en el mundo, que es su obra, y en la Biblia, que es su palabra; a ejemplo del Libro Santo, creación gemela del mundo, todo libro es en cierto modo símbolo de lo real, y ha de reflejar la diversidad de la obra divina acogiendo a sus divergentes manifestaciones como otros tantos valores positivos e imprescindibles, ya que todos existen en la hechura de Dios. Por eso el libro medieval encierra entre el “íncipit” y el “éxplicit”, categorías cuya sola vecindad es una contradicción para el concepto moderno (…) La serie infinita de la creación, aunque toda de signo positivo, se ordena con respecto a su Creador en una escala que va del goce vital a la renuncia ascética…”. En Tejeda, el “íncipit”, comienzo de “peregrinación tan larga” es Babylonia; y el “éxplicit” o la “montaña piramidal” es la Ciudad Celeste (Paraíso).

 Babilonia es el símbolo del suceder en tanto manifestación contingente del Centro Eterno (Jerusalén/Ciudad Santa). Babylonia, patria terrestre, Córdoba, es, entonces, multiplicidad y laberinto: “La ciudad de Babylonia/aquella confusa patria/encanto de mis sentidos, /laberinto de mi alma”(p.23).

En sentido iniciático la ciudad, recinto cuadrado, es un mundo denso, material, a través del cual se producen los movimientos evolutivos e involutivos del espíritu.[v] Y ese carácter simbólico,”entrada y salida” del mundo de la materia, está claramente designado en el texto: a) es caos (“confusa patria”); b) es hechizo (“encanto de mis sentidos”); y c) es prueba (“laberinto de mi alma”).

 Todo el libro resulta así un camino iniciático o laberinto que sólo puede ser interpretado en su integralidad desde la estructura de lo real manifiesto en los símbolos que reconstruyen todos los aspectos de la obra incluso el meramente literario. Anotemos estos dos elementos: a) la relación Córdoba/Babylonia; 2) el simbolismo iniciático.

Babylonia, paradigma fundamental de nuestra cultura para significar la multiplicidad y la dispersión, encarna y se vivifica en Córdoba. Así Tejeda es habitante de este “pago” y habitante del “universo” al mismo tiempo.

 Tanto Rojas como Martínez Paz y Furt insisten en el carácter libertino de la Córdoba criolla del S. XVII. Rojas asegura que: “Basta recorrer los procesos de la Inquisición, para ver qué sensualidades acusaban los comisarios del Santo Oficio a obispos como Victoria, Cárdenas o Mercado, y de qué horrendos pecados eran acusados los frailes o los padres de la Compañía. Sacrilegios continuos, adulterios, hechicerías, concubinatos, poligamias horrendas…Se acusaba a los ministros del culto de haber solicitado de amor a sus hijas de confesión o comunión, y hasta de haberse amancebado con ellas. Si esto hacían los clérigos, puede imaginarse lo que hacían los civiles en sus encomiendas”.[vi] Martínez Paz, por su parte, asegura: “La vida corría, pues, entre ceremonias de culto, los aprestos de guerra, las intrigas, los crímenes y los devaneos galantes”.[vii]

Furt, por último, cuenta cómo en 1615 el Cabildo celebra la construcción de acequias porque así cesan las indias y negras de acarrear agua del río a donde van ” a todas horas de la noche” y se juntan con sus “gayines”. En 1612, conturbaron a todos unas danzas que se habían introducido. Concurrían allí indios e indias; y sin reparar en la mezcla “mozos mestizos y españoles, holgazanes, querían entrar a las fiestas”. Por fin, ya en 1594, Barzana le contaba al Rey: “Mucha gente de Córdoba es dada a cantar y bailar. Y después de haber trabajado todo el día bailan y cantan en coros la mayor parte de la noche”. La cultura popular, a su vez, crea ciertos géneros literarios. Según el P.Grenón, preocuparon a las autoridades. “Versos,libelos y cantaletos”, eran llamados y, al mismo Abreu,en la prisión, “dábanle cantaletas de pesadumbre y desvergüenza”[viii]

Allí en Babylonia/Córdoba encarnó Tejeda, el peregrino: “Su libre albedrío le doy/llévele consigo, y vaya/peregrinando la tierra/de Babylonia su patria. /Puesta pues mi libertad/ en esa anchurosa plaza/ de Babylonia; empecé/ mi peregrinación larga”(p.27).

El Hacedor estaba en el principio, en el centro de su alma: “Estaba el sumo Hacedor/mi padre, y primera causa/ diciendo de esta manera/en el centro de mi alma”(p.25). Pero ahora está encarnado, tiene de sus padres la “materia vil y baja” y ha sido dotado para vencer las pruebas: “El querer o no querer/será su dicha o desgracia”.

Consideremos, entonces, el carácter iniciático del peregrinaje de Tejeda. En primer lugar, llamamos la atención sobre una principalísima marca: las referencias a figuras celestes propias de la astrología. Según Martínez Paz, las alusiones al zodíaco coinciden con la fecha de su nacimiento: “al tiempo que el sol pisaba/la cola del Escorpión/ y él le miraba con rabia”(p.23).

Furt supone que, a Lope de Vega, aficionado a los horóscopos, adeudaba Tejeda las alusiones astrológicas (p.24). Sin embargo, páginas más adelante (299) Furt registra un acta del Santo Oficio. Es una denuncia de Diego Fernández Salguero. Cuenta que, cierto día, estaban reunidos en el Portal de Valladares, frente a la plaza, el capitán Luis de Tejeda, Juan de Tejeda, Gabriel Tejeda y otras personas que no recuerda. Llegó entonces Molina de Navarrete con un papel entre sus manos. Luis de Tejeda lo tomó entre las suyas, leyó el título y explicó que “decía memoria o razón a lo que se quiere acordar de los días aciagos de todos los meses y de todos los años” y aun de toda la vida. Y hasta consignó que ese jueves veinte (abril,1656) era uno de los que en tal papel estaban apuntados como aciagos. Luego entregó el papel a D. Gabriel de Tejeda. Cuando este lo recibió el denunciante se levantó de la conversación y los dejó en el portal.

Este documento prueba la circulación de escritos con predicciones astrológicas y no faltan autores que hablan de un plano zodiacal de Córdoba y de una “orientación” según un calendario sagrado cuyo ritmo obedecería al vector celeste de la festividad de la Inmaculada Concepción.[ix] No es casual, por lo tanto, que el Libro de Varios Tratados y Noticias se inicie con una alabanza a Inmaculada: “Hoy Córdoba Virgen Pura/y su estado irregular/voto de religión hace/a vuestra limpia verdad”(p.3).

Narra en un romance el acatamiento de las diversas jerarquías y órdenes religiosas, la Alcaldía y los hijosdalgo a la bula de Alejandro VI sobre ese misterio religioso. Pero a la caballeresca fiesta sucede: “festivo aplauso de devoción popular”. No relata la fiesta seguramente por su carácter orgiástico, aunque le recuerda a la Virgen que “ninguno os quiere mal”. Es que el exvoto comunitario, la fiesta, es el símbolo mayor de la creación popular, “es un ritual en búsqueda de identidad” (cfr. Alves, p.134): “Y así estas letras y versos/con humildes pies se van/hasta parar en los vuestros/como arroyuelos al mar”. Asegura Tejeda que “con tal estrella” entró en la religión dominicana: “porque de Dios también voz/la voz del pueblo se llama”. Tiene especial devoción a la Natividad de María (8 de setiembre), compone un himno con la genealogía de la Virgen, “El Árbol de Judá”, donde quiere referir “el pobre y espinoso rosal que engendró a la Divina Rosamaría, Madre de Jesús”.

Es el tradicional símbolo de la “rosa entre espinas” germinando en América. En el día de la Natividad es librado de su primera cautividad. No es ajeno, por lo tanto, a la estructura argumental, el poder de los nombres y los números sagrados. Nótense las siguientes correspondencias: cinco letras del nombre de María (“sinco rossas hermosísimas”); cinco azucenas de Santo Domingo Soriano, cinco llagas de San Francisco, cinco misterios del rosario (peregrinaje desde un centro para retornar al Centro) y, por lo tanto, el poder de esta antífona quinaria (“de sinco dicciones todas de sinco letras”): “In PROLE, Mater; in partu, VIRGO; gaude, VIRGO MATER”. En otras palabras, es la verbalización de lo que considera un poderoso pentaclo. No en vano el códice Cabrera asegura que Tejeda poseía gran conocimiento de la ciencia y la poesía sagrada. Sólo dentro de este contexto se entiende el poema “Fénix de Amor”. El fénix, ave que renace de sus cenizas, es, según una antigua tradición cristiana, símbolo de la resurrección y de la virginidad de María. En caso de ser referido a San José, la Virgen asume el simbolismo del fuego que es muerte y vida del ave mítica (Furt, p.102 y sgs.). Y el fuego es la rosa.

La Virgen, o la mujer en su aspecto mediador y liberador es la conductora del converso pecador. Su nombre es un poderoso talismán, pleno de significados y fuerzas escondidas: “Haciendo la salva al dulcísimo y suavísimo nombre, con todas las profecías y misteriosas sombras y figuras con que, por todos los siglos fuiste, eres y serás venerada y aclamada”.

Cuando se convierte y es desatado de alguna de sus “captividades” (muerte iniciática, nuevo nacimiento) comulga en la iglesia de las carmelitas descalzas, con el Niño “en el pobre y miserable pesebre de su pecho” y prorrumpe en “soliloquios” que después escribió y cantó. Se deduce, pues, un viaje “ad intra” (soliloquio); un viaje “ad extra” (escribió) y una dimensión comunitaria (cantó). Los misterios dolorosos serán corona lírica de espinas: el cuchillo “mudo y elocuente” es paradójica bandera que el devoto ha de seguir. Narra también la historia de la Virgen Rosa (Rosa de Lima) y su corona de tres guías con treinta y tres púas cada una, que Juan Larrea relacionó con el simbolismo general y último de América. A Rosa exalta Tejeda con su famoso y enigmático soneto y con estas redondillas: “Oy la América se goza/ de ver trocada en estrella/ luziente del cielo y Bella/ la que en sus campos fue Rossa”. (p.179)

  En provincia “verde y espinosa” encarnan los simbolismos universales. La mujer “terrestre” que aparece en sus aspectos tentadores de madre, hermana, esposa y amante (cuando no ciudad y agua), manifiesta su lado interior “celeste” como Guía (Anfrisa en sueños; la esposa: “Yo con ansia amorosa de seguilla/ forzexando entre el sueño, o maravilla!”). Además, Santa Teresa, Santa Rosa y, sobre todo, la Virgen María. En el laberinto acecha también el lado oscuro y devorador de la mujer. Circe, las sirenas, llaman al peregrino para devorarlo.

 Circulan los encantamientos de Circe, la hechicera que hizo titubear a Ulises: “Las Circes encantadoras/ Babylonia de tus plazas/ ya no con tanta violencia/ mi inclinación arrastraban, / el canto de las syrenas/ por tus márgenes y playas/ entraba por mis oídos/ mas llegava asta el alma”.(p.57)

 Casandra, como Cibeles, es sustancia universal indiferenciada, atracción, fuerza. En la cárcel, lucha con su hermano porque “cada cual entendía que era el dueño de su alma”(p.37). Toda esta energía femenina negativa es metaforizada como remolino, turbión, pozo, abismo, remansos, locura extraña, sueño. Es lo inconsciente, lo que atrae, arrastra y siempre está vinculado con el “Babylonio río” (nuestro Suquía), lugar de “pecado” según hemos visto:

                                               “con un turbio remolino

                                               me trasladó a sus entrañas”(p.41)

                                               “en una frágil canoa

                                               por tus remansos me andaba”(p.41)

                                               “Y un recio turbión de vientos…”(p.41)

                                               “un uracán se levanta”(p.51)

Con “las potencias ligadas a un grave sueño” (recordemos “el primero” de Sor Juana), bajo un árbol de centro oscuro (“cuio centro ni el sol baña”) cae en el encantamiento de Circe. Hay avisos: primero, “el ronco trueno”; luego, un “relámpago beloz”, y por fin, el rayo, “quel mundo pasma”; pero nada puede apagar el “incendio”, o “brasa” o “fuego burlesco” (rojo) del pecado, sino la muerte. Llega a requerir a su amante recién confesada y comulgada, en la iglesia, en pleno ritual y con la ceniza del miércoles santo en la frente. Ni a Jonás, que, vomitado por la ballena, predicó en Nínive, hubiera escuchado.

El pecador está perdido en el laberinto de Babylonia. Es difícil salir. Atrae como el abismo y por eso es símbolo de la caída del espíritu; pero también predica la necesidad de buscar un Centro, de recorrer el laberinto y es, entonces, símbolo de la peregrinación a Tierra Santa. Ahora la mujer opera como guía: “…y a la imagen/ de Teresa soberana/ obsequiosos le pedimos/ que (ya su) intersession sancta/ el torzar fuese de oro/ y ella hermosa Ariadna/ en el ciego laberinto/ de nuestras vidas amargas”.(p.55) El peregrinar es un acto penitencial, un andar por un “piélago de zarzas”: “Y assi de un verde sauco/ a la sombra siempre infausta/ me senté a llorar despacio/ sin saber por que lloraba.”

Entra entonces, no ya en el “primero sueño”, sino en un “profundo sueño” que con “peresosas alas” lo llevó del “aire en la región alta”: “De allí miré por Zenith/ subir de la tierra baxa/ un monte piramidal/ a la fábrica estrellada/ y una blanda voz me dixo/ al oido, con subtil aura,/ aqueste monte que miras/ es la ciudad de Dios Santa./ Lo demás es Babylonia/ que pregrinando andas/ desde el Arcturo; al Cruzero/ y al ocaso desde el alva”(P.77).

Zenith, una zona o punto axial por donde se pasa de lo espacial a lo no/espacial, de lo temporal a lo no/temporal.

 En otra de las “captividades” vemos a Córdoba/Babylonia por dos veces inundada (hasta el futuro emplazamiento del Dique San Roque queda consignado, según algunos: “Esta canal y provida compuerta/ no mas desde el un serro al otro abierta/ la soberana Providencia puso…”p.280): “El mestizo torrente circumfusso/ que si pasara con sus libres olas/ a esta mi Babilonia decantada/ en dos horas quedara aniquilada”.

 El carácter epifánico se patentiza también por la irrupción constante del milagro en lo contingente (en la familia Tejeda, en Saldán, en Córdoba, en Santa Rosa de Lima, en la Historia Sagrada).

            Por último, señalemos ciertas acciones rituales de carácter iniciática: a) la aparición de un misterioso duende o espíritu elemental (“lisonjero etíope”, “negrillo enano”); b) la ayuda sobrenatural (“religioso pequeño/ anciano no, mas venerable”), y c) las ya enunciadas “pequeñas muertes” (aquí llamadas “captividades”).

Deberíamos insistir aún en el aspecto de “historia salutis” del Libro de Varios Tratados y Noticias que implica: a) una historia sagrada (historia de salvación a través de los misterios del rosario: encarnación, crucifixión, resurrección; b) una historia de la comunidad (Córdoba, carmelitas); una historia familiar (los Tejeda); una historia individual (Fr. Luis).

Toda historia individual será sólo un aspecto contingente, profano, de la historia sagrada universal y abarcante.

 Podríamos ampliar estas profusas señales, pero ante la imposibilidad de entrar en más detalles, y aún a costa de ser mal interpretados, hemos preferido lo más evidente y de más fácil acceso.

Si, por lo tanto, resulta insuficiente el aspecto puramente literal, así como el estrictamente literario, se comprenderá lo apasionante que puede llegar a ser el intento de desatar los nudos interiores de este tejido (texto) mágico.

La lectura que proponemos puede facultarnos  para ligar ciertos hiatos en la literatura argentina y para establecer ricas conexiones, por ejemplo, entre la obra de Tejeda y La Argentina de Barco Centenera. También allí lo “milagroso” se constituye en epifanía de “lo sagrado” que signa la realidad cotidiana. En otras palabras, por ellos sabemos que el territorio de la Patria no termina donde termina la vanidad del guerrero o la riqueza del comerciante, sino que posee, realmente, dimensiones que hemos olvidado.

 Tras el rastro de Tejeda y Centenera, no es difícil que nos internemos, siempre que seamos capaces de sortear “la falda de zarzas espinosas”, hacia los sitios “más altos y eminentes”. Como el fraile cordobés no nos sorprendamos si, en un “humilde Saldán”, encontramos “el dicho centro de nuestra peregrinación”.

Como es fácil advertir, a esta altura, hemos pasado definitivamente del “nos” aséptico del expositor, a un “nuestro” que implica al sujeto.

Juan Larrea,[x] en virtud de un pasaje consciente de la “verdad lógica” hacia una “verdad poética”, estudiando a Rubén Darío con su “música de ideas” y su busca del “ser cultural”, recuerda el uso simbólico dado por el nicaragüense -Mitre mediante- a un famoso terceto de Dante. Es aquel que versa sobre la montaña del Purgatorio, “cuando puso su mente en el otro polo y vio las cuatro estrellas que sólo fueron avizoradas por los primeros hombres”. Nuestro escritor-astrónomo Martín Gil, como Mitre y Darío, asegura, con razones científicas esta vez, que se trata de la Cruz del Sur (o Cruzero, según Tejeda).[xi]

La Ciudad de la Paz, la Nueva Jerusalem, la Ciudad Cuadrada del Apocalipsis bajaría (según esta “verdad poética”) o estaría ya en secreta construcción en América del Sur. Sarmiento le dio el nombre de Argirópolis, Marechal la imaginó en un lugar misterioso del interior y la bautizó Cuesta del Agua, Daniel Moyano y Héctor Tizón andan buscando una copla perdida que oculta la orientación verdadera. Nuestro Luis de Tejeda asegura que el “monte piramidal” de la Ciudad Sancta se eleva en un cerro de Saldán.

 Lo cierto es que Darío saludó así a la Nueva Arca, símbolo de plenitud del Continente de la Rosa:“…una paloma llevó una rosa al arca, / rosa del porvenir, rosa divina, / rosa que dice el alba de América futura, / de la América nuestra de la sangre latina.”  

 Notas:

[i].- “Laurel, Hojas de Poesía”, Segunda Epoca,Año I,Jul.-Ag.,1980,Córdoba.Cfr.”Selección y claves” por Jorge Torres Roggero,pág.14.

    [ii].- TEJEDA, Luis de: Libro de Varios Tratados y Noticias ,Municipalidad de Córdoba,1980. Lección y notas de Jorge M. Furt. Las citas de Tejeda y Furt corresponden a esta edición.

    [iii].- FESTA, Regina et.al.,Comunicación popular y alternativa, Ed.Paulinas, Bs.As., 1986. Cfr. pág.122 y sgs.:”Comunicación y cultura popular: las prosopopeyas del camino en medio del remolino”, por Luiz Roberto Alves.

 [iv]. -LIDA DE MALKIEL, María Rosa, Juan Ruiz. Selección del Libro del Buen Amor y estudios críticos, Eudeba, Bs.As., 1973, pág.14.

 [v]. – CIRLOT, Juan Eduardo, Diccionario de Símbolos, Labor, Barcelona,1978, p.95. Nuestras breves acotaciones referidas al simbolismo tradicional están tomadas de este diccionario, así como de Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, de René Guenon, Eudeba, Bs.As., 1969. También usamos léxico y modos de expresión dispersos en la obra de Leopoldo Marechal, René Daumal y Juan Larrea.

[vi]. – Cfr.Prólogos de Tejeda, Dirección de Historia, Letras y Ciencias,Córdoba, 1980.

 [vii]. – MARTINEZ PAZ, Enrique, ib.,pág.81.

[viii].- FURT, J., cit. pág. 32-33 y 41 (notas). Debemos citar como fuente importante sobre la vida cotidiana en Córdoba, S. XVII, el libro de Carlos P. Bustos Argañaraz titulado Facciones y banderías en la Córdoba del S. XVII, Cuadernos de Historia, Junta Provincial de Historia de Córdoba,1982.Consúltese también de Josefina Piana de Cuestas, Los indígenas de las sierras de Córdoba (1570-1620), Universidad Nacional de Córdoba,Córdoba,1992.-

 [ix].- Cfr. RODRIGUEZ ISLEÑO, Santiago, “La llanura heráldica” (en: “La Voz del Interior”, Córdoba, 14/11/1982.Cfr.et. “La ciudad solar”, ibid.,23/01/83. Se estudia la disposición y orientación del plano inicial de la ciudad y su relación con el zodíaco.

[x].- LARREA, Juan, Intensidad del canto errante, Universidad Nacional de Córdoba,Córdoba,1972.Cfr. et. Angulos de visión, Tusquets, Barcelona, 1979.

[xi].- GIL, Martín, Antología, Selección y prólogo de Arturo Capdevila, Academia Argentina de Letras, Bs.As., l960, p.144 y sgs.

por Jorge Torres Roggero

CULTURA REVISTA1.- El camino de la alpargata

“Es la memoria un gran don/ cualidá muy meritoria…”, canta Martín Fierro. Estas líneas serán un sencillo ejercicio de memoria. Y también, una vindicación de la “alpargata”, como símbolo cultural del suelo, del arraigo, de eso que, según Kusch, “no es cosa, ni se toca, pero pesa”. Es un punto de apoyo que no puede fotografiarse, un “grund”, o como dice Borges, “el revés de lo conocido”, eso que “está soterrado como el cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto”.

En otras palabras, se trata de considerar la cultura dentro de la historia, vivenciarla como un relato profundamente ligado a lo cotidiano,  como energía seminal y núcleo de la “eternidad histórica” del pueblo. Los invito, entonces, a sumergirnos en lo oscuro, a balbucear lo inombrable, a tantear el espacio siempre dialogante de la “serie semántica de la vida”.

¿Cuál es uno de los argumentos más recurrentes para demostrar la supuesta “barbarie” de los “negros peronistas”? Es, sin duda, la  famosa consigna “alpargatas sí, libros no”. Ese recuerdo, constantemente atizado por los representantes de ciertos sectores sedicentes cultos, constituye todavía una  “razón” convincente para los que se manejan dentro de la lógica interna de la cultura oligárquica. Muchos discursos y declaraciones de funcionarios y periodistas aduladores del poder han abusado y abusan de ese remanido y acrítico recurso retórico.

¿ Cuál es  el origen de la consigna? Ocurrió en La Plata y se relaciona con  la fuerte presencia de las mujeres el 17 de octubre de 1945. En efecto, el día 16 de octubre trescientas mujeres se congregaron en la calle Nueva York de Berisso. Vivaban el nombre de Perón. Pronto se sumaron a ella los obreros de los frigoríficos e iniciaron la marcha hacia La Plata. Cuando pasaron frente a la Universidad, comenzaron a gritar: “Alpargatas sí, libros no”. Luego cantaron el Himno Nacional y concluyeron con silbatinas y burlas. La farsa, el ridículo, la parodia eran ahora un arma del pueblo. Y lo sigue siendo según lo testifica el “hit” de este verano. En Rosario también privó lo farsesco: montaron un burro y el jinete llevaba un cartel que decía: “profesores universitarios”.

En la universidad arancelada de la época, docentes y estudiantes (grandes oradores que repetían el discurso y los verosímiles de la Reforma Universitaria que conspiró contra Yrigoyen) denostaban a las masas peronistas. Decían que, así como las masas rosistas salían del matadero; los obreros peronistas, considerados lumpen, salían de los frigoríficos, eran turbas de matarifes. Así los vio Ezequiel Martínez Estrada: “Volcó (Perón) a las calles céntricas un sedimento social que nadie había conocido. Parecía la invasión de gentes de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos […] aparecieron con sus cuchillos de matarifes en la cintura, amenazando con una San Bartolomé del Barrio Norte. Sentimos escalofrío viéndolos desfilar en una verdadera horda silenciosa con carteles que amenazaban tomarse una revancha terrible.” En el mismo texto, afirma sobre Yrigoyen: “no atacó de frente ni de soslayo a la cultura, pero habilitó una forma muy del gusto de la chusma, una paracultura con órganos de seudoculturación”.

Si tomamos como horizonte de lectura al pueblo, nos resulta fácil comprender que “libros no” significaba, en ese momento, el rechazo de una cultura extraña en nombre de la cual se sometía a los humildes a la más inhumana explotación.

¿De qué servía al pueblo una democracia puramente literaria? ¿De qué las bibliotecas a las que no tenía acceso? ¿Y la universidad, renta exclusiva de los sirvientes de las empresas extranjeras y sus gerentes? Esos libros, no. Y eran los únicos que conocía. Eran los libros en nombre de los cuales el “dotor” los jodía.

“Alpargatas”, a su vez, simbolizaba lo propio. Significaba pararse en su propio espacio, instalarse sobre una base vivencial propia, ganarse a sí mismos. Comenzar a elaborar un “pensar” propio a partir de la “alpargata” constituye un desafío a la creatividad y autenticidad de los intelectuales argentinos.

Estas sencillas consideraciones me llevaron a hacer memoria y acude a mi recuerdo la revista    CULTURA que fue editada por el Ministerio de Educación y de la Provincia de Buenos en la “época oscura” de la tiranía, entre 1949 y 1951.

Y hacemos hincapié en la palabra “oscura”, porque el iluminismo de vientre seco de la cultura oligárquica ha pretendido representar las épocas en que el pueblo se hace cargo de su destino y sale a la superficie, interregnos  en que la Nación muestra el resplandor de su rostro verdadero, como paréntesis de sombra, de tinieblas. De este modo se quiere prohibir al pueblo que recuerde y, al recordar, “reviva” su momento epifánico. Y lo peor del caso es que no faltan en el campo nacional los “bueyes corneta”.

Les transcribo lo que dicen, sobre la revista CULTURA, Lafleur, Provenzano y Alonso en su libro Las revistas literarias argentinas, 1863/1967. Lo dicen con poco entusiasmo, pero ello no invalida la honestidad del juicio:

“Al aproximarse el fin de la década del 40 nace en La Plata una revista de gran envergadura intelectual, la que ofrece una característica muy singular en relación con el resto de las similares: se trata de una publicación literaria de origen oficial. En efecto, nos referimos a CULTURA, publicación auspiciada por el Ministerio de Educación de Buenos Aires.

Un publicación literaria patrocinada por Estado puede sufrir ciertas limitaciones que, al fin, desnaturalizan su auténtico cometido. La propaganda política o la discriminación que de ella puede derivarse, suelen ser su casi inevitable fantasma. Debe señalarse con justicia que nada de eso pasó con CULTURA: desarrolló su curso libremente y en sus páginas se dieron cita firmas de todo orden intelectual. La nómina de colaboradores, extensa y de notable calidad…” (p.215).

2.- Los contenidos

Los contenidos de la revista se organizan a partir de espacios de desarrollo teórico y de de difusión. En todos los números accede el lector a artículos sobre literatura, arte, filosofía, sociología y otras disciplinas de interés en el momento. En cada entrega se difunde la obra de un plástico destacado. Junto a su biografía,  múltiples reproducciones de las principales obras. Otras de las secciones era el Guión de Lecturas, o sea, el comentario de libros. Por último, se difundía, en cada edición, la abundante, múltiple y abierta obra cultural promovida por la  Provincia.

Aunque sería lindo reproducir algunos de los artículos fundamentales y sus autores, me limitaré a nombrar algunos colaboradores y plásticos. Pero quizás lo más importante de este informe será la exposición de algunos “hechos de cultura”. Se podrá apreciar así un ministerio “al servicio del pueblo y en manos del pueblo”, según la feliz expresión del Gral. Perón. Por último, habrá que tener en cuenta que la pregunta por lo “nacional” siempre está presente, aunque se esté hablando de Goethe, Bach o Heidegger.

3.- Colaboradores

Antes de comenzar con los “hechos de cultura” dejo, tomando al azar, estos nombres de la lista de colaboradores: Juan Zochi, Bruno Jacovella, A. Ponce de León, César Rosales, Nicolás Cócaro, O.N. Derisi, Juan C. Dávalos, Guillermo House, Osiris U. Chierico, L. Marechal, J. Soler Cañas, Marcos Fingerit, Rodolfo Falcioni, Luisa Sofovich, R. Sepich, E. Puga Sabaté, María Granata, Fermín Chávez, I.Quiles, Lysardo Zía, D. Galtier, Gregorio Santos Hernando, Carlos Astrada, Ramón Gómez de la Serna, Miguel Brascó y muchos más. Sí que hay obras para rescatar y para leer.

Los plásticos cuya obra se difunde en cada entrega, son, entre otros: Líbero Badii, Miguel A. Elgarte, Adolfo Bellocq, César López Claro, Laerte Baldini, Jose Alonso, Domingo Pronsato.

4.- Hechos de la cultura

Me limitaré a enumerarlos. Sin comentarios. Sólo les pido que consideren la universalidad de temas, la variedad de destinatarios y la participación de los gremios y la CGT en las actividades culturales. Por supuesto, planean objetivos claros e insurge la unidad de concepción.

1) Resolución del Ministerio de Educación por la cual se llevan a las escuelas bonaerenses piezas no retiradas por sus autores de los salones que organiza el organismo oficial ( y como había salones regionales, eran muchas) para contribuir a “formar el gusto y los sentimientos estéticos de los educandos y de los núcleos sociales del interior de la Provincia” (Año I, Nro. 1).

2) Exposición en agosto de 1949 de 78 obras de Benito Quinquela Martín a la que asisten “numerosas delegaciones de gremios obreros, alumnos de la U.N. de La Plata y de las escuelas bonaerenses, empleados, etc.” El Gobierno dispone adquirir “Efecto de sol en el Riachuelo” “manifestación auténticamente popular y argentina de la pintura nacional” (Año I, Nro.1).

3.- Campaña para ilustrar al pueblo y hacer viva conciencia de los principios sustanciales de la Ley de Defensa de la Riqueza Forestal. Sobre la significación del árbol hablan por LR 11 Radio Universidad Nacional de La Plata escritores, maestros, profesionales. Algunos títulos: “El árbol, fuente de enseñanza espiritual”; “Arboles argentinos, leyendas y supersticiones”; “El árbol en la literatura”; “El árbol en la pedagogía”; “El árbol y la música”. Se lo relacionan también con la economía, el urbanismo, la historia, etc. Como vemos, se “educa”, no se manipula.(Año I, Nro.1). ¿En cuantos años se adelantó el peronismo en el cuidado de la madre tierra?

4.- Ciclo atinente a la poesía y la literatura vernácula a cargo del Director del Instituto Nacional de la Tradición profesor Juan Alfonso Carrizo. Se transcribe el programa desarrollado. (Año I, Nro.1).

5.- Bajo el título de “lo popular y lo culto en la música argentina” se cumplen varios conciertos por intérpretes de nombradía en las ciudades del interior de la Provincia. (Año II, Nro.4).

6.- Especialistas de la Pronvincia exponen conclusiones a que se ha llegado en el campo de la investigación folklórica. El ciclo se llama “El hombre de la pampa y su cultura”. Intervienen: Bruno Jacovella, Juan Alfonso Carrizo, Isabel Aretz, María Teresa Villafañe Casal, Berta Elena Vidal de Battini, Rafael Jijena Sánchez, Marcial Tamayo. (Año II, Nro.4).

7) Se seleccionan teatros vocacionales que pasan a representar en el teatro Argentino auspiciados por la Subsecretaría de Cultura (Año I, Nro.4)

8.- Registro de museos y colecciones públicas y privadas de: historia, arqueología, ciencias naturales y costumbres regionales para velar por le patrimonio cultural.( Año II, Nro.4).

9.- El Subsecretario de Cultura José Caffaso inaugura la Escuela de Bibliotecología y clausura el Primer Congreso de Bibliotecas populares. Manifiesta la urgencia de “zafarnos de todo abalorio o actitud que implique sumisión a cánones mentales extraños a nuestra modalidad, para ir al encuentro de nuestra vocación y de nuestro destino histórico” ( Año II, Nro.5).

10.- Con la designación de los delegados gremiales hecha por la Confederación General del Trabajo (filial La Plata) entró en funciones el Departamento de Cultura Social del Ministerio de Educación. Finalidad: elevar el nivel cultural de las clases trabajadoras por medio de conferencias, publicaciones, investigaciones y la divulgación de las artes y de las ciencias”. (Año II, Nro.5).

11.- Se envía a la legislatura un proyecto de ley que faculta al Gobierno de la Provincia a sucribir directamente convenios con editoriales y establecer los precios de venta y la participación de los autores en el beneficio, para editar obras de carácter científico, artístico, de imaginación, ensayos, indéditos o no, que hayan sido objeto de distinciones especiales en concursos organizados por la Provincia y que por “su índole contribuyan a dar sentido peculiar a nuestra cultura, como aporte genuinamente argentino al pensamiento y la ciencia universales” ( Año II, Nro.6).

12.- El Camión de Arte de la Misión Cultural del Ministerio de Educación cumple una nueva gira por ciudades y pueblos del interior. Lleva: pinturas, música grabada y filmada, cine educacional y libros. Recorrió dieciocho pueblos y ciudades. (Año II, Nro.6).

13.- El 24 de agosto de 1950 se presentó el Teatro Obrero dirigido por el escritor José María Fernández Unsain y dependiente de la Confederación General del Trabajo. Obra presentada: “Octubre heroico” de César Jaimes (Año II, Nro.6).

14.- El Ministerio de Educación crea la Escuela de Cerámica de Mar del Plata para “incrementar el amor al trabajo artístico-utilitario y elevar la sensibilidad estética del pueblo” (AñoII, Nro.6).

15.- El Ministerio alienta a los teatros vocacionales que llevan al escenario del Argentino obras de Ponferrada, Pirandello, T.Wilder y A. Discépolo (Año II, Nro.6).

16.- Por Ley 5323 se instituyen los premios anuales (tres) de literatura, ciencias y artes. (Año II, Nro.6).

17.- En su décima gira el Camión del Arte recorre pueblos y ciudades de las zonas norte y oeste (Año II, Nro.6).

18.- La Dirección de Bellas Artes (director: Numa Ayrinhac) realiza un concurso de manchas con el tema: “Aspectos naturales del parque Los derechos de la ancianidad” (Año II, Nro.6).

19.- En el acto de entrega de premios Ley 5323, el gobernador Coronel Domingo A. Mercante, afirma: “Los valores surgidos en el seno de una comunidad que aspira a su plenitud mediante el despliegue de sus inclinaciones y apetencias naturales, son en verdad los únicos que perduran a través de todos los tiempos, porque dan una visión trascendental del universo, del hombre y de la vida y convertidos en instrumentos de liberación, son portadores permanentes de hondos y ambiciosos mensajes.” Concluye marcando la necesidad de “plasmar una comunidad donde la virtud se confunda con la belleza y la armonía de las líneas interiores se identifique plenamente con la justicia (Año III, Nro.8).

20.- El 30 de mayo de 1951 se puso término al Concurso de Escritores Noveles inéditos o que hubieran publicado un solo libro. Premiados: Jorge Perrone, Rodolfo Falcioni, Elena Duncan, Alberto Ponce de León, María Mombrú y Esteban Peicovich. Rubros: novela, cuento y poesía. Ensayo: desierto. (Año III, Nro.8).

21.- Desde 12 al 17 de marzo de 1951: Semana del Arte de Necochea.

22.- Semana cultural de Bahía Blanca (7/3 al 14/3). Actividades: actuación de la Sinfónica del Teatro Argentino; recitales de poesía (María Granata, Nicolás Cócaro, Fermín Chávez, Gregorio Santos Hernando, Roberto Themis Speroni); conferencias, representaciones teatrales, cine, títeres, exposiciones de libros, danzas. Nombres notables: Juan A. Carrizo, María Ruanova e Irma Boroski, Humberto Caifi (violín), Angel Battistesa, Alberto G. Ginastera, entre otros (Año III, Nro 8).

23.- Salón de Arte de la Plata (19/6).

24.- Siete Siglos de Pintura Francesa (13/4).

25.- El gobernador Mercante ha otorgado becas de estudios y los plásticos que las recibieron por primera vez (24/5/49) muestran los frutos de su labor presentando cien obras (Año III, Nro. 10).

26.- El Ministerio de Educación lleva obras del patrimonio del Museo de Bellas Artes a varias ciudades de la Provincia (Año III, Nro.10).

27.- El 25 de enero de 1951 se inaugura el Salón de Artes de Mar del Plata. Son 384 obras. Exponen entre otros: Gastón Jarry, Juan C. Castagnino, Eugenio Daneri, Germán Leonatti, Armando Sica (Año III, Nro.10).

Esto ha sido un mínimo recuento de “hechos de cultura” promovidos por un gobierno peronista en apenas dos años. Constan muchos más en los ocho números de la revista a los que accedo. La falta de espacio nos prohibe citar y analizar nombres y  actividades que nos dicen de una preocupación sin sectarismos, profundamente dedicada a devolver al pueblo lo que el pueblo genera en su diario trajinar. Salones regionales, recitales, conciertos, teatros, como obra en conjunto del pueblo y sus artistas. El pueblo como co-autor; el artista, como gestor.Es cierto que en la larga lista de artistas noveles alentados y promovidos por el gobierno del pueblo no faltaron los “bueyes corneta”. Pero esa es otra cuestión que algún día habrá que estudiar.

Por ahora, me conformo con que algunos de los que se postulan para cargos, dentro y fuera del movimiento popular, vayan aprendiendo con el ejemplo.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 28 de febrero de 2018

 

FUENTES:

Borges, Jorge Luis, 1953, Historia de la eternidad, Bs.As., Emecé.

CULTURA, 1949-1951, Nro. 1 al 8, Revista de Educación de Buenos Aires, La Plata.

James, Daniel, “17 y 18 de octubre de 1945.El peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina”, en: Torre, Juan Carlos (comp.), 1995, El 17 de octubre de 1945, Buenos Aires, Ariel, pp. 83-129;

Kusch, Rodolfo, 1975, América Profunda, Bs.As., Bonum

Luna, Félix, 1971, El 45, Buenos Aires, Sudamericana

Martínez Estrada, Ezequiel, 1956, ¿Qué es esto?, Buenos Aires, Ed. Lautaro, p.28-44

Reyes, Cipriano, 1973, Yo hice el 17 de octubre, Buenos Aires, GS Editorial

CULTURA, 1949-1951, Nro. 1 al 8, Revista de Educación de Buenos Aires, La Plata.

por Jorge Torres Roggero

1.- Las dos puntas

CARBON Y YOLas líneas que siguen intentan poner en actividad, no los significados, sino el sentido del viejo dilema sarmientino: civilización/barbarie. Lo voy a referir a una de sus fórmulas más vilipendiadas: libros/alpargatas. Como todos saben, el 16 de octubre de 1945 trescientas mujeres, obreras de los frigoríficos, se congregaron en la calle Nueva York de Berisso. Vivaban a Perón. A ellas se sumaron los obreros. Juntos, iniciaron la larga marcha a la Plaza de Mayo. La columna, cada vez más numerosa, enfiló a La Plata y, al pasar frente a la Universidad, comenzaron a gritar: “Alpargatas sí, libros no”. Luego cantaron el Himno Nacional y concluyeron con silbatinas y burlas. La farsa, el ridículo, la parodia eran ahora un arma. En Rosario, montaron un burro y el jinete llevaba un cartel que decía: “profesores universitarios”. Era el balbuceo que un pueblo que tomaba la palabra como camino para toma del poder y comenzaba a responder con un antidiscurso, potente y rudimentario, al desprecio de las clases autodenominadas cultas.

Con el tiempo, el apotegma fue una y mil veces repetido como un estigma bautismal de la barbarie peronista. En estas épocas de “barbarie ilustrada” (la expresión es del civilizador Juan B. Alberdi) se usa como eficaz falacia para denostar al populismo. En realidad, proviene de una lectura congelada de la categoría sarmientina que su mismo creador se encarga de activar no sólo en diversas obras, sino como polémica interna en el curso de un mismo texto. No son dos polos fijos y cerrados, sino un ir y venir, un va-y-ven, en que se manifiestan las contradicciones que nos otorgan nuestro modo de ser, nuestra riqueza cultural (Varias entradas de este blog tratan este tema).

Kusch llama a este discurso contradictorio que nos representa y nos acosa: “los dos vectores”. El ir y venir encarna, para Kusch, la manifestación de dos pensamientos: pensar causal y pensar seminal. Mientras el pensar causal necesita la verificación constante de la conciencia, el pensar seminal se desplaza, al margen de todo quehacer de la conciencia, en el magma de la sémina redentora. De tal modo, causal y seminal son los extremos de un pensar general. El sujeto requiere, por un lado, la percepción lúcida del objeto; por el otro, cuando la contradicción de torna desgarradora, la afirmación trascendente o plegaria: “Ambos extremos, dice Kusch, son formas necesarias para afirmar la totalidad de la existencia.” En el peronismo, ese modo de ser, se llama armonía y consiste en reconocer que la cultura popular es pensamiento. Más aún, es pensamiento no colonizado. Es, por lo menos, un antidiscurso que, desde una posibilidad no resuelta, encara la tarea de rescatar un pensar total en que pensamiento culto y pensamiento popular son apenas dos aspectos de un solo pensar. Por supuesto, el pensar popular puede no servir para la ciencia, puede resultar confuso. La ciencia nos provee una manera de ver clara, pero la realidad sigue siendo confusa: “El pensamiento popular, sostiene Kusch, dice siempre muchas cosas, el científico una cosa”. Entonces, una vez trazada una urdimbre resistente a la “ansiedad de dominio de occidente”, podemos arrojarnos al ojo del huracán con la certeza de que nada nos va a suceder. Como en la famosa cueca “Las dos puntas” que, en los años 50, Antonio Tormo (1913-2003)  puso de moda, sabemos en “en las dos puntas” alguien nos espera.

2.- El cantor de las cosas nuestras

El rapsoda imaginario de Megafón o la guerra, (Marechal se representa a sí mismo), se define como “el Poeta Depuesto”. Y continúa, “desde fines de 1955 -les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual. En nuestra fauna sumergida existen hoy el Gobernante Depuesto, el Militar Depuesto, el Cura Depuesto, el Juez Depuesto, el Profesor Depuesto y el Cirujano Depuesto. No quedó aquí ningún hijo de vecino sin deponer”. Sin embargo, según el Poeta Depuesto, “las “deposiciones” de una contrarrevolución idiota no suelen ir más allá del significado medicofisiológico que también lleva la palabra y sus muertos civiles gozamos de una salud excelente”.

En secreto, aparentemente desde el desistimiento, el pueblo elabora los fermentos de nuevas formas vitales y expresivas. En la novela de Marechal reviste especial interés la rapsodia en que se relata la asamblea extraordinaria del club “Provincias Unidas”, de Flores. El club había sido fundado en 1948. Como casi todos los fundados en esa época (clubes sociales, deportivos, culturales, con fines mutualistas) aún persisten. Basta revisar la fecha de fundación de la mayoría de los clubes de la B metropolitanas o de las divisiones C y D. Eran espacios de agrupamiento de hombres y mujeres provincianos que se trasladaban a Buenos Aires atraídos por el desarrollo industrial. Como las sociedades de fomento de la época de Yrigoyen, conjugaban solidaridad, biblioteca, diversión y, desde lo comunitario, preservaban “las frescuras autóctonas”. Algunas noches, dice Marechal, “el zapateo de los malambos y el vocerío de las chacareras daban a los habitantes de Flores la sensación muy viva de que se hallaban en un carnaval de Jujuy o en trinchera de Santiago del Estero”.

Pero algo tremendo había cambiado el rumbo de las juntadas provincianas. “Sin embargo, dice el rapsoda, aquellas euforias tuvieron un menguante en 1955, no bien la contrarrevolución “libertadora” embarcó a los cabecitas negras en otros cuidados”. Había comenzado la resistencia.

Entre 1946-1955, la cultura popular había tomado la palabra. Ya no existía un discurso único para dar cuenta de la realidad, de la historia, de la cultura, del arte. Aparecen unas poderosas formas de asociación colectiva: la sindicalización, las multitudinarias conmemoraciones políticas (17 de octubre, 1° de mayo), las populosas formas de diversión (bailes de carnaval, estadios repletos, turismo social), y la expansión de la educación (universidad gratuita, universidad obrera). La sexualidad pierde el aire “fruncido” de la década del treinta en que la “virginidad” era un valor de cambio de las “niñas”. Esto desata la furia de los sectores intelectuales, sociales y económicos que sienten el deterioro de sus lenguajes de pertenencia y el derrumbe de pautas jerárquicas que se suponían eternas: ahora se ven obligados a mezclarse con los cabecitas negras en instituciones y territorios que antes eran exclusivos de unos pocos. Cambian los códigos: vestimentas, comidas, peinados. Los recién llegados llenan las plazas: sirvientas, conscriptos, obreros en disfrute del franco semanal y cambian los hábitos de consumo. Los cuentos de Cortázar, Borges, Anderson Imbert, Murena, Martínez Estrada, David Viñas, dan cuenta con un discurso lleno alusiones despectivas sobre la aparición de estos “monstruos” que ejercen violencia, las más de las veces, sobre indefensos estudiantes y niños burgueses o, en todo caso, afean el paisaje urbano.

Los cambios señalados se manifiestan, asimismo, en el modo cómo la cultura popular selecciona sus lecturas. Hay una recepción nueva de los medios de comunicación masiva: diarios, revistas, libros de quiosco, radio, cine, teatro, espectáculos. Eso comporta nuevas exigencias para los intelectuales y artistas. Despreciados por la “alta cultura” colonizada y desvinculada de las necesidades del pueblo, los artistas populares se convierten en intermediarios de necesidades expresivas inéditas hasta ese momento. Un artista puede vivir dignamente de su trabajo como guionista de películas o historietas, libretos radiales, autor de canciones (Homero Manzi, Cátulo Castillo, Hugo del Carril, Nely Omar y muchos más). Producen, para una industria cultural en auge, entretenimientos sanos que enaltecen el trabajo, la solidaridad, la familia trabajadora, la juventud, la mujer, los niños.

Uno de estos artistas populares fue el mendocino Antonio Tormo. El mestizaje de su repertorio es un claro ejemplo del ir y venir de los dos vectores del pensar total. Sobreviven el arte popular de épocas anteriores junto a las exigencias de las nuevas masas urbanas venidas de las provincias.  A finales de los 40 se produce un boom del folklore. En 1949, el presidente Perón dictó el decreto 3371/1949 de Protección de la Música Nacional, disponiendo que las confiterías y lugares públicos debían ejecutar un 50% al menos de música nativa. En 1953, la ley N° 14226, conocida como Ley del Número Vivo, dispone incluir artistas en vivo en las funciones cinematográficas. El repertorio de Antonio Tormo incluye canciones de poetas y payadores anarquistas (Mis harapos, La Canción del Linyera, El Huérfano, La limosna, entre otras). Persisten reminiscencias románticas (Las quimeras, Dos que se aman, Eterno Amor). Incluye temas que abarcan la cultura popular latinoamericana (Caballo Viejo, La llorona). Es una estética de las regiones: geocultural.  Cuecas y tonadas cuyanas con tonalidades chilenas; aires norteños que expanden la cultura andino-boliviana; chamamés, guaranias, rasguidos dobles unen nuestro litoral con Paraguay, Brasil y Uruguay.

El pueblo consume cultura. El vals “Amémonos” vendió un millón de simples. Un extenso auditorio sigue a Antonio Tormo. “El cantor de las cosas nuestras” congrega multitudes en los clubes. Los cabecitas, nombrados, perfilados, valorados en su arte, responden al cantor con su lealtad y su afecto. Un público fervoroso levantaba pancartas peronistas: se sentían integrados, por el arte, a un proyecto de justicia social, de independencia económica, de soberanía política. Aunque Tormo nunca se declaró peronista, padeció desde setiembre de 1955 la censura y la persecución de la dictadura “libertadora”. Sus discos y actuaciones fueron prohibidos. Pasó a ser un “Cantor Depuesto” más. Con él se silenciaron los audiciones radiales de música folklórica argentina.

En su programa “El canto perdido”, de Radio Belgrano, Buenaventura Luna intentaba realizar una “antología bárbara” del “canto perdido en las tradiciones argentinas”. Ponía en actividad, de ese modo, los sentidos ocultos de la oposición civilización-barbarie de su comprovinciano Sarmiento, cuya versión oligárquica, sumía en el campo semántico de la barbarie a la tradición oral de raíz afro-hispano-aborigen. Decía Buenaventura Luna: “Los provincianos han dejado de ser provincianos vergonzantes y se han animado a entonar las canciones del terruño en todos los puntos de la gran capital”. Advertía, asimismo, cierto desencanto ante lo foráneo y el alborear de un nacionalismo “sin vinchas ni divisas”. Tomemos, entonces, un ejemplo del repertorio del “cantor de las cosas nuestras.

 La canción “El rancho’e la Cambicha” es quizás la más sintomática de esa época. Su autor, el correntino Mario Millán Medina (1914-1977) la había compuesto en 1940 y fue el primer “rasguido doble” de que se tenga memoria. Antonio Tormo la grabó en 1951 y vendió cinco millones de discos. Como la mayoría de las letras del correntino se caracteriza por el tono festivo y humorístico. ¿Por qué prende esta canción entre los “cabecitas”?

La letra puede leerse como el monólogo de un provinciano que se está “vistiendo” para concurrir a un baile en uno de esos locales que denostó Cortázar en un cuento famoso. Se imagina a sí mismo en el Rancho’e Cambicha. Es un experto en las diversas formas del chamamé: “de sobrepaso”, “tangueadito”, “milongueado”. También bailará rasguido doble, “al compás de la acordeona”, “troteando despacito”. Se trata, en realidad, de “un doble chamamé”. Será una “noche de alegría”, “con la dama más mejor”.

El estribillo resalta dos aspectos de la fiesta popular: “la chanza” (“van a estar lindas”) y la seducción: “le hablaré lindo a las guainas/ para hacerlas suspirar”. Se perfila así cierta familiaridad en el trato entre el hombre y la mujer que desecha las formas pacatas de la década infame. La segunda estrofa, a su vez, es una muestra del estado de bienestar de las masas populares. Lucirá “camisa’e plancha”, es decir, de cuello y puño almidonado; estrenará una “bombacha bataraza” (de cuadritos blancos y negros), llevará pañuelo azul celeste, faja colorada y alpargatas nuevas. Son los consumidores recienvenidos. Pero sus colorinches lejos están de la gris y displicente monotonía británica de los sectores oligárquicos, con su corte vergonzante de clase media subalternizada, que se creían únicos dueños de la moda y los modales. Además, el pueblo ha adquirido ciertos hábitos de higiene. Por ejemplo, el uso del agua de colonia. Por eso llevará “un frasco ‘e agua florida para echarle a las guainas”. Más aún, el bienestar se expande y se comparten generosamente costumbres que implican la marca de un hábito de los “cabecitas”: “un paquete de pastillas que a todos convidaré”. El “convidar” como una alegre práctica de la solidaridad y el jolgorio.

Pues bien, por participar del empoderamiento del pueblo, Antonio Tormo, que no era peronista, se convirtió en un Cantor Depuesto.

3.- Carbón, el ángel

El 12 de septiembre de 1947 el Congreso Nacional sanciona la Ley 13.014, por la que crea dos facultades en la Universidad Nacional de Córdoba: Filosofía y Humanidades y Ciencias Económicas. Los gastos que demandare su cumplimiento se tomarán de rentas generales hasta que sea incluida en el presupuesto de 1947. Promulgada el 25 de septiembre de 1947, y a pesar de un pergamino conmemorativo que siempre lució en el despacho de sucesivos decanos, hay una firma retaceada a lo largo de la historia institucional de la facultad: la del presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón.

Hurgando datos, uno se entera que entre abril de 1948 y marzo de 1951 el decanato de la facultad estuvo ejercido por Severo Reynoso. Así, a secas. Se torna difícil dar con su currículo. Primer dato: era un cura. Segundo dato: la tradición oral recogida lo presenta como un sacerdote sabio y santo, querido por los jóvenes. Tercer dato: durante su decanato se produce, por vía separada, el renacimiento del canto popular. “Conexiones”, diría el cura.

Resulta difícil registrar sus antecedentes académicos. Algo sabemos por algunos elementos autobiográficos que, con el humor típico de los intelectuales del campo nacional, rinde cuenta poética de su vida. Registro dos actuaciones académicas: una su participación, discurso mediante, en el homenaje al prócer bolivariano Deán Gregorio Funes. Nuestro popular Deán Funes propulsor de la libertad de prensa, de la enseñanza universitaria y la justicia social.

En 1949, en el bicentenario de su natalicio, Córdoba imprimió frente a la urna que guarda los restos de Gregorio Funes una cita que reza: “Salvad en vuestra constitución, ante todas las cosas, al pobre: el Estado no tiene derecho sobre la miseria” (1814). El Deán Funes, pensador heterodoxo, hubiera entendido el nuevo “pacto social” que en la década del cuarenta del S.XX incorporó a los trabajadores, columna vertebral de la estructura básica de la nación, al parlamento. La Universidad Nacional de Córdoba, por su parte, transcribió este mensaje del ilustre Rector y Reformador de sus estudios: “Las luces de la razón y la religión, propagadas por la enseñanza pública deben tarde o temprano hacer la felicidad de los que mandan y los que obedecen” (1813).

Por esa época, encontramos al Padre Reynoso en las Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía (Mendoza, 1949). La publicación es de la Universidad Nacional de Cuyo, Buenos Aires, 1950. En el tomo II, pp.833-839 encontramos la ponencia de Severo Reynoso Sánchez (Universidad Nacional de Córdoba). Se titula “El tema cristiano en la filosofía de la religión”. Plantea allí las “conexiones” entre las ciencias. Al filósofo, postula, le interesa la relación entre “Historia y Filosofía, entre Ciencia y Filosofía, entre Religión y Filosofía, etc., pudiéndose afirmar que nada apasiona tanto al hombre de cultura superior, como el resolver la validez del método y el alcance de esas “relaciones” internacionales del saber universal”. Hace referencia a un nutrido banco de lecturas de disímiles orientaciones: C. Barth, R. Otto, C. Dawson, Hilaire Belloc, Maurice Blondel, Brunschvicg, Gilson, Le Roy, Sciacca, Heidegger. Debido a las “conexiones” marcadas se preocupa por delimitar y completar el ciclo racional de los estudios religiosos “y no costaría mucho justificar el objeto propio y consiguientemente el método de cada disciplina respectiva”. Llama la atención este significativo párrafo de la ponencia: “El hombre moderno está cansado de lo “unilateral”, de lo superficial, de lo inmediato, de lo aparente. La aventura existencialista, como filosofía, nos demuestra que el hombre que filosofa, es decir, que piensa en serio (y no simplemente en serie) tiende luminosa o ciegamente, voluntaria o involuntariamente, a una concepción integral de la vida y no a un narcisista juego de palabras o a un elegante, pero inútil debate de academia” (p.838).

Paso ahora a las revelaciones del único libro de poemas, según tengo entendido, del Padre Severo Reynoso: Carbón y yo. Tenía 54 años y la edición lleva la fecha de su cumpleaños. En la retiración de tapa, señala con humor una contradicción que entre su día de nacimiento y su nombre: “Llegué a Córdoba un buen domingo de carnaval a medio día. El almanaque de Acuario señalaba el 18 de febrero de 1912. Pero ignoro porqué se empeñaron en hipotecar mi cara de aquellos días al indesarrugable nombre de “Severo”.

El inicio humorístico nos está avisando de que se trata de un experto en símbolos. Fue así como con el correr de los años, y a pesar de su “evidente falta de severidad constitucional” y a su progresiva afinidad con el carnaval, “el Señor de mi fe se encargó de llamarme, con su reconocido buen humor, al sacerdocio”. Estamos sin duda frente a un escritor y a un virtuoso equilibrista en la cuerda floja del sublime-ridículo marechaliano: el humor angélico y el luminoso misterio. Por eso los motivos del llamado le fueron “cuidadosamente ocultados”: “Para mí siguen siendo absurdos, pero muy claros para mí fe.”

“La novela, cuenta Reynoso, comenzó después cuando dentro de mi persona tres personajes se disputaron progresivamente el diálogo con el Apuntador: mientras el “mono sabio” hacía universidades por Europas, el “duende loco” se ocupaba exclusivamente de hacer versos no muy cuerdos, y el “niño triste” seguía preguntándole a Dios porqué es tan difícil juntar las mitades del hombre dentro del hombre”.

El “mono sabio”, con el prestigio de las universidades europeas, será el Docente Universitario; “el duende loco” será el poeta encargado de reducir en caricaturas sus espejos y desinflar sin compasión sus “adjetivos prestados”. Pero el “niño triste”, que es el amigo de Dios, vuelve a cobrar sentido, se transparenta, porque todo hombre “tiene que anudar dentro de sí, como en la Trinidad, sus tres personas y llegar hasta el fin luchando por su Unidad.”

Sin duda, una aventura metafísica, una conversación con el Apuntador del sainete humano: “Y Carbón “apunta” bien todos días. Aunque “Yo” no siempre lo haya escuchado bien…”.

Carbón, entonces, es un mensajero de luz, es un ángel. El primero de los cuatro epígrafes nos revela su fundamento bíblico: “Uno de los serafines voló hacia mí teniendo en sus manos un Carbón encendido.” (Isaías,6,6).  Hay también un epígrafe de Saint-Exupery: “Adiós, dijo el zorro. He aquí el secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Obsérvese que esta cita es habitualmente mutilada por nuestros “expertos” en ayudas psicológicas. Se olvidan de advertir: “no se ve bien sino con el corazón”. Ese bombo, ese grito, del misterioso “soncco” es uno de los fundamentos del pensamiento popular. Quedan dos epígrafes más. Uno, de Konrad Weiss: “La contemplación no descansa hasta que encuentra el objeto de su ceguera.”; otra, de Tomás de Aquino, In Met 1,3: “El motivo por el cual el filósofo se asemeja al poeta es que ambos tienen que habérselas con lo maravilloso”. Estos paratextos, son una pobre muestra de la profunda fuente de la poética de Severo Reynoso. Faltaría aún la dedicatoria. No la vamos a omitir porque está directamente relacionada con las “presencias” del libro y, además, la persona es frecuentemente mencionada: “A MI MADRE (que me enseñó a sentir lo que después yo supe del Ángel)”.

El primer poema se titula “Prólogo a San Juan” y es el descubrimiento del Ángel: “Y el hombre nació ciego enteramente. / Sólo ve con los ojos. Nada más. / Y otras cosas no ve. Ni el mismo Fuego/ que está dentro de sus ojos. // Y entonces las Llamitas de Dios / se hicieron invisibles/ para el hombre de la tierra. // porque el hombre de la tierra/ sólo mira el Carbón. No ve la Llama/ que duerme en el Carbón…”. Llamará, entonces, Carbón a su ángel, su amigo y compañero.

No tengo espacio para lanzarme en los luminosos simbolismos que circulan por el libro. Voy a transcribir, para finalizar, una aclaración firmada con las iniciales S.R. Está en prosa, pero es una poética.

Concluyo, con esto, dos presentaciones. Antonio Tormo, no era peronista, pero al ser amado por los peronistas, pasó a ser el Cantor Depuesto. Severo Reynoso, un alto intelectual y profundo poeta, ejerció la docencia y desempeñó un cargo universitario durante el período peronista. Casi seguro que no era peronista, pero ¿quién puede dudar de la acumulación de “deposiciones” que cayeron sobre su memoria: Cura Depuesto, Filósofo Depuesto, Docente Depuesto, Poeta Depuesto. Tormo y Reynoso, los dos puntas de un “pensar total”, de la “cueca final” de la “hora de los pueblos”.

Aquí va el texto prometido y.… a “contemplar”, palabra que deriva de “templo”:

“Henri Matisse, en su Capilla de Vence, buscaba para su altar una piedra “color pan”. Y la encontró.

Hay que llevar los símbolos hasta su máxima tensión. Hasta que cada flecha busque apasionadamente su propio arco. Y lo encuentre.

Entonces todo parecerá volver a su paz. A su equilibrio. Aunque por debajo del Arco y de la Flecha los animales de presa prosigan la búsqueda del Canto herido en vuelo. Y lo encuentren.

Yo llamo “Carbón” al Ángel. Su negro riguroso no es más que el Rostro Invisible de la Llama interior. Solamente visible para los que creen en el Fuego.

Yo buscaba un nombre “Color ángel”. Y lo encontré.”

S.R.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba, 5/12/17

Fuentes:

Véase: https://www.ffyh.unc.edu.ar/informacion-institucional/historia-de-la-facultad

Benarós, León, 1999, Cancionero Popular Argentino, Buenos Aires, Ediciones Siglo Nuevo.

Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, Sudamericana.

Romano, Eduardo, 1973, “Apuntes sobre cultura popular y peronismo”. En: AA.VV. La cultura popular del peronismo, Buenos Aires, Editorial Cimarrón.

Reynoso, Severo, 1966, Carbón y Yo, Córdoba, Ediciones Díaz Bagú.

Torre, Juan Carlos (comp.), 1995, El 17 de octubre de 1945, Buenos Aires, Ariel. Véase: James Daniel: “El peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina” (pp.83-129).