MARECHAL: COLOFON, EL GRAN MONO Y LA CIUDADELA. Reflexiones de anteayer para pasado mañana.

Publicado: 12 noviembre, 2017 en critica literaria, Argentina, ensayos, Leopoldo Marechal,literatura argentina, farsa, humor, Ensayos, Hermenéutica, Literatura Argentina, Símbolos sagrados
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1.- Paradojas y presenciasBanquete de Severo

En estos días ocurren sucesos paradójicos. “La gente” celebra, con cierto gozo indescifrable, la maldad concentrada de funcionarios, jueces y medios de comunicación. Saboreando empalagoso odio, saca a relucir la última raspa de mala inclinación de su alma en estado de coma, de su conciencia empastillada. Estas increíbles noticias diarias me llevaron, otra vez, a repasar El Banquete de Severo Arcángelo publicado por Leopoldo Marechal en 1965 diez años después de haber sido “depuesto” del canon literario argentino por la Revolución Libertadora.

Pero, como voy a hablar del Malo, les quiero contar antes risueños recuerdos de mi feliz infancia en cierto campamento de “chelqueros”, ferroviarios de Vías y Obras, en un perdido pueblo de provincia. Como ustedes saben, en la cotidianeidad de la cultura popular, cohabitan con nosotros ángeles y demonios. Son presencias reales de las “fuerzas extrañas” del universo. Por cierto, lo numinoso suele ser inobservable para los instrumentos de precisión. Y también para las comunidades cuando han desactivado las entradas que conectan “al móvil hombre” con lo sagrado: olvidan, así, cómo ir al “otro lado”, lugar de las energías profundas. Y también cómo volver de esos “re-profundos”.

Y bien, uno de esos juegos enigmáticos que ocurrían entre los chicos, aparte del de “aguantar” la mirada, era “remedar”, sin su permiso, al otro. Imitar cada gesto, cada movimiento, cada ojeada, cada modo, cada palabra del que estaba al frente que terminaba furioso e intranquilo. Entonces el remedado decía: “Lo que hace el mono, hace el demonio”. Sin saberlo, estábamos trasmitiendo una sabiduría ancestral que algún iniciado desconocido resguardó en la memoria del pueblo. Oculta en nuestra risa niña, en una época de oscurecimiento de la verdad, titilaba la luz viva de la Palabra Perdida.

En efecto, mucho tiempo después y tras muchas y entonces impensadas lecturas, (te saludo, René Guenon) descubrí que el mono es el símbolo de Gran Engañador. En algunas tradiciones le llaman el Mico de Dios porque imita todo lo que Dios hace, pero al revés. Es capaz de mentir multiplicando apariencias que parecen realidad, de adornar la nada con globos de colores. Por supuesto, el mundo así creado es falible y perecedero.

Esta presencia de lo engañoso en lo cotidiano también era señalada por nuestra madre con un cuentito. De paso, nos entretenía cuando nos arreglaba para alguna fiesta. Ropa sobria cosida en su Singer; cabeza sin “calchas”; alpargatas no baqueteadas por “la pelota”; nada de ostentación. Y para explicarnos que no debíamos desvelarnos por tanto arreglo, recurría a un dicho: “No nos vaya a pasar como al diablo que, tanto hizo con el hijo, que al final le sacó un ojo”. La historia, sintetizada y sin su gracia original, era que la Virgen y el Diablo estaban arreglando a sus hijitos para ir a un cumpleaños. La Virgen le lavó la cabeza y le arregló el pelo con esmero; pero, el Diablo, como quería que su hijo fuera el mejor peinado, lo trajinó tanto, que al fin le sacó un ojo con el peine. Así que de nada le valieron el traje nuevo recién estrenado, lo zapatos lustrosos, la “gomina” del pelo y los “tiradores” elásticos.

2.- Colofón y el Gran Mono

Los convido, ahora sí, al banquete de Severo Arcángelo. Entro a los arrabales del infinito texto. Me detengo frente a un extraño personaje que vive aislado en una covacha entregado a la tarea de acelerar el advenimiento de lo que ha dado en llamar el “hombre final”. Es necesario que la humanidad culmine su camino descendente para que se cumpla de una vez la catástrofe que la “insectificación del hombre” va a desatar. Para ello, el Hermano Jonás ha creado un robot al que ha bautizado Colofón. ¿Quién es Colofón? Es el “hombre cero”, “la tabula rasa”, el “consumidor absoluto” de apariencias. Es la obra maestra del Gran Mono en su último grado de “vaciedad metafísica”. Le habrán tachado enteramente y con método la conciencia de saberse imagen de su Principio Creador. “Terminará por creerse hijo de la nada, que salió de la nada y ha de volver a la nada.” ¿Y quiénes realizarán ese vacío? Según el hermano: “El Gran Mono, sus apóstoles negros y sus “idiotas útiles”. Pero ¿con qué metodología? Y Jonás concluye: “La que yo apliqué a Colofón en mi laboratorio: profundos lavajes de cerebro, intensivas mutilaciones del alma. Colofón es ahora un frasco vacío. ¿Vacío de qué? ¡De su esencia metafísica!” Como el Gran Macaco “remeda” a Dios, pero al revés, su criatura es “un archivista loco, respondiendo a botones/ o teclas numerados por la triste cordura” con “un alma/ de mil quinientos voltios”. En lugar del hombre de carne, el hombre de hierro.

Por cierto, y de ahí la razón de la esperanza, Colofón sigue siendo una criatura de origen divino y conserva, aunque oscuramente, una apetencia no ajena a la voz del corazón, a la armonía y a la trascendencia. Pero, aunque Colofón ignore su escondido tesoro, el Gran Macaco no. Por eso el Gran Mono tratará de satisfacer esas apetencias por vía de la parodia, de la tergiversación, el marketing, la falsificación, la mentira, el montaje de grandes escenas con apariencia de restauración moral y de justicia. ¿Y cómo es el nuevo orden del Gran Macaco?

El nuevo poder tiende a formular un gobierno global con su correspondiente religión. Predica una sociedad mundial sin tensiones (sin grieta) donde todo sea controlado y administrado por el sistema. Este poder transnacional supone la disolución de los estados nacionales y la abolición de la memoria e identidades culturales. Se ejercerá un control total sobre la producción de alimentos, agua, energía, industria, sistema impositivo. Oculto tras la máscara benigna de organizaciones internacionales (ONU, OEA), avanzará, asimismo, el control global de la salud, física y mental, por las corporaciones de servicios médicos, laboratorios y organizaciones no gubernamentales complementarias. Se implantarán microchips subcutáneos, recargados con energía corporal, para control biológico de la población mundial. El que lo lleve, un trabajador, por ejemplo, será controlado por las empresas en todos sus movimientos diarios sin que ellos lo sepan. Será una grave intromisión en la entraña del sujeto individual, una irrupción en la privacidad.

Se llegará así, con la tarjeta de débito y la moneda electrónica, a una sociedad sin dinero efectivo: un dios invisible y todopoderoso que está “en todo lugar”. Quienes no porten la marca (el chip, el código de barras) no podrán comprar, ni vender. Oponerse al avance de esas tecnologías, en vista de las ventajas que parecen aportar, será motivo para ser considerado bárbaro o, por lo menos, estúpido. Ciertamente, pronto los instrumentos biométricos estarán en pleno desarrollo. Entonces, el esclavo del Gran Mono podrá olvidarse del pin, dejar en casa el documento de identidad y hasta perder las llaves.

Hay ciertas corrientes de pensamiento que señalan el “fetichismo”, o idolatría de la mercancía. Avistan una singular analogía entre el encadenamiento de las mercancías y el encadenamiento de las palabras típico del lenguaje. El mundo del mercado, con su lógica y su lengua, se cree y se ve transparente. Pero no hay nada más opaco. La apariencia (la irrealidad) parece volverse realidad en el capitalismo. El sujeto se deja llevar por el mundo y el lenguaje de las mercancías. En consecuencia, el contenido de la forma se difumina. Hace falta un gran esfuerzo de reflexión para romper el “fetichismo” de la mercancía que reemplaza las relaciones sociales entre los productores por las relaciones entre las cosas producidas. En el mundo de las mercancías cada objeto es un signo. De tal modo, el signo del conjunto de los objetos, el dinero, funciona de manera que puede ser reemplazado por signos de sí mismo, por signos de segundo grado: billetes de banco, letras de cambio, cheques, tarjetas. Se llega así a la invisible moneda electrónica, a los paraísos fiscales desde donde legisla el mundo el Dios Dinero.

Eduardo A. Azcuy, en un pequeño libro de lectura imprescindible[1], expone algunos aspectos de lo que denomina “reordenamiento cultural” y “telepolítica”. Describe la desigual lucha por sobrevivir de los estados nacionales y señala: “Los modelos trazados por el poder trasnacional para la apropiación del planeta enfatizan como presupuesto básico y previo “el reordenamiento cultural”: “Las tecnologías comunicacionales están remodelando y reestructurando los patrones de la interdependencia social y cada uno de los aspectos de nuestra vida privada. Cambian lo positivo en negativo, los valores en subvalores, las tradiciones culturales en fragmentos desarticulados a los que posteriormente recomponen en una síntesis prefabricada. Los medios electrónicos ofrecen información a millones y millones de hombres, achican el mundo y ensanchan el conocimiento formal. Pero esa información es seleccionada, filtrada, manipulada, condicionada, exaltada o minimizada de acuerdo con los intereses del poder económico y financiero.”

El mensaje electrónico, postula Azcuy, reduce las defensas psicológicas, atenta contra el verdadero conocimiento, ataca las raíces de la noción de cultivo (cultura) y, de a poco, vacía la interioridad. Ahora bien, en las sociedades gobernadas por la alta tecnología “el hombre cero actúa como servomecanismo de la máquina, pero el Sistema lo compensa”. Es lo que se da en llamar “calidad de vida”, o sea, el goce del confort y el bienestar material.

Es en este punto donde se perfila el personaje de Leopoldo Marechal. Colofón, una prefiguración del “hombre final”; y su amo, el Anticristo apocalíptico: “Entonces el Gran Mono tomará de facto y multiplicará la riqueza del mundo; y la volcará demagógicamente sobre todos los Colofones extasiados. No habrá Colofón que no tenga su departamento de lujo, su automóvil, su refrigeradora eléctrica y su televisor. En su terrible parodia, El Gran Mono curará la sífilis, el cáncer, la tartamudez o la ceguera de Colofón mediante raras y asombrosas penicilinas. (…) Y como única recompensa de su generosidad, el Gran Macaco sólo exigirá al Colofón redimido un simple y llano tributo de adoración, un incienso incondicional, un credo sostenido, que será el siguiente: “En el principio era el Gran Mono, en el fin será el Gran Mono”. A los Colofones que se resistan a ese credo y a esa figura simiesca (y no serán muchos) se les retirará el carnet de aprovisionamiento, se los exilará del régimen o se los ejecutará en sillas eléctricas bien esterilizadas. (…) El Hombre Robot del Anticristo…será como un número aritmético, desprovisto de cualquier “esencia”: una simple unidad abstracta que, añadiéndose a otras, igualmente vacías, formará el “múltiplo” imbécil que necesitará el Gran Mono para ser adorado.”[2] Pero ¿qué pasa en los países en desarrollo como nuestra Argentina? Las tecnologías pierden hasta su aspecto positivo. Al ser manejadas por grupos concentrados de poder económico y comunicacional, practican algo así como un etnocidio electrónico de la cultura de los pueblos: “Millones de adolescentes desechan la comprensión de la historia y optan por la frivolidad de la evasión electrónica”. Se remacha, así, “la colonización ideológica” y la sumisión de la política a la economía como alerta el Papa Francisco en Laudato Si. Allí se advierte (como la ya lo hiciera Juan Perón desde la década del 40 del S.XX) acerca del sometimiento de la economía a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. El mercado crea un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos y las personas se sumergen en una vorágine de compras y gastos innecesarios. El consumismo obsesivo resulta, entonces, el reflejo subjetivo del paradigma tecno burocrático. El ser humano termina por «aceptar los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado (Romano Guardini)». Ese paradigma (cambio cultural se le llama ahora) le hace “creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero” (Francisco).

Azcuy sostiene que el poder trasnacional “diseña una juventud sin rebeldías trascendentes, apta para el hedonismo y el consumo; satisfecha con una falsa y calculada liberación”. La curiosa convocatoria de Francisco a los jóvenes latinoamericanos para que “hagan lío” es, a poco que se entre en una precaria contemplación, la respuesta sudamericana a la apostasía formal y verdadera del capitalismo salvaje como expresión del misterioso poder del espíritu que ha entronizado al Dios Dinero que es el Gran Macaco, el Simio de Dios, el Gran Mono. En Argentina, por desgracia, la especie más difundida, nociva, cruel y carnicera lleva el nombre popular de Gran Gorila.

3- El Salmodiante de la Ventana y la promesa de la Ciudad Cuadrada

Pero hay otro personaje interesante, el Salmodiante de la Ventana, que nos da la clave de la esperanza. Los creyentes del cristianismo popular peronista sabemos que la gran tribulación (los días del Gran Macaco) serán abreviados para que “no perezca toda carne”. Fue así como, en “un arrabal sin color ni sonido”, le fue revelado al Salmodiante el teorema de la cruz en movimiento, la “orientación” perdida por un Adán en fuga y el enigma de la “palabra” a la que se aferra como a un barril flotante. Colofón, el hombre robot, después de todo, “es el final obligatorio del Hombre descendente: ya desconectado de su Principio” y “no es más que un fantasma lleno de vistosidades externas” como el diablito tuerto de mi infancia.

El arrabal del Salmodiante, lugar real y nombre simbólico, es Ciudadela, en el Gran Buenos Aires: “Un arrabal sin color ni sonido, casitas y almas de techo bajo. Así es la Ciudadela visible. Pero a ciertas horas, en un reducto no más grande que una nuez vacía, estallan voces e himnos que perforan el techo bajo del hombre y el techo bajo del alma, y que abren allí escondidos tragaluces. ¿Quiénes hablan así en la nuez vacía de Ciudadela? Los que hallaron el Nombre perdido y a él se agarran como a un barril flotante. ¿De dónde vienen ellos? De Avellaneda y sus fundiciones quemantes, del Riachuelo y sus orillas grasosas, de los talleres en escarcha o en fuego, del hambre y del sudor. ¿Qué los anima? La promesa de una Ciudad Cuadrada; el pan y el vino de la exaltación en los blancos manteles del Reino”. Cosa curiosa, este suceso definitivo, tuvo ya tu tipo o figura en la sudestada de octubre que Scalabrini Ortiz embelleció para siempre como una prefiguración gloriosa del instante en que el Gran Mono, el Gran Oligarca de la violencia y el mal, será arrojado para siempre al abismo. Será La Ciudadela o “contrafuerte” generador de las energías simbólicas que sirven para vivir  y autorganizarse.

Según parece, ese instante eterno sucederá en esta tierra. Más aún, hay quienes, desde esa jornada memorable de 1945, llaman Comunidad Organizada a la Ciudad Cuadrada que baja de lo alto. Más aún, a la celebración del banquete sagrado le han dado en llamar, y así lo predican, “la hora luminosa de los pueblos”.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 9 de nov. de 2017

Las fuentes de este escrito son las siguientes: El banquete de Severo Arcángelo y El Poema de Robot” de Leopoldo Marechal; el capítulo “El estiércol del diablo” de mi libro Ultimas noticias sobre el Anticristo; Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina de Eduardo A. Azcuy y Laudato Si del Papa Francisco. No olviden que el lenguaje de los símbolos puede ser una apertura al delirio o el inicio de un viaje de retorno a las realidades más profundas. “El surubí le dijo al camalote:/ no me dejo llevar por la  inercia del agua,/ y remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río” (L. Marechal). Surubí o camalote: ¿esa es la cuestión?

[1] AZCUY, Eduardo A., 1985, Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina, Buenos Aires, Centro de Estudios Latinoamericanos

[2] MARECHAL, Leopoldo, 1965, El banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Sudamericana.

 

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